jueves, 15 de diciembre de 2016

El increíble hombre creíble

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Un nuevo debate en la televisión pública entre políticos me confirma que nuestro sistema sigue funcionando de la misma manera: emplean el tiempo en explicar a los demás como piensan los otros en vez de explicar cómo piensan ellos mismos. La ley de la que todos parten, se deduce, es que creen que todos los demás mienten y que los ciudadanos necesitan que ellos nos lo expliquen. Como esta táctica la emplean todos, la cuestión para el que les escucha se vuelve pronto problemática: ¿puede creerse a alguien? Pronto navegamos en un embravecido mar de dudas en el que nos atamos al palo mayor para no dejarnos arrastrar por las mentiras más seductoras. "Nadie es fiable, pero confíe en mí", parece ser el llamamiento, la letra de esta canción coral en la que todos tienen la aspiración a ser solistas. El presentador finalmente les dice que quedan 20 segundos y todos se sonríen, que es el signo claro de que la democracia funciona y de que ellos son profesionales y no es nada personal. Me alegro por todos.
La cuestión se complica mucho más en los provisionalmente llamados "Estados Unidos". Donald Trump, hombre mediático, ha llegado a dar su nombre a una época como antes las "celebrities" daban nombre a perfumes o aderezos de ensaladas. El ascenso es notable. La "age of Trump" o la "Trump Era", como la llama la prensa norteamericana, adquiere unas resonancias casi míticas y sirve para señalar que ha habido un antes y posiblemente no exista un después, una era post-trump, pues el electo es un ente difuso, casi cuántico, capaz de ser brutal y seductor, de sostener algo y lo contrario, de desdecirse a sí mismo diciendo que hablaba en broma, etc., es decir, un ente adaptado a la sociedad de la Información, su producto en doble ración.
Trump es lo que ya había avisado Jean Baudrillard que ocurriría: es hiperreal; es el mapa sin territorio o, peor, el mapa cambiante del territorio oculto. En su obra La guerra del Golfo no ha tenido lugar (1991) —variación sutil de los tiempos verbales respecto a la consideración de Troya por Anouilh—, Baudrillard escribió:

A una velocidad determinada, la de la luz, uno pierde hasta la propia sombra. A una velocidad determina, la de la información, las cosas pierden su sentido. Resulta muy arriesgado enunciar (o denunciar) el Apocalipsis del tiempo real, pues precisamente entonces cuando el acontecimiento se esfuma y se convierte en un agujero negro del que la luz ya no puede escapar. La guerra implosiona en tiempo real, la historia implosiona en tiempo real, toda comunicación, todo significado, implosiona en tiempo real. Hasta el propio Apocalipsis, como vencimiento de la catástrofe, resulta improbable. Cae por su propio peso víctima del espejismo profético. El mundo no es lo bastante coherente como para abocar al Apocalipsis. (49)*


Con su peculiar estilo, Jean Baudrillard viene a decirnos —traducido a nuestras circunstancias— que la realidad no es suficiente para enfrentarse a la ficción que representa. En varias ocasiones hemos dicho que Trump ha crecido alimentándose con los discursos que pretendían destruirle. Las críticas que se le han hecho han acabado atrayendo a los que les parece muy bien que sea como se le describe. Trump es un agujero negro que absorbe los discursos y del que la luz no escapa.
La crítica razonable y realista se hace preguntas de una época anterior que la que ha dado lugar a entidades como Trump, que es más que un señor con un color extraño, un peinado imposible y un lenguaje con el que desespera a los lingüistas, que tratan de identificar qué palabras son las que usa y qué quiere decir con ellas. Es el hombre-discurso ilegible, el texto vacío al que le han salido incontables críticos. Es un pequeño y ambiguo poema que ha producido millones de interpretaciones.
Trump (o los suyos) comprendieron que en tiempos de crisis y enfados, hacen falta líderes de los que hablar mal. Es la inversión del elogio y la confianza: cuanto mejor hablen de ti, más recelos despiertas. Es necesario que te ataquen todos los días, que se dediquen decenas de miles de artículos en contra, para que la gente confíe en ti. Trump es el mesías de la unanimidad negativa; es el instante atemporal antes del Apocalipsis, como diría Baudrillard, que no tendrá lugar.
Hace falta una nueva disciplina, la Física de los Medios, para poder comprender el mundo virtual, lo mismo que necesitamos una Física para comprender las leyes del mundo real. Trump es real (y pronto padeceremos su efectos); pero como candidato es un rostro en una pantalla, una cita en un artículo, una cara en una fotografía, etc. es lo que está al otro lado del espejo, no lo que se refleja en él.


