domingo, 8 de mayo de 2016

La prensa acosada y el parlamento hostil o el yin y el yang de la información

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La prensa egipcia se enfrenta a un nuevo reto: el parlamento. En circunstancias de normalidad, en cualquier país que pueda ser considerado mínimamente democrático, que una cuestión se debata en el parlamento es siempre una buena noticia porque los parlamentos democráticos suelen tener algún apego a la democracia y a las libertades. No es lo que ocurre en el parlamento egipcio, un conglomerado para el apoyo al líder militar con las honrosas excepciones de aquellos que han llegado a tomar un escaño desafiando al poder. Son muy pocos, pero tienen el mérito de haber llegado a su escaño por encima de todas las dificultades que supone presentarse para decir algo distinto a las versiones oficiales.
De hecho, el conflicto actual con la prensa se basa en el derecho a decir algo distinto a lo que el régimen considera no solo versiones oficiales sino verdades absolutas. Cualquier divergencia con lo que el gobierno plantea conlleva las acusaciones por mentir, incitar a las revueltas, falta de ética profesional y toda la sarta de tonterías de este tenor con las que el régimen egipcio se arropa para intentar aparentar ser el espejo de la moralidad, la libertad y cuantas virtudes les apetezca atribuirse. No hay mayor ridículo del que no se quiere reconocer tirano y pretende entrar en la Historia por la puerta grande.


Hay que reconocerle una cosa: le hubiera gustado que todo esto no se hubiera producido. En su momento intentaron algo insólito, como fue un pacto con los editores y directores para que quedaran al margen de la crítica jueces, policías y militares. En esos momentos El-Sisi todavía creía que la sociedad egipcia, que le había aclamado en persona, besado en efigie y considerado un regalo monoteísta, aceptaría cualquier cosa. En esta categoría se encuentra el borrar del mapa a todo el que discrepara. Fue lo que hizo cuando pidió permiso a los egipcios, un signo para que le dejaran hacer lo que había que hacer. Los egipcios se manifestaron a su favor sin saber muy bien en qué consistía ese lo que había que hacer, que resultó ser una matanza y una represión brutal de los islamistas que después se ha ido extendiendo a todos los que discrepaban de su política, incluidos los que le apoyaron para librar a Egipto de los islamistas.



Hay que volver a recordar, puesto que se olvida muy a menudo, que a Mohamed Morsi le había llamado la atención toda la comunidad internacional por lo que estaba haciendo en Egipto. Morsi se presentó ante todos como una alternativa plural, capaz de integrar a todos los que no querían apoyar a los militares, que presentaron su propio candidato, Shafiq. Cuando llegó al poder se le acabaron las sonrisas y empezó una acelerada "hermanización" —una islamización— de Egipto, excluyendo de los debates constitucionales a todos los que no fueran islamistas, es decir, haciendo tándem con los salafistas, que sacaron buena tajada. Comenzaron las persecuciones a las minorías religiosas coptas, con asaltos a iglesias y demás incidentes graves y se comenzó a legislar contra las mujeres. 



La visita de Morsi a Alemania pocos meses antes de su derrocamiento escenificó la reprimenda de Merkel a la situación egipcia. Morsi dijo que a él no le decía nadie lo que tenía que hacer y siguió en la misma línea. El "primer presidente elegido democráticamente", como habitualmente se le recuerda, tuvo un comportamiento muy poco democrático. Fue tan prepotente como los demás y si no pudo hacer más daño fue porque nunca llegó a controlar al ejército, que se le frenó en cuanto a los controles gubernamentales de su presupuesto, que es por donde quería entrar. Morsi intentó llevarse bien con los militares haciéndoles ver que no le interesaba controlar sus privilegios, pero estos tenían claro que no se podían fiar de él, conclusión a la que habían llagado todos, nacional e internacionalmente. La mayor evidencia es que el único que le apoyó realmente (o quizá teatralmente) fue Recep Tayyip Erdogan, del que tampoco se fía nadie y que está practicando la misma política restrictiva de recorte de libertades en Turquía como puede apreciarse en la información de cada día.


