lunes, 10 de diciembre de 2018

Maravillosas visiones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No hay doctrina más manipuladora que el nacionalismo. Lo es principalmente porque la mayor parte de sus argumentos son de carácter emocional y se intensifican por la vía más fácil, la del miedo. No hay que confundir el nacionalismo como doctrina con el patriotismo, ni este con el exceso del patrioterismo, en el que cae de la misma forma, por el exceso emocional.
En el nacionalismo convergen una serie de ideas y estereotipos propios y ajenos, es decir, sobre lo que uno es y sobre lo que son los demás, que van mucho más allá de lo que es el compromiso con la ciudadanía y el futuro del propio país en el que se vive.
A lo que estamos asistiendo es al crecimiento del sentimiento nacionalista cuyos efectos son los del refuerzo de una identidad dura que se basa las más de las veces en la negación de los demás, en la superioridad respectos a los otros amparada en la posesión de algún tipo de don, cualidad o verdad que los demás no poseen y que define al grupo.
El crecimiento se está produciendo por todo el mundo y no augura nada bueno. Una perspectiva mediana de la historia de los últimos doscientos años no muestra que no es nada bueno, que solo ha llevado a enfrentamientos y conflictos de todo orden.
Las doctrinas nacionalistas suelen ser máquinas de traducción, poseen  la capacidad de reinterpretar las situaciones y los hechos para tejer una narrativa que les refuerce. Normalmente, se justifica su existencia ante las amenazas, reales o imaginarias, del propio grupo que tiende a situarse en el centro, desplazando a la periferia a todos los demás. En ese centro se sitúa su propia interpretación y descripción además de las consideraciones de los otros como agentes de desvío.


El nacionalismo llama al nacionalismo. Es un efecto llamada que mimetiza el exitoso mensaje. El ejemplo más claro lo tenemos en España, donde el secesionismo nacionalista catalán ha ayudado a crear un movimiento nacionalista como VOX, que a su vez ejerce presión sobre el resto de las fuerzas políticas forzándoles a redefinir sus propios discursos. Los datos de composición de los votantes de VOX en Andalucía nos muestran la variedad de las procedencias y la preocupación central: el secesionismo y la inmigración, ambas vistas amenazas reales contra España.
El diario El País nos da cuenta del renacer en las calles del UKIP, cuyos seguidores han salido a reclamar el Brexit duro, uno que dé una lección clara a una Europa manejada por los alemanes:

"¡Que maravillosa visión de Bretaña!", ha jaleado Robinson a sus miles de seguidores desde el estrado dispuesto en Westminster, bajo los cánticos de "¿Qué queremos? Brexit. ¿Cuándo lo queremos? ¡Ahora!". Alguno de los asistentes se ha dejado fotografiar sonriente con una soga de ahorcado.
El castigo, según él, que merecen los políticos que han traicionado a Reino Unido.*


El mundo se vuelve polarizado, ellos y nosotros, nosotros y ellos. Se vuelve a la pureza de las naciones, a sus distancias higiénicas para no mezclarse con aquellos que la contaminan. Los partidarios del Brexit ya tienen las calles... y a los culpables, a los traidores que han sacado al Reino Unido de su destino para llevarlo a la sumisión a los poderes foráneos, a una Europa. Lo isleño —lo aislado— vuelve a tomar forma emocional en un mundo al que se le puede dar la vuelta en poco más de 24 horas.
En el caso de VOX sorprenden algunos aspectos que se han añadido al pack básico del nacionalismo. Me ha llamado la atención en especial el ataque a las llamadas "leyes ideológicas", en una divertida construcción de juristas de cafetería. Hay que dividir también las leyes separando las que a uno le gustan, que son principios eternos, de aquellas que otros hacen, merecedoras de trituradoras de papel.
Especialmente duros con las leyes "feministas", una concesión a la idea de que los varones representan lo mejor de la patria, caballeros delicados en continua admiración del eterno femenino a cuyos pies se rinden con piropo inspirado. La rabia furibunda contra el feminismo, es decir, contra la igualdad de género choca con una visión tradicionalista de la familia en la que cada uno tiene su función en ámbitos distintos.


Todo aquello que se aleje de esa España caballerosa y caballeresca, depósito de virtudes amenazadas desde fuera por las modernidades se entremezcla con la idea de que todo te lo están robando. La idea la ha llevado Donald Trump al extremo, junto con Reino Unido. No en vano, Nigel Farage, el líder del UKIP, fue de los primeros en ser recibido por Trump en su Torre de Nueva York. No hay que desestimar el poder de esta idea, cuyo correlato es el proteccionismo.
En un mundo en el que el trabajo se ha convertido en un bien escaso y cada vez peor pagado, no es de extrañar que sean los dos extremos, los que buscan primer empleo y los jubilados los que se sientan más atraídos por la idea del proteccionismo que el nacionalismo les ofrece. En ambos casos es el miedo el factor esencial. Es el miedo a ser explotado toda tu vida y el miedo a que te roben tus pensiones al final de ella. Con ambos miedos se juega.
El nacionalismo necesita, además, crear una imagen de "reconquista". Ha sido esta la palabra que más han destacado los medios españoles en los discursos de VOX. Indudablemente, los discursos nacionalistas juegan de forma burda con los dobles sentidos y las ambigüedades semánticas. Se ha calcado, además, la idea de "volver a hacer" grande al país, sin precisar si hay que volver a conquistar América o algún otro momento especial de la Historia en el que se sientan especialmente a gusto.


