jueves, 26 de mayo de 2016

Memoria, autobiografía, relato (y 2)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El trabajo de los profesores de la Universidad J.W. Goethe, Christin Köber y Tilmann Habermas, que comenzamos a comentar ayer, contiene algunas observaciones de interés sobre la forma en que se va elaborando la memoria autobiográfica, la configuradora de la identidad.
Esta memoria no es solo una capacidad de recordar sino una habilidad en la manera de contar. Eso quiere decir que además de una forma de almacenar información supone aprender una manera de manejar la información construyendo un relato coherente en el que integramos los recuerdos. Los contamos de una manera eficaz para unos fines que no solo son comprender los acontecimientos sino dar coherencia a la existencia dentro de unas estructuras narrativas. Señalan los autores:

El desarrollo de la memoria autobiográfica de los niños depende, en gran medida, del grado de detalle con el que los padres intercambian con él vivencias compartidas. Según constató en 2010 Robyn Fivush, de la Universidad Emory, en un artículo de revisión, cuanto mayor es la habilidad de la madre para descifrar las torpes y fragmentadas explicaciones de su hijo de corta edad, mejor aprende este a narrar sus recuerdos. Para ello resultan de gran ayuda las preguntas abiertas (“¿Qué has hecho hoy?”) y la colaboración de la madre para que el niño estructure la historia por sí mismo (“Tienes razón, hoy hemos ido a los columpios del parque. ¿Quién más había allí?”). Curiosamente, los niños adoptaban esta manera de preguntar cuando hablan con otras personas. (13)

La observación es de gran interés porque supone que la habilidad en sí de contar nuestra historia está sujeta a factores exteriores que tienen que ver con nuestra capacidad de aprender modelos y pautas de construcción narrativa.  No es solo nuestra capacidad de recordar, sino la de aprender a configurar nuestros recuerdos conforme a esos géneros memorialísticos. El papel orientador de la madre, según se nos dice, es decisivo en la forma en que aprendemos a construir nuestros recuerdos como una estructura.

El papel de la memoria autobiográfica no es solo el recuerdo, sino la integración de los recuerdos en una estructura identitaria coherente en la que solos sujetos vaya adquiriendo el respaldo de una historia.
En este campo, la novela del siglo XX ha trabajado con detalle explorando precisamente cómo las personas pueden decirse a través del discurso autobiográfico. La narración desde la primera persona —es decir, autobiográfica— se construye sobre un acto de enunciación del que resulta el “yo narrador” como aquel que construye el “yo narrado”. A diferencia del yo que describe a otros, que se construye indirectamente mediante la observación de los otros, el yo que se narra a sí mismo se está construyendo. La fórmula “narro, ergo existo” es válida para la constitución del narrador en cualquiera de sus dimensiones. Pero “me narro, luego existo” implica el paso de la exterioridad del objeto percibido a la interioridad del sujeto que se percibe dando fe de su propia existencia.
La novela moderna no ha mostrado ejemplo de ese carácter constitutivo del sujeto, variable al ajustarse a las necesidades del presente. La novela contemporánea, menos preocupada por la mentira social que la dieciochesca o la decimonónica, se centra en muchas ocasiones en el “autoengaño”, que es la debilidad identitaria. El conflicto entre el deseo y su reconocimiento está presente en obras como La conciencia de Zeno, del italiano Italo Svevo, que aprendió tanto de Joyce como de Freud que la sinceridad no es una virtud fácil de mantener, que la escritura es más estable que el sujeto. Como el propio Zeno nos cuenta:

El doctor a quien hablé de mi propensión a fumar me dijo que iniciara mi trabajo con un análisis de ella
—¡Escriba ¡Escriba! Verá cómo llega a verse entero.


Ese verse entero es lo que permite el acto del recuerdo autobiográfico convertido en género, con sus reglas discursivas y retórica propia.
La identidad no es un elemento distinto de la memoria autobiográfica, sino su resultado. Tenemos una identidad porque somos capaces de crear una estructura lo suficiente o aparentemente sólida como para generar la ilusión identitaria. Podríamos tener los recuerdos simplemente, disgregados, puntuales, como tenemos muchos otros. Pero en los referidos al propio enunciador, se deben dar dentro de estructuras más amplias con la integración que las reglas del relato permiten. Frente a lo que vemos de los otros, lo que percibimos de nosotros mismos está sujeto a una mayor complejidad. La mirada interior exige un compromiso que la mirada exterior no tiene. Podemos ser engañados desde fuera (como Alfred Hitchcock mostró en películas como Vértigo o La ventana indiscreta) pero el autoengaño necesita construir una segunda capa de subjetividad inocente para la aceptación. Eso lleva a un esmero constructivo que en los demás es puntual.
La coherencia que integra los recuerdos filtrándolos e interpretándolos es una forma de ajuste que permite la emergencia de la identidad ante nuestra propia conciencia. El resultado del proceso es doble: la configuración y lo configurado. Crear una identidad es crearse a sí mismo desde la integración de los recuerdos y la enunciación del resultado.


