viernes, 8 de julio de 2016

El ascenso del racismo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me acosté con la noticia de la muerte en Italia de un hombre africano muerto al defender a su esposa de un ataque racista y me levanté con la noticia de los cinco policías muertos en Dallas por un francotirador en respuesta a los dos crímenes (no se pueden llamar de otra manera) racistas de un afroamericano y un latino de color.
El primer caso es una de las consecuencias de la intransigencia racista y xenófoba que está resurgiendo en Europa y el segundo la emergencia de un comportamiento de largo recorrido en el que las estructuras sociales se han ido configurando para instaurar el racismo en los sistemas policiales y judiciales, una instrumentalización de las herramientas del orden público y la legalidad en favor de unos y en detrimento de otros. No es otra la queja que resuena en Estados Unidos. 


El país tiene un presidente negro al igual que lo es el jefe de Policía de Dallas, pero los que matan en las calles abusando del poder son blancos. Y lo hacen porque sienten la impunidad de sus actos. Si no fueran juzgados de forma benévola, probablemente los comportamientos serían otros; pero no es así Los ejemplos sobran y han aumentado en los últimos años según recoge la prensa.


La campaña electoral de Donald Trump parte del principio racista de que los hispanos sobran y de que en los "buenos viejos tiempos" ("good old days") las cosas "funcionaban mejor" con los afroamericanos. En el contexto en que lo dijo, durante un mitin, todo el mundo entendió a qué se refería: la época anterior a los movimientos de derechos civiles era "mejor". La respuesta son comportamientos racistas crecientes, hechos públicos sin reparos, y dos tiradores en una azotea disparando a los policías que vigilan una marcha de protesta contra la brutalidad policial.
El caso europeo provoca, además de indignación y vergüenza, una gran tristeza. Euronews lo resume así:

“Perseguido en Nigeria, asesinado en Fermo, que debía protegerle”, rezaba un cartel situado en una de las calles de esta localidad que recuerda el sufrimiento de la pareja: Emmanuel y su esposa huyeron de Nigeria tras ser diezmada su familia por Boko Haram, después perdieron el bebé que esperaban durante la travesía hacia Italia y, finalmente, cuando comenzaba a cobrar forma su “sueño europeo”, han sido víctimas del odio y del racismo.*


Toda muerte es la ruptura de un sueño. En este caso ha sido el Emmanuel y su esposa, pero sueños rotos han sido también los de los muertos en Estados Unidos en medio de un racismo creciente y una ola de indignación que ha traído más muertes.
Nos enfrentamos a demonios familiares. El País titula: "El antisemitismo abre una crisis en los populistas alemanes". No estamos hablando de lugares recónditos en los que se dan por buenas formas de discriminación de distinto orden (sexo, religión, etnia), espacios en los que todavía la idea de Derechos Humanos es una utopía porque la violencia endémica no deja espacio a la razón. Estamos hablando de Alemania, del corazón de Europa, de uno de los países más avanzados social, científica, culturalmente del planeta. El País nos cuenta:

Alternativa para Alemania, el partido que dio la sorpresa electoral en marzo, libra una guerra civil en la que llueven acusaciones de antisemitismo y de actitudes despóticas. El responsable de la enésima lucha intestina de AfD se llama Wolfgang Gedeon. Este diputado del Estado de Baden-Wurttemberg considera que el Holocausto se ha convertido en “una religión civil de Occidente”. Para él, los negacionistas de la Shoá son “disidentes”; y en alguna publicación se ha apoyado en Los protocolos de los sabios de Sion, uno de los libelos que más han contribuido a propagar el antisemitismo.
Este discurso antisemita es demasiado incluso para un partido como AfD, con líderes que han soltado lindezas como que los alemanes rechazan como vecino a alguien como Jérôme Boateng –el jugador de la selección nacional con raíces de Ghana- o que, si es necesario para proteger las fronteras nacionales, el Ejército podría usar las armas contra mujeres y niños que trataran de entrar en Alemania.**