El-Sisi es un oficial de Inteligencia. Cree en la propaganda y en la contrainformación, que son su yin y su yang. El sistema de control de la opinión pública se basa en su control de la información.
Tienes una mayoría de medios que controla tanto en el campo privado —los empresarios que le apoyan— como en el sector público, con los medios estatales. Pero la desastrosa gestión de la política, la economía, la seguridad, etc. han hecho que el control actual de los medios se vuelva conflictivo. Las promesas de la hoja de ruta no pueden ocultar el abandono de los políticos y grupos que le apoyaron inicialmente creyendo en sus promesas de que en Egipto no habría un gobierno militar y que él, personalmente, no estaba interesado en el poder. El problema se solucionó colgando el uniforme y en contar que había tenido un sueño en el que se le pedía que asumiera los destinos de Egipto.
Con estos pobres argumentos se construye la fantasía egipcia que consiste en creer que los militares no tienen responsabilidad en los desastres ni en la represión durante décadas y que El-Sisi solo se basta para salvar al país. Estas dos falacias bastan para manejar a una gran parte del pueblo egipcio que ha sido adoctrinado en la adoración del Ejército como única institución que puede evitar: a) el caos interno y b) frenar las conjuras y agresiones externas.
En este contexto se presentan dos grandes enemigos internos: la prensa y los partidos políticos, ambos incitadores de la división. Como alternativa se presentan "movimientos" (en la mejor tradición franquista de superación del sistema partidista liberal, invento de Occidente) para asumir el poder basados en figuras caudillistas y mesiánicas, salvadores de la patria del caos y de sus propios defectos históricos, correctores de los desvíos.



El-Sisi no era más que el ministro de Defensa de Morsi hasta que se puso al frente del golpe —el no-coup— y desplazó a los islamistas del mapa. Desde ese momento, la propaganda se pone en marcha creando la "sisimanía", su conversión en ídolo mediático incuestionable. El-Sisi se convierte en el espejo de virtudes, el presidente al que todos los países del mundo envidian, que pone en pie a las Naciones Unidas que se rinden ante él. Para ello es indispensable el apoyo de los medios y, de forma muy especial, la utilización de la Universidad de Al-Azhar, como ya hizo Nasser, que le dé el toque religioso de defensor del "verdadero islam", sabedor de que es parte de la disputa política con los islamistas, que reivindican esa posición. Así, El-Sisi a diferencia de Mubarak, asume el discurso religioso como parte importante de su estrategia y da entrada a los miembros de Al-Azhar, una institución funcionarizada por Nasser que había sido penetrada por los clérigos islamistas a los que se desplaza apoyando a los proclives al gobierno. Los salafistas son más listos y no desafían al gobierno, agradeciéndole que les quite de en medio a los Hermanos Musulmanes y sobreviven con astucia, sabedores de que el régimen se apoya en la idea del buen musulmán frente a los radicalismos yihadistas y los Hermanos.



Las líneas nacionalista (militares, patrióticas) y religiosa (el moderado faro musulmán egipcio) se convierten en las principales bazas frente a los que pedían la modernización democrática de Egipto. Atrás quedan todas las reivindicaciones de la revolución de un gobierno sin militares ni clérigos. Los egipcios tendrán los dos, pero con un discurso que dice lo contrario, identificándose la política llevada a cabo como un "renacimiento" político y religioso. Pero esto se traduce en la práctica en la persecución y encarcelamiento de demócratas de todos los partidos, de los movimientos revolucionarios, los jóvenes, feministas, homosexuales y ateos, es decir, en pisotear los derechos humanos que defienden las opciones personales, la libertad de expresión, etc. Todo ello se presenta como un ejercicio virtuoso para defender al país al islam o a ambos a la vez. Incluso Occidente debe dar las gracias.
La contrainformación le sirve para controlar todas aquellas críticas que suscita la situación y dirigir los medios contra las personas que discrepan o abandonan el proyecto que han diseñado. Lo hacen porque entienden que se trata de una dictadura camuflada por la propaganda del régimen, apoyada en la proverbial mitomanía del egipcio, siempre anhelante de figuras enviadas a que su cumpla su restitución histórica, algo que el poder cultiva con esmero. Es aquí donde las dotes de El-Sisi como experto en Inteligencia militar comienzan a naufragar al ser llevadas al campo político.


