lunes, 9 de enero de 2017

La ignorancia, valor en alza

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hablar de educación como una solución a los problemas es un recurso fácil, pero bastante difícil de llevar a la práctica. Se habla mucho de "educación", por ejemplo, en los casos de "radicalismo" religioso o político. Se piensa en términos de un déficit educativo cuando, en ocasiones suele ser lo contrario, un exceso de "educación", pero en sentidos cuyos resultados no nos gustan demasiado. Hablar de "educación", la verdad, es decir muy poco si no se especifica en qué sentido se debe educar a la gente.
Todos quieren más "educación" si ellos la controlan. Más educación quieren los islamistas, por ejemplo.  Si por ellos fuera, la gente estaría estudiando todo el día, lo mismo que los grupos de judíos ortodoxos que no realizan trabajos por estar concentrados en el estudio bíblico. Ahora bien, los que educan se reservan el control de lo que se estudia definiendo así la "verdad" que debe ser aceptada.
Una concepción institucional de la educación nos permitirá comprender que siempre ha tenido un sentido "formativo" en una dirección específica, casi nunca hacia la autonomía de las personas, que era lo que Bertrand Russell, por ejemplo, reclamaba como su verdadero fin.
Pero es difícil que una sociedad se ponga de acuerdo en un tipo de educación que valga para el conjunto de sus ciudadanos. Por lo que estamos viendo, el proceso que se está desarrollando es precisamente el de disolución de la unidad social en beneficio de otros tipos de grupos que pueden mantener vínculos de refuerzo entre sí a distancia. La esperanza de que la "educación" sea una solución se pierde cuando es precisamente de una educación indiferenciada de lo que estos grupos se están defendiendo y a lo que atacan. En este sentido, nada es más revelador que el nombre elegido por el grupo islamista Boko Haram, cuyo significado literal es "la educación occidental es pecado". Ellos, sin duda, te "educan" y si no aceptas su educación, date por muerto.


Un enfoque foucaultiano del problema nos diría que el sistema educativo es una forma institucional de afirmación de la verdad aceptada por el poder social. Tiende a reafirmarla. En ningún sitio hay más poder que en un aula. Se puede emplear de muchas formas, para bien o para mal.
Los casos en los que la educación ha tenido como objeto liberar al individuo son mínimos en comparación con los que han buscado su integración en los grupos correspondientes. Por eso en estos tiempos de sociedades más abiertas y globalizadas, de más fácil acceso a lo otro diferente, los mecanismos de censura y de control social se recrudecen e intensifican. Nadie quiere que les interfieran en sus educaciones, en moldear a los sujetos sobre los que creen que tienen derecho. La Historia de la Pedagogía está llena de debates sobre esto.
Un espacio en el que este conflicto se da de forma abierta actualmente son los Estados Unidos. Pensar que se va a combatir desde la educación los grandes prejuicios que han llevado a la Casa Blanca a Donald Trump es de una enorme ingenuidad porque lo primero que harán las autoridades educativas es precisamente debilitar el tipo de educación pública y laica que les resulta agresiva para sus valores, que buscan defenderse frente a aquellos valores que se derivan del conocimiento científico. No es solo una cuestión religiosa o de valores. Las campañas de descrédito contra la Ciencia llevadas por los conservadores norteamericanos —cada vez más retrógrados— buscan asegurarse la perpetuación del modelo sobre el que se sostiene su ideología. Se busca cerrar el sistema; retroalimentarse con la propia ideología convertida en respuesta única, suficiente. No hay que buscar respuestas fuera, sino satisfacer con la ideología todas las preguntas posibles, que se van reduciendo.


Pensar que será la educación la que cambie las ideas amuralladas que les han llevado a la presidencia es ingenuo. Es más fácil contemplar un escenario en el que lo que se produzca sea un retroceso de la educación basada en la Ciencia y en el criticismo en favor de otra basada en prejuicios y tradicionalismo. La brecha se ampliará y las dos Américas seguirán su camino combatiéndose.
El problema es que los valores propugnados ahora mismo son clasistas, xenófobos, machistas y racistas, además de negacionistas de la mayor parte de los hallazgos consolidados por la Ciencia en los últimos dos siglos. Por decirlo así, se trata de hacer retroceder el mundo hasta antes de Darwin. Las alianzas de fuerzas anticientíficas tienen sus objetivos predilectos: la evolución, el Big-Bang... o la deriva de los continentes, pongamos por caso.
Y, lo más sorprendente, es que es esto lo que une a los radicales de las diferentes confesiones, que se suelen entender bien cuando llegan a la teología y a sus principios. Las formas tradicionales se basan en unas estructuras bien diseñadas y consolidadas que se parecen mucho en la música por más que discrepen en la letra. 


