Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La democracia es una forma de articular la diversidad. Parte del principio de que somos diferentes, pero también de que somos capaces de ponernos de acuerdo, porque tenemos elementos comunes, fines compartidos que nos unen. Sobre esta base de construye un edificio institucional que marca las reglas del juego con una finalidad, la de avanzar todos. Leyes, partidos, instituciones son las piezas en que confiamos para poner nuestros destinos en sus manos. Confianza es la clave. Frente a esto, el caos o un orden autoritario que no escucha ni dialoga, monológico.
Cada
vez más los partidos van a remolque de la calle; cada vez son menos referencia
y más se dejan arrastrar por las fuerzas que se están agrupando al margen. Lo
ocurrido con la huelga del transporte es muy claro en esto: una pequeña fuerza es capaz de silenciar a sindicatos y patronal, a partidos
políticos y gobiernos. El discurso
televisivo escuchado a su líder fue muy claro: hay que acabar con unos
sindicatos vendidos y que no
representan a nadie; hay que presionar hasta el final.
Toda esta música nos suena de algo. Es música dinamitera en un sector estratégico que ha conseguido, con muy poquito,
un daño espectacular a todo el país y, además, ha marcado una peligrosa senda
futura.
Se
trata, en fin, de crear una imagen inoperante de los gobiernos y la idea clave
de que son los ciudadanos los que
deben tomar en sus manos la vida social frente a los partidos. Esta es la base
del populismo y del deterioro de los partidos. Donald Trump se presentó como un
"antisistema", como un "no-político"; él era el que iba a
arreglar los desaguisados creados por los políticos. Le funcionó y llegó hasta
donde llegó, a la presidencia del país más poderoso del mundo, de una democracia
consolidada. El final lo sabemos: el asalto del 6 de enero al Capitolio, el
signo de la negación de las instituciones, del valor de los votos y del triunfo
de la mentira (él había ganado las elecciones) para arrastrar a la
gente a la violencia. Lo había hecho ya anteriormente con la cuestión de la
pandemia, dividiendo al país, convirtiendo el llevar una mascarilla o vacunarse
posteriormente en un acto político, en una forma de enfrentamiento que llegó a
las calles de las ciudades norteamericanas, a veces con violencia. Una gran
parte de los problemas que tenemos hoy los hemos heredado de su presidencia.
Parece
que no entendemos la fragilidad de la democracia y el avance, dentro y fuera de
los países democráticos, de la doctrina de la fuerza, de la creación del caos
para hacer emerger nuevas formas de poder manipuladoras que acaban con las
instituciones, personalizándose.
Lo
estamos viendo en diversos escenarios. Vemos cómo la Unión Europea tiene que
sancionar a ciertos países —Hungría y Polonia— por sus retrocesos democráticos,
por sus acciones limitadoras sobre las instituciones, a las que anulan en favor
de un mayor control gubernamental, todo ello salteado con discursos patrióticos
y nacionalistas, en los que el mundo es su enemigo y busca su destrucción. Todo
esto, además, se da en un contexto internacional que ha desembocado en otro
acto de fuerza, la invasión destructiva de Ucrania que es el final de un medido
proceso de acciones previas tendentes a buscar y crear conflictos, fomentando
casos como el del Brexit y de los separatismos europeos, fomentando la creación
de grupos antieuropeos en el seno de las instituciones para dinamitar la Unión
desde dentro. Esto no es nuevo, está todo en las hemerotecas.
El club de los dictadores está aumentando porque avanzan y se protegen entre ellos, como hemos visto en Siria con Rusia y viceversa. Hay ejemplos crecientes repartidos por todo el planeta, de Egipto a Brasil pasando por la Bielorrusia de Lukashenko, Chechenia, etc. Es como un mapa en el que se reparten estos espacios dictatoriales en los que cualquier insumisión se ve reprimida con el apoyo exterior de los dictadores amigos, prestos a intervenir. Hoy por ti, mañana por mí. Cada vez más países cambian sus constituciones para ampliar el número de mandatos posibles, un indicador claro de cómo se instalan en un poder que no abandonan.
Al tradicional aislamiento de los dictadores, les sigue ahora una preocupante solidaridad entre ellos. Junto a esto, la globalización ha hecho que sus intereses confluyan creando conexiones con otros países en los que apoyan facciones que les aseguran "buenas relaciones" futuras. La democracia apenas se contagia a otros; las dictaduras, en cambio, son altamente contagiosas. Cada vez son más países los que presentan la democracia como una forma débil en un mundo donde se valora más la fuerza en cualquier sentido, de militar a económica. La admiración de Trump por Putin es un ejemplo claro de esto. Trump llegó a tener un "dictador favorito", el egipcio Abdel Fattah al-Sisi. Lo malo es que el dictador favorito de al-Sisi es ahora Vladimir Putin, un valor estable frente a las veleidades de las democracias.
La
democracia, tal como la entendemos, tiene sus limitaciones, pero también es
cierto que en sus imperfecciones podemos desarrollarnos con márgenes más amplios
que en los modelos de pensamiento único y autoritarismo controlador. Las
dictaduras e híbridos autoritarios, en cambio, nos marcan un camino fuera del
cual solo existe la disidencia, la marginación o el exilio.
El control de los medios, de las redes sociales, etc. son los síntomas
de esta forma autoritaria de controlar los estados. Que en Rusia no se pueda
decir la palabra "guerra" ya nos explica bastante el comportamiento
autoritario.
Necesitamos
urgentemente entender que las disputas dentro de un sistema democrático no
pueden llevarse a un plano destructivo que lo erosione. Es lo que está pasando
en muchos estados democráticos, incluido España.
La
democracia es diálogo y por ello necesita de los agentes sociales en sus
diversas capas. Pero también es cierto que necesitamos de una buena voluntad
que es cada vez más infrecuente, sustituida por un ánimo bélico. Los populismos ya no son los únicos que
manejan discursos excluyentes y apocalípticos. El tono de los discursos sube
cada vez más y, con ello, la imposibilidad de llegar a lo que es su máximo logro: el
acuerdo.
Convertir a los
dirigentes de los partidos políticos en mesías
no es el camino. Hay que poner el foco en las instituciones, en que los líderes
son circunstanciales y al servicio del conjunto de la sociedad. Desgraciadamente, lo que ocurre es lo contrario, que muchas instituciones se contagian del espíritu de la confrontación. Necesitamos mejores democracias y eso solo se consigue con mejores hábitos democráticos. Pero no es lo que vemos. Por el contrario, el avance de las malas formas, de los discursos agresivos y apocalípticos se está convirtiendo en una realidad palpable.
Si las grandes democracias, como la norteamericana, son capaces de llegar hasta donde Trump llegó, el peligro para el resto es claro. Hay que buscar mejorar nuestras democracias o puede que tengamos que lamentar sus deterioros y pérdidas.
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