jueves, 17 de noviembre de 2016

Metáforas que hacen América

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es cada vez más claro que la división norteamericana no se va a quedar en los análisis y comentarios de los politólogos, periodistas, sociólogos o demás intérpretes de la vida norteamericana. El que nadie se haya permitido dudar de la validez de la victoria de Donald Trump  no implica que la gente se haya quedado de brazos cruzados y desde el primer momento salieron a decirlo a las calles. Hasta el momento eran manifestaciones pero ya se puede empezar a hablar de resistencia. El sentido de lo que es un presidente no significa que renuncien a lo que es una comunidad allí donde estas son la base, es decir, en las ciudades.
Desde el principio, los analistas han destacado la diferencia de los tamaños de las comunidades como un elemento clave: las ciudades pequeñas y las ciudades grandes.  Trump no ha ganado en ninguna ciudad con más de un millón de habitantes, nos dicen los analistas electorales. En las grandes ciudades es donde se ha concentrado el voto de Hillary  Clinton. Las diferencias entre el mundo de las grandes ciudades y el de las pequeñas también impactan en la forma de percibir el mundo.
Uno de los efectos de la polarización política buscada por fundamentalistas y populistas es precisamente la radicalización expresada en términos de principios inamovibles frente al pragmatismo. Esto implica una mente cerrada y encerrada en determinados principios, es decir, establece un abismo entre el mundo propio y el del otro, del que se aleja cada vez más considerándolo su negativo destructor. Es lo que se ha hecho en Gran Bretaña con el "Brexit" y ahora en los Estados Unidos. El resultado son sociedades divididas por la mitad, irreconciliables.
Las diferencias de voto hace mucho que reflejan las diferencias mentales entre republicanos y demócratas, entre conservadores y progresistas, tal como ha estado señalando George Lakoff desde que decidió estudiar las diferencias cognitivas entre unos y otros en los años 90. Conservadores y progresistas tienen visiones del mundo diferentes, usan metáforas diferentes para ver e interpretar el mundo. Acaban siendo mundos distintos que mal conviven en un mismo espacio.
En el prefacio a la tercera edición de su "Política moral. Cómo piensan progresistas y conservadores"*, Lakoff explicaba qué ocurre si los hechos no se ajustan a la visión del mundo que cada uno tiene:

  • ·       El dato es modificado para ajustarlo a la visión del mundo
  • ·       El dato es ignorado
  • ·       El dato es rechazado y posiblemente ridiculizado
  • ·       El dato, si contradice la visión del mundo (13)


Esas posibilidades, añadía, se dan en el discurso político. Trump ha reforzado las ideas existentes. La América conservadora y fundamentalista ha estado bajo presión en la época de Obama. Lo que ocurre es parecido a la reacción de los islamistas tras la Primavera Árabe. La posibilidad de un mundo más abierto, da energía a los que quieren cerrarlo. Trump se ha beneficiado de la creencia en que no podría haber tantas personas como él; se ha beneficiado de que no podía haber tantas personas que aceptaran sus explicaciones del cambio climático, la globalización, la medicina, etc. Sin embargo, la hay, como se demostrado. Sus mentes han acogido como positivas esas afirmaciones reforzándose con ello en la idea y desestimando los hechos.
Entre estas diferencias, parece que toma fuerza la del "racismo", que es un elemento "explicativo" que permite canalizar muchos sentimientos y frustraciones. Permite dar salida al resentimiento que parece haber guiado mucho del voto contra la presidencia de Barack Obama que se ha materializado contra Hillary Clinton. Los ataques racistas que siguieron inmediatamente a la elección muestran esa represión y esa creencia que con Trump se va a poder decir esa "verdad" reprimida que ha tenido al creyente en la supremacía blanca callado hasta el momento.
Ahora su "momento" ha llegado. A los insultos contra Michelle Obama (que mostraban el resentimiento callado durante ocho años por tener a una primera dama negra en la Casa Blanca) le sigue otros ya que se siente en un entorno de aceptación diferente: "¡ya lo pueden decir!". The Washington Post trae hoy mismo otro titular: "Tenn. official resigns after calling the KKK ‘more American’ than Obama". El odio resentido es patente en este tipo de manifestaciones. Por eso la prensa sigue instando a Trump a que se manifieste en contra del odio racista o xenófobo. Pero Trump ha jugado desde el principio con la insinuación y los silencios y ahora ha nombrado a un partidario de la "supremacía blanca", antisemita y antimusulmán para que le lleve la Casa Blanca y sea su asesor.