El-Sisi no puede controlar todas las fisuras que la pésima gestión gubernamental de los acontecimientos produce. La ingenua creencia en que se puede camuflar un estado policial, represivo, brutal, como una afable democracia en la que caben todos no puede funcionar durante mucho tiempo.
La venda se va cayendo poco a poco de los ojos de muchos egipcios que se dan cuenta que se les ha manipulado para que el viejo régimen, el único que queda del lado del presidente, regrese y se apodere, muy ufano, de los restos. Los egipcios ven cómo regresan los magnates y políticos a los que habían puesto presuntamente en fuga con la revolución. Muchos de los apoyos del presidente provienen del régimen de Mubarak, lo que causó, por ejemplo, la dimisión de su director de campaña electoral en Alejandría. Muchos egipcios creían honestamente en el régimen; ahora se dan cuenta que las sonrisas y promesas ya no se pueden mantener y que es la tendencia represiva la que está imponiéndose.
Y las evidencias llegan a través del sector en el que tenían más esperanzas: el turismo. Por mucha propaganda que el sistema pueda manejar, la evidencia de la caída espectacular del turismo no se puede camuflar porque es algo que ha dejado vacíos calles, hoteles, monumentos, tiendas, etc. Los intentos del gobierno de convencer al mundo de que allí no pasaba nada —el avión ruso de pasajeros, los turistas mejicanos, Giulio Regeni...— y que todo era paz y armonía no han sido suficientes para convencer al mundo, que no está afectado por la sisimanía. Por muchas campañas promocionales que se financien, nadie puede impedir que salga al exterior lo que ocurre.
Y es ahí donde se desatan las iras contra los medios o, para ser más precisos, contra los periodistas que tratan de criticar al gobierno o denuncian la situación existente en Egipto.

Se intentó estigmatizar la revolución y sus ideas indicando que habían traído el "desorden" a Egipto, que era la causante de la caída del turismo. El golpe de Estado de 2013 se presentó como una rectificación de la revolución, es decir, con los mismos ideales pero con la garantía militar del orden. Era el orden lo que traería inversores y turistas. Así se vendió y así se creyó, hasta que los hechos fueron incontestables: la revolución había sido pacífica y democrática, no se podían orquestar masacres en su nombre, no se podían dictar centenares de condenas a muerte en juicios de una hora, no se puede detener a miles de personas ni hacer desaparecer a cientos. Eso no es una democracia. Pero el régimen insiste que está defendiendo a Egipto y protegiendo a Occidente, al que por otro lado también acusa de conspirar contra él.
Es en este contexto de desilusión, de caída del apoyo popular, que ya se percibió en bajísima participación electoral en las presidenciales y el desinterés en las generales, donde hay que interpretar la campaña contra los medios. El nerviosismo ante la situación que es difícil de camuflar y que apunta ya más allá de los ministerios hacia la presidencia —las críticas, por ejemplo, al despilfarro de la alfombra roja presidencial— hace que los medios estén en el punto de mira.



Las decisiones presidenciales se cuestionan y el detonante es la entrega a Arabia Saudí —un país profundamente antipático para los egipcios y al que les molesta deberles el dinero de apoyo— de dos islas, las de Tiran y Sanafir. La cuestión de a quién pertenecen las islas es realmente secundaria ante lo que ocurre. Solo el laberinto egipcio puede producir una cuestión como esta, en la que un gobierno entrega a otro sin aviso parte del territorio con motivo de una visita. No creo que haya un precedente de algo así en ninguna parte. La indignación de muchos egipcios estalla y sirve para canalizar el desencanto por parte de diferentes grupos. Los islamistas lo intentan, pero como ya les conocen, les dejan fuera.
El activista Mohamed Naeem, miembro fundador del Partido Socialdemócrata de Egipto, publicó un análisis sobre la cuestión de las protestas del 25 de abril, desencadenante de los ataques a la prensa. El presidente señaló que no se debía hablar de esta cuestión, otro elemento insólito. Tras hablar de un fisura en el muro del miedo, para referirse a las manifestaciones producidas y los cientos de detenciones para evitar que la gente se manifestara, Naeem escribe:

