sábado, 3 de enero de 2015

Maya o la batalla contra los prejuicios

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El rabino Marc Schneider, Presidente de la Foundation for Ethnic Understanding y co-autor del libro Sons of Abraham: A Candid Conversation About the Issues that Divide and Unite Jews and Muslims, se preguntaba ayer desde un titular en las páginas de The Washington Post: "Why don’t more moderate Muslims denounce extremism?"* Él mismo se contestaba sin esperar a llegar al texto: " They do; we're just not listening." La cuestión es importante en muchos aspectos y tiene que ver tanto con la propia actitud de los medios —cómo resaltan cada acontecimiento y declaración— y también es un caso que afecta a nuestra propia percepción de los acontecimientos.
El hecho, como señala Marc Schneider, es que nada hay más difícil de cambiar que los estereotipos y los consecuentes prejuicios. Escuchamos lo que esperamos escuchar, vemos lo que queremos ver. Lo que no se ajusta a nuestras expectativas, se desestima por los filtros de la percepción o se evalúa interesadamente para hacerlo coincidir con nuestras ideas prejuiciosas. Hay gran cantidad de personas condenando, con toda claridad, pero no es eso lo que escuchamos o lo que queda en nuestro recuerdo.
Pero esto implica una serie de mecanismos perversos y distorsionadores en campos como el de las relaciones entre grupos, países o culturas. El rabino Schneider señala:

Why don’t Muslim leaders speak out?
That question comes up every time terrorists purporting to be deeply religious Muslims carry out armed attacks that kill innocent people. Where, commentators ask, are the moderate Muslim leaders and why aren’t they decrying the horrors perpetuated by fellow Muslims?
In fact, mainstream Muslims are speaking out, clearly and consistently. Leaders around the world, many of whom I know personally through my work at the Foundation for Ethnic Understanding, have issued strong and unambiguous statements virtually every time a violent attack has occurred, condemning such acts as immoral and counter to the fundamental precepts of Islam.
Yet somehow their responses are not being heard, barely registering in the public consciousness.*


Esa "conciencia pública" es una construcción colectiva que se encuentra constantemente bombardeada por estímulos informativos —noticias, fotografías, vídeos, conversaciones...— y creando sus propias respuestas a ellos desde un fondo prejuicioso. La conciencia pública es una construcción analógica respecto a la conciencia individual, que es donde residen los prejuicios. Los mecanismos de transmisión, de contagio, de unos a otros vienen potenciados por los medios, que son agentes aceleradores y de extensión de las visiones colectivas.
La mente hace sus propias operaciones retóricas y, tras la categorización de los sucesos, toma la parte por el todo. Dentro de esa operación generalizadora y reduccionista, se extiende la responsabilidad a grupos enteros, a países o a culturas. La violencia es la norma; la condena de la violencia la excepción.

En un mundo globalizado, de constantes fricciones culturales, la necesidad de abrir las mentes y evitar estos procesos perversos, estas cegueras que crean más conflictos y los radicalizan es esencial. ¿Es fácil? Realmente, no. Nada hay más difícil que cambiar que los prejuicios, muchos de ellos fijados en nosotros a lo largo de la infancia, transmitidos ante de etapas en las que podemos realizar un pensamiento crítico y autónomo. Nuestras vidas son muchas veces la lucha por desprendernos de todo lo que se nos metió en la infancia, pensamientos y sentimientos que están más allá de la razón, ya que actúan como filtros de los materiales que nuestra razón maneja. Tenemos la falsa creencia de que la "razón" es una máquina autónoma que puede seguir "reglas para la dirección del espíritu", por citar a Descartes, evitando el error. Nada más equivocado. La recomendación cartesiana de huir de lo confuso y acercarse a lo claro es una recomendación que nos hace sonreír por lo limitado y fuera de la vida misma que dejaría al pensamiento.
La lucha es la que señala el rabino Schneider, la confrontación con los muros levantados día a día, generación tras generación, con los ladrillos del prejuicio. Si esos ladrillos se ponen en la infancia es allí donde hay que trabajar más insistiendo en lo que Bertrand Russell pedía: una educación que trate de hacernos lo más autónomos posible. Pero la autonomía no se percibe necesariamente como un bien, sino como un aislamiento en ciertas etapas de la vida en la que la pertenencia a grupos se percibe como algo necesario para la supervivencia personal. En realidad, no hay nada más duro que pensar por sí mismo, siquiera intentarlo. En seguida surgen las acusaciones y rechazos, pues el que comete la osadía de discrepar no siempre sale bien parado.
Está en nuestra psique la sociabilidad. A qué nos adhiramos a través de ella es en gran medida fruto del azar, ya que buscamos el amparo de lo próximo para integrarnos. Crecemos dentro de grupos que necesitamos y eso hace que nos integremos pronto en lo que no alcanzamos a comprender. Después comprendemos a través de lo que nos hemos convertido. No es fácil salir de ese círculo.


