Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los
datos de la violencia de género están produciendo preocupación a los expertos,
nos dicen. La sociedad no lo está menos porque no le salen las cuentas sobre
los efectos que tienen ciertas acciones sobre el sistema.
Parece
evidente que algo falla en los cálculos y quizá también en los enfoques y en
las perspectivas que manejamos. Es evidente que se está produciendo una
intensificación en el número y en la crueldad que se manifiesta.
En
RTVE.es se nos habla de este aumento:
En lo que va de año, 14 mujeres han sido asesinadas en España a manos de sus parejas o exparejas, un repunte en los casos mortales de violencia de género que preocupa a los expertos. Aumentan los crímenes y también la violencia, que sufren en muchas ocasiones los hijos. En menos de tres meses de 2026, han sido asesinados tres menores con el fin de hacer daño a sus madres, lo que se conoce como violencia vicaria. Es el mismo número que en todo 2025.
Los datos son alarmantes. De media en 2026 una mujer está siendo asesinada cada cinco días. Las víctimas no son homogéneas: vienen de entornos diferentes, tienen trabajos distintos y son de todas las clases sociales. Lo mismo ocurre con sus agresores, no hay un perfil de maltratador o de asesino, ya que se trata de un problema estructural de la sociedad.
"Podemos hablar de un repunte" de los casos de violencia de género, explica al Telediario de TVE Miguel Llorente, forense experto en violencia de género. Según expone, uno de los elementos que pueden influir es "el refuerzo que muchos agresores perciben cuando otro ya ha conseguido lo que ellos van buscando", que es asesinar a sus parejas o exparejas.
Pone el foco además en la violencia extrema con la que actúan los agresores, cada vez mayor. Este mismo sábado, un hombre ahorcó presuntamente a su hija de tres años en su domicilio y se suicidó de la misma forma. La madre, una mujer de 36 años, había dado aviso a la Guardia Civil de que llevaba horas sin hablar con su exmarido, que estaba al cuidado de la menor, y de que temía por la vida de la pequeña. Cuando llegaron los agentes, encontraron los dos cuerpos sin vida.*
Sorprenden algunos conceptos como los de "repunte" o "perfiles", también el uso de las estadísticas y la búsqueda de patrones, que se dice que no existe entre ni entre los maltratadores ni entre las víctimas. No hay un patrón, señalan, ni en unos ni en otras. ¿Qué tenemos entonces? Muy poco para lo realmente importante: evitar las muertes y la violencia.
Es muy propio de esta "sociedad de expertos" creer que la creación de un léxico, la creación de términos nuevos (es reciente el uso de "violencia vicaria", por ejemplo) implica un control de lo descrito. Como ejemplos, la economía o la meteorología nos ilustran en este tipo de falso control.
Pero en todo esto solo hay una cosa cierta: la violencia aumenta y las explicaciones a posteriori solo es manejo de datos que poco o nada explican. Decir que una mujer es asesinada cada cinco días es solo saber contar.
La idea de que no hay un perfil es una evidencia de lo mal que funciona el reduccionismo que se busca, algo que explique de forma general algo que se manifiesta de forma particular.
Muchas veces nos inquietan con informaciones en las que determinados expertos (psicólogos, jueces, policiales, etc.) "no consideraron peligrosa" una determinada situación que acabó con la muerte de la mujer o que la víctima estaba en el sistema de protección pero le sirvió de poco porque acabaron matándola. No sabemos cómo piensa un asesino ni cuánto le duran sus obsesiones. Y si lo sabemos, no significa que se pueda aplicar ese conocimiento a otros casos.
Lo que vemos tampoco somos capaces de explicarlo o encontrarle una motivación. Sí parece que hay una forma de imitación de ciertas formas criminales que sirven para realizar los nuevos actos violentos. Los asesinatos de hijos, por ejemplo ¿son sugeridos por los casos recientes? ¿Llama el crimen al crimen?
¿Es tal el grado de violencia que no podemos creer que sea posible y, por ello, sucede? No sé qué camino es el bueno. Quizá vivimos en el autoengaño de una sociedad feliz, sin problemas, donde todo tiene arreglo y eso mismo nos impide comprender sus grietas.
Los patrones son individuales o colectivos, pero puede haber interacciones que desencadenen, de forma imprevisible, la violencia. Puede que la violencia sea la traducción personal, el estallido, de otras formas latentes de violencia que nos rodean. Sin embargo, cuando se producen los hechos adquieren su propia lógica, la que no pudimos ver hasta que se manifiesta como estallido.
Nuestras leyes y sistemas no están hechos para anticipar, sino para castigar. Fallan estrepitosamente en su capacidad previsora. Solo los hechos cuentan y cuando se manifiestan ya es demasiado tarde. Si la violencia es la respuesta particular a lo general, a la violencia latente en el sistema, nos vemos condenados su aumento.
Los políticos se sienten incómodos con este aumento que deja de manifiesto su incapacidad para frenar esto. Los expertos se reúnen más como un gesto que como un intento de impedir nuevos casos. Esta violencia es altamente personal, con un objetivo directo que se revela tras las muertes. Poco tiene que hacer, solo aparentar que pueden hacer algo.
