jueves, 24 de marzo de 2016

Tartufo en El Cairo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El estreno en el teatro de la Universidad Americana de El Cairo de una versión adaptada de Tartufo, de Molière, ha debido sonarle a alguno demasiado próximo. Pocos clásicos son tan realmente universales como este retrato de la hipocresía religiosa, de sus formas de captación y de los efectos nocivos que tiene sobre los que les rodean.
Cuando se estrenó en Madrid la versión de Enrique Llovet, con Alfredo Marsillach como protagonista y director, junto con la escenografía de Francisco Nieva, fue un gran escándalo.
Era 1969 y el poder en España estaba en manos de los píos tecnócratas de entonces. Diez años después, con una democracia recién estrenada, el dúo formado por Enrique Llovet, autor del nuevo texto (restraladado, decía), y Adolfo Marsillach readaptó la obra para ajustarla al entorno político del momento.
La noticia del diario El País sobre un reestreno en el 79 daba cuenta de lo ocurrido diez años antes y de las perspectivas de lo que quedaba por llegar:

El estreno de Tartufo en 1969, que recibió el Premio Mayte, provocó uno de los mayores escándalos en el teatro español de los últimos años, junto con la prohibición de las representaciones de Marat-Sade, de Peter Weiss, en montaje de Marsillach. Las alusiones críticas del montaje a los ejecutivos, el Opus Dei y los planes de desarrollo motivaron el malestar de Sánchez Bella, ministro de Información y Turismo en aquel momento, que al no poder suspender las representaciones, que habían sido autorizadas por la censura, impidió que la obra fuera conocida en otras ciudades. Enrique Llovet recordó ayer estos hechos como «una rabieta descomunal y enloquecida del Ministerio de Información y Turismo. Ahora no hay que pasar censura, pero pensamos que vamos a tener también problemas».
«No puedo adelantar el contenido», añade Llovet, «porque estoy trabajando ahora en la nueva versión. Voy a ver si hay algo de Tartufo por ahí. Si en la anterior versión, el texto era un 99% mío y el resto de Molière, en la que escribo creo que va a ser todo mío, manteniendo la estructura de la obra y el genial personaje, impostor y guadiánico, creado por Molière. El personaje es el mismo que en 1969 anduvo por Madrid. Supongo que vamos a contribuir a animar la próxima temporada; yo por lo menos me estoy riendo mucho al escribirlo. Volverá la canción de los ejecutivos, con alguna variación en la letra, los mismos ejecutivos con sus preocupaciones religiosas y su plataforma ideológica.»
El texto completo de Tartufo, de Molière, trasladado por Enrique Llovet, se publicó en el número 115 de la desaparecida revista Primer Acto. En números siguientes, el polémico estreno fue motivo de un debate en torno a los valores teatrales y las significaciones políticas y sociales de la obra, donde intervinieron Adolfo Marsillach, Enrique Llovet y los críticos Díez Crespo y Núñez Ladeveze. En el curso de este debate, Llovet manifestó que «es terrible que, pagando 125 pesetas, y sobre las costillas de Marsillach y las mías, el espectador abandone el teatro convencido de que acaba de realizar un acto de protesta».
En el curso de este debate, Marsillach señaló que las claves políticas de su Tartufo eran las mismas que las del Tartufo de Molière, tal como se pueden leer en cualquier ensayo sobre el dramaturgo francés y su obra.*


La versión que se ha puesto en escena en la Universidad Americana de El Cairo no se ha atrevido a ir tan lejos y, por lo que pudiera ocurrir, refleja un mundo norteamericano. 
Hacer una versión "islamista" de Tartufo hubiera sido demasiado osado, incluso para un país en el que se supone que los "islamistas" son oficialmente terroristas y están en la cárcel o en el exilio. Hubiera sido una buena adaptación al reflejar la hipocresía religiosa con la que se vive en el régimen piadoso. 
Enrique Llovet hubiera disfrutado con el episodio del ministro de Justicia El-Zind, defenestrado por bocazas al decir que encarcelaría hasta el Profeta si fuera necesario. El escándalo provocado por las palabras del ex ministro (aquel que quería ser ejemplo de virtudes para todos los demás jueces y de ahí para abajo, hasta llegar a cubrir la sociedad entera) llevó a su dimisión inmediata.
Pero el tartufismo no es exclusivo de los islamistas. La salida del poder y de las instituciones ha supuesto que el tartufismo se asuma por parte de los poderes, que han caído en ese vicio de la piedad oficial. El régimen sigue encarcelando por cuestiones religiosas a reformistas y ateos, que le parecen peligrosos. Eso conlleva la exhibición de muchos para no ser tenidos por impíos. Para mostrar que no son extremistas, están llevando al extremo la propia religión, que se hace omnipresente para demostrar que no está ausente. ¡Paradojas egipcias!