Hoy los medios de comunicación son en gran medida los creadores de esa "conciencia pública" que se alimenta y retroalimente. Si los medios se dedican a reforzarla, contribuyen a perpetuar estereotipos y prejuicios. Si por el contrario los comprendemos desde una función social de lucha contra los prejuicios y estereotipos, estaremos avanzando socialmente y no retrocediendo.
Hoy todos no alimentamos con los medios; son nuestras mayores fuentes de conocimientos de nuestra realidad. Forman parte de nuestra experiencia cotidiana; nos filtran, enmarcan y explican lo que ocurre en el mundo. Ese "mundo" incluye lo que ocurre a pocos metros de nosotros o miles de kilómetros de distancia. Lo que existe más allá de nuestros limitados ojos, toma forma en nuestra imaginación gracias al acto de fe de creer lo que se nos cuenta. Por eso es esencial la conciencia de los medios, la conciencia de sus profesionales.
Es escandaloso cómo algunos medios se dedican a usar los titulares de forma estereotipada y prejuiciosa, provocando esa distorsión mayor de la conciencia pública. En vez de elegir la vía "ilustrada", es decir, la que permite avanzar en la corrección de los prejuicios, alientan la contraria, más llamativa y de fácil adhesión pues refuerza las creencias preexistentes. Es la vía del sensacionalismo y del escándalo. Con ella se consiguen más audiencias. Es el camino cuantitativo, el del número de lectores, sin preocuparse de la calidad de la lectura y de sus resultados. Es lo que diferencia un buen medio de un medio simplemente rentable.


La batalla por conseguir una escritura que no fomente la invisibilidad, que sea capaz de evaluar y compensar las cegueras del prejuicio es la del periodismo futuro. Nos va en ello nuestra capacidad de pensar más equilibradamente y tomar decisiones más justas. También la construcción de un mundo futuro en el que todos necesariamente estaremos interrelacionados. La calidad de esas relaciones depende de las informaciones que las describan.
El caso señalado por Schneider, la desesperación por ver que sus esfuerzos y los de muchos por hacer que la gente se entienda y reducir el nivel de violencia son infructuosos por ambas cegueras, la mediática y la social, es uno más de lo muchos que se pueden señalar. El rabino da ejemplos de cómo la comunidad musulmana da constantes muestras de condena del extremismo y del fanatismo, pero siempre es más atractivo resaltar lo negativo que lo positivo. El crimen siempre exige más espacio que su condena, parece ser una ley mediática. La retórica sigue su curso. Schneider es presidente de la asociación para la "comprensión étnica", pero no puede haber compresión correcta si las palabras explican mal y van cargadas de prejuicios.


No sé si, como nos propone la ciencia-ficción, debemos abandonar este planeta cuando no quepamos más y no queden recursos. Pero sí sé que cada vez estamos todos más próximos y que nuestra convivencia es necesaria. La pregunta desde los Estados Unidos podría realizarse en el "otro lado" exactamente igual. Nadie se libra de esta lucha de creencias en la que se distorsiona la figura de los "otros" reduciéndolos a estereotipos. El rabino critica lo que a él y a nosotros nos afecta, nuestros medios. Todos deberíamos hacerlo; es el mejor servicio a la información.
¿Es posible un mundo sin prejuicios? Probablemente, no. Pero se trata de echar menos leña al fuego del gran combate de la información. Los velos de Maya son hoy los grandes titulares. No sé si el mundo cambiará, pero al menos algunos quedarán con la conciencia algo más tranquila por haber hecho lo que han podido, como Marc Schneider. Aunque en esto de la conciencia, nadie la tiene más tranquila que el ignorante.
Es un campo importante sobre el que reflexionar como profesionales y como lectores. Nos afecta a todos.


* Marc Schneider "Why don’t more moderate Muslims denounce extremism?" The Washington Post 2/01/2015
http://www.washingtonpost.com/posteverything/wp/2015/01/02/why-dont-more-moderate-muslims-denounce-extremism/?hpid=z10




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