Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hace
mucho tiempo que el sistema olímpico patina
y es sometido a críticas. Partir de un principio de que existe un mundo, el
deportivo, ajeno a lo que ocurre en el mundo mismo es un disparate que cada vez
se hace más notorio por la propia complejidad del mundo.
Las
autoridades del olimpismo se convierten así en cómplices con sus decisiones de
lo que dicen querer evitar, la mezcla del deporte y un genérico concepto de
"política". Lo hemos visto ya con los problemas del Festival de
Eurovisión e Israel, con el genocidio de Palestina cuyas reacciones son
silenciadas porque se supone que reconocerlo es un "acto político".
Eso no impide que el propio Israel politice sus actuaciones y, especialmente,
que use el escenario y los votos como un plebiscito de su popularidad mediante
votos de pago que el sistema permite. Con todo, los sancionados son aquellos
que osaran criticar o tan solo mencionar el genocidio en Gaza.
Tanto
las Olimpiadas como Eurovisión son certámenes, competiciones internacionales.
Parten de un viejo y hoy ilusorio principio, el de que estos eventos son formas
de paz frente a la guerra. Según parece, en la guerra se habla mucho, mientras
que en estos escenarios se compite noblemente y se canta pacíficamente. Hace
mucho tiempo que esto pasó a la Historia y, como vemos cada día, no hay evento
que no se convierta y use como altavoz de causas.
El
problema es que el sistema olímpico, armado con sus sacrosantos principios, no
siempre entiende bien sus resultados o efectos, al igual que le ocurre al Festival de Eurovisión. Ambos viven una
ficción: que es posible matarse, invadir, bombardear, etc. y luego confraternizar
sobre una pista, cancha o escenario. Todos esos bonitos principios de que el
deporte y la canción ·están por encima" de política y guerras no es más
que un mantra que nos gusta repetir hasta que la realidad lo pone en su sitio.
Ni el deporte ni la canción frenan o atenúan las guerras; es más, se han
convertido en nuevos espacios para el conflicto.
La
sanción por parte del Comité Olímpico al deportista ucraniano pone sobre la
mesa de nuevo la justicia o hipocresía de todo esto. En RTVE.es leemos:
El competidor ucraniano de skeleton Vladyslav Heraskevych, abanderado de su país en los Juegos Olímpicos de Milán Cortina, ha rechazado la decisión del Comité Olímpico Internacional (COI) de impedirle usar un casco que recuerda a algunos atletas fallecidos en la guerra en su país.
"Lo usé en la ronda de entrenamientos y lo usaré en la competición", ha dicho el deportista en una rueda de prensa este martes, solo unas horas después de que el COI informara de que no le autorizaba a llevar ese casco en aplicación de la Carta Olímpica, cuya regla 50.2 establece que "no se permite ningún tipo de manifestación ni propaganda política, religiosa o racial en los sitios, sedes o áreas olímpicas".
Heraskevych, de 26 años, llevó en la sesión de entrenamiento del lunes un casco en el que aparecen las imágenes de varios deportistas ucranianos fallecidos durante el conflicto con Rusia, como la halterófila Alina Perehudova, de 14 años; el boxeador Pavlo Ischenko, de 33, y el jugador de hockey sobre hielo Oleksiy Loginov, de 23, entre otros, informa Efe.*
La cuestión que se plantea es cómo se define "política", "propaganda" o la suma de ambos términos. Lo que ha hecho el deportista ucraniano es un acto en memoria de otros deportistas, sus compatriotas. Se trata de una forma de recuerdo. Una cosa es la propaganda y otra la memoria, un acto de afirmación sobre sus compatriotas muertos. No hay mención de los que causaron su muerte ni petición de acción. El dolor no es propaganda. Prefiero un deportista que recuerde a sus compañeros muertos que a otro que los olvide, ignore o no tenga el valor de mostrarlos. Sin embargo, el silencio parece que se considera un valor olímpico.
El mundo del olimpismo se distancia así del mundo real sobre el que se supone que debería actuar. Esos llamados "valores del deporte", de los que deberíamos aprender todos se transforman en el valor del "silencio", de la ignorancia del destino de los propios deportistas. Claramente es algo que permite quedar satisfecho a los agresores y perjudica a los afectados por duplicado, la muerte y el silencio que la envuelve gracias a esa regla 50.2.
Como en el caso de Eurovisión, lo que realmente está sobre la mesa es la supervivencia de unos acontecimientos que fueron creados en un mundo distinto y que hoy es complicado sostener. Sancionar a países supone cerrarse audiencias en un mundo en el que parece que las audiencias lo son todo. No se trata de valores sino de dinero, de ingresos si empiezan a retirarse países. No hay fines nobles en todo esto si el sancionado es aquel que recuerda a sus compañeros deportistas muertos.
Como esto lo tiene la mayoría claro, no es percibido como un canalla, sino como lo contrario, como alguien que está poseído por valores humanos y que no prescinde de ellos por una competición. ¡Que se metan las medallas...!
El COI y el olimpismo, por contra, se ven debilitados, irracionales e injustos, con una idea falsa de la realidad donde no existen las guerras ni las muertes. Su "nobleza" se volatiliza y se ve por qué compiten realmente los países y todos los negocios que hay detrás.
Zelenski le ha concedido ya la única medalla que merece la pena, la del sacrificio y la nobleza del recuerdo dolorido de los deportistas muertos.
* "El ucraniano Heraskevych dice que desafiará la prohibición del COI y llevará el casco alusivo a la guerra" RTVE.es 10/02/2026 https://www.rtve.es/deportes/20260210/coi-prohibicion-casco-guerra-ucrania/16932293.shtml





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