La llegada de Trump a la presidencia tiene una única ventaja: está uniendo a una parte de la sociedad norteamericana alrededor de la idea de defensa de los derechos y libertades. No hay que dar por hecho que las libertades civiles son algo consolidado lo que está moviendo a la gente a manifestarse en las calles. The Washington Post comienza así su artículo titulado "Young, Confident and Protesting Trump":

“My grandparents marched in the Civil Rights Movement so that hopefully their grandkids wouldn’t have to march,” said Matteo Bertoni, 16. He was walking down 5th Ave. in the rain on Tuesday afternoon with hundreds of other high school students who had left their classes to send a message to President-Elect Donald Trump.
“Now I’m marching, hoping my grandkids won’t have to march for their civil rights,” Mr. Bertoni said.
The students, from at least 10 schools, chanted, “This is what democracy looks like,” and “Whose streets? Our streets.” While some wanted Mr. Trump to step down or the electoral college to give the presidency to Hillary Clinton, most just wanted Mr. Trump and his supporters to listen and to understand them.
“He’s going to become president,” said Dominique Campbell, 17, “we can’t do anything about that. But we can do things about how people see us and how they respect us.” Her goal was to show the respect and acceptance she wanted to see from others: “No matter how much they say they hate us and they want us to die, we love you.”
Some of the marchers were immigrants. Some were Muslim. Some were there to speak for themselves, and others had come to support their friends. When girls chanted, “my body, my choice,” boys responded, “her body, her choice.”**

En este contexto de aumento del odio y de la "amenaza" (un presidente no amenaza, dice lo que va a hacer) de la expulsión o encarcelamiento de entre dos y tres millones de personas, los medios nos informan de un hecho sin precedentes: la rebelión de los alcaldes de grandes ciudades.
Ante las manifestaciones de odio, ante los insultos, ellos reivindican que ningún ser humano es un "mono" y que Estados Unidos no es el Ku Klux Klan. Al menos no su América. Y un país es lo que queremos que sea.
El populismo de Trump, que ha sacado a la luz lo que ellos creían ingenuamente enterrado —el fundamentalismo religioso, la anticiencia, la discriminación racial, la xenofobia...— o al menos impensable en los discursos oficiales de los responsables, toma cuerpo ante ellos. Es lo que el desenterrador Trump ha conseguido. Lo que ha hecho es elevar a discurso de campaña presidencial lo que no se atrevía a ir más allá del comentario anónimo o la conversación privada con las personas de confianza. Ha hecho perder el miedo al insulto o a manifestar las "bondades americanas" del Ku Klux Klan, como lo que ahora aflora. La falta de profesionalidad política ha hecho que no tuviera pudor en decir lo que los demás querían escuchar sin eufemismos. Se ha limitado a alimentarlos y agruparlos. La radicalización de la campaña actuaba como estabilizador de su electorado y no espantándolo. Luego ellos se han encargado de la recluta de sus pares para conseguir el voto.
Oponer el amor al odio es una estrategia metafórica que permite canalizar los sentimientos y las ideas para marcar las diferencias y distancias. Donde unos discriminan, los otros acogen. Es la parte positiva de esta locura en la que Estados Unidos se ha embarcado y nos ha embarcado a todos.
No se debe menospreciar el efecto Trump sobre nuestras propias sociedades. Hay que darse cuenta que la discriminación y el odio racista están presentes en las sociedades, parece que no se llegan a superar. Se ha visto en el Brexit británico, esencialmente una campaña canalizada hacia la idea de que los inmigrantes son la causa de los problemas y que quien los lleva es la unión con Europa.


