sábado, 31 de diciembre de 2016

Adiós para siempre, 2016

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El final de la etapa Obama al frente de la Casa Blanca se está pareciendo a un extraño juego a tres bandas entre el propio Obama, Vladimir Putin y Donald Trump. Obama juega con la partida perdida y contra el tiempo, pero quiere dejar el campo los suficientemente minado para forzar a Trump a jugadas que le dejen en evidencia.
En esta categoría se pueden considerar dos jugadas: la abstención en la condena de los asentamientos judíos en las Naciones Unidas y la investigación de la CIA sobre la influencia de Rusia en las elecciones norteamericanas. Obama va a aprovechar sus pocos días en la Casa Blanca para que Trump se enfrente a retos concretos: deshacer lo hecho por el presidente anterior en los dos terrenos, Rusia e Israel.
No creo que nadie recuerde una transición de poder en los Estados Unidos de esta naturaleza, un cambio tan terrible de ciclo en el que el recién llegado trata de destruir lo que el inquilino anterior ha hecho gasta pulverizarlo en lo interior y en lo exterior.
Por su parte, Vladimir Putin también tiene en su agenda el cambio americano. La aceleración de la "paz" prefabricada en Siria junto a Turquía es una jugada doble: deja fuera a Barack Obama —algo que se venía venir desde hace mucho tiempo y que aquí comentamos sería el final— y apuntarse el tanto antes de que Donald Trump intente apropiárselo con alguna extraña jugada.
Rusia se ha asegurado la influencia en la zona mediante el apoyo al régimen sirio y su nueva alianza con Turquía, a la que recibe vigilante tras el enfriamiento de las relaciones de Erdogan con Estados Unidos y con Occidente en general. Erdogan no le perdona a los Estados Unidos dos cosas: su apoyo a los kurdos en la guerra y no entregarle a su archienemigo el clérigo Gulen, al que responsabiliza de todo lo malo que ocurre en Turquía. Erdogan ha elegido ser cabeza de ratón a cola de león. Prefiere convertirse en apoyo de Putin en la zona junto con Irán a mantener un papel subordinado a Occidente que le recuerda cada día que es un retrógrado dictador islamista. Puede que la guerra que se para en Siria la aproveche Erdogan para terminar las suyas, internas y externas.


Esto tiene otra consecuencia, arroja al dubitativo Abdel Fattah al-Sisi en brazos de su "buddy" Donald Trump, que necesitará alguien que le reciba con una sonrisa y un abrazo. La foto de Trump en las pirámides está ya cantada. Al-Sisi seguirá con sus problemas económicos, pero recibirá abundante ayuda para defenderse de las protestas. No le entregarán lo que necesita, solo material militar y un bonito regalo añadido: la ausencia de preocupación norteamericana por los derechos humanos en el mundo, lo que le quitará una preocupación de la cabeza, si es que alguna vez le preocupó. Pero sí le servirá, en clave interna, para intensificar la propaganda. Para la prensa promocional egipcia, Donald Trump es un admirador e imitador de al-Sisi, verdadero despropósito.

La maniobra de Obama en la ONU para dejar en evidencia a Netanyahu será recogida por Trump, lo que le creará conflictos con el resto de los países árabes, que ya tienen una enorme desconfianza por las declaraciones islamófobas de Trump y su forma drástica de meter a todos los musulmanes en el mismo saco. Es probable que se produzca toda una reorganización de la zona en cuanto a alianzas y el papel de Rusia junto a Irán y Turquía. Eso no quiere decir nada respecto al terrorismo, sino simplemente que se considerará a Bachar al-Asad consolidado y un apoyo para mantener la línea de Putin, una línea casi vertical que establece un eje desde Kaliningrado hasta Siria pasando por Crimea. Es el nuevo muro.
A Trump le ha salido un aliado que buscaba: Reino Unido. Tras el debilitamiento de Europa con el Brexit, con el beneplácito de Putin, al que admiran también los Farage y compañía, los antieuropeístas, ahora Theresa May parece haber aprendido de la humillación de Trump de recibir a Farage y gastar bromas a su costa y la de la Unión. May parece también querer llevar la contraria a su antecesor, James Cameron, como política general. Allí donde Cameron quería hacerse con el dinero árabe para la City, May parece que quiere hacerse con las simpatías de Israel tras las críticas al discurso de John Kerry sobre la solución de los dos estados. Las iras de Netanyahu tendrán que moderarse ante una Unión Europea en la que Putin sigue sembrando discordia, como acaba de manifestarse a través del nuevo presidente de Moldavia. El largo brazo de Putin sigue funcionando, cono hackers o sin ellos.
El panorama que se presenta no es nada bueno. Un mundo con dos potencias de "acuerdo" (o fingiendo que lo están), guiadas por Putin y por Donald Trump, es un escenario de pesadilla. Los que se dejen arrastrar por él lo van a pagar con creces. Veremos en qué queda la política de la dubitativa Theresa May si Trump la coge como vehículo para presionar a Europa. 
La gran incógnita es precisamente Europa. Ya se han podido leer muchos titulares en la prensa del continente fijando los ojos en Angela Merkel, a la que se ve como la única capaz de poner algún freno a lo que se avecina. Pero Merkel, que creo que ha entendido el problema, tiene frente a sí un movedizo espacio llamado Unión Europea. Si Putin ha podido intervenir mediante unos hackers en la campaña electoral norteamericana liberando informaciones y dando empujoncitos, en Europa su campo de maniobra es mucho más amplio variado. Puede influir directa e indirectamente sobre la Unión a través de los partidos euroescépticos que acuden a él sabedores de encontrarán apoyo indirecto a través de financiaciones o hackeos oportunos. Para ello Putin se ha convertido en familia de acogida de los distintos filtradores de información de la etapa Obama.