Following the call for protests, many were quick to imagine a new revolution, perhaps another communication blackout — reminiscent of January 28, 2011 — and even a potential rift in the political leadership that would proclaim the end of the current president’s time in office … none of which took place.
I believe the primary motto used by protesters on April 25, “Land is Honor,” is isolated from the reality on the ground, to say the least. The essence of any real democratic movement in Egypt must be based on a call for freedom, not a dispute over land, especially uninhabited islands like Tiran and Sanafir.
The real crisis we are facing today is reflected in our fear to walk in the streets or to set foot in football stadiums. Today, we witness how Egyptian land is divided and distributed among elite groups to accumulate real estate capital. We are losing our agricultural land to the wretchedness of informal habitation. We are also losing Sinai, whose inhabitants are dissociating from Egypt under heavy shelling. The crisis we are living is not about the expanse of the earth within our borders, but the oppression we face daily.
Nonetheless, there is no doubt that the decision to simply let the islands go to Saudi Arabia is infuriating. How can the government break all due process regarding such land disputes? Land disputes are typically resolved through intense negotiations, international litigation and sometimes even armed conflict. The fact that this deal was done in secret is a clear violation of the military’s own raison d’être, namely, that it is the guardian of Egyptian sovereignty, territory and national security. At any rate, this debacle that the government brought on itself was tactically used to spark political protest against President Abdel Fattah al-Sisi’s administration.
The protest movement successfully unveiled the contradictions within the administration and exposed it to its supporters: How can it let go of Egyptian land and claim to be the guardian of the territory at the same time? But even though letting go of the islands did raise eyebrows among the administration’s supporters, this does not mean that they will revolt against it overnight. Concern for security and the preservation of the state (and the status quo) ultimately trumps the question of sovereignty over two islands that the majority of the population may not have even heard of before.
In other words, the social groups that benefit from this administration will continue to support it, even if it lets go of something far more precious than Tiran and Sanafir. The political matrix consolidated after June 30, 2013 is complex and tough. It will not falter in the face of nationalistic land slogans, such as those raised on April 25.*



En efecto, las islas son solo una manifestación más de un estado de cosas, de una forma de gobernar. Pero son sobre todo un efectivo banderín de enganche para las protestas, una irritación permanente para el teatral nacionalismo propugnado por el gobierno. Deja el discurso nacionalistas en manos de los opositores convirtiendo en traidor a quien entrega el territorio nacional.
Muchas de estas cuestiones las hemos expresado anteriormente aquí. Es el vivir en permanente contradicción lo que el gobierno egipcio teme, no por la contradicción en sí, sino porque esta se haga explícita y produzca una erosión suplementaria a la que la situación económica y de seguridad produzca. Esta misma mañana, la prensa da noticia de la muerte de siete policías y un oficial acribillados en su furgoneta en Helwan, uno de los barrios cairotas. Junto al lamentable hecho de las muertes, el gobierno ve cómo se crea una fisura en su retrato de la situación en la que el caudillismo es cuestionado —como le ocurrió a Nasser— cuando se es derrotado. Solo se sigue al caudillo victorioso. Por eso su imagen tiene que ser preservada; el problema es que la situación requiere que el presidente salga a comprometer su palabra e imagen ante un gobierno realmente inepto y con un concepto primario y absurdo de la comunicación. Son máquinas de cometer errores.


