martes, 17 de mayo de 2016

La lengua del orden

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Como me temo que mis queridos colegas de la crítica cinematográfica no van a ocuparse mucho de El hombre que conocía el infinito (y los que lo han hecho, tampoco se han quebrado), me gustaría resaltar algunos aspectos de la película que considero positivos. La crítica americana y británica ha valorado bastante mejor la película que la española, lo cual dice bastante sobre el estado actual de nuestra crítica y sus gustos.
Primero unos datos básicos. El hombre que conocía el infinito (The Man Who Knew Infinity 2015) es una película de nacionalidad británica escrita y dirigida por Matthew Brown, basada en una obra biográfica de Robert Kanigel sobre Ramanujan, uno de los grandes genios de las matemáticas de todos los tiempos. Me decía hace algunos años un compañero vicedecano de la Facultad de Matemáticas que ellos eran "las Letras de las Ciencias", gran verdad de la que estoy cada día más convencido; la película lo confirma. La película ahonda en la humanidad de las matemáticas, por decirlo así, es la lengua de que disponen para describir el mundo, para comunicarse.


Lo primero que hay que resaltar es que se trata de una obra adulta. Esto es importante dado el reduccionismo adolescente al que se ven abocadas las películas para conseguir llenar las salas de proyección. Es adulta no porque se digan obscenidades o salgan actos descarnados de cualquier naturaleza. Es adulta porque trata de personas, con problemas de personas en su tiempo, sujetos a las vicisitudes de la Historia.
La obra de Matthew Brown se ocupa de la historia del matemático hindú, Srinavasa Ramanujan, lo cual ya explica las diez personas que estábamos en el cine el día del estreno mientras arrasaban los Angry Birds, película que iré a ver otro día porque es seguro que durará más en la cartelera que esta.


La historia que se nos cuenta tiene varias capas interesantes por sí mismas y que dibujan un entramado complejo, como suele ser la vida de las personas (de algunas no) más allá de la pantalla. Existe el plano familiar en la India, en donde debe vencer la resistencia de las tradiciones: si abandona si pueblo, nadie hablará a su familia, ni nadie querrá casarse con sus hijos. Hay aquí una historia de amor y de egoísmo creíbles. Esto nos introduce en el ambiente en el que el humilde Ramanujan ha crecido y en donde se ha producido el milagro (podemos llamarlo de cualquier otra forma, aunque la palabra es importante para la propia película) de una inteligencia matemática tan original como la de Ramanujan.
Suelo preguntar a mis alumnos en clase, en algún momento, si las matemáticas son "un invento o un descubrimiento". La respuesta de que el universo es matemático, que está ordenado conforme a patrones, y que nuestra mente —por formar parte de la naturaleza— también lo es, se plantea como fondo de la película y es también una pregunta adulta. Los libros de John Barrow (y de otros) van en indagar en ese sentido; como pensaban los pitagóricos, el número está en la realidad, no se limita a contarla. Que haya nacido en la India o en cualquier otro lugar del mundo, sin formación, una mente capaz de percibir los números en las cosas, es un hecho que se va imponiendo a los obstáculos con los que se tiene que enfrentar un ser humano desde su nacimiento: la familia, las tradiciones, los compañeros, el momento mismo de la Historia. Es este sentido, es una historia de lucha, de constancia y fe.


Esos elementos son obstáculos que nos bloquean nuestro camino y nos llevan por a otros si no existe la fuerza de voluntad suficiente. La historia de Ramanujan es épica porque ha de vencer todo lo que tiene en contra animado por la fe en sí mismo y en la verdad que recibe de la vida en forma de número, de fórmulas que describen el orden del mundo. Él vive su genialidad como una visión, como un don, y lo explica desde su propio sistema cultural, desde sus tradiciones. Eso abre el conflicto del diálogo con los miembros de otra cultura.
De ahí que la historia de la película se centre en vencer obstáculos, los antes señalados y otros nuevos: el racismo, la comida por ser vegetariano, los zapatos o la propia forma de trabajo de la Ciencia. Todo se convierte en obstáculo cuando desembarca en una cultura no solo distinta, sino en la que muchos le desprecian y no pueden admitir que su intelecto les sobrepase. La película ahonda en esas cuestiones. Como producción británica, no esconde el fuerte racismo social ni la mentalidad colonial que no está dispuesta a reconocer su genialidad. En este sentido, la película explora los prejuicios. Unos son capaces de vencerlos; otros, no.
La historia ahonda en esa cuestión: las matemáticas son universales; los seres humanos, no. Al contrario de lo que la matemática muestra, el orden armónico del universo, acumulamos diferencias sobre las que se construyen los enfrentamientos. La Guerra Mundial está ahí, es un fondo de irracionalidad frente a lo universal del lenguaje de la matemática y de la matemática misma.
Tiene la virtud de no querer convertirse en una clase, por lo que está al alcance de cualquiera, aunque no está mal de vez en cuando asumir desafíos desde la butaca y las palomitas.


Buen trabajo de los actores —hay que resaltarlo—, especialmente de Jeremy Irons, en el papel del matemático Hardy, en el que recae el peso de irse abriendo poco a poco hacia el reconocimiento de la genialidad de su visitante indio, bien interpretado por Dev Patel. Es también la historia humana de una amistad profunda en un plano diferente.
El cine británico ya contó recientemente la historia de Alan Turing en The Imitation Game (2014). No está mal que se use el cine para eso que algunos llaman despectivamente biopic. La película que nos trae a Srinavasa Ramanujan también insistía en la complejidad del mundo científico, en sus aspectos sociales. No es fácil la vida de los científicos que se plantan ante los colegas cargados de nuevas ideas, algo que en la realidad plantea mucha resistencia pues no siempre es bien recibido. Los científicos, como los artistas, compiten a veces de forma muy mezquina, tanto para imponer sus criterios como para no aceptar los de otros.
Es el caso de Srinavasa Ramanujan, el joven que tuvo la osadía de enviar una carta con sus ideas y cálculos a lo más granado de la matemática británica, a la cuna de las élites del país más elitista, el lugar donde Newton enseñó, quizá el único a su altura. Ya eso es una aventura.

Es bueno de vez en cuando ir al cine y aprender algo, que te hagan pensar un poco, pese a la leyenda contraria. Tiene de fondo una historia de amor y rivalidad,  de lucha, de resistencia y de coraje. Y no habrá trilogía. Anímese.



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