¿No queda cordura? ¿Qué falla para que se estén viniendo abajo en las sociedades más avanzadas los principios ilustrados de igualdad y libertades para todos los seres humanos, sin distinciones? Pero el discurso xenófobo no es exclusivo de Occidente. Parece que algunos les gusta recrearse en los errores occidentales. Pero fuera el panorama es aún peor. El discurso antioccidental se retroalimenta en aquellas zonas en las que sigue creciendo el autoritarismo y la violencia. El ejemplo más evidente es el Estado Islámico como forma de discriminación violenta contra las personas que piensan distinto. El racismo es una forma de intransigencia, pero los son también la xenofobia o el sectarismo religioso. Te pueden matar por tu piel, tus creencias, tus ideas o tu procedencia. Lo importante es que te matan.
Las sociedades se vuelven nidos de odio. En algunas se sale a protestar contra el odio; en otras solo cuando nos afecta directamente. Lo sorprendente es la emergencia pública de los discursos, la naturalidad con la que son expuestos y la facilidad con la que son aceptados. En esto se ha producido un enorme retroceso. Quizá la forma en la que se aborda la propia lucha política haya constituido un entrenamiento para la radicalización. Los partidos y personas que deberían dar ejemplo de moderación se nos muestran agresivos y descalificadores, estigmatizando continuamente a los otros. Esa agresividad puede que esté contribuyendo al crecimiento de la radicalidad.


Los partidos grandes se enzarzan en peleas descalificadoras buscando la erosión del otro. Pero lo que se erosiona realmente en la idea de convivencia y moderación. El que se acostumbra a gritar, solo tiene que cambiar la letra de sus cantos; el que se acostumbra a odiar y a descalificar al otro, un día se fijará en un nuevo objeto de odio. Mientras los grandes se enzarzan, asistidos por sus asesores de comunicación y se rodean de encuestas, los pequeños buscan sus huecos y muchos de ellos lo hacen desde el discurso nacionalista y xenófobo. En tiempos globales, los nacionalismos tienden a ser xenófobos: la exaltación de lo propio hasta lo irracional de las emociones despierta el odio a los demás como un mecanismo identitario. El nuevo demagogo no baja su dedo extendido señalando culpables.
No encontramos una reflexión adecuada a este nuevo estado que nos engulle. Hay explicaciones desde distintos planteamientos, pero no hay explicación que no sea partidista. Necesitamos comprender profundamente las raíces del odio para poder frenarlas. Nos preguntamos por el odio que otros sienten por "nosotros", pero no lo hacemos tanto por la polarización social que vivimos.

Hay que analizar por qué en las sociedades democráticas, avanzadas socialmente, se producen fenómenos como Trump y sus seguidores, por qué en Alemania sigue habiendo antisemitismo, por qué se mata a las minorías religiosas, por qué siguen latiendo sentimientos de odio en todas partes del globo y ganan en intensidad.
Igual que se visibiliza el odio, hay que visibilizar la convivencia y la tolerancia. Hay que escribir sobre ella y reforzar los sentimientos solidarios y la racionalidad. Los amigos de la convivencia tienen que sobreponerse al entorno violento, al acoso constante —como sucede con las muertes de los blogueros laicos en Pakistán—, han de neutralizar los discursos del odio.
No creo que sean necesarios los científicos —aunque nadie sobra— para debatir lo que es puramente político, cultural, en un sentido amplio. Sí creo que es importante enfrentarse conjuntamente a unos hechos crecientes: la intolerancia, el dogmatismo, el odio. Se han convertido en estrategias para llegar al poder en unas partes; en otras,  meras instrucciones de ejecución callejera.


Hay límites y muchos están jugando con fuego, acercando demasiado la llama a la mecha. Las muertes por odio se acumulan cada día en distintos lugares del mundo sin dar tiempo a expresar la indignación, que acaba anestesiada por la rutina.
Uno de los aspectos más relevantes de una de las muertes cuyos vídeos han despertado la furia de los ciudadanos norteamericanos decentes —más allá del color, me gustaría pensar— es que la grabación no ha sido fruto de una casualidad, como suele ocurrir en otros casos, en los que alguien cercano lo registra. The Washington Post nos cuenta la historia de la grabación con el títular "The story behind the filming of the fatal Baton Rouge police shooting. It was no coincidence"***. El diario señala que este caso ha sido muy diferente a otras ocasiones:

In most cases, these videos are captured by random bystanders who pulled out their camera-equipped cellphones.
In other words, these explosive videos are often the result of pure happenstance.
But that was not the case with the first video that surfaced from Baton Rouge on Tuesday afternoon, which showed a white police officer fatally shooting Alton Sterling. That video, which caused nationwide outrage after it went viral on social media, was actually filmed by a member of an organized group that specifically seeks out violent crimes using police scanners with the intention of filming them, not for the purpose of exposing police but to deter young people from crime.
Early Tuesday morning, members of the group, called Stop the Killing, followed a call they overheard on police scanners to the Triple S Food Mart in Baton Rouge. There, they filmed the shooting that has created a nationwide furor.***


