martes, 20 de febrero de 2018

Las neurociencias y la educación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Interesante y clara la entrevista que Ana Torres realiza a la neurocientífica Anna Carballo, Profesora del Máster en Dificultades de Aprendizaje y Trastornos de Lenguaje de la Universitat Oberta de Catalunya. Abordan una cuestión grave y presente en muchas conversaciones cada vez que dos o más profesionales de la enseñanza se reúnen. Es difícil salir del aula sin preguntarse qué ha estado pasando por las mentes de los que estaban al otro lado de la tarima. ¿Estaban realmente allí? Sea por los motivos que sea —hay muchas teorías al respecto, de la híper excitación a que están sometidos en esta sociedad mediática a la distancia generacional que hace cada vez más difícil la comunicación entre docentes y discentes, pasando por la necesidad de más autoridad, como pedían desde algún medio hace pocos días— el aula se convierte, en todos los niveles de la enseñanza en un escenario difícil cuyo objetivos no son fáciles de cumplir. Quizá sea una mezcla, sin más necesidad de precisión, lo que está haciendo que los modelos educativos estén fallando más allá del rendimiento estrictamente escolar. La crisis va de la guardería a la enseñanza superior, por así decirlo, arrastrando los problemas sin que se resuelvan o que se llegue a establecer siquiera cuáles son los orígenes.
Cuando los problemas no están claros —solo sus efectos— las miradas se vuelven hacia soluciones milagrosas, aunque provengan de la tecnología. Y nada más próximo a la enseñanza, piensan muchos, que el mundo del conocimiento del cerebro en expansión, las neurociencias, en las que se trata de encontrar soluciones mágicas a problemas muy reales. Cada nuevo avance en la investigación despierta grandes expectativas en el éxito escolar. Unas veces por las acciones posibles y otras por sueños químicos que permitan la concentración, reduzcan la actividad, etc. Los sueños de los estudiantes perfectos que alcancen el éxito en la vida —quieren decir "éxito profesional" o, más simple, "dinero"— mediante los conocimientos y técnicas derivados de las neurociencias han ido introduciéndose en los discursos pedagógicos como alternativa, al igual que se habla de "neuromarketing" o "neuropolítica".


En estos tiempos, es muy fácil que muchos, ante la impotencia y con desesperación,  busquen soluciones a lo que se encuentran cada día. Otros, por su parte, se nos ofrecen como panaceas de los problemas, asegurándose fértiles praderas en las que cosechar.
Anna Carballo, en cambio, tiene una sinceridad que no es frecuente en estos casos:

P. Ahora está sobre la mesa el debate de si deben ser los pedagogos o los neurocientíficos con sus descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro quienes fijen las claves de la nueva educación. ¿Cuál es su postura?
R. Veo un instrusismo bestial de los neurocientíficos. La neurociencia puede ofrecer fundamentación teórica acerca del proceso de aprendizaje, pero para nada se debe meter en el campo de la didáctica porque no somos pedagogos, no podemos decir lo que hay que hacer en el aula. Las ideas que se aportan desde el campo neurocientífico respaldan teorías pedagógicas que existen desde hace más de 100 años, como sucede con el trabajo por proyectos que parece una metodología tan innovadora y no lo es. Ya está todo inventado. Puede ayudar a arrancar el cambio educativo, pero la neurociencia no tiene la receta para los problemas de la educación.*