La revista Investigación y Ciencia, versión española de la Scientific American, de este mes (enero 2017 nº 484) trae un contenido especial, entre las páginas 34 y 41, con el título "5 cosas que sabemos ciertas", con el siguiente añadido "Compendio de hechos irrefutables para estos tiempos en que tanto se pasan por alto los hechos", lo que no deja de ser una pertinente observación.
Como entradilla, los cinco escritos llevan el siguiente comentario:

En años electorales, los colectivos negacionistas que rechazan el consenso científico sobre ciertas cuestiones, minoritarios pero nunca callados, suelen armar más alboroto.
Creemos que es un buen momento para defender con rotunda vehemencia ciertas verdades científicas, que a pesar de estar perfectamente constatadas, desatan polémicas entre algunos círculos.
Tómese lo que sigue como una chuleta para discutir con los anticientíficos. (36)



Me temo que se va a necesitar mucho más que una chuleta para poder discutir con los anticientíficos en los Estados Unidos, especialmente una vez que han llegado a la presidencia de los Estados Unidos y son capaces de manejar desde allí los fondos de investigación, programas educativos, etc. No tienen ya necesidad de discutir. Serán los que vean cancelados programas o cambiados los libros de texto, los que tengan que salir a protestar.
El problema va mucho más allá de la discusión con un anticientífico en una sobremesa o en el lugar de trabajo. Parte del problema es precisamente haber disociado el convencimiento del científico, que tiene a su alcance por observación y experimentación los principios, leyes, teorías, etc. del convencimiento del pueblo llano que no tiene acceso a todos esos elementos. Son los grupos más radicales precisamente los que invierten su tiempo no en discutir con científicos, sino en dialogar con el ignorante. Así avanzan los islamistas, por abajo; así avanzan los negacionistas, dedicando su tiempo a convencer, uno a uno, si es necesario al confuso.

Nuestro sistema científico peca de arrogancia, nuestros científicos tienden a la soberbia. Se ha visto mal, incluso penalizado, descender a las degradantes prácticas de la "divulgación". Se han contentado la mayoría con recibir honores y subvenciones a sus proyectos, a comunicarse entre pares, pero muy poquitos han bajado a la arena del combate cara a cara en la sociedad. Les ha resultado más cómodo quejarse de los fallos educativos, de la ignorancia de los periodistas, etc. antes que ponerse a compensar los fallos del conocimiento social con iniciativas que ayudaran a expandir el conocimiento. El mundo, piensan, no va con ellos. Son científicos y están blindados ante la barbarie. Pero ellos no son el objetivo, sino los que desconocen la Ciencia, los que no entienden sus principios o chocan con los suyos.
Solo en tiempos muy recientes, algunos han comprendido el peligro de hacer una sociedad de ignorantes montados en una tecnología que no se comprende pero que algunos usan a la perfección para expandir radicalismo, prejuicios e ignorancia a granel, sabedores de que sus historias sobre el origen y funcionamiento del mundo son más gratificantes que las que da la Ciencia.
En tiempos de fragmentación especializada, de personas colocadas junto a una máquina para vigilar que funcione bien, se asiste al espectáculo bochornoso de la información destinada al embrutecimiento sin saber que están labrando el destino: de la ignorancia solo saldrá la ignorancia, el retroceso a fórmulas cada vez más emocionales (empáticas) que se basan en la división social, en la confrontación, en la estigmatización del otro para asegurarse que nadie les entre a sembrar discordia en sus cotos y espacios de labranza intelectual.


