viernes, 26 de septiembre de 2014

El dedo tonto en el ojo o cuidado adonde apuntas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La televisión es víctima de su propio poder. Al menos, del que le atribuyen. La noticia de la dimisión del presidente de RTVE, Leopoldo González-Echenique, desplaza el énfasis al dedo que señala la luna. Y eso nos hace salir del trance hipnótico por el creemos embelesados que el mundo está ahí y así nos lo cuentan. La ilusión de realidad se pierde y nos quedamos con la des-ilusión del discurso, es decir, sabiendo que eso que vemos no es lo que es sino lo que nos cuentan, y que lo que nos cuentan puede ser contado de muchas maneras, una mejores que otras. Finalmente, nos hace conscientes que existe alguien que decide sobre lo que nosotros debemos ver o no. Entonces nos preguntanos por qué diablos el sabio está tan interesado en que miremos la luna. El sabio, que ha dejado de serlo, acaba con el dedo en su propio ojo. Son los tontos tuertos.
Se llamó injustamente a la televisión en España la "caja tonta" y se debería llamar con más justicia el "dedo tonto". Pero esa ilusión de que vemos lo que es, que no hay dedo que apunte, es lo que nos hace valorar tanto el medio como espectadores y da tanto valor al dedo de los manipuladores. La televisión es un medio poderoso por el grado de verosimilitud que acumula por su propia tecnología. Las imágenes parecen ser cognitívamente más convincentes y emocionalmente impactantes que las palabras. Ver para creer y si no lo veo no lo creo. Y eso hace que sea un bocado apetecible para quien las maneja y selecciona. La tentación de mover el dedo hacia donde interese o de imponer silencio a lo que no interesa es demasiado grande. Pero en un sociedad democrática y abierta a las informaciones como la nuestra, en donde no es fácil imponer nada por su propia pluralidad, es un acto tonto, tontísimo, que no trae más que desprestigio y que se vuelve contra quien lo practica. Te quedas tuerto y en evidencia.

La noticia que el diario El Mundo nos trae sobre los incidentes ocurridos por la forma de dar la noticia de la dimisión del Presidente es reveladora de los problemas y tensiones que se dan en Radiotelevisión Española. Y causan sonrojo en un país democrático que sigue sin resolver la cuestión de los medios públicos por la voracidad política de nuestros partidos, incapaces de resolver una situación que ellos mismos han creado a lo largo del tiempo y ancho de la geografía.
Nos cuenta El Mundo:

La dimisión del presidente de RTVE, Leopoldo González-Echenique ha golpeado la redacción de la cadena pública. Las protestas han estallado justo antes de la emisión del Telediario, a raíz del tratamiento preparado para la propia noticia de la salida del presidente de la corporación.
En el canal 24 horas se ha contado la dimisión de González-Echenique con distintos totales o declaraciones, por ejemplo del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. Pero para el Telediario del mediodía de La 1 había otros planes. Se había elaborado una información mucho más breve, de menos de medio minuto, sin declaraciones y además relegada a tramo final de los informativos.
En la escaleta del noticiario no había previsto ningún total; sólo unas colas (imágenes acompañadas de la voz del presentador, en este caso Pilar García Muñiz). La redacción no daba crédito. Varios periodistas de las áreas de Internacional y de 24 horas se han dirigido al núcleo de la redacción. Algunos pertenecen al consejo de informativos de la cadena, un órgano que se ha mostrado anteriormente contrario a la actual directiva. Allí han mantenido una discusión con José Gilgado, director de Contenidos de los Servicios Informativos y hombre de confianza de Julio Somoano, responsable máximo de esos Informativos.
Ante la llegada de distintos redactores, Gilgado ha pedido a los trabajadores que se sentaran, según distintas fuentes consultadas por EL MUNDO. "¡Cada uno a su puesto de trabajo!", ha sido la frase textual. Como respuesta, gran parte de la redacción de Informativos se ha quedado en pie en señal de protesta, tal y como se puede comprobar en la imagen.
Gilgado ha procedido entonces a la grabación con su teléfono de lo que estaba ocurriendo. El debate interno ha terminado por conseguir la modificación de la noticia. Se ha emitido a las 15.39 horas (casi 40 minutos después del arranque del informativo), pero sí ha incluido los totales solicitados por la redacción, frases del socialista Antonio Hernando y del ministro Montoro.*