Un artículo como el de Naeem tiene unos lectores reducidos, pero es suficiente. Las islas son, en efecto, una excusa para mostrar que se ha perdido el miedo a salir a la calle a discrepar. Por más que el régimen lo prohibiera, la gente salió. Y otros lo han contado. A los que lo cuentan se les ataca por hacerlo, pues se teme que sea el germen de una articulación del descontento que, hasta este momento, se reserva a la intimidad por temor a señalarse demasiado. Pero el día que salga todo, lo hará con virulencia.
Comenzamos diciendo que la ida hoy al parlamento del conflicto entre el Sindicato de Periodistas y el Ministerio del Interior era una encerrona. Ahram Online no cuenta el clima del Parlamento egipcio ante esta posibilidad:

During a debate held by the Arab Affairs Committee on Saturday, many MPs focused their anger on the board of the Press Syndicate, taking it to task for the eruption of the crisis.
Ahmed Al-Sharaawi, an independent MP and a former police officer, launched scathing attack against the Press Syndicate, accusing board members of trying their best to sow "seeds of sedition" between President Abdel-Fattah El-Sisi and the Egyptian people.
"The Journalists Syndicate believes that their building is a shrine that is above the law," said Sharaawi, adding that, "during Sunday's plenary session, [Sharaawi] will urge other MPs to reject that the Journalists Syndicate stands in violation of the country's laws."
In comment, Al-Gammal, a former leading official of former president Hosni Mubarak's ruling party, argued that "while two former presidents, and a former agriculture minister were sentenced to prison, the Journalists Syndicate refused to implement the orders of the prosecution-general and the judiciary."
Al-Gammal praised the interior ministry for "implementing the law" during the raid that resulted in the arrest of two journalists last week. "The ministry has the right to arrest two persons who hid in the syndicate building," said Al-Gammal.
Al-Gammal, however, said he and other MPs do not plan to turn parliament's plenary session on Sunday into "attacks against journalists and the media."
"In this respect, I see that there is a pressing need that the new laws on the media include harsh penalties against those who breach the code of media ethics," said Al-Gammal.
Mohamed Khaled Al-Hashash, a Menoufiya governorate MP affiliated with the In Support of Egypt bloc, also joined forces and accused the Journalists Syndicate of exploiting the recent border demarcation agreement between Egypt and Saudi Arabia revolving around two Red Sea islands – Tiran and Sanafir – to mislead the public and drive a wedge between El-Sisi and Egyptians.
MP Shadi Abul-Ela, an independent MP from the upper Egyptian governorate of Minya, said his information request aims to bring two men in charge of guarding the Journalists Syndicate to testify before parliament.
"The two security guards told MP Mostafa Bakri on his TV talk show on Friday that the head of the Press Syndicate, Yehia Qalash, exerted pressure on them to tell prosecutors that security forces had stormed the Syndicate building," said Abul-Ela.**


Como puede apreciarse, lo que hoy tocará escuchar son más ataques a la prensa, acusándola de crear ellos los conflictos, de ser privilegiados, de atentar contra el país, de intentar desunirlo, etc. Es difícil encontrar un parlamento tan contrario a las libertades cívicas.
Los argumentos ofrecidos escapan todos a la raíz del problema. La cuestión no es si dos periodistas pueden ser detenidos en el Sindicato, sino los motivos de la detención —la de ellos y la de muchos otros— por informar sobre lo que estimen conveniente. Las prohibiciones de informar es lo que está realmente encima de la mesa. Estas se suceden en diversos temas, es decir, en todo aquello que pueda erosionar la imagen del régimen, que es la idea obsesiva de El-Sisi, que intentó —como hemos señalado— un pacto de silencio sobre las actuaciones de jueces, militares y policías.
La historia de las islas —tienen razón Mohamed Naeem— es solo la mejor excusa posible para salir a la calle a reclamar unas libertades que se quedaron esbozadas en un constitución que el propio estado incumple. Son las libertades generales lo que está en cuestión, una de las cuales y esencial para las otras, la libertad de información está en cuestión mediante esta forma de decretar silencios que los fiscales egipcios usan para que no se hable de nada que perjudique.

