sábado, 25 de junio de 2016

De flautistas y ratones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A lo largo de estos años, cuando ha habido ocasión —y han sido muchas— hemos advertido de los efectos perversos que tiene convertir a la Unión Europea o a "Europa" en el objeto de las iras por las frustraciones y en tapadera de las ineptitudes. Cuando los políticos se cansan de insultarse unos a otros, la toman con Europa. Y esto tiene un coste.
El día siguiente de referéndum en Gran Bretaña sobre la salida de la Unión muchos han despertado del trance inducido en el que se encontraban y comienzan a percibir sus efectos, esos que muchos les han repetido a lo largo de meses pero que ellos, jaleados como si fueran a un partido de la Eurocopa, han ignorado. Es fácil comprender lo manipulables que son los pueblos cuando se les dice lo que quieren escuchar: que ellos son víctimas de conspiraciones, que serán ricos y felices siguiendo a sus flautistas que los llevan hacia paraísos ocultos tras las nubes. Y muchos son los flautistas.


El panorama que emerge para Gran Bretaña tras el referéndum es desolador. Cualquiera que celebre esto es un tarado político o está sentado en el Kremlin. Tras el "Brexit" (es importante encontrar una palabra sencilla que represente ideas complejas, que pueda ser repetida como un mantra evitando farragosas explicaciones), lo que queda es una Gran Bretaña rota espacial y temporalmente. No les ha servido para encontrar esa "identidad" nacional frente a los "extranjeros" que la destruyen, sino que se ha disuelto como espacio (Escocia, Irlanda del Norte y hasta Londres reclaman consultas para salir del Reino Unido). Y sobre todo se ha abierto una inmensa brecha generacional en la que se han cortado bruscamente las esperanzas de una generación que tenía abierta una oferta de países en los que podía estudiar, trabajar y por lo que podía viajar como por el propio.
Gran Bretaña ha perdido mucho más que la Unión Europea, sin duda. Más allá de las cifras económicas, ha perdido algo muy importante que es lo que los jóvenes, el mundo de la Cultura, de las finanzas, de la Investigación, de la Educación, etc. les están diciendo.


Gran Bretaña ha vuelto al pub, a sus pintas de cerveza, a escuchar los chistes de Nigel Farage sobre cómo meter 10 europeos en una caja de cerillas mientras luce sus incontestables calcetines y paga otra ronda. En la ventana del pub, David Cameron, acompañado del Espíritu de las Navidades Futuras, contempla horrorizado el panorama y les escucha cantar "Rule Britannia!".
En The Washington Post, Lauren Razavi se confiesa como una de esas perjudicadas por la estupidez conjunta de Cameron, Johnson y Farage. "British millennials like me are the real losers in the Brexit vote"*, se titula su artículo y destaca «Decades of chaos have been unleashed by a generation of voters that barely possesses the digital literacy to use a USB stick.»* Sí, les han robado el futuro europeo. Peor que eso: les han condenado al casticismo británico, a moverse por el interior de su isla y a visitar alguna ex colonia para ventilarse un poco.


Ningún país ha tenido tantas concesiones como Gran Bretaña; ninguno ha estado nuca tan insatisfecho. Porque esa insatisfacción no era una respuesta real sino una actitud permanente que finalmente dio el salto del órdago y se lo han ganado. Sin duda, por muchos efectos directos y colaterales que tenga sobre los países individualmente, sobre el conjunto y sobre el resto del mundo, la gran perdedora es Gran Bretaña y en especial los que no han conseguido convencer a lo más ceñudo de sus compatriotas que no se dejaran seducir por los flautistas.