Ninguna escritura puede dar cuenta del todo de la persona, de toda su existencia. Su historia es otra cosa. “Historia” es una forma de discurso, un relato, que ya conlleva los mecanismos de filtrado, de selección. El consejo del psiquiatra a Zeno es real: la finitud del relato le servirá para limitarse como sujeto y por ello comprenderse.
Escriben los autores del artículo:

Observamos que respetaban patrones narrativos concretos: los llamados “juicios autobiográficos”. Se trata de la capacidad de nombrar momentos vitales en los que ha acontecido un gran cambio, asociarlos con otras vivencias, relacionarlos con la personalidad y ordenarlos dentro de la biografía (coherencia causal y motivacional). Cuando los sujetos reflexionaban sobre en qué medida experiencias determinadas había contribuido a formar su personalidad, les resultaba más sencillo crearse una identidad permanente, pese a los cambios constantes. (13)

Los estudios que han realizado llegan a una conclusión: la mayor parte de los momentos esenciales de la autobiografía de los sujetos se concentran entre los 15 y los 30 años. Esto tiene su lógica porque es la etapa en la que se realizan actos decisivos y únicos, que van de los sentimental a lo profesional. En ese periodo, muchos actos abren nuevas direcciones a la vida y se conservan como bisagras que articulan los espacios del antes y el después del acontecimiento. El sujeto lo vive como crucial y lo incorpora a la narración.
Thomas Mann cuenta con detalle el primer día de Hans Castorp en el sanatorio de Davos en La montaña mágica. Después los acontecimientos nuevos se convierten en rutinarios y no merecen ser contados.
Hay una segunda conclusión: con la edad, nos hacemos mejores narradores con la edad. Creo que es lógico también. Es lo que ocurre cuando los actores se han aprendido su papel. No es tanto el aumento de la edad en sí; creo que es más bien es la experiencia narrativa la que nos lleva a refinar mejor nuestro discurso autobiográfico, que el tiempo vuelve también más estable, menos contradictorio en la mayoría de los casos. Hemos aprendido a contarnos y a ser aceptados por los que nos escuchan.
Creo que habría que indagar en ciertos tipos de géneros narrativos específicos de la autobiografía. Probablemente comprobáramos que existen géneros distintos según las acciones o momentos de la vida que se cuentan. No se cuentan de la misma forma las historias de la infancia escolar que las que se vivían en el servicio militar, por ejemplo. Es probable que se pudieran encontrar ciertas similitudes estilísticas o incluso temáticas en la forma en que las personas cuentan ciertas etapas de su vida. Aquí de nuevo vuelve a ser esencial el aprendizaje de los géneros a través del arte que pone a nuestra disposición modelos narrativos en los que encajamos nuestro propio relato. Y no se cuentan de la misma manera en la distancia temporal. El avance del tiempo lleva a mirar de cierta forma lo que nos ha ocurrido y nuestra forma de entenderlo.
Queda por saber si ese aprendizaje de las narrativas del yo suponen un aumento de la precisión en la construcción/descripción del sujeto o si por el contrario suponen una mejora en la capacidad de enmascaramiento del sujeto tras el discurso y sus posibilidades narrativas y retóricas.Es probable que la eficacia sea una mezcla de ambas. El consejo del psiquiatra de Zeno, en cualquier caso, sigue siendo bueno: es mejor negociar la autobiografía sobre el papel que verse condenado como uno de los personajes de la trilogía Nuestros antepasados, el caballero inexistente, a ser una nada discursiva en el interior de una armadura. Solo la voluntad de decirse le da la entidad necesaria para hacer que la armadura vacía alcance un sentido.



* Christin Köber y Tilmann Habermas.  "El peso de la memoria autobiográfica",  en Mente y cerebro (78-mayo junio 2016) pp. 10-15.

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