A los "quién es Trump", que han contribuido a fijarlo ante la opinión pública norteamericana, le siguen ahora los "cómo ha llegado hasta ahí" que intentan explicarlo. Esto significa que Trump va por delante una jugada y que son los demás los que le siguen el rastro tratando de explicar el estado anterior al nuevo en el que ahora se encuentra.
Cuando todos esperan que Trump actúe como "presidente", Trump sigue actuando como el "candidato" que ha sido, comunicándose con sus seguidores por Twitter y canalizando las iras hacia los que le siguen criticando. Durante la campaña de las primarias, Trump tenía un comportamiento diferente a sus rivales; se explicó que cambiaría probablemente si obtenía la nominación. La obtuvo y entonces se comportó de forma atípica: en vez de moderarse para atraer a los votantes contrarios siguió insistiendo en la misma actitud y caminó en la dirección inesperada. Una vez elegido, la gente sigue esperando que cambie, pero nada hace sospechar que sea así sino más bien lo contrario. Su selección de personas para los cargos está dejando asombrados a todos porque siempre han pensado que en algún momento cambiará y dejará el papel que le ha llevado hasta el poder. Pero no hay diferencia entre persona y personaje. Es el que es, lo que vemos. Nos pregunta nuestros temores para hacerlos realidad.
El editorial de The New York Times del día 10, titulado "Truth and Lies in the Age of Trump", comienza aceptando esa descomposición del mundo que se produce por la ruptura de los discursos explicativos como textos ajustados a los hechos, aceptados por todos:

Donald Trump understood at least one thing better than almost everybody watching the 2016 election: The breakdown of a shared public reality built upon widely accepted facts represented not a hazard, but an opportunity.
The institutions that once generated and reaffirmed that shared reality — including the church, the government, the news media, the universities and labor unions — are in various stages of turmoil or even collapse. Because Mr. Trump himself has little regard for facts, it was easy for him to capitalize on this situation. But even as Americans gobble up “fake news,” there is the sense that something crucial has been lost. A North Carolina man told The Times that while he regularly clicked on links to stories claiming that Hillary Clinton was indicted or that Mexico built a wall along its southern border, he missed the days when Walter Cronkite delivered the news to the nation.
He’s not alone; it was different then. Americans knew that whatever they were hearing on the news, their neighbors were hearing, too. Cable TV fractured that shared experience, and then social media made it easier for Americans to curl up in cozy, angry or self-righteous cocoons.**


Añorar los tiempos de Walter Conkrite porque había "una verdad" explicada a los americanos desde una pantalla unificada por la que se entraba en las casas y mentes de todos es absurdo. Son los "good old times". En esto, The New York Times lleva más de diez años de retraso. Pero le ha pasado a los medios de prestigio de todo el mundo: no entienden por qué la gente prefiere creer lo que le dicen a aceptar lo que llaman los "hechos". Como consecuencia, han invertido su tiempo en explicar, demostrar, etc. los "hechos" y constatar la mentiras de Trump y los suyos. Esto les ha producido una enorme satisfacción por la superioridad moral, pero una inmensa frustración al comprobar —esta vez sí— que no ha servido de mucho.
El editorial continúa:

The rise of social media has been great in many ways. In a media environment with endless inputs and outlets, citizens can inform and entertain one another, organize more easily and hold their leaders accountable. But it also turns out that when everyone can customize his or her own information bubble, it’s easier for demagogues to deploy made-up facts to suit the story they want to tell.
That’s what Mr. Trump has done. For him, facts aren’t the point; trust is. Like any autocrat, he wins his followers’ trust — let’s call it a blind trust — by lying so often and so brazenly that millions of people give up on trying to distinguish truth from falsehood. Whether the lie is about millions of noncitizens voting illegally, or the crime rate, or President Obama’s citizenship, it doesn’t matter: In a confusing world of competing, shouted “truths,” the simplest solution is to trust in your leader. As Mr. Trump is fond of saying, “I alone can fix it.”
He is not just indifferent to facts; he can be hostile to any effort to assert them.**