No ha tardado mucho en aparecer en España el nacionalismo ultraderechista renovado. En un mundo de confusas ideologías —si es que pueden ser llamadas todavía así—, el nacionalismo ofrece un discurso claro y directo. Tiene una mitificación de lo propio y unos enemigos de carne y hueso contra los que dirigir el mensaje. Estos son el cambio climático, el feminismo igualitario, la inmigración, los homosexuales, etc. Todos se fundamentan en una idea tradicionalista de religión, familia y patria, llevadas al extremo. Lo vemos en Rusia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos... y ahora en España.
Las cosas no surgen solas. Hay que ser críticos para evitar seguir dando razones que una vez puestas en marcha avanzan con paso firme ante las luchas de los otros, que se responsabilizan mutuamente. En cada país tendrá sus causas, pero hay algunas comunes. El discurso del miedo y la agresión tiene atractivo porque tiene mucho que ver con la desprotección que se ha ido produciendo en el tiempo, por una creciente desigualdad sin freno, y un concepto conflictivo retórico de la política que ha minado la confianza en las instituciones democráticas.


Podemos echarle la culpa a muchas cosas por la aparición del nacionalismo, pero deberíamos revisar nuestras propias conductas antes de que sea demasiado tarde. Este mundo trivial e implacable, pragmático y desconsiderado que llevamos tiempo creando tiene como resultado unas doctrinas emocionales que dan respuestas simples y promesas sin fin, que plantan cara a los fantasmas, como los desafiantes Salvini a los gigantes inhumanos, como los Farage y compañía.
No hemos comprendido todavía que el mundo ha cambiado y que se conquista cada día, que los discursos verticales han caído en descrédito o en el vacío, y que son las fuerzas horizontales las que dan las victorias conectando a través del agravio. Son las clases políticas las que han sembrado el desánimo convirtiéndose en distantes figuras manejadas por sus directores de comunicación alejándose de las gentes y sus problemas reales. 
Todas las advertencias que llegaron desde 2010 en adelante, como resultado de una crisis económica que el mundo vio como un gigantesco engaño de banqueros y políticos que acabaría pagando el pueblo. Las teorías sobre la conspiración han hecho el resto. Han abierto el camino a los salvadores.


Ha fallado el liderazgo comprometido, demostrar que aquello no se volvería a permitir y que se trabajaría por un mundo mejor y más solidario. Pero se desaprovechó la ocasión y ahora lo padecen muchos países, en sus calles de nuevo tomadas por movimientos que reivindican lo que se les niega con razón o sin ella. La violencia empieza a ser una forma aceptada de actuación política. Ya no incomoda tanto.
El mundo, como los cuadros, debe verse con cierta distancia para que ejerza su efecto. Y el efecto de lo que vemos ahora mismo es desolador. Asistimos al desmantelamiento de las instituciones internacionales que garantizan la paz y un orden mundial más solidario. Asistimos a la violencia cotidiana más allá de las guerras y al sufrimiento causado por luchas egoístas por el poder y el dominio regional, como ocurre en Siria o Yemen. Asistimos al espectáculo bochornoso de la creciente xenofobia y el racismo, a ver sentados en los banquillos del mundo a dirigentes y ex dirigentes corruptos que han estado al frente de instituciones y países durante años o décadas.
De todo esto se alimentan los grupos que prometen la espada de fuego. Y arrasan con todo lo que pueden para acelerar el desmoronamiento de las instituciones creadas en décadas para volver a las raíces con las que se alimentaron los conflictos durante siglos. En vez de arriesgarnos por construir un futuro con imaginación, nos dirigimos a pasados cuyos desastres son conocidos. El sentimentalismo nacionalista no trae ideas, solo ambiciones y frustraciones cuando no se cumple. 
Es necesario volver a redefinir la idea de patriotismo. Deberían comenzar por dar ejemplo aquellos que convierten los países en escenario de enfrentamiento continuo y los que viven del sensacionalismo que provoca el choque. Cada vez son más necesarias voces mesuradas y no voces estridentes. Es la única forma de evitar el avance del cangrejo. Pero mucho me temo que es difícil encontrarlas. El sistema ha hecho todo lo que ha podido para enterrarlas.


* "Miles de ultraderechistas exigen que Reino Unido salga ya de la UE" El País 9/12/2018 https://elpais.com/internacional/2018/12/09/actualidad/1544369205_661692.html




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