jueves, 15 de septiembre de 2016

La vida, nada más

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay películas que se ven y películas que te hacen pensar en el cine, como hay novelas que más allá de su historia te hacen reflexionar sobre el arte literario o pinturas que tienen el mismo efecto con su propio arte. Esto suele ser una virtud cuando no se convierte en un discurso en el texto, en digresión, sino algo que surge al hilo.
Ese es el efecto que produce la película india "Tribunal" (2014), escrita y dirigida en su debut por Chaitanya Tamhane, un joven autor con solo un cortometraje anterior en su haber. La película ha ido acumulando premios por donde ha ido presentándose, haciendo coincidir el gusto oriental y occidental, pues ha pasado por festivales como el de Venecia (2 premios) o Mombai. Fue seleccionada por India para el Oscar.
¿Qué hace extraordinaria "Tribunal"? La normalidad. Nada hay más difícil que la naturalidad. Los malos actores, los malos guionistas, los malos directores, etc. son los incapaces de hacernos sentir la naturalidad, el fluir de lo cotidiano sin conciencia del arte que la representa. Cuando llevamos un rato frente a "Tribunal", los límites de la pantalla se han ido difuminando y nos hemos transformado de espectadores en una butaca en observadores. Dejamos de esperar, solo vemos pasar ante nosotros la vida. Y en esas vidas ocurre un juicio. El tribunal es un espacio de confluencia, una sala que se llena y se vacía.


"Tribunal" es un film judicial que no tiene nada que ver con los filmes judiciales. "Tribunal" tiene canciones, pero no tiene nada que ver con lo que Bollywood nos ofrece... Y así sucesivamente.
Quizá el sueño de todo artista sea escribir la primera novela, el primer poema; pintar el primer cuadro... rodar "La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir", la primera película, presentada por los hermanos Lumière el 22 de marzo de 1895, creando los primeros espectadores cinematográficos de la historia. Pero ese momento es irrepetible, el momento del encuentro virginal con una pantalla llena de luces y sombras, el momento en el que el cerebro tiene que reorganizarse para comprender la nueva experiencia.
Hay cineastas —artistas en muchos campos— que tratan de recuperar románticamente el momento edénico, algo imposible; y otros, en cambio, que tratan de poner en escena todo el saber acumulado en los 120 años de cine trascurridos desde aquella primera proyección. Entre la desnudez de la inocencia y los ropajes de la historia, el artista se debate. ¡Es tan difícil escribir una historia así!


Cuando se produce el hartazgo, el gusto demasiado rebuscado, la imitación de la imitación, se trata de recuperar la desnudez del trazo simple.
Chaitanya Tamhane ha hecho un film desnudo, cuenta una historia tratando de crear la ilusión de que es ella misma la que se cuenta o muestra ante nuestros ojos. Y la historia se forma al hilo del proceso judicial, es decir, de la acumulación de los hechos que se cuentan ante el tribunal. Al final es esa corte la que ha unido en sus legajos los acontecimientos creando una narración interna que se crea sesión tras sesión. Pero la distancia entre lo ocurrido y cómo se cuenta e interpreta es grande. Poco a poco vamos viendo expandirse ese universo cuyo centro es el tribunal y comprendemos que es reflejo de ese mundo, un escenario como los otros que se nos muestran, el de los festivales, el de las conferencias o el teatral, donde se dan versiones contradictorias o coincidentes, donde se cuenta también la vida. En unos reímos, en otros lloramos o en escuchamos y en otros somos juzgados.


El reconocimiento crítico al filme de Tamhane ha sido considerable. No es fácil lograr con una primera película algo tan personal y, a la vez, universal. No, no es fácil escapar de todos los códigos y modelos que configuran la historia del cine, de sus referencias a través de un relato que no lo parece. Esa es su virtud, la virtud del artista, la de fabricar una primera experiencia devolviendo al espectador la ilusión de que asiste por primera vez a la proyección de algo llamado película.
En un universo cinematográfico en el que son frecuentas las explosiones, las mutaciones, los animales digitales, realistas ciudades inexistentes o actuar ante una pantalla verde, una película como "Tribunal" hace que tengamos la sensación de realidad sin tener que ponernos gafas 3D, una forma grosera de recrear el mundo engañando a nuestros cerebros. La realidad es otra cosa.


Sin acción, sin diálogos chispeantes, sin estrellas musculosas, sin bailes suntuosos... "Tribunal" nos sitúa en la posición privilegiada de sentirnos profundamente espectadores. Nos descubre nuestros condicionamientos, los creados por las experiencias anteriores que nos hacen esperar lo previsible. Nos deja, en cambio, la posibilidad de pensar sobre lo visto, su orden oculto, su lógica. 
La vida nos va mostrando lo ocurre. Nada más ni nada menos.




* "Tribunal" (Court, 2014). Director y guionista: Chaitanya Tamhane. India. 112 minutos. Cameo. 2016.



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