En varias ocasiones hemos ironizado sobre la seriedad del presidente egipcio cuando ha dicho que no se deben leer los medios nacionales o extranjeros, sino solo atenderle a él, escuchar sus palabras porque estas son la "verdad" y todo lo demás es "mentira" y "guerra psicológica".
El gran problema es que cada bando está jugando a juegos diferentes. Mientras unos se esfuerzan en esclarecer los hechos, los otros se emplean en fabricar ficciones con las que identificarse. Y en esto, el mundo que hemos fabricado es el de Trump porque él mismo es un producto de ese mundo. El problema de las elecciones no ha sido Trump, sino sus electores. Las demostraciones de que Trump mentía han sido muy valoradas por los votantes de Hillary Clinton; los de Trump, sencillamente, las han ignorado.
Lo que irrita a The New York Times —y a muchos otros medios seros— es que su esfuerzo en garantizar la verdad ofrecida y en la honestidad en las opiniones dadas se enfrenta a alguien al que todo eso le importa un bledo: ni fiable ni honesto, más bien mentiroso e interesado. Aunque el periódico gane la batalla de los hechos, pierde las de la opinión.
Durante estas últimas décadas ha habido personas que han trabajado intentando advertir de las consecuencias del fraccionamiento social y de la pérdida de los discursos unificadores sociales en favor de visiones personalizadas (a la carta, decimos) del mundo. Los criterios de vertebración se han convertido en un espectro irisado. La idea de opinión pública se ha atomizado y aquellos que son capaces de actuar como unificadores circunstanciales logran una fuerza de apoyo importante. Eso en unas elecciones es determinante.


Lo que es urgente es plantear estas cuestiones desde aquellos aspectos importantes de la vida pública, incluidas las instituciones que eran consideradas comunes, vertebradoras. Los que más provecho le han sacado precisamente han sido los agentes más periféricos, los más marginales, que han conseguido pasar al centro ante la desesperación de aquellos que siguen las reglas de un juego al que ya otros no están jugando. Lamentarse sirve ya de poco. Lo importante es comprender en qué juego estamos embarcados, conocer su nuevas reglas.
El párrafo final del editorial deja serias dudas sobre si se ha entendido que lo que ocurre no son efectos de una conspiración sino que se rige por la lógica del mundo que creamos entre todos:

Without a Walter Cronkite to guide them, how can Americans find the path back to a culture of commonly accepted facts, the building blocks of democracy? A president and other politicians who care about the truth could certainly help them along. In the absence of leaders like that, media organizations that report fact without regard for partisanship, and citizens who think for themselves, will need to light the way.**

Creo que el análisis de lo que ha ocurrido en Estados Unidos se está desviando por efecto de la herida de los propios medios. No se trata de una lucha de la verdad contra la mentira, luz y tinieblas. Se trata de por qué la gente que tiene los hechos delante se va detrás de los mentirosos. Hay muchos mentirosos como Trump, pero son muchos más los que aceptan sus mentiras. Es ahí donde reside el problema, no en si hace falta un nuevo Walter Cronkite. Lo que pide el editorialista es un padre en el que confiar. Pero los nuevos tiempos y sus profetas portavoces han fomentado la inmadurez y el deseo, que es la forma de convencer a la gente que lo que piensan se les ha ocurrido a ellos mientras sufren gozosamente enormes campaña de manipulación desde Rusia, el FBI o la Torre Trump.
Pese a que Walter Cronkite dio la noticia de que el hombre llegó a la Luna, hoy muchos norteamericanos no se lo creen. Podemos reírnos de ellos, pero el hecho es que votan igual que los demás. Si mañana Donald Trump se sumara a los que niegan la llegada a la Luna y ven ella una conspiración gubernamental (al igual que hace con el cambio climático o negando el efecto positivo de las vacunas), recibiría apoyos por ello.



* Editorial "Truth and Lies in the Age of Trump" The New York Times 10/12/2016 http://www.nytimes.com/2016/12/10/opinion/truth-and-lies-in-the-age-of-trump.html

** Jean Baudrillard (2ª 2001) La guerra del Golfo no ha tenido lugar. Anagrama, Barcelona.



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