Los países que salieron de la órbita soviética están siendo poco a poco llevados de nuevo hacia Rusia. A Putin le basta con financiar o apoyar a los antiguos nostálgicos de la época soviética tras la frustración europea que a algunos se le ha producido. La ha bastado con dejar de pasar un poco de tiempo para que los recién llegados comprobaran que Europa no era un paraíso y que los otros amigos de Putin se volvían tremendamente xenófobos, convenciendo a todos de que les iría mejor sin extranjeros en sus tierras. Las políticas cruzadas de rechazo han hecho que funcionen amplificadas: el movimiento anti emigración británico servía de apoyo para alejar a los miembros de los países del Este de la Unión al sentirse rechazados. Lo que han ido avanzado es el modelo querido por Rusia: populismos nacionalistas, antieuropeos, deseosos de encontrar comprensión y mercados ventajosos. 
Putin les promete eso y les coloca mercancías y acuerdos en cómodos plazos.
Putin va recogiendo el descontento que se va creando y que contribuye generosamente a expandir. Ucrania ha sido un ejemplo de lo que espera de Europa y de las consecuencias de llevarle la contraria en sus planteamientos.

Pero las miradas se centran en los Estados Unidos y la presidencia de Donald Trump, algo que todos —por unos motivos u otros— temen. Trump comenzará haciendo gestos exteriores y acciones interiores. Los conflictos que ahora mismo tiene sobre la mesa, sin haber empezado, son muchos y de muy variado cariz. Los hay de los intereses empresariales, que son muchos; los hay sobre sus relaciones exteriores con Rusia esencialmente.

El informe que Obama dejará como legado hará ver que Putin ha estado tras Trump, que le quería en la Casa Blanca sobre Hillary Clinton. Los medios norteamericanos más liberales ya le han declarado la guerra. Sus titulares e investigaciones contra sus tuits explosivos. ¿Es posible gobernar los Estados Unidos a golpe de tuit, manejando la opinión pública desde un oráculo virtual, decidiendo a golpe de teclado qué es el bien y qué el mal, qué es verdad y qué es mentira? Indudablemente Trump lo intentará.
Lo que nos espera a todos es bastante complejo. No es probable que la guerra de Siria se pare en seco y lo es más que el terrorismo —como llevan tiempo advirtiendo— se extienda por determinadas zonas. Será el momento de las células durmientes. Y veremos cómo trabajan los servicios de inteligencia mundiales con los nuevos mandatarios al frente. A Putin le basta con sacar a la luz un par de atentados para que los votantes de Trump se congratulen del "nuevo orden". Lo más probable es que la propia Rusia se convierta en el objetivo de los grupos terroristas, si bien Putin tiene blindado el país. Pero no es descartable que pueda ocurrir como una señal de que el cambio se ha producido. Hoy por hoy, es difícil controlar las células durmientes o los yihadistas vocacionales que se vean alentados por el cese el fuego parcial en Siria.


El nuevo escenario con al-Assad tiene que tener todavía el refrendo de los países árabes que no comparten la visión rusa. Verán en ella un intento iraní de desestabilizar la zona y de aumentar la influencia. Esto obligará a Israel a tomar medidas complejas tras la llegada de Trump al poder.
Dejamos de lado los miles de factores sobre los que pende la amenaza de Trump en la política norteamericana. Empezando por la emigración y pasando a Sanidad y Educación, que se verán seriamente afectados por sus premisas. Está por ver la reacción de los diferentes estados, aspecto decisivo. Muchos aspectos quedarán en manos locales y podrán ser mantenidos, pero otros no.
La obsesión con la eficacia de Trump hará que las medidas lleguen en cascada inmediatamente. Los efectos se pueden amplificar y provocar una reacción brutal en los espacios de las ciudades. Muchos perciben lo que viene como la lucha del campo y la ciudad. Es en la América campesina donde Trump ha conseguido sus apoyos. Las ciudades serán más resistentes, pero eso para él es un aliciente. Solo significará que serán un reto para su ego.
La mayor condena que Trump ha lanzado es tener que seguir hablando de él en los próximos años. Muchos ya advierten que no hay que alimentarle con titulares, ¿pero cómo mantenerse indiferente ante un provocador constante que busca el cara a cara sin límite? ¿Es el silencio la mejor solución al problema de Trump? Lo cierto es que necesitará un coro de amplificación, un bombardeo constante que mantenga a los medios a raya en una batalla que se presenta verdaderamente épica. De Trump se puede esperar todo menos discreción.



Para muchos, 2016 ha sido un año horrible en muchos los sentidos. Seguir pensando en lo ocurrido solo restará energía para emplearlas en lo que se avecina, un 2017 que puede superarlo. Difícilmente se recordará una peor despedida de año que la que se merece este 2016. The New York Times lo ha representado así, con el titular "Take a Bad Year. And Make It Better":

Let’s pretend we’re in some cosmic therapist’s office, in a counseling session with the year 2016. We are asked to face the year and say something nice about it. Just one or two things.
The mind balks. Fingers tighten around the Kleenex as a cascade of horribles wells up in memory: You were a terrible year. We hate you. We’ll be so glad never to see you again. The silence echoes as we grope for a reply.


Sí, es mejor dejarle partir después de haber sacado enseñanzas para el futuro. La flecha del tiempo juega a nuestro favor; los años nunca vuelven. Pero, cuidado, los errores sí.

* "Take a Bad Year. And Make It Better" The New York Times 20/12/2016 http://www.nytimes.com/2016/12/30/opinion/take-a-bad-year-and-make-it-better.html

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