lunes, 11 de noviembre de 2013

Ventajas evolutivas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Desde que los biólogos se han metido a explicarnos la "cultura" en términos de "ventajas evolutivas", la verdad es que todo queda reducido a movimientos básicos y poco elegantes.
Tengo sobre la mesa dos libros recientes, el uno titulado "Conectados por la cultura. Historia natural de la civilización"*, de Mark Pagel, biólogo, profesor de la Universidad de Reading, y otro con el título "La insensatez de los necios. La lógica del engaño y el autoengaño en la vida humana"**, de Robert Trivers, de la Universidad de Rutgers y alguna que otra más.
Las consecuencias de interpretar, describir y explicar lo humano, individual y socialmente, en términos biológicos evolutivos es que la Historia se iguala con la de los que no tienen Historia: sexo y poder, como un serial televisivo, ni siquiera "amor" y "lujo" que ya han quedado anticuados al llamar a las cosas por su verdadero nombre. La gente lo hace todo por esparcir sus genes por donde haya ocasión y para ello elimina a sus competidores. Si por un casual los competidores se ponen de acuerdo —como, por ejemplo, en la conferencia política del PSOE— en no matarse es porque todos mejoran respecto a lo que tenían antes, es decir, encuentran alguna ventaja momentánea en no matarse ahora y dejarlo para más adelante.

La tesis central de la última de las obras, la de Trivers, según expresa resumida el propio autor, es que "nos autoengañamos para engañar mejor a los demás" (19)**. Esto introduce un matiz más de "perversión cantada" en nuestra evolución porque implica, como señala Trivers, que sucede como cuando nos entrenamos para pasar por un detector de mentiras sin que nos pillen, como ocurre en las películas de espías. El espía bien preparado es capaz de pasar por el detector sin que se manifiesten los síntomas de nerviosismo que los espías mal entrenados son incapaces de ocultar, como que les dé la risa cuando los interroguen, que diría Gila. Engañarse uno para engañar a otros requiere de un entrenamiento o, perdón, de unas cualidades entrenadas que se transmitirían a los descendientes. En el futuro, solo quedarían mentirosos autoengañados por aquello de la selección natural. Los que digan la verdad, fuera.


Los biólogos que se meten en estos berenjenales —entre otras cosas porque la gente como yo compramos sus libros y eso les da ventajas, como el prestigio para conseguir mejores parejas con las que reproducirse— acaban haciendo unas explicaciones muy sencillas de casi todo, porque la evolución, en palabras del propio Charles Darwin, era una idea "muy sencilla", lo que no le quita ni mérito ni alcance, al contrario. Pero lo malo es que esa idea sirve para explicar tantas cosas que al final no establece diferencias y todas son lo mismo, porque en el fondo —y eso era parte de la idea—, lo único constante es el mecanismo de la selección.
En el libro de Mark Pagel, por ejemplo, después de decir que las jóvenes "maduran" antes que los jóvenes, podemos leer lo siguiente:

Tanto se diferencian los dos sexos, que en algunos aspectos resulta útil pensar como especies ligeramente distintas que viven existencias divergentes y se unen solo de cuando en cuando para mezclar sus genes. Si la metáfora parece forzada en el caso de los seres humanos, piénsese en el caso de los insectos pertenecientes al orden de los estrepsípteros.*


Debo reconocer que a mí la metáfora no me parece en absoluto forzada, incluso puedo conceder que a algunos no les parezca ni metáfora. Lo que sí me parece forzado, en cambio, es tener que irme comparando con distintas especies de insectos, de cualquier orden, o con cualquier otro ser vivo, para que les salgan las explicaciones sociales a los biólogos. Si los biólogos hicieran lo mismo en sentido inverso, es decir, explicaran a los seres vivos en términos de comportamientos humanos, diríamos que son poco serios y que eso estaba bien que lo hicieran Esopo, La Fontaine y Samaniego, pero no un científico de pro.
Los primeros que trataron de explicar científicamente el funcionamiento social lo hicieron sobre el modelo de la Física, y así pasó a llamarse "Física social" a la Sociología. Por eso está llena de símiles de ese campo, como "dinámica social", "movimientos sociales", "masas", etc. También se intentó sobre un modelo más "orgánico" de la sociedad y se la llamó "Fisiología social", dando lugar también a metáforas y símiles relacionados con los cuerpos vivos. Hoy en día tenemos muy diferentes enfoques y escuelas que compiten por hacerse con la explicación de los fenómenos sociales, pero hay sitio para todos. El mejor antídoto contra el totalitarismo explicativo y el dogmatismo, como en la Naturaleza misma, es la diversidad aunque para ello sea necesario escuchar ciertas cosas.


