sábado, 6 de octubre de 2018

35 butacas o Juana en El Cairo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario Ahram Online nos trae la noticia de una proyección dentro de sus "Art Alert". Su titular —"Silent French classic The Passion of Joan of Arc to screen in Cairo at Cimateque"— y el texto nos explica que mañana domingo y el martes podrá asistirse a la proyección de la película de Dreyer a las 7 de la tarde. También se nos indica el lugar: Cimatheque - Alternative Film Centre, 19a Adly Street, Downtown, Cairo. En octubre pondrán, entre otras, "Fat City", una gran película de Louis Malle, "La soledad del corredor de fondo", un buen ejemplo del "free cinema" británico, o una iconoclasta película (como todas las suyas) de Todd Solonz, "Welcome to the Dollhouse".
Es un pequeño remanso de cine independiente para mentes abiertas en una ciudad con más de veinte millones de personas, diez en la ciudad y otros diez en los alrededores. He contado 35 butacas en ese recogido espacio selecto en el que se puede ver lo que no es frecuente ver.
Los egipcios aman el cine. Ese amor les llevó a convertirse en la primera potencia cinematográfica del mundo árabe. El papel de la lengua ha sido esencial. El árabe clásico ha servido para que las obras saltaran por encima de las diferencias coloquiales y de las variantes de las diversas zonas. Esto permitió que El Cairo se convirtiera en el centro de producciones para todos los países. Allí iban las estrellas de todos los países, adquiriendo fama en todos los países de lengua árabe. Eran días en los que Egipto estaba en plena expansión cultural y contaba con grandes artistas de la canción y del cine, por separado o conjuntamente, como Hafez. A los públicos de entonces les gustaba que los artistas cantaran penas y alegrías en las pantallas, convirtiendo en grandes éxitos populares aquellas películas.

Suelo revisar las "art alert" de El Cairo o de otras ciudades egipcias a través de la prensa. Son un indicador interesante de lo que se quiere ver y de lo que no se ve. Creo que la última que comenté aquí me llamó la atención por motivos parecidos a los que lo ha hecho el filme de Dreyer, "La pasión de Juan de Arco". En aquel caso fue una representación de "Tartufo", de Moliere lo que atrajo mi atención.
La pertinencia de los textos en un determinado momento, en un contexto histórico, puede ser mayor o menor. Podemos escribir novelas o hacer películas, especialmente, para hablar del mundo que nos rodea o porque establecemos en un momento dado paralelismos o vínculos de algún tipo.
Tartufo y La pasión de Juana de Arco son dos obras que hablan de la intransigencia religiosa, de la hipocresía. Hablan de la creencia en su superioridad moral sobre otros, a los que consideran pecadores, locos o traidores según los casos. Son obras que nos muestran lo pernicioso del dogmatismo y de su falta de humanidad. Hablan de nuestra vanidad y soberbia.
En un contexto social, político y cultural como el que se vive en Egipto hoy se pueden hacer varios tipos de lecturas del filme de Dreyer. En última instancia, tenemos un film sobre el espíritu inquisitorial, que es un rasgo muy extendido y que condiciona la vida del país bajo un signo u otro.


Tras uno de mis primeros viajes a Egipto, recuerdo un debate con una estudiante a la que tenía aprecio. Me llamó la atención su insistencia en el valor de las "viejas películas" frente a las "nuevas", que eran descalificadas. Normalmente se encuentra uno con la reacción contraria, el rechazo de las viejas películas, con las que no se coincide generacionalmente. Aquí era lo contrario.
La explicación —no fue la única estudiante en manifestarse en este sentido— tenía que ver con el mundo de comedia representado y con el consiguiente escapismo que proporcionaban frente a la inquietud crítica que presentaban películas como las realizadas en la última etapa antes de la revolución de 2011 y las que siguieron, realizadas mayoritariamente por cineastas jóvenes, que trataban de presentar su visión del mundo que vivían.

