sábado, 8 de marzo de 2014

El tejido cultural

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Si algo caracteriza al arte contemporáneo en sus más diversas manifestaciones es la conciencia de la existencia de un universo de lenguaje de los que se componen las culturas y que se concretan, en el sentido más amplio, en los textos. Como señalaba Yuri Lotman, la cultura es la memoria externa, un repertorio de lenguaje y textos, de posibilidades expresivas y de concreciones de esas posibilidades, que se van entrelazando para producir nuevas formas de expresión y nuevo textos expresados. La cultura es un gigantesco depósito de realidades y posibilidades: de decir, de sentir, de expresar, de imitar, de parodiar, etc. Es nuestra herencia recibida y nuestra herramienta y materia prima para modelar nuestro presente. Vivimos combinando y recodificando lo que recibimos. Y se lo dejamos a otros para que continúen la aventura del collage y bricolaje, como señaló Claude Levi-Strauss.

El esfuerzo por establecer géneros puros, que necesitaban de una energía excluyente y censora para mantenerse en su aislamiento, caracterizó a los periodos clasicistas. Veían en la mezcla la impureza y la perversión. La cultura contemporánea se liberó de estas barreras artificiales y se lanzó a los procesos de hibridación y recombinación de los lenguajes descubriendo en las nuevas texturas de los materiales desechados anteriormente las posibilidades expresivas que se plasmaban en los nuevos textos y lenguajes.
Los seres humanos poseemos una capacidad expresiva que transferimos a los materiales —de la arcilla a la madera, de los sonidos a la palabra— marcándolos con nuestra voluntad comunicativa, de diálogo, de salir de nuestra soledad y compartir con los otros un mundo. Ese mundo es la cultura, un entorno y repertorio del que podemos extraer nuestras posibilidades de expresar.
Mijaíl Bajtín estudió el género novelesco, el más ignorado y despreciado por el mundo clásico, el que había quedado fuera de las normas aristotélicas, que fue —precisamente por eso— reivindicado por el estallido romántico. Fue la novela el género de géneros, el texto que permitía conjuntar los distintos lenguajes del mundo.


La indefinición de la novela, señalada por muchos autores y críticos, surge de la libertad consustancial a su propia forma: la novela se expande con cada nueva posibilidad creativa que inaugura. Es un recipiente textual adecuado para realizar las operaciones experimentales con los lenguajes que configuran el universo cultural, poblado de voces y enunciados. La novela acoge con naturalidad en su interior el multilingüismo social, la polifonía, el bivocalismo, fenómenos estudiados por Bajtín.
Señaló Mijaíl Bajtin en su artículo esencial "El hablante en la novela":

Toda novela, considerada en su conjunto, es un híbrido desde el punto de vista del lenguaje y de la conciencia lingüística que se plasma en él. Pero destaquemos una vez más que se trata de un híbrido intencional y consciente, creado con un enfoque artístico. No es una mezcla casual, oscura, de lenguajes (más precisamente de elementos de los lenguajes). La imagen artística del lenguaje es el objetivo de la hibridación intencional del género novelístico. (107)


Nuestras habituales formas de establecer los cambios como periodos nos impide ver que lo que realmente ocurrió con la llegada del movimiento romántico, por encima de lo meramente circunstancial ligado al momento histórico, fue un estallido del sistema de la pureza y la llegada de una mentalidad que indagaba en las nuevas posibilidades de lo hibridación, que veía en las mezclas el camino que había que explorar.

Fue gracias a esas posibilidades de buscar por lo que se pudo, en primer lugar, incorporar la formas despreciadas del arte popular, que dieron lugar a nuevos textos con la combinación de los lenguajes discursivos incorporados. Se dejó de imitar modelos, como era característico del arte clasicista, para estilizar lenguajes, para parodiar textos, para recombinarlos y dar salto impetuosos entre géneros. Todo esto era propio de la cultura popular, sin barreras, apropiándose de cualquier posibilidad expresiva, traduciendo a sus lenguajes y formas todo lo que llegaba del exterior. Son esos procesos integradores, dinámicos, que caracterizaban lo popular, lo que se exportará al arte "culto", "clásico", rompiendo su propio aislamiento impuesto. El "carnaval", estudiado por Bajtín, representa el fenómeno cultural popular en el que es posible integrar todos los elementos de la vida, traduciéndolos a los lenguajes paródicos. De ahí que los elementos de carnavalización no sean solo característico de la novela, sino, más ampliamente, del arte contemporáneo.
Este proceso se fue ampliando, renovador, más allá de la novela, es decir, del arte de la materia verbal. Hoy comprendemos los textos como combinaciones de diferentes lenguajes, y no solo como textualidad, sino como intertextualidad, como parte de un sistema de ecos y remisiones que aprovechan las posibilidades de la explosión expresiva. El arte moderno se adentra en el descubrimiento de los "lenguajes", en su exploración, en llevarlos a sus límites expresivos.
El análisis de cada texto se convierte hoy en un recorrido detector de las resonancias que contiene, de los códigos que maneja, de los lenguajes empleados. De todo ello surge la idea de la Cultura como una maquinaria de producción textual cuyo funcionamiento necesitamos comprender para no perder el sistema de referencia que conlleva.


Las grandes diferencias en las comprensiones de los textos provienen de las desconexiones de la memoria colectiva. La relación existente entre ambas memorias, la individual y la general, determina nuestra capacidad de comprensión. Hemos ampliado nuestra capacidad de comprender lenguajes, pero estamos perdiendo gran parte de nuestra memoria textual individual; perdemos las referencias, que son el materailñ que nos permitirá construir. Nuestro sistema de enseñanza debería incidir más en el funcionamiento real de la cultura, en la idea de que es un todo y comprender que nuestras divisiones son artificiales. Enseñamos el mundo como si estuviera compartimentado, cuando no hay nada más lejos de la realidad. La cultura —nuestra segunda naturaleza— es un entorno dinámico, asimilador, productor y reproductor. Reniega de las divisiones y tiende a incorporar lo nuevo, que se funde con lo viejo, dando lugar a nuevas formas.


El teatro, la pintura, el cine, la literatura, la escultura... son hoy escenarios de producciones que tienden a expresarse a través de la exploración de los lenguajes posibles, buscándolos en los lugares más distantes o inesperados, en los confines geográficos, temporales o expresivos. Lo importante es la exploración, el movimiento que renueva y posibilita la producción. Las fuentes con las que trabaja un escritor pueden ser tomadas del cine y las del cine de la literatura; podemos ver una película que procede y toma elementos propios del cómic, un videojuego que recrea una película y una película un videojuego... Hoy es posible —como escuchaba hace un par de días— que una diseñadora de modas diga que su colección de este año se inspira en David Lynch y nos parece razonable.
Cada texto contiene en sus interior, estilizados, los lenguajes y los elementos textuales recodificados de otros. Con esos ladrillos se construyen las edificaciones culturales.



* Mijaíl Bajtín (2011). Las fronteras del discurso. Trad. Luisa Borovsky. Las Cuarenta, Buenos Aires.




 


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