jueves, 8 de septiembre de 2016

No se necesita una persona mala para servir en un mal sistema

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La película "Experimenter" (2015), escrita y dirigida por Michael Almereyda, es una atípica biografía del psicólogo social Stanley Milgram cuyos experimentos sacaron a la luz la diferencia entre cómo somos y cómo nos gusta vernos retratados. El tema central del filme no es en sí la vida de Milgram sino sus ideas y el efecto que tuvieron en sus relaciones con los otros. Como psicólogo social, Milgram trató de desentrañar nuestro comportamiento en grupo y se centró en un aspecto esencial que su propio origen judío le hizo plantearse: la obediencia.
No vamos a hacer una crítica del filme, que resulta fascinante y recomendable para todo aquel que quiera tener materia sobre la que pensar durante algún tiempo. Los experimentos de Milgram son conocidos: unas personas castigan a otras causándoles un daño progresivo dentro de un programa de aprendizaje. Suministran descargas eléctricas cuando se producen errores en las respuestas. Las personas, más de un 61% siguen administrando descargas hasta el final, a pesar del dolor que escuchan o cuando dejan de escucharlo. Son obedientes y siguen las instrucciones.


El debate sobre aspectos como la "ética" del experimento en sí, la posibilidad de que hubiera dejado algunas secuelas, etc. forman parte de la Historia de la Psicología, en la que Milgram y sus experimentos sobre el comportamiento social se encuentran por méritos propios.
La reflexión del propio Milgram se realiza sobre el fondo del juicio de Eichmann en Jerusalén, detenido por agentes israelíes y sacado de la Argentina, en donde se hallaba escondido. Eichmann, como es sabido, basó su defensa en la "obediencia". Nunca hizo nada, dijo, que no le hubieran ordenado. Allí donde otros, como Arendt, se centraron en la "banalidad del mal", Milgram se encaminó hacia la compresión de por qué se aceptan órdenes y se diluye nuestra responsabilidad.


No hace muchos días comentábamos aquí la cuestión de la "conformidad social" (ver entrada). En uno de los programas citados se reproducía con exactitud uno de los experimentos de Milgram: el que lleva a un sujeto a cambiar lo que le resulta obvio pero va en contra de la opinión de los demás. Acabaremos diciendo que es "negro" lo que es "blanco" si todos dicen que es "blanco". Al menos la gran mayoría. La misma que aceptó administrar las dolorosas descargas eléctricas por era lo que formaba parte de lo establecido.
La reflexión que el propio Milgram se hace considera que aunque a la gente le parezca criticable el experimento y sus resultados, la Historia vuelve a poner su trabajo en primer plano cada cierto tiempo, cada vez que lo que él encontró en los experimentos se traslada a los titulares de la prensa.
La pregunta por la obediencia no es irrelevante y es cada vez más necesaria. En el artículo inicial de Stanley Milgram se encuentra el fondo sobre el que se construye la película. Posteriormente, profundizó en el análisis en la obra Obedience to Authority: An Experimental View. En el artículo Milgram concluía:

