lunes, 6 de enero de 2014

El concurso, la cocina y el café

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cualquier acción tiene su lado pedagógico: hacemos lo que hacemos y, de un modo u otro, es una propuesta de cómo hacerlo. Por eso me resulta curioso ver el éxito de algunos concursos televisivos en los que al contenido específico —el objetivo del concurso— se suman las malas maneras y ciertos procedimientos que lejos de rechazarse se incorporan a nuestra memoria como si fueran "legítimos". Esto es especialmente grave —en mi solitaria opinión— en los casos en los que se simulan entornos de trabajo, como ocurre con MasterChef, por ejemplo, en la edición americana, que alguna cadena nos repone en estos.
Debo confesar que me resulta difícil aguantar tantas malas maneras, tantas formas autoritarias, tantas palabras tapadas educadamente con pitidos, en suma, tanto desprecio hacia las personas. No llego a entender que desde las televisiones el concepto de "realidad" conlleve jefes déspotas y empleados humillados constantemente. Puede que muchos lo sean, pero no debería presentarse como propuesta porque no es el objetivo del concurso, suponemos. No es lo mismo decir el suflé está malo que "¡el piiiiii suflé es la mayor piiiiiiiiii que he probado en toda mi piiiiiiiiiiiii vida, pedazo de piiiiiiii!".


En los viejos concursos televisivos, el presentador solía ser cómplice de los concursantes pues se convertía en una figura mediadora entre el público y los que luchaban por conseguir sus objetivos. El presentador quería, pero no podía ayudar a los concursantes a conseguir sus objetivos. Los concursantes solían tener al público con ellos y se jugaba con esa empatía.

Pero todo cambió cuando se le pidió al público que votara para despedir a los concursantes —el público se pasó del sindicato con los concursante a la patronal— que le resultaban poco simpáticos y cuando los presentadores se convirtieron en jueces implacables y despectivos, dioses engreídos de los Olimpos catódicos. Al principio, se colocaba a un malo profesional, a un borde, entre los jueces —por aquello de polis buenos, poli malo— del programa. Luego se descubrió que era mejor convertirlos a todos en The dirty dozen, en los Doce del patíbulo, reclutados entre criminales y psicópatas, aunque en casa fueran buenas personas, algo que no dudamos. Mejor para las audiencias, claro. La gente dejó de empatizar con los concursantes y empezó a hacerlo con jueces a lo Spillane (I, the Jury), jurado, fiscal y verdugo en una tacada. Cuanto más borde fuera el jurado, más segura era su popularidad, traducida en éxitos de ventas.
Al público, no se sabe muy bien porqué, le iba la marcha, le gustaba eso de votar para echar gente a la calle y valoraba positivamente a los jurados en su fuero interno —nunca se vota para echar a los jueces— cuanto más sádicos y deslenguados fueran.


Lo malo de todo esto es el modelo implícito de relaciones generales que establece y, más precisamente, cuando se reproducen ambientes laborales, como ocurre en el caso de esa cocina campo de juego que nos muestran en Masterchef y que varía en otros concursos sin que lo haga el tipo de relaciones que tienden a ser parecidas. Se argumentará que todo es espectáculo, sí, pero también la tragedia tenía fines didácticos. Es la lluvia fina  la que cala más como mensaje.
La brutalidad —otros lo llamarán sinceridad, pero la sinceridad no requiere ser tapada con pitidos— de estos jefes se justifica en que quieren sacar lo mejor de sus concursantes y luego todo concluye con unas sonrisas y abrazos con los que se borran los malos momentos, las angustias y descalificaciones que han vivido en manos de aquellos maestros de la vieja escuela, de los de "la letra con sangre entra", borrada de las aulas escolares pero vigente en los escenarios laborales y en las aulas televisivas que lo reproducen.


Mis reparos —que hagan lo que quieran— se centran en que no siempre el arte imita a la vida, sino que con mucha más frecuencia, la vida tiende a imitar al arte. Los que vean el desprecio verbal con el que son tratadas las personas en esos programas pensarán que es el modelo para sacar lo mejor de las personas y, sintiéndose estrellas de su propio show, se dedicarán a practicarlo con los que tengan bajo contrato o con aspiraciones futuras a estampar su firma en algo. Dada la precariedad cada vez mayor de los contratos, la tentación de ser jurado de Masterchef o similares e ir por las oficinas o talleres dando gritos y poniendo firme a la gente con malos modos, me parece un peligro.
No sé si los concursantes de estos concursos laborales tienen derecho a sindicarse o a salir un día en pantalla detrás de una pancarta pidiendo la dimisión de algún jurado. Tampoco sé si serviría de mucho. Lo peor es que lo aguantan gustosos por su premio, lo cual me parece una enseñanza más perversa incluso.
En este mundo de libre mercado, libre contratación, libre audiencia de programas, etc., en el que todo es libre, la libertad de ser esclavo por un buen premio debe estar al alcance de cualquiera. No sé si a ellos les parece normal por los entornos laborales en los que viven habitualmente, si donde trabajan la gente se relaciona realmente así.


Como contrapartida, el diario El Mundo nos resume los resultados de un estudio realizado en la Universidad de Copenhague en donde se ponderan las ventajas de la pausa del café en los entornos laborales. Nos dicen que sirven para socializar. Los entornos laborales son cada vez más estresantes entre la presión de tus jefes y la competitividad furiosa de tus colegas y la pausa sirve de desahogo más que de descanso.
La doctora realizadora de la investigación concluye que "no puede verse como un gasto de productividad, sino que puede tener un importante valor emocional y social para las organizaciones"*, según nos cuenta el periódico. Esto quiere decir que el hecho de que se aparten un rato de sus condiciones habituales —en lo físico y lo psíquico— repercute en beneficio de la misma empresa que les presiona y por eso lo permite. ¡Es tremendo que tenga que justificarse el descanso también como un beneficio para la empresa, que gana tanto cuando trabajas como cuando descansas! ¡Ni eso queda a la reivindicación laboral, que se suele limitar ya a negociar los despidos!
El artículo termina con una nota enternecedora en la que se nos dice:

Y si usted tiene suerte, tal vez le ocurra como a Janet Yellen, la nueva presidenta de la Reserva Federal estadounidense, que conoció a su marido (George Akerlof) en la cafetería de la Fed, cuando ambos trabajaban allí como economistas en 1977.*

Nos alegramos mucho por Janet Yellen y el premio Nobel de Economía, Akerlof. Supongo que, dadas las circunstancias y como reconocimiento del hecho, sus respectivos jefes serían los padrinos de boda. Quizá hasta sus empresas les cobren una comisión por haber favorecido el encuentro. Todo llegará.
Lo importante no es el café, sino el estado en el que llegas a él: estresado, con necesidad de desahogarte con alguien antes de cometer una tontería. En el fondo, ese café parece cumplir las funciones del carnaval señaladas por Bajtin: que sea una breve pausa liberadora en medio de un orden despótico.
  

* "Las ventajas de la pausa para el café" El Mundo 6/01/2014 http://www.elmundo.es/salud/2014/01/06/52c6cca122601dc46c8b4575.html







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