La violencia de este tipo requiere proximidad para ser evitada. Pero eso solo la pospone y no se puede condenar a nadie por lo que desea y no manifiesta. Cuando lo hace ya es demasiado tarde.
Ayer, recupero un texto de Hans Magnus Enzensberger, titulado El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror, publicado en 2006 en su versión alemana y aquí en 2007, en el que leo:
Los padres, vecinos o maestros no han notado nada. Es
cierto que el chico ha tenido alguna mala calificación en su expediente escolar
y que acusaba un carácter levemente retraído; no hablaba mucho. Pero ésa no es
razón para ametrallar a una docena de compañeros de clase. Los peritos emiten
sus dictámenes, los especialistas en crítica cultural desempolvan sus
argumentos. Y tampoco puede faltar la alusión al debate de los valores. Pero la
investigación de las causas queda en agua de borrajas. Los políticos
manifiestan su conmoción, y finalmente se decide que se trata de un caso
singular.
La conclusión es correcta, porque los autores de tales crímenes son personas aisladas que no han logrado relacionarse con ningún colectivo. Y al mismo tiempo es errónea, porque a la vista está que existen cada vez más casos singulares de ese tipo. El hecho de que se multipliquen permite concluir que hay cada vez más perdedores radicales. Esto se debe a las llamadas condiciones objetivas, muletilla que puede referirse al mercado mundial, al reglamento de evaluaciones o a la compañía de seguros que no quiere pagar.**
El autor trata de definir lo que llama el "perdedor radical", a la vez destructivo y autodestructivo. Se vuelve contra otros y contra sí mismo. Su violencia es precisamente, como el lanzamiento de un boomerang, ida y vuelta. Mata y muere, Enzensberger la conceptúa como el resultado de esta sociedad en la que vivimos que genera este tipo de personalidades.
El perdedor radical puede estallar en cualquier momento. La única solución imaginable para su problema consiste en acrecentar el mal que le hace sufrir. Cada semana salta a los periódicos: el padre de familia que primero mata a su esposa, luego a sus dos hijos y finalmente acaba con su propia vida. «No se entiende», «tragedia familiar», rezan las crónicas de sucesos. Otro caso conocido es el del hombre que de buenas a primeras se atrinchera en su piso después de haber tomado como rehén al arrendador que venía a cobrar el alquiler. Cuando por fin aparece la policía, empieza a pegar tiros a diestro y siniestro y mata a uno de los agentes antes de caer desplomado en el tiroteo. Se habla entonces de amok, un término malayo utilizado para designar esos ataques de locura homicida. El motivo que provoca el estallido suele ser del todo insignificante. Resulta que el violento es extremadamente susceptible en lo que se refiere a sus propias emociones. Una mirada o un chiste son suficientes para herirle. No es capaz de respetar los sentimientos de los demás, mientras que los suyos son sagrados para él. Basta con una queja de la esposa, la música demasiado alta del vecino, una discusión en el bar o la cancelación del crédito bancario; basta con que uno de sus superiores haga un comentario despectivo para que el hombre se suba a una torre y ponga en el punto de mira todo lo que se mueve frente al supermercado.**
Es una forma más de intentar comprender lo que consideramos irracional. Pero si estamos produciendo esta clase de personalidad como resultas de nuestro comportamiento social, difícilmente podremos pararlo. No sabemos dónde empieza, solo cómo acaba. Nos queda contar muertes, establecer estadísticas, consultar a expertos y reunir gabinetes de crisis. Pero no hay mucho más que se haga.
Vivimos en la sociedad perfecta y llena de oportunidades. La idea de un "perdedor radical" nos resulta extraña, incomprensible. Tampoco entendemos los tipos de muertes, aunque la idea del ensayista alemán es que no se trata de lo que nosotros entendamos, sino de lo que está en la mente del asesino, de cómo entiende que se ha producido su destino de perdedor.
Los asesinos vuelven a las escuelas para matar. Los padres asesinan a esposas e hijos, que es lo que tienen más cerca y les recuerda su propio fracaso. Matan lo que han querido y lo que han perdido. Por eso Enzensberger habla de un "perdedor radical" incompatible con nuestra sociedad del éxito.
Lamentablemente todo esto —o cualquier otra idea— no evitará la próxima muerte. Y seguiremos preguntando, formulando ideas al respecto. Aquí no hay "Minority Report", visionarios que permitan detener el crimen antes de que se cometa. Aquí solo nos queda el minuto de silencio.
* "El repunte de la violencia de género preocupa a los expertos: una asesinada cada cinco días en lo que va de año" RTVE.es 22/03/2026 https://www.rtve.es/noticias/20260322/repunte-violencia-genero-preocupa-expertos-una-asesinada-cada-cinco-dias-ano/16992134.shtml
** Enzensberger, Hans Magnus (2007). El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror, Anagrama, Madrid, 72 pp. Trad. Richard Gross. ISBN: 978-84-339-6258-4











