Antes se apelaba a la diversidad que produce la libertad, pero desde que la libertad ha quedado como un fenómeno fantasmático —que diría un psicoanalista— entre la mano invisible de la genética y la mano invisible del mercado, no se recurre mucho a ella y así nos va. Sería, por utilizar la idea de Trirvers, una forma de "autoengaño". No sé si soy libre o no —ya Leibnitz nos avisó de este problema—, pero desde luego no estoy dispuesto a estarme comparando cada dos por tres con bichos que claramente no lo son —por lo menos desde nuestros estándares— para que les cuadren las explicaciones simples. La respuesta de Leibnitz, que no era tonto precisamente, es "usted actúe como si lo fuera". Y yo estoy dispuesto a hacerlo, desde luego.

Que luego resulta que eso que me pasé días decidiendo y calentándome el tarro estaba escrito en no sé donde, en los genes o en las estrellas... pues, mire usté, si no me entero... Lo que tengo muy claro es que por muchos libros que lea sobre este asunto, no habrá ninguno que lo aclare. Y aquí sí que creo que los que no creen en la libertad, si aplicamos la idea de Trivers, se autoengañan para engañarnos mejor, aunque ellos no lo sepan porque están autoengañados. Cuando alguien —por la Física o la Genética— me dice que no somos libres, lo mejor es decirle que es muy libre de decirlo, pero que se vaya a dar la tabarra a otro lado. Puede que la libertad sea un término inútil desde esas explicaciones, pero si lo hemos inventado es porque alguna ventaja tiene que tener. 
Somos unos animales curiosos, ya que nos ponemos. Salimos de las mismas estrellas, salimos de la misma sopa biológica o caldo primordial que los demás seres vivos, descubrimos que estamos llenos de parientes —unos más inteligentes que otros— en la naturaleza... y luego nos pasamos el día intentando compararnos a la baja con insectos, o con los bichos que haga falta.


Mientras dejemos en manos de los biólogos los parecidos y de los filósofos las diferencias, se mantendrá el equilibrio.  Lo malo va a ser como siga decayendo esto de la Filosofía, que no es más que pensar un rato en qué somos, dónde vamos y de dónde venimos. Ya, ya.., veo al biólogo del fondo levantando la mano queriendo contestar —como siempre, el muy listillo—, pero hay que dejar que los otros respondan también.
Señala Pagel como conclusión final de las quinientas páginas de su obra:

Sería poco sincero dar a entender que las respuestas a doscientos cincuenta mil años de historia son así de sencillas; aunque lo cierto es que nuestra naturaleza puede marcarnos el camino. Este no comporta necesariamente que tratemos de emplear nuestra inteligencia incomparable a fin de rebelarnos contra los dictados de nuestros genes. Lo que pretende comunicar este libro es que nuestros genes han creado en nosotros una máquina capaz de desplegar una inventiva mucho mayor que la de ningún otro ser de la Tierra y de buscar el bien común como ninguno. La clave está en proporcionar o crear entre las personas claves de confianza y de valores compartidos más poderosas que las que pueden ofrecer elementos tan imprecisos como la pertenencia a una etnia o las diferencias culturales, que son los que hemos empleado durante toda nuestra historia, y a continuación fomentar las condiciones que pueden otorgar a nuestros semejantes un sentimiento de tener un objetivo común y obtener resultado compartidos. Esta fue la receta que nos llevó a extendernos por el mundo hace unos sesenta mil años, y lo cierto es que aún funciona. (471)

Quizá la conclusión de los biólogos, después de todo, sea que los filósofos y pensadores sociales, personas que tienden a pensarnos en términos de libertad, son necesarios, incluso una ventaja evolutiva. Que eso que llama Pagel "la clave" —la confianza y los valores compartidos, el bien común...— no es una forma de "autoengaño", como señala Trivers, para "engañar mejor" a los demás, sino una suspensión positiva de todo aquello que nos dejaría solos.
¿Que me han engañado? ¿Que me he engañado yo solo? Pues bueno.


* Mark Pagel (2013). Conectados por la cultura. Historia natural de la civilización. RBA, Barcelona.

** Robert Trivers (2013). La insensatez de los necios. La lógica del engaño y el autoengaño en la vida humana. Katz, Buenos Aires.




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