A la sinceridad se une la rotundidad de lo afirmado. En efecto, en cuestiones sociales —la educación lo es— solemos poner el foco lejos de nosotros mismos. Generamos problemas, pero evitamos encontrar la solución en nuestra corrección, algo para lo que hacen falta dos cosas: sentido autocrítico y deseo de resolución.
La educación es un sector que muestra las debilidades sociales de forma sensible. Allí se concentran nuestros valores, mejores o peores, y lo que esperamos realmente de las personas más allá de la retórica. Vamos hacia una sociedad en la que los métodos fabriles y de gestión se aplican a las personas, que deben comportarse acorde a protocolos y objetivos planificados. Para ello se aplican los conocimientos derivados de la observación de la conducta individual y colectiva.
Son millones y millones lo que se invierte cada año en investigar cómo funciona nuestro cerebro con la pretensión de alcanzar el poder, el éxito empresarial y económico o cualquier otro objetivo social o personal. Frente a esto, parece que sería un objetivo "beneficioso" el poder aplicar estos conocimientos en el campo de la educación. ¿Por qué no aprovecharlos para obtener el "éxito educativo"? ¿No es un buen fin? ¿No es la educación "buena"?
Si no parece muy fiable la intervención de las neurociencias o los conocimientos derivados en el campo de la política o de la economía, en la medida que se trata de vencer resistencias (encontrarán muchos eufemismos para referirse a esto) para conseguir unos objetivos, poder o dinero (es decir, más poder), ¿por qué habría de ser más fiable en la educación?
La educación es un proceso asimétrico. En él, la sociedad o alguno de sus grupos  moldean el pensamiento de terceros. La función de la educación —entiendo— que debería ser poner libertad y conocimientos en manos de quien la recibe; podríamos decir "libertad a través del conocimiento", incluso. Sin embargo, no es esa la función que muchos le otorgan. Todos queremos "fieles", "seguidores", "votantes" o "consumidores" obedientes, sumisos. Para ellos la "educación" es una herramienta para mantener la forma del grupo.
La educación se está convirtiendo cada vez más en un espacio "diseñado" por una sociedad que cada vez hace un uso más bastardo del concepto de libertades y, por ello, de formación. Las instituciones educativas pecan de exceso de programación limitando las posibilidades de alumnos y docentes a una serie de objetivos cada vez más cerrados. El recurso a las neurociencias es un intento de poder manejar una situación cada vez más preocupante en distintos órdenes.


Por eso está bien que desde el propio campo se escuchen voces como la de Anna Carballo que hablan del "intrusismo de los neurocientíficos". Una cosa es explicar cómo el cerebro "aprende", fija el conocimiento, lo clasifica, etc. y muy diferente otra entrar en la "didáctica".
Es evidente que habrá estrategias educativas que serán más exitosas que otras, que habrá prácticas que tengan un mejor resultado que otras. Lo malo es la simplificación de estos procedimientos desde un modelo de funcionamiento cerebral que no es lo mismo que una persona, algo que olvidamos en nuestro reduccionismo.
No hay campo en el que haya que ser más cuidadoso que en el educativo pues es de personas con lo que estamos hablando. Son personas, además, a las que moldeamos en nuestras interacciones en el proceso. Pero olvidamos también que la escuela o las instituciones son solo una parte de espacios de aprendizaje, que son todos los que nos rodean, pues no dejamos de "aprender". Todo nos forma. Creemos que solo se produce en la escuela, pero eso es un autoengaño que nos libera de muchas cosas, de muchas responsabilidades.

P. ¿Cuál cree que es el principal problema de la escuela y por qué cree que no se puede solucionar con la neurodidáctica?
R. En los problemas educativos influyen múltiples factores. Por un lado tenemos un sistema que exige resultados de rendimiento, no de aprendizaje; una carencia de recursos, unas ratios que no ayudan. Lo que más he detectado en las formaciones que he dado a maestros es que falta capacitación docente, ellos ven necesario el cambio, pero no saben cómo hacerlo. Ven que abrir el libro y hacer exámenes ya no funciona porque hay un 20% de fracaso escolar. No son los niños los que fallan, es claramente el sistema. Los resultados de los estudios neurocientíficos sobre el aprendizaje no son extrapolables a una clase. Tenemos información de lo que hace un cerebro dentro de un tubo de resonancia magnética funcional cuando toma una decisión. Pero toda la complejidad que conlleva un contexto de aprendizaje como el aula se nos escapa.*