Las declaraciones de Marine Le Pen mostraban su confianza en que el fenómeno de los Estados Unidos era la vuelta a las "naciones" frente a los movimientos globales o los universalismos. "Au nom du Peuple!" es el lema escogido por Le Pen para la campaña. No puede ser más "populista": es ella quien tiene el poder, el don, el milagro de definir, interpretar y representar a esa entidad que es el "pueblo". Ella señala que es más que un eslogan, que "una línea de conducta, una profesión de fe". La retórica es clara y las metáforas las mismas: ella es la patria. No hay otra opción para quien ama a Francia; no votarla pasa a ser alta traición. Los otros son los traidores, los destructores, los conspiradores, los infiltrados... Si Trump ha llegado a acusar a Obama y Clinton de estar detrás del Estado Islámico o que el presidente es un musulmán infiltrado en la Casa Blanca, ¿qué más se puede decir? Los fenómenos racistas están empezando a aparecer en lugares que antes no los tenían y hay que precaverse ante ellos.
Los norteamericanos que aceptan la presidencia de Trump no tienen porqué aceptar sus ideas. Eso no está escrito en ningún lado ni los mismos republicanos lo han practicado desde las cámaras donde han tenido mayoría. El sistema americano da poder al presidente pero también lo da en otros ámbitos. Uno de ellos es el de las ciudades.
Son las ciudades las que van a encabezar la resistencia a Trump usando sus poderes en defensa de sus vecinos. Las noticias de ayer nos mostraban el inicio de una forma de resistencia que va a atraer la atención y servirá para organizar a los demócratas norteamericanos en lo que se asemeja a una futura gran batalla.
La discordancia electoral entre las ciudades pequeñas y las grandes va a ser el escenario de las diferencias. Ocurrió algo similar en el Brexit con la ciudad de Londres, claramente a favor de la permanencia en Europa frente a las zonas que votaron por la salida.
Las noticias que llegan de Nueva York son la organización de la resistencia a los planes de Trump allí donde puedan impedirlos dentro de sus competencias. Trump no ha ganado allí y tiene una fuerte oposición que no es nueva. La BBC señala lo que ocurre en la ciudad:

New York's mayor says he has told US President-elect Donald Trump people in the city are "fearful" of what his White House administration could bring.
During a meeting at Trump Tower, Bill de Blasio said he warned the Republican he would aim to shield undocumented immigrants from deportation.
He said Mr Trump's plans would not work in "the ultimate city of immigrants".
Mr Trump has pledged to deport or jail up to three million undocumented immigrants with criminal records.
Mr de Blasio is not the only city leader to oppose the incoming US president's immigration policies.
The mayors of Los Angeles, San Francisco, Chicago, Boston, Philadelphia and Washington DC have also vowed to protect their immigrant residents from deportation.***


¿Una conjura de las grandes ciudades? Puede ser. Las ciudades que se citan son grandes centros en los que el apoyo de Trump es considerablemente menor y que, en cambio, tienen grandes bolsas de inmigrantes. La resistencia sería mucho mayor.
En cualquier caso, desde el punto de vista político, la respuesta ante la elección de Trump parece que no se va a quedar en lamentaciones y manifestaciones callejeras, sino que se está organizando para tratar de frenar lo más sórdido de sus propuestas, tanto en el interior como en el exterior.
Comienza ahora la batalla de las metáforas, los intentos por redefinir la América cuyo espíritu es reflejado en el fundamentalismo religioso, la supremacía blanca y el sexismo o, por el contrario, en la igualdad de derechos, la recepción del que busca un nuevo espacio y cree en la extensión de las libertades. Es la lucha por la metáfora guía. Ya ha comenzado en las ciudades. El alcalde de Chicago le ha dado forma en este texto, que reconoce la ciudad como "santuario" para refugiados:
 
Escrito del alcalde de Chicago reiterando la idea de "ciudad santuario" para los inmigrantes

* George Lakoff (2016). Política moral. Cómo piensan progresistas y conservadores. Capitán Swing, Madrid.
** "Young, Confident and Protesting Trump" The Washington Post 16/11/2016 http://www.nytimes.com/2016/11/16/opinion/young-confident-and-protesting-in-new-york.html

*** "Trump told by New York mayor that city is 'fearful' of him" BBC 17/11/2016 http://www.bbc.com/news/world-us-canada-38007697



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