La aplicación de la ley antiprotestas a todo el que no esté autorizado expresamente por las autoridades vulnera la constitución dejando sin voz a la sociedad que queda expresamente a merced de la propaganda. Si la prensa no puede informar, si la gente no puede salir a la calle a decir lo que piensa, ¿dónde están las libertades? La prensa está en el punto de ira porque es ella la que suministra la información que puede dar lugar a la protesta. Eso lo que el gobierno quiere evitar.
Para ello, el parlamento que aborrece las libertades preparará una ley —con la que lleva tiempo amenazando— para silenciar a la prensa conflictiva. Le servirá para decir que en Egipto todo es según las leyes, algo puede ser cierto si prescindimos del sectarismo con el que se dictan y la arbitrariedad con la que se aplica. Solo la hipocresía oficialista egipcia puede pretender que se encuentran en un estado de Derecho. Las listas internacionales de violaciones de derechos humanos, corrupción, falta de transparencia, etc. ponen en su lugar —tampoco les importa mucho— a los pedantes y pagados de sí mismo legisladores que dicen que sí a lo que el gobierno les pide solo rivalizando en mostrar más adhesión y entusiasmo que sus colegas.
Las últimas líneas de la información de Ahram Online traen algún pequeño respaldo a los periodistas:

In contrast to the hostile attitude toward the Journalists Syndicate among pro-regime MPs, most of the leftist MPs in parliament are supportive of the syndicate, denouncing what they call the interior ministry's repressive measures against the media and journalists.**

Ya se sabe, cuestión de izquierdistas y revoltosos.
La estrategia gubernamental y parlamentaria, ya vemos, es hacer ver al pueblo egipcio que los periodistas son unos privilegiados que pretender estar por encima de la ley. Es gracioso el comentario de que hay "dos presidentes y un ministro de Agricultura" encarcelados. Eso es equiparar a los periodistas a delincuentes y dictadores. es un ejercicio ridículo y pretencioso de hacer ver que se respeta el derecho cuando se pisotea el de miles de egipcios todos los días., Se han construido diez nuevas cárceles en Egipto desde la llegada al poder de El-Sisi, según informaba la prensa. Incluso ha habido protestas de los agricultores que veían sus terrenos expropiados con cada nueva cárcel, como los hubo por los desplazados del Canal de Suez, la obra cuestionable cuyos datos maneja ya el gobierno presentando como muy positivos. Otro ejemplo más de lo molesto que es que le lleven la contraria. Los que critiquen una obra absurda desde el principio serán considerados traidores, agentes extranjeros, envidiosos de la grandeza, etc.


Lo repetimos: la prensa egipcia tiene lo mejor y lo peor. Lo mejor son aquellos que no renuncian a decir lo que ven y piensan. Lo peor, aquellos que durante décadas han vivido de mirar para otro lado y repetir lo que otros les decían. Una sociedad libre, un parlamento democrático y responsable estará siempre del lado de la libertad d expresión e información.
El contrasentido es que igual que se llenaron autobuses con partidarios del régimen para insultar a los periodistas encerrados en su Sindicato, el parlamento que debía ampararlos recortará las libertades en otro ejercicio de tartufismo político. Sobre ellos recaerá la culpa de  que el mundo no se ajuste a los designios del presidente o sus ministros.
El gobierno egipcio sigue cometiendo errores, uno tras otro, agravando la situación. ¿Quién le queda por culpar para tapar su propia ineficacia? Solo el silencio, piensa,  le permitirá que no se hable de sus errores, injusticias y abusos. Otro error.




* Mohamed Naeem "April 25: A crack in the wall of fear?" Mada Masr 28/04/2016 http://www.madamasr.com/opinion/politics/april-25-crack-wall-fear
* "Egypt's parliament to discuss crisis between Journalists Syndicate and Interior Ministry" Ahram Online 7/05/2016 http://english.ahram.org.eg/NewsContent/1/64/208275/Egypt/Politics-/Egypts-parliament-to-discuss-crisis-between-Journa.aspx

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