Cuando se habla de ignorancia, hay que tener cuidado, pues tendemos a considerar al ignorante como débil. Sin embargo, estamos viendo que esa ignorancia no es incertidumbre, duda, sino la certeza del fanático, que es la máxima fuerza. De ahí saca el suicida la fuerza y no de su inteligencia. Los inteligentes no saltan por los aires, sino que convencen a los otros de que lo hagan por y para ellos, que se reservan para administrar el poder.
Es sorprendente que los Estados Unidos sea un país fuente de conocimiento de vanguardia y, a la vez, uno de los mayores centros de ignorancia del planeta. Cuando hablan de dos Américas o de una América divida en dos, se está constatando este fenómeno. La ignorancia tiene hoy unas inmensas herramientas para organizarse. La Ciencia aprovechó las formas de comunicación, de la imprenta (como nos enseñó Elizabeth Eisenstein) a las "revistas de sabios" dieciochescas y de estás a las modernas ediciones científicas. Hoy se aprovechan para expandir ignorancia regalada, cebo para la pesca.
Los límites que estamos viendo en estos tiempos están desbordando cualquier previsión quizá porque la Ciencia, atenta contra los principios dogmáticos con los que se controla a la gente, enseña el escepticismo sano y la crítica como actitudes vitales. La Ciencia nos pide que no nos paremos en lo que tenemos; en el dogma, en el que todo está ya dicho.


Hoy los ignorantes llegan muy alto y tienen mucho poder. La Ciencia no ha hecho causa común más allá de avisos como el de la revista porque no es su función, pero sí la de transformar las mentes y darles herramientas para zafarse de los embustes y patrañas, pseudo ciencias que justifican el patriarcado (reparto de roles, obediencia), el racismo (la inferioridad de los otros), la xenofobia (el refuerzo del grupo convirtiéndolo en absoluto), la justificación "natural" del nacionalismo (la unión de las personas a las tierras para justificar los ataques a otros o las reivindicaciones de espacios), etc. El mundo se nos está llenando peligrosamente de "sagrados derechos", que son agitados frente a la cara de los demás.
El presidente de los Estados Unidos puede vincular las vacunas con el autismo o negar el cambio climático; el de Turquía dice que Colón vio mezquitas cuando llegó a América o el de Egipto cuenta haber tenido un sueño revelador para presentarse a la presidencia e incumplir así su promesa de dejar en manos de civiles el gobierno. Marine LePen da sus arrogantes discursos nacionalistas bajo la estatua de "Santa Juana de Arco" haciendo ver que Dios, por si alguien lo dudaba, siempre había estado junto a Francia y lo seguirá estando alejándola de Europa. Lo malo es que lo mismo le dicen a Vladimir Putin cuando va a certificar que la "Santa Rusia" es una realidad y recibe las bendiciones. Se podría seguir la lista y ver cómo el discurso intransigente, dogmático, etc. va ganando adeptos. Se percibe como "fuerza".


No hemos entendido que la temida "islamización de occidente" no se produce por la presencia mayor o menor de musulmanes, sino por el retroceso que supone convertir la religión en fuente jurídica y científica. Lo que define al islamismo es que no hay más Ciencia ni más constitución que la expresada en la revelación coránica. Lo que muchos musulmanes padecen en sus propias carnes es precisamente el peso de las fuerzas que evitan que se pueda progresar más allá de lo escrito, lo que es característico no solo del islam sino de todo el pensamiento medieval, teocéntrico, que Occidente logró superar mediante la separación de lo religioso y lo laico, que fue lo que permitió precisamente el avance de la Ciencia por su autonomía respecto al pensamiento dogmático. Los clérigos dejaron de decirle al mundo quien giraba sobre quién, si el sol alrededor de la Tierra o la Tierra alrededor del Sol, si lo que ponía en el Génesis era cierto en cuanto a la edad del Universo, etc. Dejaron de quemar al que decía lo contrario. Hoy quien sí quema y degüella  es el Estado Islámico, Boko Haram, etc. Se corre el riesgo de que de nuevo el dogma vuelva por sus fueros, con el beneplácito de las urnas y trate de convertirse en verdad traducida en presupuestos reducidos y en proyectos anulados.


Hay que reformar la educación, pero lo decimos ahora, cuando el desastre está ya cumplido, cuando el mundo se nos está llenado de fanáticos, dogmáticos y personas capaces de morir o matar por cosas que no resisten el menor de los análisis. Pero para analizar hay que tener voluntad, espíritu crítico y conocimiento, que es lo que la nueva educación querrá arrinconar en primer lugar. Dogma y aceptación.

Es el momento de empezar a decirlo, de empezar a darse cuenta, de hacer algo para evitar que se retroceda. Antes de que sea tarde. La discusión política hoy ya no sobre cómo gobernar, sino sobre cómo funciona el mundo, cuál es su origen, qué es la vida, su origen, etc. Es una batalla de siglos que está empezando a perderse.



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