Películas como "¿El caos?" (Heya fawda, 2007), de Y. Chahine, sobre la corrupción policial y "El edificio Yacoubian" (Marwan Hamed, 2006); "Cairo 678" (Mohamed Diab, 2010) y "Mujeres de El Cairo" (Yusri Nasrullah, 2007) sobre el acoso sexual, son huellas del descontento con un régimen y una sociedad. No es solo un malestar "político"; es algo más amplio que estalló en 2011 con demandas de libertades y acabar con las diferentes formas de corrupción y opresión que controlaba la vida de las personas, especialmente de jóvenes y mujeres, en cuyas aspiraciones se reflejaba el hartazgo antes una sociedad patriarcal que desoye a los jóvenes y desprecia el papel de las mujeres. Como ya se observó entonces, aquella fue la "revolución de los jóvenes" y pronto se cebaron en las mujeres, las que más ofendían la vista de militares e islamistas, dos formas patriarcales y autoritarias que se disputan la sociedad egipcia, que oscila de unos a otros, quedan los que no se suman a ninguno en un vacío peligroso.

Eso es lo que me ha suscitado mi memoria simbólica al enterarme de la proyección de La pasión de Juana de Arco en El Cairo. La imagen de una joven encarcelada y torturada por unos poderosos inquisidores que unas veces lo hacen en nombre de Dios, otra en el de la patria, pero siempre sufren los mismos.
La actitud del nuevo régimen ante el cine ya ha quedado definida, como lo quedó en la época de los islamistas, un periodo breve pero muy ilustrativo en el que se persiguió a los viejos actores y cineastas, como Adel Imam, por sus películas cómicas en las que se reían de las barbas islamistas, como en "Kebab y terrorismo" (Sharif Arafah, 1992), una crítica a la burocracia y al régimen de Mubarak, que los islamistas se tomaron muy en serio, como la posterior "Al-irhabi" (Nader Galal, 1994), también con el "odiado" Adel Imam.

Recuerdo un incidente, recién celebradas las primeras elecciones tras la caída de Hosni Mubarak, en la que los islamistas obtuvieron un 75% del parlamento, junto a los salafistas. Un recién elegido diputado islamista montó un escándalo en pleno vuelo de EgyptAir exigiendo a la tripulación que interrumpiera la proyección de la película por considerarla "inmoral". Él, como diputado electo, se consideraba on autoridad para hacerlo y con la responsabilidad, como buen musulmán, de impedir a los viajeros caer por la vertiente de la inmoralidad. Ya asomaban las maneras en aquellos primeros momentos en los que se prometían la vigilancia sobre los egipcios.
Pero el nuevo régimen, el que prometió a los egipcios liberarlos de los islamistas, cae en el mismo autoritarismo, ejerce las mismas censuras y sigue persiguiendo a quienes les critican o no les gusta.
Aquí comentamos el caso de la película "El Cairo Confidential" (The Nile Hilton Incident, Tarik Saleh 2017), un estupendo thriller que nos deja con la corrupción policial y política en las puertas mismas del 25 de enero de 2011. Las dificultades para su proyección en Egipto han sido grandes y han de seguir su vida con el publico de fuera o a través de las comercializaciones de DVD o Blu-Ray.
El presidente al-Sisi ha reconvenido varias veces a los guionistas de series televisivas y de cine sobre los temas "adecuados" para sus obras. No deben insistir en los aspectos negativos de la realidad; solo en los positivos.


Se trata de crear una imagen idílica, tal como la mantenían anteriormente sobre la situación del país y de la gente. Ni la prensa ni el arte debe insistir en las críticas, pues se convierten en formas de difamación. La prensa crítica ha señalado a conversión de la policía y los militares en los nuevos héroes, querido, admirados, reverenciados, en las nuevas series de Ramadán. La Policía ya no te detiene, tortura o hace desaparecer, como ocurría en la época de Mubarak. La misma policía hoy ayuda a los niños a cruzar las calles, defiende a las mujeres del acoso. Cuando hay denuncias de muertes y torturas en las comisarías o cárceles, el ministro del Interior no deja de señalar, tantas veces haga falta, que son meras ocurrencias sin que revelen una forma de actuar no corregida.
Por ahora no es posible tratar la realidad de lo que ocurre más allá de allá de 2013, como ha hecho Mohamed Diab en su Clash (2017). No es fácil explorar el presente o presentar una vista que no te convierta en traidor o derrotista, en conspirador extranjero o en corruptor de las buenas costumbres egipcias.
Quedarán para mejores momentos. Pero podemos ocupar una de esas 35 butacas en un barrio cairota para recordar, a través de la mirada atormentada de la joven Juana, la intransigencia y crueldad humanas. 


Noticia de la apertura de la Cimateque en 2015

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