viernes, 26 de julio de 2013

Egipto y las tres teorías o la batalla de la Constitución

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El segundo asesinato de un líder opositor en Túnez llega en un momento especialmente complicado para las democracias emergentes tras la Primavera árabe. Los gobiernos islamistas han tenido su propia hoja de ruta. Es como el que coge un taxi pensando que va a un sitio y a mitad de camino descubre que le llevan a otro. 
El conflicto creciente en Egipto y el nacimiento de un movimiento Tamarod (Rebelión) en Túnez, similar al egipcio, hacen temer por la apertura de un tiempo de violencia y confrontación. Si Egipto comenzó imitando la revolución en Túnez, ahora son los tunecinos los que siguen a los egipcios. La frustración va llegando a las poblaciones que han visto que los sacrificios que realizaron durante los levantamientos populares han sido aprovechados para llevarlos hacia sendas no solicitadas y rumbos oscuros.
La idea de que el "islamismo político" es un camino progresivo y sin retorno está cada vez más asentada en aquellos lugares en los que han tenido ocasión de estrenarse en el gobierno. La excusa de que no tienen "experiencia" en el gobierno es una estrategia más dentro del intento de ocultar que lo que ocurre no es tanto el resultado de errores de inexpertos demócratas, sino por el contrario el cumplimiento de planes trazados en la sombra. El que además lo hagan mal es ya otra cuestión.


Hay un factor importante que es necesario tener en cuenta en estos procesos: la islamización de las leyes. Los debates sobre la "Sharia" y similares tienen un sentido claro. Si se cambian las leyes amoldándolas al islamismo, los resultados serán siempre favorables para las tesis de los islamistas. Es una obviedad, pero es así. La existencia de estas leyes determinan las reglas del juego y, especialmente, las sanciones contra los jugadores. El juego se hace muy restrictivo. 
Una sociedad de este tipo no avanza, sino que retrocede, es decir, su movimiento es siempre hacia una mayor islamización, por lo que la oposición acaba desapareciendo o por lavado de cerebro a través de medios y educación, por su equiparación con la delincuencia a través de los tribunales o por simple emigración. Es lo contrario de una "sociedad abierta"; su búsqueda es la "sociedad perfecta" cuyo modelo de relaciones y ciudadanos (este concepto aquí es metafórico) está ya definido en el "espejo de perfección" en el que todos deben mirarse.


Los tensos debates en Egipto mientras se redactaba la Constitución tenían ese sentido. Los islamistas utilizaron el poder para crear una constitución que dibujara un escenario favorable para su propio desarrollo y, a la vez, fuera un obstáculo para los que no piensan como ellos. Eso explica, por ejemplo, el torrente de denuncias posconstitucionales contra todos aquellos que se les oponían, especialmente en el terreno de la libertad de expresión, campo que siempre temen. Una vez fijada sus normas, inmediatamente las aplican para evitar que se les pueda criticar, sembrando un temor general. Las acusaciones son siempre las mismas y van de los "insultos al islam" que ellos encarnan a la "traición nacional". Por supuesto, "ellos" representan ambos aspectos, el "religioso" y el "nacional", de forma exclusiva. Nadie ama a su patria más que ellos y los demás son traidores vendidos a conjuras internacionales de los enemigos de Dios y Patria. Como suelen decir de sus enemigo, "ya sabemos quién les paga".


En Egipto ha comenzado otra batalla: la de la posconstitución. Hay un camino reformista abierto. El gobierno interino ha encargado a un comité de expertos que realicen los cambios necesarios para poder usarla. Es una labor de poda que se queda a mitad de camino: reconoce la "legalidad" de la Constitución, pero establece su "inutilidad" actual.
La segunda opción es la que ya ha planteado Tamarod: la redacción de una nueva constitución que cuente con el respaldo de la mayoría de los egipcios y no solo el de los islamistas que la redactaron, como ocurrió con la actual. Aquel texto era el enterramiento oficial de la Revolución a manos de los islamistas al dar por concluido el proceso de tránsito legal y poder lanzarse al cambio social. Ha sido esto lo que ha hecho saltar todo.


Están, por supuesto, los islamistas, quienes consideran que la Constitución que ellos redactaron tras el abandono de las fuerzas políticas es perfecta y legal, que no debe ser tocada.
Como es fácil de prever, el acuerdo es difícil en cualquier caso. La Teoría de la Revolución Prolongada mantiene que el proceso iniciado el 25 de enero de 2011 sigue abierto y el pueblo decide. La Teoría de la Revolución Imperfecta sostiene que hay que rectificar aquellos aspectos que no han sido correctamente desarrollados y trabaja en un espacio virtual entre el "pueblo" y la "legalidad vigente", que no ha sido suspendida. Por último, la Teoría de la Anti Revolución, la defendida por los islamistas, es que cualquier cambio forma parte de un proceso de regresión no al periodo revolucionario sino al de Mubarak. Los islamistas no defienden un modelo abierto de democracia, sino el suyo dibujado desde la constitución que ellos fabricaron en exclusiva. Una constitución sin consenso social nace muerta.


Los próximos días —hoy mismo— son cruciales para Egipto. Lo que ocurra en estos días será determinante pues cualquier acontecimiento puede hacer que el precario equilibrio existente degenere de forma imprevisible o, quizá, lo contrario, de forma previsible. El pulso en la calle puede derivar a situaciones muy complicadas.
El "islamismo político", la Hermandad Musulmana, ha perdido una oportunidad histórica de haber liderado de forma consensuada la transición hacia la democracia que las revoluciones pedían: una sociedades más abiertas respecto a las dictaduras en que se encontraban. La gente no hace revoluciones para tener menos libertades. O quizá los islamistas piensen que sí.



Tamarod, con la recolección de los más de 23 millones de firmas de petición de salida de Morsi del gobierno y convocatoria de elecciones generales anticipadas, ha asumido una gran responsabilidad como agente del cambio egipcio. La petición de abandonar la constitución actual y abordar la redacción de una nueva es también un paso adelante que tendrá consecuencias en el desequilibrado tablero sobre el que está el castillo de naipes egipcio. Me imagino que pone un poco más difíciles las cosas al gobierno y bastante más difíciles a los islamistas que pueden encontrarse de nuevo con un masivo rechazo en contra. Hay otros escenarios —como que la respuesta popular no sea tan grande como la esperada, que beneficiaría a los islamistas, que ya trataron de evitar el éxito de la recogida de firmas— pero en el teatro egipcio los guiones se olvidan pronto y las cualidades de improvisación de los actores prevalecen.









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