domingo, 7 de julio de 2013

La política de las pequeñas cosas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay algo que debe quedar muy claro: los primeros que padecen los estragos del islamismo son los que quedan bajo su control, que van perdiendo poco a poco los amagos de libertades que puedan haber disfrutado en sus vidas en favor de un estrechamiento cada vez mayor de sus posibilidades vitales. El "islamismo" no es una opción; es lo "correcto", de la misma forma que "Pakistán", república islámica, significa en urdu "tierra de pureza" (پاکستان); implica que los demás no lo son. ¿Quién osa competir con la perfección o actuar contra ella?
No se puede entender esto sin adentrarse en la letra pequeña de la vida cotidiana. Desde Occidente estamos acostumbrados a los grandes titulares. Vivimos en una zona privilegiada del planeta en la que, por mucho que podamos tener nuestras crisis y discusiones, tenemos una serie de derechos que podemos disfrutar, una líneas rojas que nadie traspasa porque son "universalmente" reconocidas. Pronto descubrimos que esa "universalidad" que damos por descontada es un lujo histórico, el resultado de muchos años de conflictos hasta llegar a aceptar lo que es el gran logro: la idea de individualidad, de ciertos derechos que, precisamente por serlo, quedan fuera de la esfera de discusión e influencia ajena.

Cuando, más allá de los grandes titulares egipcios, observamos los detalles, ciertas noticias que algunos pudieran considerar anecdóticas —la niña a la que se le corta el pelo en el metro, los barbudos que irrumpen en una peluquería de señoras, la cafetería que comienza a separar por sexo a sus clientes y solo deja sentarse juntos a los que son familia, la desaparición de ciertas personalidades progresistas de los libros de Historia,  la interrupción de la proyección de una película durante el vuelo de un avión, las denuncias contra humoristas y actores..., todos ellos hechos reales—, nos damos cuenta que son acontecimientos que afectan directamente a la vida de la gente —les ocurren—, son el agua contaminada de la pecera, que se vuelve asfixiante. Poco a poco te das cuenta de que te empieza a faltar el oxigeno. Todas esas pequeñas noticias —y cientos más—son la punta del iceberg de lo que es el fondo social que se va formando.


Más allá de los titulares económicos, políticos, de las declaraciones rimbombantes, de las grandes palabras, está la vida de cada día. Desde nuestros derechos garantizados, nos resulta difícil pensar en estos términos porque los tenemos interiorizados, los damos por descontado, y estamos en el siguiente nivel de reivindicación de derechos. Hay zonas "aseguradas", que se nos vuelven transparentes y dejamos de valorar en sus implicaciones. Los que no las tienen, sí las valoran porque han de luchar por ellas cada día, en cada esquina.

En este último año he escuchado muchas historias cotidianas de este tipo de amigos que iban y venían de Egipto, las he escuchado en vídeo conferencias nocturnas o llamadas telefónicas para poder explayarse con alguien y dar salida a su indignación, a su rabia contenida con mayor o menor eficacia. Sus vidas se veían modificadas no por los decretos sino por acciones directas sobre ellos. La Revolución la hicieron, entre otras cosas, para garantizarse esas zonas que mantenían porque el régimen no entraba prácticamente en ellas. A Mubarak le interesaban otras cosas y creían que el islamismo no iba a entrar en ellas, que no se podía retroceder en lo que daban por sentado. Ha pasado, por ejemplo, con las leyes referidas a la mujeres con la excusa de que fue la mujer de Hosni Mubarak quien las promovió. Siempre hay una excusa buena para cambiar lo que no les interesa en cualquier sector.