No es un mal que haya discusión en un medio sobre cómo se puede abordar una noticia, discutir sobre su tratamiento. Ocurre en todas partes en donde puede ocurrir. La conversión de los medios en estructuras obedientes al servicio de una persona o grupo que exige que los periodistas se conviertan en meros conversores lingüísticos o audiovisuales de lo que quieren decir, no es algo exclusivo de Radiotelevisión Española.
Lo que sí me parece muy mal es la actitud del señor Gilgado de mandar a sentarse a la gente y de grabarles con un teléfono móvil, algo que está prohibido hacer con los agentes de Policía y debería estar prohibido hacer ante unas personas que están manifestando una discrepancia. Lo que ha hecho el señor Gilgado es poco profesional, ético y hasta inteligente. Ha conseguido trasladar el foco de atención del dedo a la cabeza que lo mueve. Se ha metido el dedo él solo en el ojo. El dedo del tonto se mete en su ojo. Si pretendía silenciar la noticia, ha conseguido lo contrario. De las diez noticias más leídas en estos momentos en el diario El Mundo, seis se refieren a la dimisión de González-Echenique. No se puede hacer peor, ni con peor estilo.

Radiotelevisión Española —me refiero a sus profesionales— son víctimas del manejo de los políticos; son víctimas porque que, hagan lo que hagan, siempre se pensará que se lo ordenan desde algún sitio. Es un mal de Radiotelevisión Española y lo es de todos los medios autonómicos, sujetos a las directrices de personas que cuentan con la confianza de quienes les ponen y la desconfianza de oficio de todos los demás.
La única salida real, la única que la ciudadanía y los profesionales deberían aceptar, es la independencia profesional y la creación de órganos que lo garantice. Pero mientras que se considera que debe haber independencia de los poderes públicos, al "poder" informativo —el que habla de los otros tres y, en ocasiones como esta, de sí mismo— se le niega. Mientras que es posible defender la independencia de los jueces, legisladores y gobernantes, la profesión periodística no se defiende ni tiene quien la defienda.
Los profesionales que se han negado a sentarse ante la orden escolar y "tejeril" de que se sienten, lo han hecho por una discrepancia de bulto, pero no es la primera vez. Ellos sabrán por qué consideraban tan importante la dimisión del Presidente de Radiotelevisión Española, es su valoración de una noticia sobre la que indudablemente te tendrán una opinión.
Podemos considerar esto como una confrontación partidista más en el seno de los medios públicos, pero no se puede permanecer indiferente ante las formas, que no son las más adecuadas para una sociedad democrática, tal como se ha descrito ante la ONU. España es democrática y pluralista y así deben ser nuestros medios. Sin embargo, pasado los años, no se termina de resolver el problema de los medios públicos y se dan espectáculos tan bochornosos como el dado por el señor José Gilgado, grabando con el móvil a los profesionales que se niegan a acatar sus "ordenes" de sentarse. ¿Qué va a hacer con ellas el señor Gilgado: abrir el telediario, adjuntarlas como parte de la pieza sobre la dimisión del Presidente? ¿Es el señor Gilgado un "periodista ciudadano"?