Gran Bretaña va a experimentar un nuevo conocimiento: la diferencia que hay entre negociar para entrar y negociar para salir. Los líderes del Brexit, en toda su demagogia, han estado proponiendo modelos y actitudes desde su propia perspectiva favorable, un mudo deseado. Han comparado la situación que ellos pedían con aquellos que estaban fuera y tenían un trato favorable. Pero no se negocia con el mismo ánimo un matrimonio que un divorcio y el caso británico es este último.
Desde el momento en el que Reino Unido ha salido de Europa se convierte en un competidor europeo, alguien puesto a la cola de todos los países que ha dejado abandonados con un desprecio insultante, comparándolos con la Alemania de Hitler, como ha hecho esa mala copia de Trump que se llama Boris Johnson, digno personaje, junto con Farage, de una comedia de George Bernard Shaw, un magnífico y peligroso dúo cómico.


Desde este momento, nadie representará los intereses de Gran Bretaña en la Unión, ningún "burócrata" recibirá sus quejas o demandas, que serán como llegadas desde Camelot. Desde cualquier punto de vista, Gran Bretaña ha perdido y los efectos los irá percibiendo en cadena cuando cada vez que le interese mantener un lazo, este sea cortado por la Europa que estará frente a ella con cara de poco amigos, la misma que ellos han mantenido durante décadas.
Cameron ha anunciado que se va. Un poco tarde para el causante de desastres cuyos efectos se van a notar por décadas. Cameron ha representado una forma de hacer política muy "británica", demasiado. Ha sido el hombre de la ambigüedad, el que acusaba a la Unión para volver triunfante mostrando cómo los mantenía a raya, un juego muy peligroso cuyos resultados se han visto ahora en su propio partido donde le han descolocado en todos los planos. Su patética campaña en favor del sí no ha sido más que un intento de nadar y guardar la ropa, de decir desde el gobierno "no" y desde el partido "sí". 


Boris Johnson abandonó la alcaldía de un Londres que ha votado contra él mayoritariamente en dos ocasiones: eligiendo a un laborista musulmán y votando por la permanencia en Europa. Todo un éxito para él, desde su perspectiva. 
El nuevo alcalde de Londres ya ha salido declarando que la capital es una ciudad "abierta" y "amigable" para los europeos, en un intento en que el éxodo de empresas y trabajadores que puede producirse haga retroceder décadas a la capital. Hay muchas empresas que estaban en la City porque Reino Unido estaba en Europa y tenían allí su cuartel general europeo. ¿Qué harán ahora? ¿París, Berlín, Madrid...? 
Han vendido a los británicos que eran los extranjeros los que les quitaban sus puestos de trabajo cuando en realidad ha sido la City la que se llevaba las inversiones, al convertirse en el centro mundial de las transacciones, apuestas, cambalaches y juegos de los bancos.
Unos repiten que ha sido un voto "emocional" y no "racional", por no llamarlo directamente "irreflexivo". Pero la música que le gusta a los ratones no tiene mucho sentido. Su letra son frases sueltas sobre la xenofobia, los miedos, el odio, el paraíso y el infierno, la soberanía; la letra hablaba también, para solaz de quienes la escuchaban, de "nazis" y "burócratas", de "esclavitud". La política se ha convertido en el arte de echar la culpa a otros mediante discursos convincentes. Es la especialidad de los flautistas que pululan por el mundo.


Es importante que se resalten los problemas que la salida del Reino Unido tendrá para todos, pero especialmente para ellos para evitar que los carroñeros que acechan lleguen a pensar que es una solución a los problemas existentes y que tras los divorcios todo es felicidad. La preocupación ahora es que los euroescépticos, incluidos los británicos, no se contentan con la salida. La siguiente fase es debilitar a la Unión Europea que tendrán enfrente y con la que tendrán que negociar. No les basta con salir, hay que destruir para evitar que los futuros competidores tengan una posición fuerte. Marine LePen no siente un especial amor por sus camaradas eurófobos; solo comparte con ellos la necesidad de una Francia" fuerte" frente a una Europa débil.
Hay algo que debe quedar claro: hay que defender una Europa Unida. Y ha de hacerse resolviendo problemas y creando identidad. Los enemigos de una Europa fuerte y unida son muy variados y muchas veces vienen disfrazados de amigos cariñosos. Habrá que mantener una política activa, no dejar la oportunidad de hablar de Europa en lo que supone como un espacio común, resaltando la voluntad de vivir juntos.


