miércoles, 25 de mayo de 2016

Memoria, autobiografía, relato

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La revista Mente y cerebro incluye en su número actual (78-mayo junio 2016) un artículo sobre una cuestión que ha ido ganando espacio en la literatura psicológica, además de otros campos. El artículo, titulado "El peso de la memoria autobiográfica", está firmado por Christine Köber y Tilmann Habermas, ambos de la Universidad J.W Goethe, de Frankfurt Am Main. Caracterizan así los autores la memoria autobiográfica:

La memoria auto biográfica —nos explican— almacena experiencias acompañadas de los sentimientos y pensamientos que estos provocaron, así como los objetivos y deseos pasados. Contiene también los recuerdos episódicos [...] y el conocimiento semántico de nosotros mismos [...] A diferencia de la memoria episódica [...], solo contiene los recuerdos vividos en primera persona. Se desarrolla a lo largo de la infancia y constituye la base para formar la propia identidad. Esta incluye el modo en que nos vemos a nosotros mismos y cómo nos presentamos ante los demás. (p. 15)

Añaden también los autores que los acontecimientos de la vida pueden "fijar o modificar" la identidad.
La relación entre historia, memoria e identidad se ha convertido en un campo de trabajo interesante desde diferentes perspectivas. Cuando los autores hablan de "almacenamiento", solo se refieren a un aspecto de la cuestión, pues una cosa es cómo o dónde se guardan los recuerdos y otra cómo se actualizan y ordenan ante la conciencia. La cuestión de la memoria tiene esa doble dimensión: almacenar, filtrar, situar, por un lado- y todo lo que se refiere a nuestra forma de entendernos o describirnos.
"En pocas ocasiones nos encontramos en la tesitura de explicar toda nuestra vida a una persona", plantean los autores y señalan que eso ha hecho que los neurocientíficos se centran más en el acto de recordar ("recordación") de actos concretos. La observación es interesante y tiene diferentes implicaciones para las personas. En efecto, es difícil que nos encontremos en la situación de tener que contar toda nuestra vida a alguien, pero sí es frecuente que tangamos que contar largos periodos de nuestras vidas cuando nos encontramos con personas de las que hemos estado distanciados durante mucho tiempo. Contar entonces se convierte en un complicado ejercicio de selección de momentos significativos que den sentido a lo que vamos haciendo.
Uno de los aspectos más señalados del llamado "giro narrativo" es precisamente el que nos lleva directamente a esa memoria autobiográfica (y a la parte de la episódica competente) para la construcción del "relato" de esa vida que contamos al ausente.
Construir relatos se ha convertido en algo más que una facilidad que algunos tienen y que se dedican a contar historias. Se ha convertido en una faceta humana que da forma a nuestra propia existencia en ese concepto tan complejo llamado "identidad".

Los seres humanos contamos historias a los demás y nos contamos como historia, tanto a los otros como a nosotros mismos. El lenguaje es una herramienta que ordena en las frases las acciones. Esas acciones verbalizadas construyen los textos conforme a los principios lógico organizativos que estudiamos en el campo de la narratología. Son las reglas que constituyen la lógica del relato.
Nuestras culturas son dispositivos semióticos en los cuales tenemos un repertorio de lenguajes y de modelos o géneros textuales para poder aprender a dar forma a la experiencia. Hay todo un repertorio textual a nuestra disposición para poder describirnos narrativamente, toda una retórica para enfatizar los efectos que queremos crear en los otros a través de nuestro discurso biográfico.
Los géneros memorialísticos  —en su sentido más amplio— sirven como modelos para dar forma a la experiencia y seleccionar los acontecimientos. Actúan como guías que permiten acoplar nuestros propios recuerdos en estructuras más amplias.
Los científicos de la memoria se centran en los aspectos que les interesan en su propio campo. Pero no se aborda la cuestión de los modelos que la cultura ofrece a las personas para contarse ante uno mismo y ante los otros. Tampoco se distingue el acto de recuerdo del acto de la construcción del discurso que recuerda. Si es poco frecuente que contemos nuestra vida completa a otros, es menos probable aún que nos la contemos nosotros mismos. Sí creo, en cambio, de que disponemos de nuestras propias historias encapsuladas ya en discursos, como si fueran capítulos en los que organizamos alrededor de momentos o experiencias cruciales el sentido de lo que ocurre o incluso de lo que puede ocurrir.


La lógica del relato es poderosa pues establece los vínculos lógicos y cronológicos que dan coherencia y cohesión al discurso. Frente al recuerdo espontáneo que surge, la linealidad del discurso obliga desarrollar una forma narrativa que pueda ser contada. Eso, como decimos, no solo implica contarlo sino mecanismos que afectan a la explicación o, si no se puede, a la falta de explicación de los acontecimientos en los que somos el centro.
La distinción entre memoria episódica y memoria autobiográfica por el hecho de contar la historia de los otros es una distinción borrosa en la medida en que el grado de participación de los otros en mi vida es constante. Sin los otros no hay mucho que contar. El otro, además, está inserto de forma implícita y como modelo en el propio discurso narrativo que produzco para él. Es una suerte de oyente modelo, por seguir el concepto de Umberto Eco.
Esta otredad receptora del discurso también considero que afecta al discurso autobiográfico en el que soy yo mismo quien me proyecto como oyente a la vez que narrador. Los fenómenos del diálogo interior no son un descubrimiento nuevo, sino una práctica que realizamos de forma constante.
Lo vivido como tal desaparece; queda como recuerdo, pero es evocado de forma discursiva, queda como lo narrado. La realidad de lo vivido depende de nuestra propia percepción, de nuestra forma de evaluar lo que experimentamos, real o ficticio. El recuerdo, además, resulta modificarse por muchos elementos que pueden cambiar nuestra percepción de por qué ocurrió a la vista de lo sucedido posteriormente, pues tienden a formar secuencias y estructuras —algo ocurre por algo y causa algo— para adquirir sentido junto a otros recuerdos.
El psiquiatra Carlos Castilla del Pino intervino en el ciclo de conferencias "Literatura y memoria", organizado por la Fundación Caballero Bonald y el Ayuntamiento de Jerez, publicado en 2002. En el coloquio con invitados y público tras la conferencia, Castilla del Pino señaló:

