domingo, 9 de junio de 2013

La letra pequeña del contrato social europeo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El editorial de The New York Times tiene una título expresivo: "Europe’s Social Contract, Lying in Pieces". La fotografía que lo acompaña es de una mujer griega, una "sin techo" dormitando sobre un banco de la calle, junto a un carrito de supermercado con sus pertenencias. Es una foto dura que por efecto de retórico se convierte en representación de una Europa muy diferente a la que se acostumbra a mostrar.
El editorial muestra su preocupación por lo que parece el fracaso del compromiso social, del contrato por el bienestar, sobre el que Europa había cimentado su crecimiento y, sobre todo, una imagen de sí misma que difiere de la que esa fotografía, convertida en emblemática representa.

What began as a debt and currency crisis in the European Union risks becoming a crisis of liberal democracy itself. Four years of grinding austerity across much of the Continent has caused millions of middle- and working-class voters to lose faith in the ability of mainstream political parties to protect their basic interests. It would be a sad paradox if the European movement, conceived in the ruins of fascism and two world wars, and for decades democracy’s best advertisement to the Communist East, undermined its democratic achievements in pursuit of a perverse economic dogma.*


El editorial plantea algunas reflexiones interesantes sobre una Europa vista desde fuera, pero también nos plantea a nosotros una reflexión sobre los Estados Unidos y cómo nos ven. La percepción de la crisis europea, tal como ellos lo hacen, puede ser también interesante. En primer lugar, lo es que ellos vean el bienestar de Europa como una especie de cinturón de seguridad. No es de extrañar que inmediatamente vengan a la memoria  las "dos Guerras Mundiales", las "ruinas del fascismo" y una especie de terapia democrática recetada a una Europa de Jeckyll y Hyde.
El origen de la crisis, para ellos, está en ese "perverso dogma económico" que es una forma de llamar a la "austeridad". Sin embargo, habría que ir un poco más atrás para que el análisis de esta crisis sea productivo. La crisis comenzó a comprenderse como una "crisis norteamericana" que afectaba a Europa y ahora, en cambio, es percibida como una crisis europea que afecta a todos, incluidos los Estados Unidos. La vida económica es compleja y no se trata de saber el origen último de todo proceso en una cadena de regresiones infinitas, pero sí de conocer los marcos en los que los problemas crecen.


La austeridad no es el origen de la crisis; es un mal remedio. Es un remedio impuesto por aquellos que se podían ver más perjudicados por el agravamiento de una situación que se hace difícil de controlar en un sistema, el europeo, que no había experimentado una situación de este calibre con una moneda común pero con intereses dispares.
Los que señalan que hay que avanzar en políticas comunes tienen razón siempre y cuando se avance en una política de igualdad entre los países, de reducción de diferencias. El error político —local y global— ha sido el contrario: ahondar en la diferencias económicas dentro de cada país y entre países. Las diferencias sociales han aumentado en todos los países de la Unión y, a su vez, han aumentado las diferencias entre los países, empobreciéndose unos en detrimento de los otros. Es difícil usar un mismo nombre, "Europa", para realidades tan distintas. Por eso comenzaron a fraguarse los eufemismos: "Europa de dos velocidades", "núcleo fuerte del euro", etc.

Creo que la mejor forma de representarse esta crisis que padecemos es como una infección que nos llega con las defensas bajas, con una capacidad de reacción muy limitada. Nuestras economías estaban ya enfermas y lo que nos ha puesto como receta es una dieta rigurosa. Es en esa dieta que se llama "austeridad"  y donde se concentran los ataques The New York Times. Sin embargo, la enfermedad europea debe mucho a planteamientos que llegaron de los Estados Unidos en la "era Reagan-Thatcher" imponiendo un estándar global.
La crisis europea comienza, en realidad, con la desconfianza en el estado, un contagio neoliberal angloamericano, con las políticas que no solo desmantelaban lo público, sino que alzaban a las grandes corporaciones —bancos, empresas— a dirigir las políticas en función de sus intereses, a los que se debía supeditar la política. Las políticas neoliberales ahondan las diferencias sociales, como era característico de la sociedad americana, y eso entra en contradicción con los ideales europeos de una sociedad más igualitaria. Llegaron, además, en el peor momento: el de la definición y construcción de Europa.
Tiene razón The New York Times al decir que la crisis europea de confianza en los grandes partidos y en los gobiernos proviene del abandono de unos y otros de una parte de sus políticas tradicionales. Conservadores, liberales y socialistas europeos quedaron marcados por estas políticas:

