jueves, 20 de junio de 2013

Gaseados, el negocio del otro gas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Tras la contemplación de cualquier noticiario televisivo, a uno no le choca la noticia que BBC Mundo destaca en sus páginas: el auge del negocio del gas lacrimógeno. Desde la pantalla, el mundo se nos muestra bajo una capa de humo irritante de la que salen, en distinto estado, manifestantes o simples transeúntes que pasaban por allí, incautos que no han descubierto todavía que medio planeta protesta por algo. Gaseados callejeros, los indignados de todo el mundo tienen esa experiencia común, la irritación y el envenenamiento. Si el siglo XX comenzó con los gases en las trincheras y continuó con los gaseos racistas masivos, el XXI lleva camino de hacer que el gas lacrimógeno, una variante mitigada del gas letal, sea habitual en nuestros escenarios urbanos.
Como bien señala la cadena británica, puede que haya austeridad pero no en el sector del gas lacrimógeno, un negocio cada vez más lucrativo, la demostración de que en tiempos de llanto siempre se podrá vender pañuelos. El crecimiento de las protestas es una "oportunidad" de mercado para estas empresas con un producto cuya demanda se dispara:

El gas lacrimógeno ha sido una herramienta central en el desalojo del Parque Gezi en Estambul este fin de semana y en la represión a las protestas en Río de Janeiro contra el excesivo gasto en la organización de la Copa Mundial de fútbol del año próximo.
Egipto y Túnez están aumentando sus compras de material antidisturbios en momentos en que negocian préstamos con el Fondo Monetario Internacional para cubrir sus baches presupuestarios. En la eurozona de la austeridad las cosas no son demasiado diferentes.*


La BBC, siguiendo a la investigadora de la Universidad de Bournemouth, Anna Fiegenbaum, recoge la teoría de que el crecimiento de los recortes conlleva una aumento del gasto en el sector de la seguridad y el orden público. Mientras todo lo demás se recorta, por efecto de las reacciones ante esos mismos recortes, se aumenta el gasto en material antidisturbios para controlar las protestas. Si se recortarán también los gastos para frenar las protestas ocurriría el caos, parece ser el razonamiento.

Los informes y recomendaciones de los expertos deberían ir acompañados de un punto en el que se evaluara el gasto en gas lacrimógeno que supondrá la aplicación de sus medidas. Algo así como "del ahorro por los recortes de XXX deberán descontarse tantos miles de euros por la compra del gas lacrimógeno empleado en disolver las manifestaciones de protesta que suscitará". De esta forma los números estarían muchos más claros, no sea que lo que ahorramos por un lado nos resulte al final mucho más caro por el otro.  La subida de los veinte céntimos del transporte en Brasil —que ya acaban de suspender muchos ayuntamientos—, por ejemplo, ha podido salir muy cara si se suman los gastos de los medios para reprimir las protestas y sus efectos: el gas, la limpieza, las obras de reparación, los seguros, etc.


La BBC también menciona el caso de España: «El presupuesto 2012 del gobierno español de Mariano Rajoy contempla recortes en prácticamente todas las áreas, pero en material antidisturbios el gasto se eleva de unos 173.000 euros a más de tres millones en 2013.»* Me imagino que los que han conseguido que se les apruebe ese aumento brutal —en los dos sentidos— del presupuesto lo habrán hecho mediante algún informe razonado al que sería interesante acceder, aunque solo sea por curiosidad. Puede ser una cantidad intuitiva, calculada a ojo, o también un ejercicio meticuloso de evaluación de la respuesta social. En esto de la gestión y la gobernanza, cada día se avanza más.


La BBC señala que existe un "complejo industrial-armamentístico-gubernamental" tanto en Estados Unidos como en Europa que tiene unos intereses muy definidos y que consigue que sus presupuestos no mengüen con los recortes. El aumento de las protestas por las crisis les favorece:

Este complejo es responsable de una continua redefinición de los términos, como se evidenció en la exposición en Londres de productos para la lucha contra el terrorismo este abril, que tenía al gas lacrimógeno entre sus productos estelares.
"Desde 2001 la industria del antiterrorismo ha crecido mucho y en los últimos años se ha visto esta equiparación del disenso civil con el antiterrorismo", señala Feigenbaum.
La exposición calculaba que la industria antiterrorista en su conjunto crecería un 20% para el final de la década.


Los "términos redefinidos" a los que se refiere Feigenbaum son los que sirven para cubrir semánticamente la realidad de las armas químicas, que es lo que son los gases. Bajo la etiqueta de "no letal" parece que las cosas tienen un fondo distinto: «[...] por presión de los gobiernos y las corporaciones, se cambió el nombre de 'arma química' a 'irritante químico' o 'instrumento de control de disturbios»*, señala Feigenbaum. El lenguaje, una vez más, redimiendo a los hechos.
A mis amigos egipcios que padecieron los efectos de estos gases en sus ojos y gargantas no les ha importado cómo lo llamaran. Describen con detalle los terribles efectos. La semántica solo sirve para suavizar las palabras en los presupuestos gubernamentales, pero no suaviza sus efectos en el cuerpo de quien los recibe. Los egipcios convirtieron los parches en los ojos en símbolo de la Revolución como homenaje a la gente que perdió la vista por causa de los gases durante las manifestaciones desde que comenzó la Revolución. El actual gobierno de Morsi, como señalaba la BBC, ha aumentado el presupuesto de Mubarak en gases, que ya debía ser muy alto. Quizá todavía esté tirando de las reservas del arsenal del dictador, pues en esto de los gases no se hacen miramientos a lo que te dejan en herencia. Lo aprovechas y ya está. En cuanto al uso del gas lacrimógeno, en Egipto no se ha notado el cambio de gobierno, como en muchas otras cosas.


El gas, desgraciadamente, se ha hecho algo cotidiano en muchos lugares. Como contrapartida, me imagino que también ha aumentado el negocio de las máscaras antigás. Sí lo ha hecho el ingenio y la habilidad de los manifestantes para fabricarlas artesanalmente. A los grandes presupuestos en material antidisturbios, los manifestantes responden con bricolaje. Pura supervivencia. 
La protesta —por unos motivos o por otros— va en aumento en todo el mundo y el gas es un símbolo más del descontento. Con el gas se disuelven las manifestaciones, pero no sus causas que siguen pendientes de arreglo. 


* "El gas lacrimógeno, un negocio en alza" BBC Mundo 19/06/2013 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/06/130618_gas_lacrimogeno_am.shtml






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