viernes, 19 de septiembre de 2014

Bailando en la oscuridad o los iraníes quieren ser felices a su manera

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mientras que en Irán ha llegado una nueva tanda de políticos sonrientes, a los jóvenes que se les ocurre mostrar unos estándares de "felicidad" distintos a los oficiales, se les condena a cárcel y latigazos. El atenuante de que no se les haya aplicado la pena (por ahora, si se portan bien) es relativo, pues no existe mejor forma de mostrar "moderación" que hacer leyes moderadas. Lo de ser generoso con las aplicaciones de leyes brutales no resta nada a la voluntad autoritaria de mantenerlas.
La distancia que existe entre el progreso nuclear y el látigo medieval es una muestra del funcionamiento extraño de las mentes, al menos desde una perspectiva exterior. Lo que han hecho los jóvenes iraquíes, que se han limitado a bailar, dar unos cuantos saltos, tal como hacen millones de jóvenes en muchas partes del mundo, nos muestra esa aspiración a una extraña modernidad medieval que ve compatible el desarrollo científico y tecnológico con el mantenimiento (más bien imposición) de una forma de vida y costumbres inamovibles. Es como intentar poner un satélite en órbita y seguir sosteniendo que la tierra es plana. Thomas S. Kuhn diría que son "paradigmas incompatibles". Orwell, más pragmático, lo llamó "doblepensar".
Esta forma retrógrada de progresar deja al desnudo la cuestión principal: poder y control. Irán es un "estado islámico" y como tal extiende el control sobre las costumbres y actos de la vida pública y privada. No hay distinción. Se trata de mantener el poder y eso solo funciona con una sociedad controlada. Por eso se producen cada vez más desajustes entre un futuro hacia el que se avanza y un pasado idealizado hacia él se dirigen también las miradas. Manejas la ciencia del átomo, pero sigues pensando en términos medievales.


Cuando vi la noticia me vino inmediatamente a la memoria la película semidocumental "Nadie sabe nada de gatos persas" (Bahman Ghobadi 2009), un extraordinario testimonio de la juventud iraní, de su imposibilidad de vivir, de tener que esconderse para burlar la vigilancia que les impide poder ser como muchos otros cientos millones de jóvenes repartidos por el mundo. La película nos va mostrando el recorrido de una pareja de jóvenes músicos que tratan de formar un grupo para poder ir a tocar al Reino Unido. Las vicisitudes por las que pasan, desde el mercado negro de los pasaportes hasta las intervenciones de la policía en donde tienen una fiesta, nos deja la muestra de un mundo subterráneo y paralelo, de conciertos en casas privadas y ensayos clandestinos, que revelan la existencia de dos universos paralelos tras el telón islámico.


Aislar los países es hoy, como lo ha sido en otras ocasiones, el sueño de los dictadores, religiosos o laicos. Saben que es el movimiento, las idas y venidas, ver lo nuevo, lo que despierta el deseo de cambiar, lo que permite las comparaciones. Vemos que los otros son distintos y lo que se nos cuenta como verdad inamovible y universal se descubre que es puro creencia local impuesta.
Hoy ya no funcionan las murallas como lo hacían antes y los cambios surgen del fondo de las sociedades que ven que sus limitaciones no se deben a leyes universales, sino a la voluntad de sus dirigentes. La "normalidad" que les venden es solo ideología política o religiosa impuesta con mano de hierro.

Con la llegada de Internet, el mundo se ha convertido en avenida llena de escaparates, de muestras y ofertas de vidas diferentes a las que unos acceden con normalidad, pero que para otros tiene un precio muy elevado o simplemente prohibitivo. Estos gobiernos y sistemas políticos saben que es esencial tapar los ojos y oídos y realizan cuantiosas inversiones en el aislamiento comunicativo de sus sociedades mediante la aplicación de tecnologías de vigilancia, muchas veces con la complicidad de las compañías de países occidentales. Egipto, por ejemplo, acaba de realizar una gran inversión —¡como si no tuviera otros problemas!— para el control de las redes sociales; China ha duplicado las redes sociales y filtra las exteriores, de difícil acceso. Las excusas de todos son siempre las mismas: la disidencia, el anarquismo, el terrorismo, etc.
Desgraciadamente, los Estados Unidos y su "defensa" a través del espionaje masivo de las comunicaciones han dado la excusa perfecta a estos regímenes autoritarios. Unos sistemas de defensa que se basan en la reducción o perversión de derechos nunca acaban bien. Ni son el mejor ejemplo: obligan a justificarlos de forma egoísta, es decir, si son buenas para mí, me da igual que sean malas para los demás. El mal ejemplo siempre cunde y los gobiernos lo aprovechan para espiar a sus propios ciudadanos haciendo apelaciones a la "seguridad" y el "terrorismo". No sé si le resulta eficaz a los Estados Unidos para prevenir atentados, pero sí sabemos que le resulta rentable a los que espían sin pudor a sus propios ciudadanos o, sencillamente, les cortan las comunicaciones a todos, que también se considera "seguridad", declarando que los de fuera "faltan a la verdad" o "promueven" disturbios en el interior para desestabilizarlos. Es difícil pensar en la evolución de países cuyos sistemas se basan precisamente en no evolucionar porque sus edades de oro son una foto fija de la historia pasada.


Como los jóvenes del filme de Bahman Ghobadi, estos jóvenes, detenidos y condenados por bailar felices, están abocados a vivir bajo una cruel represión, a crecer viendo el mundo como un mal ejemplo del que solo se salvan los virtuosos, es decir, los que siguen las normas fijadas por las autoridades, que a su vez se consideran la mano de Dios. 
Les habían prometido no emitir el humillante vídeo en el que se les obliga a confesarse criminales por bailar, pero finalmente lo hicieron para que todo Irán viera las consecuencias de querer ser feliz a tu manera. Dicen que el tuit franciscano de Rohani, en mayo — “La #Felicidad es el derecho de nuestro pueblo. No debemos ser demasiado duros con los comportamientos causados por la alegría”—, ha sido decisivo para que esos latigazos y encierro no se ejecutaran. Ahora deberán contener sus ganas de ser felices durante un periodo de observación bajo riesgo de ser encarcelados y azotados.


Si analizamos la historia del tuit de Rohani vemos el absurdo a que se llega en Irán. En un régimen controlado por los clérigos, lo único que queda es apelar a la misericordia, antes que a la justicia. El tuit de Rohani no significa más que su deseo de no ser severos, pero la falta está ahí. Solo se han equivocado en su "forma" de ser felices. Ya aprenderán. Nada que un poco de reeducación y autocrítica no pueda corregir.
The Times recogía en mayo que la detención, lejos de intimidar y como era previsible, ha servido para que se siga el ejemplo de felicidad de los jóvenes, que ya no desean seguir bailando en la oscuridad:

If Iranian police hoped to scare young dissenters by publicly punishing six friends who videoed themselves dancing to Pharrell Williams’ hit song Happy, they will be disappointed.
Despite the arrest and forced televised confessions of the young men and women in Tehran last week, a series of new videos have sprung up online in recent days showing youngsters dancing in forests and on rooftops to the American singer’s track. Some have even poked fun at the authorities' heavy-handed response to the original video.*


Esos jóvenes, que muestran su solidaridad con los condenados a cárcel y a látigo, son los mejores embajadores de Irán, la prueba de que, pese al empeño de sus dirigentes, hay alguien que aspira a tener un futuro propio y a ser feliz en él. 



* "New Happy videos taunt Iran’s leaders" The Times 28/05/2014 http://www.thetimes.co.uk/tto/news/world/middleeast/article4101589.ece










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