jueves, 11 de agosto de 2016

El discurso democrático

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Una parte importante de los Estados Unidos está dándose cuenta de quién es Donald Trump. Incluso políticos republicanos comienza a decir públicamente que no le pueden apoyar ni votar, que no se identifican con él, su programa y sobre todo sus maneras. Más allá de la ideología xenófoba, racista, aislacionista, machista de Trump —que fue exhibida en la primera fase de las primarias y le llevó a ser nominado—, lo que está apareciendo ahora es un fenómeno de vergüenza ajena. Una vez caído el velo, las maneras zafias y brutales de Trump quedan expuestas con claridad. Endiosado en su megalomanía, Trump se exhibe como culminación del narcisismo político. Trump solo se ve ya a sí mismo.
El escritor al que le cupo el honor de escribir con Trump una obra sobre si vida e ideas —el segundo mejor libro después de la Biblia, según se dijo repitiendo palabras del magnate— dio en el programa de Bill Maher la mejor definición que he escuchado hasta el momento: "entre en Google, busquen la palabra "sociópata" y las diez características que les aparecen son la descripción perfecta de Trump".
Las encuestas van mostrando a un Donald Trump estancado y perdiendo apoyos conforme la verdadera campaña se pone en marcha. La perspectiva de un Trump en la Casa Blanca hace temblar a medio mundo. De forma más directa, los Estados Unidos dedican cientos, miles de artículos diarios para exponer el monstruo que se ha creado y su incombustibilidad. Trump es uno de esos monstruos de vieja película japonesa, un Godzilla con cresta lacada que sacude los edificios y al que unos y otros bombardean.


Más allá de la elección estadounidense, el fenómeno Trump —¿cómo ha llegado hasta allí?, ¿cómo ha pulverizado a los políticos profesionales del partido Republicano?— es algo sobre lo que merece la pena meditar y hacerlo sobre su fondo, su forma y contexto internacional.
Trump es una combinación de males y vicios que aquejan a las democracias y que en otros países dan figuras autoritarias como Putin o Erdogan. Trump es una caricatura de ellos, políticos de amplias espaldas y conocimiento de los entresijos. Putin juega con el sueño de reconstruir el imperio soviético bajo el nacionalismo ruso; Erdogan busca lo mismo con el sueño del imperio otomano, del que se ve como sultán y faro. Podrían ponerse otros ejemplos en distintas escalas del prestigio del autoritarismo, defendido y aclamado por pueblos que aplauden el sectarismo y jalean las ejecuciones de los opositores, felices retrógrados que aplauden a sus dictadores. Por este blog pasan unos cuantos habitualmente porque considero que es un fenómeno que hay que observar con detalle para prevenirse de él.

El caso norteamericano tiene su propia peculiaridad pues se da en una sociedad de tradición democrática en la que es posible la crítica. Pero no en todas las partes se parten de los mismos niveles de democracia. En algunos casos apenas han tenido experiencia; en otros, las van socavando con sus megalomanías mesiánicas que no pueden ocultar el ansia de poder. Latinoamérica ha padecido este tipo de fenómeno, cuyo ejemplo más claro es el chavismo y su actual y ruinosa caricatura con un heredero como Nicolás Maduro.
Más allá de Trump, la preocupación por el estado de la democracia en el mundo debería ser grande. La erosión producida creo que puede considerarse desde dos planos: el de los acontecimientos históricos y desde el plano teórico o intelectual.
Las democracias son estados frágiles en lo prácticos y necesitadas de reflexión. Desde el punto de vista de los acontecimientos, asistimos a una mala praxis histórica: las democracias han dejado de presionar a las dictaduras considerando que se puede hacer negocios con ellas sin ningún tipo de consecuencias. Allí donde antes se veía pueblos oprimidos, ahora se ven "mercados potenciales". La ideas es que es posible defender la democracia dentro del espacio propio y, sin embargo, estrechar lazos con dictadores o incluso sostenerlos si son convenientes a los intereses propios. Mientras los "aliados" se mantengan en el punto deseado, da igual lo que hagan en sus territorios. Que los Derechos Humanos no te arruinen un buen negocio. La idea de que es la Economía el único factor que es importante tener en cuenta, que si no lo haces tú otro lo hará, etc. ha servido para justificar las buenas relaciones con países en los que se realizaban prácticas contra los derechos y libertades.
Eso tiene un coste en credibilidad. El famoso "doble rasero" que se dice de los países democráticos por parte de los afectados no deja de ser cierto en este tipo de casos. Lo malo es que ahora el "doble rasero" se usa para justificar la represión de las personas. Es decir: los países democráticos han perdido su capacidad moral de exigir o esta se ha visto debilitada. Si se apoyan unas dictaduras difícilmente se pueden criticar otras con argumentos sólidos más allá de los maquiavélicos "intereses" propios.