With few exceptions, Europe’s mainstream center-left parties, which long positioned themselves as defenders of society’s most vulnerable, are taking it in the teeth politically. The Democrats in Italy, the Socialists in France and Spain, and the Greek socialist party known as Pasok, having committed to many more years of cuts in social spending, are increasingly out of touch with the desperate situation of young people without job prospects, homeowners unable to keep up with their bills, and older workers facing long-term unemployment, later retirement ages and pension cutbacks.
[...]
Europe’s conservative parties, like Republicans in the United States, have, for the most part, turned into shrill apostles of austerity at almost any social cost. The shock is that European socialist parties have largely shrugged and acquiesced, instead of fighting to protect their traditional constituents. For that, they are paying a stiff political price, though their ouster from power is scant consolation for the millions of Europeans facing the long-term prospect of poverty and despair. Given how the European Union is structured, German austerity policies might have prevailed anyway. But its victims would not have felt as politically abandoned as they do today, nor as tempted by anti-democratic fringe movements.*

Podríamos decir que ambas afirmaciones son aceptadas por mucha gente, pero la pregunta importante sigue siendo la misma: ¿qué fuerza hace cambiar las políticas tradicionales de los partidos, por un lado, pero también el conjunto de la política de la configuración europea? ¿Por qué, si todo es tan obvio, no se rectifica? Es en esos obstáculo en donde hay que ahondar. ¿Dónde están?
Alemania está cubriendo es papel de "villano" oficial de la historia, pero creo que esto va más allá de lo que un país (aunque sea Alemania) pueda decidir. Las cosas que ocurren han comenzado su andadura tiempo atrás. Alemania es una mala medicina, no la enfermedad. Si Europa hubiera avanzado con firmeza en un camino igualitario, el problema del desequilibrio con Alemania se hubiera reducido, no agrandado.
Los problemas europeos  tienen una visibilidad social, pero son la punta del iceberg, la consecuencia de los defectos subyacentes en sus políticas generales. The New York Times se preocupa por el ascenso de los grupos radicales, xenófobos, violentos y de la caída de los principales partidos políticos en diferentes países. Es fácil describir, como hace el periódico norteamericano, una desastrosa Europa de mendigos callejeros, de mujeres lanzadas a la prostitución y suicidios:

The victims are visible almost anywhere you go in Mediterranean Europe. You see shuttered groceries and clothing shops, abandoned restaurants, idled factories and half-built housing developments overgrown with weeds. Newspapers carry heartbreaking stories of families evicted from modest apartments, people losing their jobs and then their health benefits, young and not-so-young women turning to prostitution to make ends meet, even suicides by self-immolation.


Y no es fácil dejar de verlo, por más que sea casi apocalíptico. Pero todos esas situaciones son el resultado de unas políticas fallidas en su diseño y aplicación, porque una de las promesas para construir la Europa conjunta era que precisamente esto no debería verse nunca más en las calles del continente.

Las soluciones que se apuntan ahora a muchos problemas no son soluciones: son aceptación de una pesadilla, no de un sueño europeo. Parece como si todo estuviera ya escrito y los expertos no hicieran más que certificar la hora de la muerte. Sin embargo, no puede ser esta la forma de encarar los problemas. En el caso de España, tenemos que convencernos a nosotros mismos de que es posible retomar el control de nuestro desarrollo y que está en nuestras manos lo que sea el futuro. De otra manera, empezaremos a ver Europa como una piedra atada al cuello.
La austeridad, el "dogma perverso" como lo llama The New York Times, no es la única perversión. También lo es que cuando se crea riqueza se reparta mal y se desmantele el Estado empobreciendo al conjunto. Hay que descubrir el origen de las crisis en los años de bonanza, en los tiempos en que todo parecía fácil, natural y salían las cuentas. Esa riqueza se repartió mal y no fue donde debía. Hay que repasar el contrato que firmamos porque o ha sido incumplido o dejamos de leer la letra pequeña. 


* "Europe’s Social Contract, Lying in Pieces" The New York Times 08/06/2013 http://www.nytimes.com/2013/06/09/opinion/sunday/europes-social-contract-lying-in-pieces.html






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