viernes, 11 de marzo de 2016

Respeto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La agria campaña norteamericana por la nominación republicana, con Donald Trump en cabeza, está haciendo emerger un complejo debate sobre las causas de la decadencia del liderazgo y de los sistemas políticos. Creo que esto no es exclusivo de los Estados Unidos, que se está dando también entre nosotros, pero que la tradición crítica norteamericana está haciendo que se reflexiones sobre ellos en vez de dejarse llevar por las fuerzas partidistas y enfrentarse acríticamente a los candidatos.
Creo que es importante distinguir entre los candidatos, los partidos y el sistema en su conjunto, la democracia en sí. Si no se hace se corren riesgos importantes. La democracia debe sobrevivir a los partidos y estos a los candidatos para que el sistema funciones. Hemos visto partidos dinamitados por las luchas internas de sus aspirantes a liderarlo y estamos viendo que las acciones de los partidos pueden no hacer ningún bien a la democracia en su conjunto debilitando los acuerdos básicos que las fundan y la erosión del funcionamiento institucional mediante el descrédito o la falta del respeto debido.
Hemos olvidado que la palabra clave de la democracia es precisamente "respeto": respeto a las ideas, respeto a los votantes, respeto a los oponentes, respeto a las instituciones, respeto a las leyes que salen de ellas, etc. Respeto es la clave.


El respeto es la base del compromiso, de la posibilidad de acuerdo. Porque —y esto también lo hemos olvidado— lo importante no son ni los egos de los candidatos, ni los partidos en sí, sino la gente, la sociedad en su conjunto. La democracia funciona cuando no se pierde de vista que la finalidad no es el poder sino la gente, buscar su bienestar y que en eso se debe centrar todo el proceso político, que no tiene otra finalidad. Es el bienestar del conjunto, la mejora social, cultural, moral de todos. El problema es que el discurso cínico sobre la política y su función ha debilitado esta idea y ha favorecido otras que, en cambio, la han centrado en la consecución y reparto posterior del poder.

Este discurso cínico sobre la política ha surgido de una combinación de teorías procedentes del campo de la gestión empresarial en donde se pondera que no hay más logro que el poder y trata de establecer los objetivos para alcanzarlo. Todo son resistencias o empujes. Hay que eliminar unos y potenciar otros. Es la conversión empresarial de la política —como en tantas otras instituciones— y del liderazgo. El campo del management ya absorbió a Maquiavelo y a Sun Tzu, cuyo Arte de la guerra se ha convertido en libro de cabecera de muchos empresarios sin escrúpulos y políticos que les imitan. Hoy se estudia en las escuelas de negocios.
Sin embargo, la política tiene una dimensión que si se olvida causa estragos, como está ocurriendo más allá de los Estados Unidos y que se puede palpar en la prensa de muchos países con un simple vistazo. El objetivo es la armonía social, integrar el mayor número posible de personas en proyectos comunes que beneficien a la mayoría. Se trata de alcanzar el bienestar social, de prosperar como sociedad, de reducir los grandes desequilibrios, aumentar la cultura y la solidaridad. Hoy no tenemos grandes metas, solo objetivos, copiando las técnicas de gestión; hasta la educación se maneja hoy así.


El fenómeno al que estamos asistiendo y del que da cuenta en estos días The Washington Post, desde diferentes ángulos y campos, es consecuencia natural del planteamiento político del que hablamos: necesita de la polarización social. Necesita eliminar las zonas grises o de transición para elaborar un discurso radical que se enfrente al otro como en una cruzada a vida o muerte. Eso lleva a una mayor agresividad, una confrontación constante y un desgaste social e institucional terrible en sus efectos y consecuencias. La democracia, lo hemos dicho antes, parte del respeto y en este planteamiento lo primero es perderlo y hacerlo perder.
La prensa norteamericana se ha llenado de reflexiones sobre este fenómeno y su desarrollo histórico desde que empezó a constatarse la existencia de "dos Américas", algo que hoy se hace manifiesto a través del uso instrumental que de ello hace Trump. Esa fractura social se ha ido agrandando gracias al interés de los políticos, especialmente de los republicanos por quebrar la sociedad.
Las sociedades democráticas modernas tienen una tendencia hacia el "centro", lo que significa que las diferencias se reducen en beneficio de todos y no de unos pocos, por lo que la propia sociedad que sufre menos traumáticamente los efectos de la alternancia. Para que esto se produzca es necesario un número elevado de acuerdos o pactos sobre elementos esenciales que deben ser construidos conjuntamente para sobrevivir al paso de unos y otros. ¿Es tan difícil el acuerdo?