Están proliferando líderes políticos que no tienen un discurso propio. Se limitan a recoger los géneros y tópicos de que disponen según las circunstancias y usan aquellos que les potencien más en el interior. Los gobiernos están obligados a respetar ciertas apariencias porque son los que va a Bruselas, pero la oposición y —los conservadores británicos, como Boris Johnson, acaban de demostrarlos— puede tomar entre sus discursos el del euroescepticismo para poner a sus propios gobiernos en el centro del conflicto. La irresponsabilidad es enorme, pero al tipo de líderes que está saltando a la arena política no les importa demasiado.


El antieuropeísmo se acaba pagando, en España o en cualquier otro lugar de Europa. Hay que construir identidad y seguir avanzado más allá del romanticismo decimonónico de los discursos nacionalistas, un verdadero retroceso. La complejidad de la construcción de Europa necesita de una generación de políticos convencidos de que Europa vale la pena. Los jóvenes británicos ya se han dado cuenta y lo van a pagar con creces en las próximas décadas.
La televisión nos muestra los abucheos a Boris Johnson y las carreras al salir de su casa con protección policial. Son jóvenes, los grandes traicionados hoy por el narcisismo británico, por la frivolidad grotesca de gente que como Johnson sigue ascendiendo puestos mediante este tipo de métodos. Ya hay una petición de cientos de miles de partidarios de quedarse en la Unión Europea para hacer otro referéndum.


Creo que es bueno escuchar la respuesta de Lauren Razavi, la joven británica, en The Washington Post, un aviso a los que manipulan a nuestros jóvenes vendiéndoles antieuropeísmo:

Today has been a day of bitterness, resentment and betrayal for British millennials like me. Overnight, my generation has lost the right to call ourselves Europeans, as well as the right to live, love and work in the 27 other countries of the European Union. Among the many divisions the referendum has revealed in the U.K., the chasm between generations is becoming the most pronounced. While the Leave campaign achieved a two-point victory in the referendum, 75 percent of voters between 18 and 24 wanted to remain.
For all intents and purposes, the referendum result is just the latest in a series of attacks on my generation’s future. First came the financial crisis, caused by poor decision-making on the part of baby boomers across the world. Soon after came austerity measures that disproportionately affected young people in favor of protecting British pensions. Now we are being forced from the European Union — against the wishes of the vast majority of young people — in an attack from a generation that will live to see very little of its consequences.*


Gran Bretaña no ha salido con argumentos racionales, nos dicen todos. El caso es que los "emocionales" han sido también insultantes para el resto de Europa, a la que han presentado como antidemocrática e imperialista; se trataba de la "democracia", dicen algunos. El grado de irracionalidad que la política en manos de marrulleros emocionales puede alcanzar es enorme.
Los responsables de este error histórico, del voto contra el 75% de su juventud, los flautistas, celebran en las calles la victoria que les enterrará y por la que serán conocidos en los libros de Historia. Hoy los pubs son suyos y los cánticos celebran que son de nuevo una isla. Pronto se darán cuenta de hasta qué punto lo son. Los ratones danzan a su alrededor antes de dirigirse a las aguas en las que habrán de ahogarse.
Me temo que la flauta se va a convertir en un instrumento muy popular. Los ratones deben estar preparados.





* "British millennials like me are the real losers in the Brexit vote" The Washington Post 24/06/2016  https://www.washingtonpost.com/posteverything/wp/2016/06/24/british-millennials-like-me-are-the-real-losers-in-the-brexit-vote/?hpid=hp_hp-cards_hp-card-posteverything%3Ahomepage%2Fcard





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