El autoritarismo se justifica, además, por el éxito económico, por el crecimiento. Mientras este se mantenga, lo demás se puede hacer. Se le llama "orden", "confianza", etc. y se mide en los propios indicadores para evaluar las inversiones extranjeras. Un país con una férrea dictadura es "estable" y, como se nos dice a menudo, una garantía para los inversores.
Pero hay otro fenómeno de gran importancia: el discurso teórico sobre la decadencia de la democracia. Combinados con el anterior, hay dos formas de discursos en este sentido: a) el discurso que quiere hacer ver que las democracias son inventos "occidentales", fórmulas de penetración en otras culturas; y b) el discurso interno que habla de la ausencia de representación de la democracia que conocemos.


Ambos tipos de discursos van erosionando la confianza democrática en planos diferentes. Su efecto es grande porque se han quedado prácticamente con la reflexión sobre la democracia.
La crítica es consustancial a la democracia, pero para ello la democracia debe tener un respaldo que se traduzca en un afán de mejora. La crítica democrática busca una democracia mejor, más eficaz en la garantía de las libertades de todos, sociedades más justas, personas más autónomas, etc. Pero de la crítica que busca la destrucción de la democracia es necesario precaverse.
Hoy más que nunca es necesaria una reflexión democrática sobre la democracia. Sin embargo, este discurso es minoritario frente al torrente de críticas que buscan su debilitamiento en favor de un modelo autoritario, carismático, como el que estamos viendo en diferentes espacios.


La creencia en que la democracia es un viejo invento que se ha agotado debe ser frenada con ideas y la renovación del mensaje democrático. Vender los sistemas autoritarios y caudillistas como novedad solo es posible ante la extensión social de la intolerancia y el dogmatismo, que son los verdaderos enemigos de los sistemas democráticos.
El siglo XXI debe ser el de la reconstrucción de los valores democráticos, de la tolerancia, el diálogo y la renovación constante para evitar el anquilosamiento. Los vicios que la corroen son precisamente los que surgen de la seducción, del atractivo del demagogo, del que es capaz de convencer gracias a las artes retóricas para hacer vivir en una ilusión fascinada a las personas.
Hay un aumento del dogmatismo autoritario, del fundamentalismo religioso y político por todo el mundo. Está comenzando a llegar a las democracias más estables, que ven cómo llegan o se quedan a las puertas individuos como Donald Trump. En otros países, rompen la baraja cuando consiguen hacerse con el poder, haciendo retroceder las libertades con enemigos imaginarios que son usados como excusas para purgas y ejecuciones.


Es sorprendente lo poco que valoran las generaciones jóvenes la democracia. Los valores del éxito parecen ser más atractivos. Este se puede conseguir de cualquier manera, pues la falta de empatía política con los otros —como miembros de la misma comunidad— hace verlos como objetivos de los más cínicos, de los depredadores que han comprendido, como los libertinos del siglo XVIII, como el superhombre del XIX, como el ejecutivo "psycho" del XX, que los valores éticos son obstáculos.
Me temo que insistimos poco en la importancia de la democracia y sus valores reales. Creo que los dejamos como una especie de cuento con el que mecer la cuna, como una historia bonita con la que ocultar las verdaderas ansias de poder.
La llegada de personas como Trump a las puertas de la Casa Blanca, de otros muchos en sus respectivos países y, desgraciadamente , de imitadores es un aviso. La demagogia es peligrosa y llega muy arriba cuando no se tienen escrúpulos y se juaga con la ignorancia. Quizá parte del problema resida ahí, en sociedades de deseos a las que se seduce a todas horas, a las que se estudia y analiza para saber cómo manipularlas, alentando sus vicios y alejándola de sus virtudes.


La democracia, por el contrario, implica una capacidad importante de renuncia, de aceptación de cuestionamiento de uno mismo y de valoración del otro. La democracia no es, como se nos dice a veces, una guerra encubierta, sino una paz activa, dinámica y constructiva. Debe ser real y no una ilusión.
Solo cuando valoremos esto se podrá confiar en que lo que queremos para nosotros, lo queremos también para los demás. Y será posible entonces crean un clima distinto. La democracia, si es auténtica,  no es una debilidad, ni un engaño.
Más allá de las ideas personales, la democracia implica cómo defenderlas, discutirlas y llevarlas a la práctica respetando el juego democrático. Las mentiras contadas por Trump (hay listas publicadas hoy por The Washington Post) o las contadas a los británicos para conseguir sus votos para el Brexit (como ellos mismo reconocieron) son ejemplos de cómo se incumplen las reglas de honestidad. Puede que algunos crean que "mentir" forma para de la política, pero no desde luego de la democracia. Los que creen que cualquier método es bueno para conseguir el poder y que en eso consiste la política se equivocan y hacen que la propia política se resienta debilitando la confianza en ella. Pero los excesos son muchos y hace falta, por ello, mucha ejemplaridad y demostración de sacrificio.

Lo que está claro es que hacen falta voces, renovar el discurso y ejercerlo en la práctica, poner en marcha los principios y valores. El silencio empieza a ser suicida ante demagogos amplificados y con medios suficientes.


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