Algo ocurre cuando basta con seguir a un coche de Policía en Baton Rouge para filmar episodios de violencia. El periódico explica que la asociación tiene como objeto acercarse a los jóvenes y mostrarles lo que les ocurrirá si no corrigen su vida y se alejan de las calles. «Reed and his team have filmed killings — or their immediate aftermaths — for years», señalan. Son los "viejos tiempos", como diría Donald Trump a sus seguidores con un guiño.
El racismo, la xenofobia, la intolerancia religiosa están creciendo y están encontrando hueco en espacios que antes no tenían. Donde estaban, crecen: donde no estaban han conseguido expandir sus larvas.


Hay un aumento de la violencia. La sociedad se hace más permisiva a la violencia, especialmente si viene de las instituciones, como ocurre con la violencia policial. Las dictaduras justifican la represión diciendo tener como modelos a las policías occidentales. La permisividad con la violencia policial en Estados Unidos ha llevado a la situación actual en la que el racismo se institucionaliza disfrazado de "protección". Lo hemos visto en los casos de los "vigilantes". The Washington Post recoge las quejas de una madre blanca: su hijo desarmado ha muerto por los disparos de la Policía. Nadie se indigna, se lamenta. No es consuelo para nadie: un muerto es un muerto. Otro sueño roto por la violencia que se hace cada vez más difícil de controlar.


Pero la comunidad negra ya no está para solidaridades. Michael Eric Dyson escribe en la Sunday Review de The New York Times con el título "What White America Fails to See"****:

IT is clear that you, white America, will never understand us. We are a nation of nearly 40 million black souls inside a nation of more than 320 million people. We don’t all think the same, feel the same, love, learn, live or even die the same.
But there’s one thing most of us agree on: We don’t want the cops to kill us without fear that they will ever face a jury, much less go to jail, even as the world watches our death on a homemade video recording.
You will never understand the helplessness we feel in watching these events unfold, violently, time and again, as shaky images tell a story more sobering than your eyes are willing to believe: that black life can mean so little. That Alton B. Sterling and Philando Castile, black men whose deaths were captured on film this past week, could be gone as we watch, as a police officer fires a gun. That the police are part of an undeclared war against blackness.****


Es una brecha social que tardará décadas en cerrase si es que llega a hacerlo y no va a más.
Vivimos en un permanente estado de excitación por unos motivos u otros. La crispación es el estado actual de mucha gente; lo percibimos a nuestro alrededor. Se siente.
Muchos lo rentabilizan. El hincha italiano que ha matado al inmigrante nigeriano con una barra de hierro después de insultar de forma racista a su esposa absorbía del fútbol —era conocido por su violencia— la energía necesaria que ha sido canalizada hacia otros objetivos, la inmigración, es este caso. El violento elige la dirección de su violencia alentado por los discursos que reclaman su atención: inmigrantes, judíos, africanos, hispanos, musulmanes, cristianos, yazidíes... Responsabiliza a los demás —los que toque— de sus desgracias y los convierte en obstáculos.
Hay que comenzar a hablar de ello más allá de las noticias. Hay que hablar en el terreno educativo, en el cultural, en el mediático, etc., comprometerse para no alentar estos fuegos que amenazan con consumirnos, para evitar que nos arrastren y nos encontremos en un infierno diario del que no sepamos salir.




* "Italia: acusan de asesinato premeditado al ultra que mató a un refugiado nigeriano" Euronews 8/07/2016 http://es.euronews.com/2016/07/07/italia-acusan-de-asesinato-premeditado-al-ultra-que-mato-a-un-refugiado/
** "El antisemitismo abre una crisis en los populistas alemanes" El País 6/07/2016 http://internacional.elpais.com/internacional/2016/07/06/actualidad/1467816316_911845.html

*** "The story behind the filming of the fatal Baton Rouge police shooting. It was no coincidence" The Washington Post 7/07/2016 https://www.washingtonpost.com/news/morning-mix/wp/2016/07/07/the-story-behind-the-filming-of-the-fatal-baton-rouge-police-shooting/?hpid=hp_hp-top-table-main_mm-baton-rouge-645am%3Ahomepage%2Fstory
**** "What White America Fails to See" The New York Times 7/07/2016 http://www.nytimes.com/2016/07/10/opinion/sunday/what-white-america-fails-to-see.html


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