lunes, 25 de marzo de 2013

Aguas fétidas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No creo que nadie haya tratado la cuestión de la corrupción con tanto detalle como el cine italiano y dentro de él Francesco Rosi, cuyos filmes suponen la indagación en la historia de una Italia en donde el poder no está donde indican las versiones oficiales, sino repartido en una fatídica confluencia producida por su propia y peculiar historia: mafia, políticos, empresarios, la Iglesia, la conexión americana. Desde Las manos sobre la ciudad y Salvatore Giuliano, a principios de los sesenta, hasta sus disecciones de las relaciones italoamericanas a través de la Cosa Nostra y la Mafia, Rosi no dejó de reflexionar sobre el fenómeno de la corrupción, desde la inmobiliaria a los negocios de la droga o la recogida de basuras en Nápoles. Es en la película Lucky Luciano (1976) en donde Rosi define más claramente la posición mafiosa: la mafia no es de unos o de otros, está siempre junto al poder
Lo que en España estamos llamando "tramas" no son más que "mafias" que han ido creciendo a la sombra de un poder repartido y compartido, adecuándose a los gobernantes, que no se ha sabido contrarrestar con la mínima eficacia o voluntad por parte de los responsables. Para que las mafias puedan funcionar, necesitan de los políticos que les abren las puertas de la administración a través de concesiones, licencias y favores que les permiten crecer en un movimiento envolvente y corruptor. Hay demasiado conformismo y complacencia dentro de la política misma, que se ha hecho endogámica, cerrada y basada en lazos de fidelidad antes que en principios éticos y de eficacia. Esto es también característico de las mafias.

Francesco Rosi
Duran demasiado nuestros políticos, tiempo excesivo que les hace pensar en la política como forma de vida y supervivencia, creando demasiados lazos y compromisos más allá de los que tienen con los electores. Algo falla cuando la renovación no es más que reciclado.
La clase política es responsable de no haber permeabilizado el Estado contra las filtraciones de estas aguas fétidas que rezuman constantemente al exterior, de haberse dejado inundar aceptando en su seno personas indeseables y de métodos poco adecuados. 
La política, en un sistema democrático, está obligada a ser ejemplar, es decir, además de ser eficaz, debe mostrar a los propios ciudadanos la forma correcta de actuar. Y no es lo que vemos. El efecto ha sido, además, atraer mafias foráneas que han visto campo libre y receptivo. El mal ejemplo también es ejemplo, tiene un efecto negativo y aumenta el problema.

Los políticos democráticos están obligados, como suplemento, a ser ejemplares, a ser "la mujer del César" de forma constante. Para que esto ocurra así, el papel de los filtros es esencial. Tanto de los internos —los mecanismos electivos dentro de los partidos—, que velen por la ejemplaridad de la conducta de sus propios candidatos, como de los externos —los filtros institucionales y los de la opinión pública—, que también fallan. Sin embargo, los partidos se han ido desprendiendo de cualquier posibilidad de discrepancia interna renovadora bajo la excusa que se favorecía al enemigo con las desavenencias, primarias, congresos internos, etc. De esta forma se han enquistado los cánceres en el interior de sus propias organizaciones que, lejos de ser transparentes, se han ido oscureciendo día tras día para ocultar su carácter monolítico, no en lo ideológico, de lo que se han ido desprendiendo y reduciéndolo a tópicos, sino en lo organizativo. Así han actuado como un filtro negativo, alejando a las personas de más valía y acercando a todos aquellos ambiciosos sin escrúpulos cuyo interés personal en la política no iba más allá de satisfacer el ego y del deseo de enriquecimiento, en ocasiones, de ambos. 
No todos los son, evidentemente; los delincuentes se camuflan entre gente honrada, la justa para pasar desapercibidos. Es a ellos a los que hay que apelar; son los que están dentro, los que pueden cambiar algo y demostrar que es posible devolver la confianza.
La actual oleada de casos de corrupción destapados tiene un aspecto positivo: salen a la luz, señal de que hay rincones institucionales que son capaces de funcionamiento, que necesitan el aliento y apoyo de todos. Cualquier caso que destape la corrupción, alcance a quien alcance, es positivo para la sociedad por muy doloroso que nos pueda resultar. La corrupción vive de la oscuridad y del silencio.


Los actuales partidos no han sabido entender el mensaje que la sociedad les ha estado enviando. Piensan que pueden controlarla siempre, envolverla en demagogia, agitar ante ella la muleta para que arranque en su embestida controlada hacia el caballo de pica. Se equivocan.

La falta de fe en la política puede tener consecuencias desastrosas —algo que ya nos están advirtiendo— pues acabará creándose un clima en el que vale todo. Esto no es un problema de un partido sino de la coevolución de todos ellos, que han copiado sus formas y malos hábitos. La corrupción, nos decía Francesco Rosi, está siempre junto al poder, sea quien sea; es un mal del que nadie está excluido y del que todos debemos defendernos.
Los partidos deben renovarse y modificar su actitud y forma de entender la vida política. Es fácil de decir, pero muy difícil de hacer porque los que están donde están han sido los favorecidos por el propio sistema. Partidos, empresas y ahora sindicatos están en la mira de todos. Si no envían pronto signos desde el interior de que puede haber cambio, de que es razonable esperar mejoras, el desánimo cundirá.


Un país moderno, una democracia avanzada, es un espacio en el que la instituciones y los ciudadanos responden a los desafíos que tienen ante sí. La corrupción es un desafío que lastra el desarrollo, fomenta el desencanto y convierte la vida social en más injusta. La democracia no es angélica; está sujeta a todos los deterioros, por eso debe ser siempre institucional y cívicamente vigilante. En un momento en el que la sociedad española está inmersa en grandes sacrificios, la corrupción debe ser atajada por doble razón: para salir de la crisis y para no volver a caer en ella. Las fiebres que estamos pasando deberían ser el síntoma del crecimiento hacia una sociedad comprometida con que todo esto no vuelva a repetirse.





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