Quizá haya habido una época en que las personas podían responder en forma plenamente humana a cualquier situación por estar inmersas pero completo en ella como seres humanos. Pero las cosas cambiaron en cuanto que hubo división del trabajo. Pasado cierto límite, la desintegración de la sociedad en grupos de gente que desempeñas labores reducidas y muy especiales mengua la calidad humana del trabajo y de la vida. La persona no logra abarcar la situación completa, sino sólo una parte de ella y, por consiguiente, no puede obrar si no se le señala alguna dirección global. Se entrega a la autoridad, pero con ello se enajena de sus propios actos.
Hasta Eichmann se enfermaba al visitar los campos de exterminio, pero durante casi todo el tiempo estaba sentado ante un escritorio escribiendo órdenes. El hombre que, en el campo de concentración, echaba el Ciclón-B en las cámaras de gas podía justificar su conducta diciendo que se limitaba a cumplir órdenes superiores. Así, existe una fragmentación del acto humano total; nadie se enfrenta a las consecuencias de haber decidido ejecutar un acto infame. La persona que asume la responsabilidad se ha evaporado. Quizá sea este el rasgo más común del mal socialmente organizado en la sociedad moderna.
Pero las implicaciones de nuestro estudio se aplican igualmente en situaciones menos extremas. Así, el conflicto entre conciencia y autoridad solo en cierta medida es un problema filosófico o moral. Muchos sujetos del experimento comprendían, por lo menos en el plano teórico de los valores, que no debían seguir, pero no fueron capaces de traducir en actos su convicción. No se necesita una persona mala para servir en un mal sistema. La gente común se integra fácilmente en sistemas malévolos.
¿Podremos evitar de algún modo este potencial aterrador, esta fácil aceptación de la autoridad, aún la mal dirigida o perversa? Quizás seamos marionetas o muñecos movidos por los hilos de la sociedad. Pero al menos somos marionetas con percepción, con conciencia. Y tal vez nuestra conciencia sea el primer paso para liberarnos. El hecho de que la obediencia sea muchas veces un imperativo de la sociedad humana no reduce nuestra responsabilidad como ciudadanos. Más bien nos impone la obligación especial de colocar en los puestos de autoridad a aquellos que más probablemente la ejercerán humanitariamente. Y la gente es ingeniosa. Los varios sistemas políticos que se han desarrollado en el correr de la historia son sólo algunos de los muchos arreglos políticos posibles.
Acaso el siguiente paso sea inventar y explorar formas políticas que den a la conciencia más oportunidades de oponerse a la autoridad equivocada.

No es fácil condensar tal cantidad de ideas y especialmente de implicaciones en tan poco espacio. Algunas de estas palabras las escuchará si tiene ocasión de ver el filme. Es seguro que mientras leía han ido yendo a su mente casos en los que usted mismo o cualquier otro le suministraba ejemplos.
Curiosamente el que me ha llegado a mí primero es uno muy antiguo, un recuerdo de juventud en el que un camarero fue despedido por negarse a servir un licor reembotellado a un amigo que fue a visitarlo al bar en el que trabajaba. Había obedecido siempre a su jefe y servía de la botella rellena a todo el mundo, pero su límite estaba puesto en su amigo, al que no quería engañar. Y ese día se negó a hacerlo. No tengo decidida cuál es la ejemplaridad del caso. ¿Le redime un solo caso de los miles de casos en que obedeció? ¿El hecho de que fuera su amigo es positivo o negativo?
Los experimentos de Milgram poseen una virtud: desvelan un mecanismo que va de los casos más triviales a los grandes desastres. Las marionetas pueden interpretar pequeñas piezas cómicas o enormes tragedias históricas, con millones de muertos.


El deseo político —podríamos decir angustioso— de encontrar una autoridad humanitaria, es decir, que no utilice su condición para que le obedezcan en el ejercicio del mal se nos revela hoy casi una ingenuidad. Hasta se ha teorizado durante años la necesidad de una autoridad fuerte, que mantenga firme la obediencia conforme la sociedad se iba configurando como un conglomerado de máquinas humanas. Las décadas de modélicos jefes tiránicos, ávidos de obediencia, ha llevado al movimiento (o moda) actual del "buen jefe" o del jefe buena persona. Pero no es tanto una cuestión moral sino una forma de relajar el sistema de la tensión creada.
El ejemplo del camarero obligado a engañar a sus clientes se puede repetir como esquema: el banquero que obliga a engaña a sus empleados, el ingeniero que obedece la instrucción de trucar el sistema de medición de contaminación de un coche, los empleados de la BBC que saben que su presentador estrella es un depredador sexual y obedece la instrucción de silenciarlo, los torturadores que siguen órdenes, los que lanzan bombas sobre hospitales, etc. etc. La obediencia es algo más que una cuestión moral individual cuando se convierte en el cemento social. De ahí el salto político que Stanley Milgram se ve obligado a dar.