El reduccionismo conceptual es el enemigo de la complejidad. Siempre existe la tentación reduccionista como huida frente a los problemas cada vez más complejos que nos acosan en los diferentes ámbitos. El peligro de las acciones que no parten lo complejo es grande, especialmente cuando se aplica a las personas y grupos sociales. Los efectos no deseados se multiplican y empiezan a producirse crisis en cadena.
En una sociedad como la nuestra, una sociedad mediática, absorbemos información de forma continua, más allá de las aulas. Estamos rodeados de estímulos de naturaleza muchas veces contradictorias con lo que recibimos en las escuelas y universidades. Esto no tiene nada que ver con las demandas práctica en las que muchas veces se ve la solución. Nada más negativo, pues nada necesitamos más que ideas, herramientas para poder frenar la agresividad del entorno en que nos encontramos en las sociedades modernas, auténticas máquinas de generar frustración y agresividad.
Como bien señala Carballo, nuestro sistema educativo busca y mide el rendimiento, no el aprendizaje, concepto mucho más complejo, que implica muchos elementos en su definición. Desde los comienzos de la pedagogía moderna en el siglo XVIII ya se daban los debates sobre la finalidad educativa, sobre si se trataba de crear personas para sí, dentro de una la sociedad en progreso, o si se trataba de "diseñar" piezas más eficaces de una maquinaria con el fin de mejorar la productividad a través de un mejor rendimiento.
El cerebro es el gran planeta por explorar dentro de nosotros mismos. Comprender su funcionamiento nos abre puertas a nuestra propia forma de ser y estar en el mundo. Es un campo esencial de investigación. Pero el conocimiento que extraigamos no debe usarse para reducirnos, una aspiración de muchos que quieren un mundo planificado. El cerebro es un órgano; la persona es algo diferente: tiene una historia, unas aspiraciones, unos derechos. El mundo del cerebro es fascinante, pero se convierte en una tentación fácil para los que prefieren manipular mentes que resolver los problemas reales para conseguir sus propias metas. Lo estamos viendo en la aplicación en política y en economía. Son los mismos conocimientos sobre el cerebro empleados para la manipulación. El riesgo no es alarmismo. Pero más allá, está la ignorancia de las causas reales.
El fracaso del sistema escolar es un fracaso del sistema, sí, pero más allá de la propia educación. En la educación se vuelca todo lo que deseamos transmitir como "valioso", pero estamos pervirtiendo precisamente el concepto de "valioso" en función de otros aspectos de mayor "rentabilidad" y aplicación directa.  
La última de las respuestas dadas por Anna Carballo muestra precisamente esas diferencias en los valores que priman en cada sociedad y en los que se fundamentan nuestro sistema educativo, que les sirve de reflejo especular:

P. ¿Cree que tiene sentido que la escuela moderna incentive el trabajo cooperativo cuando lo que les espera en la edad adulta es un mundo altamente competitivo?
R. La cuestión es si reproducimos en la escuela la competitividad porque es lo que se van a encontrar o si les enseñamos que se puede construir una sociedad más tolerante y cooperativa. Hay colegios que han hecho un cambio importante y solo trabajan con cooperativo. Lo importante es que no se reduzca a una hora a la semana, sino que sea habitual para que se genere un hábito. En contacto con los demás segregamos ciertas hormonas como la oxitocina que potencian la plasticidad cerebral, el aprendizaje y el sustrato neural del placer. En la escuela tradicionalmente se ha prohibido hablar y más todavía ayudar al de al lado. Igual hay que darle la vuelta.*

Este es el centro de la cuestión. Puede que el cerebro obtenga más placer en el trabajo conjunto, cooperando y no compitiendo, viendo a los demás como amigos y no como rivales. Los conflictos surgen de esta contradicciones. El cerebro nos enseña cosas, pero hay que ser cuidadoso con lo que se le enseña al cerebro.
El conocimiento que extraemos de las ciencias debe potenciar nuestra humanidad, no reducirnos a meros objetos manipulables. Al final, nuestro mundo se va pareciendo a ciertas distopías a las que hemos dejado de ver críticamente. Nos vamos pareciendo cada vez más a lo que no queríamos ser.


* "“La neurociencia no tiene la receta para los problemas de la educación”" El País 19/02/2018 https://elpais.com/economia/2018/02/16/actualidad/1518783405_526230.html

* "“La neurociencia no tiene la receta para los problemas de la educación”" El País 19/02/2018 https://elpais.com/economia/2018/02/16/actualidad/1518783405_526230.html

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