Pero este planteamiento que trae estabilidad social si es usado en beneficio de todos, entra en contradicción con otros planteamientos. Fue la radicalización republicana, esencialmente, el Tea Party, la que no tenía ningún interés en esta estabilidad ya que implica el alejamiento de los extremos. Y el Tea Party lo era y lo es.
La radicalización de las propuesta crea de nuevo una división nítida de los electorados, que se ven obligados a ir hacia los extremos o abstenerse, cosa que ocurre cada vez con más frecuencia en muchas sociedades. Se cree entonces que es necesaria una mayor radicalización para sacudir a los indecisos u abstencionistas. Mucho ruido para llamar la atención. Se atrae en primer lugar a los más radicales, pero también se radicaliza a muchos otros que se ven arrastrados hacia posiciones más extremas que las que pudieran tener. Esa es la sorpresa de muchos comentaristas cuando ven los apoyos que algunos políticos norteamericanos están dando a Trump. El radicalismo se comporta como un "agujero negro", se traga todo lo que tiene alrededor.
La política del enfrentamiento constante, la que abomina del acuerdo y busca el enfrentamiento y la división social para conseguir sus objetivos de alcanzar el poder, está haciendo estragos en muchas partes, incluido nuestro país. Lo único que se consigue es crear un enfrentamiento constante, que es la base de la que se vive. Por eso las medidas que se toman tienden a ser polémica en el sentido de la palabra. Es más fácil cambiar el nombre de una calle que arreglar su pavimento. Es más fácil levantar vallas en las fronteras que levantar escuelas. Es más fácil prohibir la entrada de musulmanes en los Estados Unidos o en Europa que frenar a un dictador cruel como Assad.


Los ataques contra la llamada "transición española" son un reflejo precisamente de esa actual política del enfrentamiento. Lo que hicieron entonces los políticos fue olvidar muchos problemas para poder solucionar otros, los que en esos momentos tenía nuestro país. En vez de maldecirla, se debería tomar ejemplo de ella y seguir una política de acuerdos y grandes pactos llevados por el deseo, que debería ser común a todos, de resolver los problemas y no de crearlos. Ni los partidos ni los candidatos, repetimos son importantes. Son solo los medios con que la sociedad busca un espacio para poder resolver los grandes problemas que se le presentan. Nada hay más negativo en un sistema democrático que el narcisismo de los políticos, padre de mucho de nuestros problemas.
The Washington Post titula con claridad "The GOP establishment has failed. It’s up to voters to deny Trump". El partido republicano se ha demostrado incapaz de frenar un monstruo político como Trump, que ha sobrepasado el radicalismo del Tea Party aprovechando lo que este había sembrado durante décadas: la idea de la destrucción de los Estados Unidos. Ha jugado con todo tipo de demagogia para dirigir su odio contra los demócratas encarnados en las figura de un Barack Obama y ahora de una Hillary Clinton y un Bernard Sanders, en los que ha identificado sus fantasmas: "el negro", "la mujer" y "el comunista". Mediante el flujo de odio contra Barack Obama, han incrementado el racismo; mediante los ataques a Clinton, un infame machismo del que incluso se contagió la única mujer, Fiorina, que participo en esa carrera masculina que son las primarias republicanas; y mediante los ataques a Sanders (que pasarán a Clinton cuando Sanders pierda o se retire) el temor al "comunismo", que ahora se aloja en los Estados Unidos y no en Rusia, en donde hay un buen hombre llamado Vladimir Putin, que sabe tratar a los homosexuales, las mujeres, a sus socios, etc. como se debe. Tienen razón los que dicen que Trump ha hecho retroceder décadas a la sociedad americana al proponerles asumir valores que se creían agotados, negativos y nefastos para la convivencia. Hasta los gobiernos de algunos países se han visto obligados a intervenir por las declaraciones vergonzosas de Trump sobre política internacional o sus "soluciones" a los problemas que afectan a los países.


Me gustaría ver el mismo nivel de análisis y con el mismo grado de sensatez y deseo de encontrar salidas a los problemas en nuestro país. Me gustaría que la prensa, los intelectuales, artistas, etc. en vez de sumarse a la corriente, cumplieran su función reflexiva pidiendo sensatez y ofreciendo ideas en vez hacer los coros políticos. Me gustaría.
España esté en un momento crítico en el que se necesitan voces de todo tipo capaces de equilibrar el despropósito continuo que escuchamos cada día y que se hace difícilmente soportable. Desgraciadamente no ocurre así. Se necesita recuperar la visión de la totalidad, una visión de conjunto y salir de este cuerpo a cuerpo en el que llevamos casi dos décadas metidos y que hace que cuando hace falta llegar a acuerdos la inercia del enfrentamiento continuo lo impida.


Parece que los políticos son más políticos cuando se insultan unos a otros. Eso es confundir una arte despreciable con otra noble. Ni el acuerdo es el compadreo ni el respeto traición o entreguismo. Esperamos más y mejor de los políticos y de los partidos. Por nuestro propio bien, para no dejarnos arrastrar en la falta de respeto.
La llegada de Trump debería hacernos reflexionar sobre lo que no hay que hacer y los riesgos que se corren con estas situaciones. Hay varios países que tienen ya sus Trump en el poder. Han llevado la discordia a su sociedad y la mantienen para asegurarse que en ese enfrentamiento siempre habrá una parte que les apoye. Pero eso no es bueno.
Necesitamos mejores políticos, más comprometidos con el bienestar de todos y menos luchadores barriobajeros por el poder. Necesitamos más palabra, más diálogo; menos declaraciones públicas de cara a la galería y más conversaciones sensatas. Necesitamos respeto, respetar y ser respetados. Sin respeto —al pueblo, a las instituciones, a las leyes...— no hay mucho que hacer; solo avanzar por la peligrosa y agotadora senda del conflicto como forma de vida.


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