Lewis Mumford teorizó sobre lo que llamó la "megamáquina", una máquina que hizo que en un periodo de trescientos años aparecieran las grandes civilizaciones con sus construcciones gigantescas, como las pirámides. ¿Cómo fue posible pasar de la nimiedad tribal a las grandes construcciones que todavía nos asombran hoy? La respuesta de Mumford se acerca a lo considerado por Milgram: la transformación de los grupos humanos en "máquinas". Máquinas eran para él sistemas de transmisión de órdenes: la casta sacerdotal o administrativa, el ejército y la esclavitud o fuerza laboral. Sobre estas tres máquinas sociales fue posible construir una sociedad "ordenada". La base del funcionamiento de todas ellas es la aparición de una "autoridad" absoluta que necesita ser obedecida de forma automática. Es la figura de los faraones y similares, que pasan a ser dioses que han de ser obedecidos sin cuestionamiento alguno. La megamáquina necesita, dice Mumford, de la creación del monoteísmo: tiene que haber un solo dios y un solo representante suyo sobre la tierra, el "faraón". Luego el estado se convertirá en el dios omnipotente, la fuente de la que manan las órdenes.


La idea de Milgram de que hubo un tiempo en que los seres humanos poseían una visión del conjunto que les daba cierta autonomía y que la división del trabajo hizo supeditarse a una autoridad tiene mucho de consideración mítica, de una forma de estado idílico del que se parte. Pero no por ello es incierta: el conocimiento verdadero nos da autonomía. Ese era el concepto de Ilustración expresado por Kant: una persona ilustrada es aquella cuyo juicio es autónomo, no está dirigido por otros contra su voluntad. Pero el conocimiento por sí mismo no da la autonomía. Hace falta un fondo moral, de valores, mediante los que la persona se pueda defender precisamente de la presión exterior que lleva a la obediencia.
Hemos renunciado al conocimiento global y se nos instruye en el "know how" cuya función es que cumplamos las órdenes con eficacia. Los protocolos son la manifestación del automatismo de las respuestas ante las situaciones extremas: no debo reflexionar sobre qué hacer, sino hacer estrictamente lo que el protocolo señala. El protocolo diluye mi responsabilidad y me convierte en una marioneta, por usar el término de Milgram, cuyo guión está escrito con anterioridad limitando mismo movimiento. Solo soy una interfaz humana, una pequeña pieza de la megamáquina.


Deberíamos escribir en la entrada de nuestro edificios las palabras de Stanley Milgram: "No se necesita una persona mala para servir en un mal sistema. La gente común se integra fácilmente en sistemas malévolos." Son palabras que describen una gran parte de lo que ocurre cada día. No son respuestas en un sentido estricto, solo la constatación de un hecho. Las preguntas reales son "¿qué significa persona mala y mal sistema?". Pero el sentido de las palabras lo establece el propio sistema que nunca se presentará como "malo" sino como "necesario".
El centro de la cuestiones planteadas por Milgram está en la relación entre libertad y necesidad. Somos libres, pero estamos más cómodos (felices, dirían algunos) en la obediencia, que nos evita sentirnos responsables. Al final, puesto que está en la naturaleza de la mayoría obedecer, lo importante es elegir bien que nos ordena. Es una respuesta pertinente: combate el pesimismo de la obediencia con el optimismo de la posibilidad de elegir quién nos ordena. El problema se vuelve trágico cuando elegimos o se nos impone una mala autoridad. 
Entonces es cuando descubrimos que el mal sistema funciona, con nuestra ayuda, de forma eficiente. No se necesita una persona mala para servir en un mal sistema. El dilema social e institucional es ir más allá de debatir sobre la calidad de los muñecos y buscar cómo cortar los hilos sin que se desmorone el gran teatrillo del mundo.


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