Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
En
estos días de final de año se acumulan las noticias de los concursos de "mises".
Hemos recibido la noticia de que una española ganó uno de ellos, que hubo un
error en otro, cuyo reinado se disolvió en el aire como un destello, para dejar
paso al de la reina verdadera. Pero
de todos ellos, el más singular quizá sea el de Iraq, del que nos da cuenta The
New York Times:
A new Miss Iraq was crowned in Baghdad for the
first time since 1972 in a contest that faced fierce conservative opposition as
well as reported death threats against some participants.
“I want to prove that the Iraqi woman has her
own existence in society, she has her rights like men,” the winner, 20-year-old
Shaima Qassem Abdelrahman, told NBC News. “I am afraid of nothing, because I am
confident that what I am doing is not wrong.”
Organizers hoped the revival of the beauty
pageant would “highlight the bright side of Iraq,” according to the group’s
website. But safety fears put the televised event in question, as hard-liners
and tribal leaders argued that it was un-Islamic and immoral.
Death threats were posted on the pageant’s
Facebook page, and at least some contestants were reported to have pulled out.
In response, organizers delayed the event from
its original start date in October and removed a swimsuit portion.
“Iraq needed this,” Ahmed Leith, the pageant
director, told CNN. “The situation is weak here, and we wanted to celebrate
this the same way other countries like Lebanon and others do. To have a sense of normalcy.”*
Mucha
gente está en contra de este tipo de concursos, aunque menos que en las etapas
en las que el feminismo los tenía en su punto de mira. Pero muestra del
relativismo de ciertas situaciones, pasa a convertirse en un desafío en el que
se reivindica la normalidad. Y algo
que debería ser su sustento: las libertades de las personas.
Cuando
hablamos de los peligros de los atentados terroristas y de la radicalización,
olvidamos situaciones en las que el radicalismo no es un proceso al que se llega sino un estado del que no se sale. El
Estado Islámico no es más que una punta del iceberg, aquello que preocupa y que
sirve para ponerle cara al horror. Pero esas caras son muchas y muy poderosas,
capaces de aterrorizar territorios durante décadas imponiendo sus propias
reglas sin contestación posible bajo amenaza de muerte.
Las
chicas que se han presentado al concurso de miss Iraq han cometido, para estos
energúmenos, un horrendo acto, merecedor de la muerte. Las amenazas las tendrán
sobre su cabeza el resto de su vida porque el autoritarismo del que provienen no
admite olvidos ni perdones.
Ese
"tener un sentido de normalidad" es casi un sueño imposible, una
reivindicación que choca con los muros que el fundamentalismo levanta alrededor
de las sociedades que considera suyas.
Es muy difícil levantarse, tener el valor de hacerlo. Pero ellas lo han hecho a
sabiendas de que se enfrentan a un riesgo de muerte de por vida.
Para los
miembros del Estado Islámico, como para otros radicales integristas, no hay
diferencia entre subir a una pasarela y entrar en una escuela. Ambos actos no
entran en su cabeza y, por ello, matan a quienes lo hacen. Ametrallan escuelas
y atacan a las mujeres que no siguen sus estrechos patrones.
Vemos
desafíos y amenazas en los ataques violentos, en bombas y ametrallamientos, en
invasiones y atentados. Pero lo que produce el material humano que los lleva a
cabo es la intransigencia de la que se alimentan desde que nacen y en la que
son criados sin remisión. La que llaman la "batalla a largo plazo" es
mucho más complicada que hacer retirarse del terreno ocupado. Es más fácil
desplazar un ejército de un territorio ocupado que sacar una idea de la cabeza.
Y esa es la verdadera batalla, el desafío del futuro.
Ayer
decían en Euronews que los ataques de
Boko Haram a las escuelas han afectado a más de un millón de niñas y niños. Esa
es la batalla que van ganando, la de la ignorancia disfrazada de trascendencia.
El regreso a las teocracias medievales necesita de espíritus en los que la
obediencia sea absoluta y para ello es necesario que el dogma se asiente y sea
beligerante con cualquier otra idea que lo desplace.
La
batalla es contra los ignorantes que se llaman doctos a sí mismos. Lo es contra los que consideran que la perfección está en el inmovilismo y la virtud en la obediencia ciega. Para
ellos, cualquier acto libre es un desafío; cualquier idea nueva es una transgresión
de un orden que ellos han vislumbrado en su fanatismo.
Más
allá de los escenarios bélicos, este mismo fanatismo se da en muchos otros
lugares, con total consentimiento y bendiciones. La batalla tiene lugar allí
donde alguien reivindica una libertad que se le niega en nombre de autoridades
humanas y divinas. Nadie nace libre,
dicen en su intransigencia fanática. A esto hay que decirles que sí, que se nace libre, por más
obstáculos que la vida nos ponga por delante, por más condicionamientos que
suframos. Ese es el centro del que todo emana; lo demás son sus manifestaciones
visibles. La violencia es la única arma que les queda a los dogmáticos cuando
llegan a los círculos viciosos en sus argumentaciones. No convencen más que a
través del miedo o de la costumbre que excluye ya el razonamiento.
Dice la
noticia de The New York Times que dos
primos de la ganadora eran policías y fueron asesinados por los miembros del
Estado Islámico. De las 150 concursantes iniciales, la mayoría se retiró por las amenzas de muerte. Presentarse al concurso en estas condiciones es algo más que un acto de frivolidad.
Saben a lo que se exponen y también que haciéndolo les plantan cara. «She said she would use her fame to work on educational initiatives,
especially for those displaced by the conflict», dicen las líneas finales del
artículo. Miss Iraq
es algo más que la reina de la belleza iraquí; Shaima Qassem Abdelrahman y sus compañeras son soldados del ejército de liberación
de la normalidad. Su belleza está más allá de lo visible.
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