La vida de los demás y la propia las entendemos muy bien cuando se nos dan como un discurso estructurado, con comienzo, desarrollo y fin (esto puede decirse tanto del conjunto como de cada uno de los muchos episodios de los que se compone). Desde mi punto de vista, es falsa la correspondencia estructural entre lo ocurrido, lo evocado y lo narrado. Lo que nos ocurre es claro que transcurre, porque lo que llamamos ahora -que no es nunca puntiforme, sino más o menos duradero o extenso tiene una estructura narrativa. La realidad no la hace el sujeto, sino que se hace con el sujeto. Yo no he hecho esta realidad: la hago con ustedes, y ustedes conmigo (además, ustedes son “muchos” más). Efectivamente, tiene su forma narrativa, como un discurso, porque toda situación tiene su comienzo, su desarrollo y su fin, para dejar paso a otra, la que ha de venir. Pero la experiencia de este ahora, de la realidad presente, no es un reflejo de la realidad: la  realidad se convierte en experiencia interna en cada uno de los protagonistas puesto que, además de su aprehensión, es necesaria la interpretación de aquello que, al mismo tiempo que transcurre, nos ocurre. Y que muchas veces nos requiere, además, actuar. Es lo evocado lo que, para una mejor intelección de lo transcurrido, posee ya una estructura narrativa, resultado de la conversión y representación de aquello que ocurrió en algo que transcurrió. Esa estructura narrativa se perfila y consolida cuando se ha de contar porque, si no se hace en forma de narración, con un “érase una vez” implícito, no se entiende por parte del que escucha o lee. Pero eso es ya un artificio creado con posterioridad, y aleja la ilusión de identidad entre lo vivido y lo narrado. Resumiendo: a nosotros no nos transcurren las cosas; a nosotros nos ocurren. Cuando las evocamos -que es una forma de contárnoslas a nosotros mismos- y, mucho más, cuando las referimos, ofrecemos aquello que nos ocurrió como transcurrido. (92)



Creo que parte del esfuerzo mental y personal es conseguir integrar los acontecimientos en narrativas con sentido. No hay acceso directo a los hechos que son acontecimientos y, por ello, percibidos, jerarquizados, valorados, etc. a través del conjunto de nuestras capacidades psíquicas. Lo que ocurre, ocurre ante nosotros como un hecho integral que es unido a otros en forma de secuencias estructuradas hasta allí donde otro acontecimiento decisivo crea su propia estructura. Nuestra habilidad es ir engarzando esas unidades en unidades superiores en la que vamos alcanzando sentidos, coherencias que construyen la identidad.

La identidad es juez y parte. Vivimos y organizamos lo vivido, aceptando, rechazando, interpretando siempre. ¿Somos sinceros cuando lo hacemos? ¿Somos justos? Me temo que esos términos son demasiado civilizados y morales para ciertos niveles de la mente. 
En otra de sus intervenciones en el coloquio, Castilla del Pino, al referirse a la autobiografía señala: "No hay que temer tanto a la distorsión: a lo que hay que temer es a la mentira." (99) 
La distorsión es fruto de esa subjetividad variable de la experiencia, del ahora perceptivo y del mañana del recuerdo. Es natural. Los recuerdos no son fotografías en un álbum; son constructos. Los revivimos desde la emoción y desde el paso de la vida por nosotros. La mentira en cambio es otra cosa, ya sea a los otros o a nosotros mismos. Puede que nosotros podamos perdonarnos, pero no siempre lo harán los otros. La mentira no tiene que ver con la vida como recuerdo, sino con el intento de actuar sobre ella desde el engaño. Se recuerda y se miente en el presente. La diferencia es que la mentira busca cambiar el presente y apunta hacia el futuro, aunque hable de lo pasado. La mentira en la autobiografía tiene que ver con el cómo queremos ser recordados falsificando lo que sabemos que hemos sido.
Castilla del Pino dedicó en el coloquio palabras afiladas a la publicación de algunas memorias y autobiografías que consideraba esencialmente mentirosas. No había distorsión natural, sino engaño social en ellas, intento de encubrimiento propio.
No solo los hechos forman parte del recuerdo. También forman parte los sueños, incluso las frustraciones por lo que no ha sido y que se recuerda con la misma intensidad. Las tensiones entre lo acontecido y lo deseado son enormes en el ser humano.
Como seres narrativos, somos una colección de historias, de recuerdos engarzados. Las historias forman la identidad de los pueblos y también de las personas. Puede que no contemos la totalidad de nuestra vida y que ese intento de ejercicio integral del recuerdo esté reservado a los novelistas y demás trabajadores de las vidas contadas. Pero han salido todos ellos de esa facultad de hacer desfilar ante la mirada interior de la conciencia nuestras vidas.


* Christine Köber y Tilmann Habermas.  "El peso de la memoria autobiográfica",  en Mente y cerebro (78-mayo junio 2016) pp. 10-15.
** Carlos Castilla del Pino (2002). "Después de la autobiografía", en Josefa Parra Ramos (ed.) Literatura y memoria, Fundación Caballero Bonald y el Ayuntamiento de Jerez. pp. 70-120.

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