viernes, 8 de abril de 2016

Imperfección

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En el texto que propuse ayer a mis alumnos de grado para comentarlo en clase se hacía una primera afirmación: tenemos la suerte de ser imperfectos. El texto era parte de una reseña del un Babelia de 2011 firmada por José Manuel Sánchez Ron sobre la autobiografía de la premio Nobel italiana Rita Levi-Montalcini, que lleva por título "Elogio de la imperfección"*. La idea que expone Sánchez Ron —tras confesarse enamorado del título— es que hay especies que han logrado una gran perfección y que eso ha significado su parón evolutivo. Nosotros, los seres humanos, con todas nuestras limitaciones, con toda nuestra imperfección, tenemos un camino abierto hacia la mejora.
Señala después Sánchez Ron: «Probablemente sean los científicos los más conscientes del valor de la imperfección, porque ¿qué es la ciencia sino mejorar continuamente explicaciones imperfectas de la naturaleza?»* Como gran divulgador de la Ciencia que es, José Manuel Sánchez Ron sabe que estas ideas chocan con las tradicionales, en las que el ser humano es visto como el "rey de la creación". Asumir que nuestro puesto actual en la naturaleza que conocemos es resultado de nuestra imperfección no es sencillo porque se nos tiende a repetir lo contrario.


Asumir la imperfección es la base del pensamiento crítico, como debe ser el científico, frente al pensamiento dogmático, que tiende a partir de la perfección del ser humano frente al resto de la naturaleza. Lo que hoy sabemos es justo lo contrario. Por ello la imperfección es buena y marca un buen camino, no solo el de la humildad sino el de la búsqueda de la mejora para evitar nuestra propia extinción. Afortunadamente, cada generación de humanos produce suficientes locos insatisfechos que sean capaces de enfrentarse al pensamiento cerrado —el que considera que ya sabemos todo, que todo es perfecto, que se ha parado todo, etc.— y seguir cambiando el mundo.
Ese impulso se manifiesta como insatisfacción, como inconformismo, como percepción de los agujeros de la teoría, la práctica o la historia. Afortunadamente el pensamiento actual de la Ciencia conoce sus propias limitaciones y, especialmente, el error de lo cerrado, una tendencia que tiene que ver tanto con la psicología individual como con la colectiva. El deseo de clausura es una forma más de la voluntad de poder. Las ideologías, las religiones, etc. tienden a constituirse mediante cierres que delimitan sus propuestas y, especialmente, buscan diferenciarse de las de los demás, hecho esencial en  la base de los grandes conflictos y de los pequeños.
Lo imperfecto lucha por mejorar; lo que se considera perfecto, acabado, por el contrario, lucha por no ser modificado y se vuelve dogmático. La irracionalidad entonces busca protegerse mediante unas estrategias más agresivas, con un mayor uso de la fuerza ya sea retórica, legal o física. La violencia pasa a ser la respuesta.


La idea de imperfección no es relativismo, que es también estático. La imperfección implica el paso de lo más imperfecto a lo menos imperfecto, un proceso continuo en el que somos conscientes de la temporalidad, del aquí y el ahora, del valor de nuestro conocimiento en un momento. Es avanzar permanentemente a sabiendas de la provisionalidad. Es ser muy consciente de los errores y no dejarse llevar demasiado por los aciertos, que habrá que ir mejorando pues son provisionales.
La imperfección implica ligereza, que es lo contrario del dogmatismo. Esa ligereza es la que da la crítica, encargada de que no nos apeguemos demasiado a lo que es por su naturaleza provisional. Por eso la Ciencia no es solo una forma de conocimiento, sino una actitud ante la vida que implica esa modestia que observamos en muchos científicos cuando son ellos mismos los que señalan las imperfecciones, los límites de sus tareas, saben que toda victoria no es el final de una guerra, que es interminable.
Estamos en un mundo saturado de información, en el que todos tratan de hacerse con nuestra "atención" primero y "fidelidad" después —sorpresa y refuerzo—, en el que somos estudiados individual y colectivamente para diseñar estrategias adecuadas para vencer nuestras resistencias, en un mundo en el que las sirenas están hechas a nuestra medida para seducirnos con su canto. Queremos las ventajas de la Ciencia, pero no queremos muchas de sus implicaciones. Esto nos hace vivir en un mundo extraño, con parcelas en las que rigen los dogmas en unas y la crítica —muchas menos— en otras. El dogma no necesita de la inteligencia, solo de la sumisión; la crítica, por el contrario, requiere modestia y volver constantemente sobre lo que produce para no fabricar dogmas. Lo primero es más cómodo y atractivo; apenas requiere esfuerzo y lo que aprendes dura toda la vida. La crítica, en cambio, es ingrata y agotadora, pero necesaria.

Por eso la consecuencia de Sánchez Ron de la lectura de la autobiografía de la Premio Nobel italiana solo puede ser una y clara: «No existe, por consiguiente, perfección ni en los humanos (esto lo sabemos muy bien) ni en uno de sus productos más logrados, la ciencia; únicamente ansias de perfección y mejoras temporales.»*
Pensar científicamente no es solo rigor, sino humildad. El rigor es el del razonamiento crítico, no el del dogma. La humildad es saber que partimos de los errores de aquellos a los que admiramos para cometer los nuestros, que solo se justifican cuando mejoran en algo lo derribado.
Frente a la superioridad de aquellos que han conseguido una perfección adaptativa y se han parado, nosotros hemos seguido avanzando afianzando lo que sabemos en cada campo y abriendo nuevas rutas. No somos superiores, sino conscientes de nuestra imperfección. Por eso el mayor peligro en cualquier campo es el dogma. Avanzamos cada vez que somos capaces de sobreponernos a nuestra ceguera y rigidez dogmáticas y comenzamos a tantear por los caminos de la incertidumbre.
Por eso enseñar no solo debe ser transmitir conocimientos, sino también la actitud hacia ellos. Y aprender no debe ser creer que lo que nos cuentan durará siempre; es solo un punto de partida en un largo viaje. No sé si logramos transmitir esta idea a nuestros alumnos. Nuestro mundo está cada vez más satisfecho de sí mismo y la tentación de no pensar, de dejarse llevar, es cada vez más fuerte. Que piensen otros.



* José Manuel Sánchez Ron "El valor de lo imperfecto" El País 30/07/2011 http://elpais.com/diario/2011/07/30/babelia/1311984775_850215.html

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