Los medios valen lo que vale su credibilidad, a menos que se apueste por un sistema pauloviano de creación de reflejos condicionados por refuerzos constantes. España se merece unos medios públicos profesionales y con credibilidad. Se lo merece y nos lo merecemos como ciudadanos. La creencia en que la lucha por el poder mediático público es parte de la lucha política nos perjudica a todos. El dedicarse a desprestigiar medios públicos va en detrimento de todos y, lo que es peor, deteriora las posibilidades de arreglarlos.
Desgraciadamente, los políticos disfrutan viendo cómo los informadores son incapaces de mostrar una unidad profesional que les permita exigir una conciencia y dignidad profesional independiente al servicio de la ciudadanía. Frente a la politización partidista, que solo favorece a los políticos, la única salida es la defensa de la profesión, para lo que sería deseable otro escenario. Mientras no haya esa unidad, los ciudadanos estaremos expuestos a la manipulación política a través los medios que deberían garantizarnos una información plural e independiente. Los profesionales seguirán sufriendo igualmente que se les considere meros instrumentos al servicio de quien controle los medios en cada legislatura.


Los medios privados pueden alegar que son empresas con líneas editoriales y que los profesionales que están allí saben dónde han solicitado empleo. Es una forma perversa de enfocarlo, pero no la discute nadie por la cuenta que le trae. Un periódico, una televisión o cualquier otro medio profesional de comunicación cumple una tarea esencial en las democracias, que es lo que se les reconoce en las constituciones y de donde derivan ciertas garantías a sus profesionales para preservar su independencia, que es la que asegura que los ciudadanos, sus lectores, estarán mejor informados. Sin una buena información decidimos en un mundo falso.


En una entrada del 1 de septiembre de 2012, tratamos el caso de Georgina Rinehart, la mujer más rica de Australia, que había dejado claro que ella era la dueña de Fairfax Media y decidió decir a todos lo que debían escribir y si no, a la calle. Georgina decidió que el dinero es quien decide los editoriales y que como ella consideraba que lo del cambio climático era un invento izquierdista que limitaba sus ganancias en el campo de la minería del carbón, desde ese momento, el carbón era bueno y lo del cambio climático, un cuento infantil. Ella era muy dueña de pensarlo, pero echó por tierra un acuerdo de los periódicos australianos tenían firmados desde 1988. El caso sirvió para que periodistas y políticos se unieran contra Georgina Rinehart y sus modos de mujer mandona. Me imagino que Georgina también sacaría su teléfono móvil para fichar a todos los que le llevaran la contraria.


Me dirán que es un medio privado y que Georgina Rinehart tenía la sartén por el mango. Pero una cosa es tener la sartén y otra dar sartenazos. Los medios públicos no son de los gobiernos ni de los políticos; son de los ciudadanos, ni siquiera de los votantes y mucho menos de los votados. Y esto debería tenerse claro después de los años de democracia en España.

Debería plantarse desde la profesión, la academia y los juristas una fórmula que permitiera salir de una vez de este bochornoso espectáculo de pelas y broncas informativas que repercuten en la propia credibilidad de medios e instituciones. Al final no es la profesión la que se beneficia, sino los que son la causa. Son los que crean los problemas y además quieren decidir cómo deben ser contados.
Las televisiones públicas no puede ser mitigadoras de problemas o situaciones; deben informar de lo que ocurre de la manera más profesional, algo que incluye la conciencia de los informadores y las formas de encontrar soluciones razonas y razonables a los conflictos lógicos sobre la información. Si esto ocurre con lo que sucede fuera, es comprensible que lo que ocurre dentro lo sea más, pues afecta al dedo.
Al contrario del dicho chino, hay que mirar al dedo de vez en cuando para asegurarnos de que los motivos que tiene para hacernos mirar la luna no sean perversos. Incluso hay que mirar a la cara al dueño del dedo.


* "La redacción de Informativos de TVE protesta por la cobertura de la dimisión del presidente" El Mundo  25/09/2014 http://www.elmundo.es/television/2014/09/25/54243c09e2704efe718b4594.html?a=9b1b20256bc4ee221d46d7e8d28a3ecf&t=1411720014



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