Para muchos millones de egipcios, la Revolución significó romper con las ataduras de la ineficacia e indiferencia del régimen anquilosado, ineficaz y corrupto de Hosni Mubarak. Hablaron de dignidad, la palabra más usada, y de libertad. Los islamistas estaban ahí, agazapados en el fondo de la sociedad, ejerciendo su influencia callada mediante las costumbres, pero carecían de una fuerza real para imponerse por otros medios a aquellos que no los aceptaran. 
El juego de carambolas que ha sido la transición, pésimamente dirigida por los militares del régimen de Mubarak, que quisieron convertirse en "alternativa revolucionaria", tuvo el efecto contrario: instaló en el poder a los islamistas, les dio las llaves del Estado. 
Las revoluciones, sin articulación real, amorfas, meros deseos en explosión callejera, caían en manos de los antirrevolucionarios, de los antiliberales, los únicos organizados por la base: los islamistas. Para ellos no hay más revolución que la islámica. La moderación no es más que la del calendario, la del ritmo de transformación. No hay regreso porque se trata de sustituir los derechos básicos individuales, que no reconocen, por su versión colectiva. El "buen ciudadano" es el "buen musulmán", que solo necesita una "ley", de las que las demás son reflejo. Si tiene dudas, que pida consejo.
Eso es lo que ha percibido la gran mayoría del pueblo egipcio y ha mostrado en las manifestaciones con millones de personas diciendo ¡basta! a la deriva islamista totalitaria del régimen de Morsi. Al percibir las resistencias sociales y profesionales, mostró su cara más autoritaria antes de tiempo, sin haberse hecho con el control judicial y demás sectores estratégicos, como la comunicación o la cultura. Las resistencias mostradas a la "hermanización" en todos los sectores es lo que ha estallado finalmente. Morsi y la Hermandad han encontrado más resistencia de la que pensaban, quizás poseídos por la soberbia faraónica de su líder ocasional, ya que no era el candidato inicial. Quizá esta circunstancia sirva para explicar el deseo de protagonismo de Morsi en el proceso. Son los partidos islamistas los que más le recriminan su prisa, su falta de previsión de la fuerte contestación social, haberse lanzado sin haber desmontado el Ejército y las Leyes. Pero Morsi no quería dar tiempo a que la sociedad civil se organizara más allá de las calles. Y le falló el cálculo.


Tamarod, con la recogida de 22 millones de firmas — más de siete millones de los 15 que Morsi consiguió en la urnas— en muy poco tiempo, dio la voz de alarma a los islamistas y el pistoletazo de salida a los militares, que podían saber ya el respaldo que tendría su intervención. Una vez más, el Ejército, al que hace unos meses se pedía que se retirara, vuelve a intervenir y a convertirse en el elemento decisivo de la vida egipcia.
La idea clásica de democracia es llevada a sus fronteras, a su límite cuando se enfrenta con unas fuerzas que no lo son y que no son minoritarias. Los partidos islamistas no son democráticos por definición; lo pueden decir por mero pragmatismo, para tener su hueco en el sistema, si es estrictamente necesario.
Eso es lo que nos muestran los pequeños detalles, las historias de la vida cotidiana, aquellas que no aparecen en las pantallas ni en los discursos, pero que la gente vive en su propia piel. Una reacción popular tan masiva como las manifestaciones en Egipto para la caída de Mursi es difícil de entender de otra manera. Más allá de la Política, de sus teorías y análisis, está el día a día de la gente que se ve afectada por su transformación en "poder", poder real sobre sus vidas, que se ven cuestionadas en sus detalles mínimos.

Las verdaderas víctimas del islamismo son los que quedan bajo su yugo. La política de las cosas pequeñas convierte en "dictadores de proximidad" al vecino que te detiene para decirte si tu vestimenta, comida, palabras o actitudes son acordes con lo que él tiene en mente y que es, por supuesto, una verdad eterna y no su opinión; a la maestra que exige que sus alumnas lleven velo en el aula o las manda a casa esquiladas como ovejas..., da "poder" a un sinfín de personajes que son los brazos ejecutores reales de una forma autoritaria de vivir. 
Al dividir el mundo en "pecadores" y "virtuosos", esas acciones son gratificantes para quien las realiza, que se siente guía de la comunidad y a la que presume de proteger. Le llena de gozo narcisista. Los recriminados pasan, por el contrario, a vivir con el estigma del señalamiento. Algunos luchan, se rebelan por mantener su derecho a su identidad, a ser ellos mismos y no un reflejo de los otros. Otros, en cambio, sucumben ante esa presión que les llega por todas las vías, incluidas las profesionales y familiares. La vida cotidiana, la de las cosas pequeñas, pasa a ser una cárcel o un infierno.
Una parte muy importante del pueblo egipcio ha reaccionado ante lo que se le venía encima. Veremos ahora cuál es la salida mejor a este laberinto complicado y sangriento; si se consigue un estado en el que tu vecino, tu maestro, tu peluquero o tu taxista no se sientan delegados de un gobierno que no solo te controla mediante las leyes sino a través de la imposición de lo cotidiano.


[Imagen inicial: Hanaa El Degham, La pirámide de la crisis (detalle), mural en la calle Mohamed Mahmoud]




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