Pero el régimen egipcio camina hacia las tinieblas mientras que la España de 1969 ya quería democracia y la de 1979 estaba con ella recién estrenada. Espectáculos como el de Tartufo servían para poner a prueba la elasticidad del régimen y la paciencia y poder real de los ministros, como nos cuenta la noticia de El País. Tartufo fue un éxito que todavía hoy muchos recuerdan como ejemplo de teatro actualizado para confirmar que los "tipos" representados por Molière eran realmente "ideales".
Es interesante comprobar cómo esto que señalamos, esta desconexión de la obra de su entorno, se echa en falta incluso por la propia crítica. En la reseña de Ahram Online, diario estatal, leemos:

Over three centuries after the famous French playwright Moliere wrote Tartuffe (1664), or The Imposter, the play continues to find timeless relevance, particularly hitting home in Egypt.
Written as a critique of religious hypocrisy, the satirical comedy sees Orgon naively embracing the deceitful Tartuffe into his grand home, against the better judgment of his family members who see through the imposter’s fake piety.
Beyond the stage
The broadside aimed at religious leaders who preach piety yet practice otherwise is something that hits home, amid echoes of political Islam in Egypt and the ongoing conversation about religious extremism and its effects, locally and internationally.
The Malak Gabr Theatre at the American University in Cairo (AUC) is quite good at being timely, always hosting plays that resonate with what is happening in the country. In December 2011, it hosted Frank Bradley’s direction of Mad Forest: The Inner Life of a Revolution, about the Romanian revolution, echoing elements of the Egyptian revolution fresh after the January 2011 uprising.
Today, Tartuffe is so popular that the name is widely synonymous with the term hypocrite. Yet historically, the play wasn’t always so embraced, having been banned by the Catholic Church for five years after it was written, and accused of ridiculing religion.
Moliere defended his work in three petitions to King Louis XIV, and in a preface to the play’s text explaining how his intent was to mock and expose certain types of religious frauds, and not the faith itself.
Director Jane Page chose to work with Constance Congdon’s adaptation of Tartuffe, which updates the text to rhyming verses, in modern English. Page also set the play in a “McMansion in Orange County, California, Today,” according to the programme notes.**


La crónica de Ahram Online es un fino ejercicio dialógico, en un sentido bajtiniano, de participar a través de su texto en un diálogo cultural que está en el aire. El hecho mismo de poner en escena la obra, como se sugiere con la mención a lo hecho anteriormente después de la revolución de 2011, ya implica una contextualización que es la que aporta el espacio-tiempo histórico en el que se mueven los espectadores, su cronotopo.
Interesante es la mención a cómo la obra estuvo prohibida y cómo el propio Molière la defendió asegurando que no trataba de burlarse de la religión sino de los que la usan para sus intereses mostrándose ante los demás como piadosos.
Hace unos días, la prensa egipcia recogía —y aquí lo tratamos en La risa normalizada— el estreno en televisión de la versión egipcia de Saturday Night Live en árabe. Los autores del programa afirmaban no ocuparse de sexo, religión o política. Ellos decía, no iban contra ningún tabú. No sé si con esas perspectivas les habrá interesado mucho la obra de Molière pero es útil entender el contraste entre ambas formas de entender para qué sirve el humor.
Si Molière hubiera hecho una obra sin política, religión o sexo, en términos de la época, no habría sido Molière. Tampoco lo hubiera sido si no hubiera defendido su obra y la intención que albergaba con ella. Independientemente de sus argumentos como abogado defensor de la obra, lo cierto es que luchó por ella.


El Presidente El-Sisi se ha reunido hace unos días con intelectuales y escritores que le han expresado su preocupación por la situación egipcia. Evidentemente han ido los que estaban "preocupados", los que estaban "desesperados" por la situación egipcia es probable que no se hayan molestado en ir. El presidente parece que está empeñado en gastar sus últimos cartuchos en intentar convencer a la gente que lo mejor está por venir, es decir, en lo que podríamos llamar la "post hoja de ruta".
Si hacemos memoria, recordamos los primeros encuentros de El-Sisi con los actores, guionistas y realizadores de televisión pidiéndoles "series" de Ramadán más acordes con los valores patrios (que son muchos). ¡Ya estaba bien de series poco instructivas para esos días de recogimiento religioso! Los allí presentes se mostraban emocionados en que el presidente les pidiera ser espejo del país.
Con los estantes llenos de obras, canciones, películas, etc. patrióticas no se avanza a ningún lado, especialmente si es el país el que no funciona. Entre el patrioterismo y la crítica, siempre funciona mejor la crítica, por eso se persigue a los críticos y se les dan medallas a los encargados de emocionarnos con banderas e himnos a falta de pan, inversores y turistas.
Habrá un día en el que quizá sea posible adapta a Molière al entorno religioso y llenar la obra de alusiones a los poderes públicos y privados, a los tiempos actuales. No sé cuándo, pero sé que Molière estará ahí esperando a que la versión de Tartufo que se represente en Egipto transcurra en El Cairo y no en "McMansion in Orange County, California, Today", como señalan las notas del programa entregado a los asistentes a la obra.


Se ha hablado mucho de los problemas del régimen egipcio con la novela de Orwell 1984, pero se habla muy poco del tartufismo existente en la sociedad. Es sin embargo el rasgo esencial que define al islamismo y a su parafernalia religiosa, a la forma en que tiene de captar adeptos, adularles y prometerles una vida eterna porque son mejores que el resto de los mortales.
Leamos para comprobarlo la descripción que hace Molière del personaje y de sus formas de actuación:

ORGON:
-Os encantaría conocerlo. Sí; infinito sería vuestro arrobamiento. Es un hombre que..., un hombre, ¡ah!, un hombre... En fin, es un hombre. El que se instruye bien de sus lecciones goza de paz profunda. Mira a todos como si fuesen despreciable estiércol. Merced a sus pláticas, me he trocado en otro del que era. El me ha enseñado a no tener afecto por nadie, ha apartado mi alma de toda amistad, y tanto es así, que si yo viese morir a mi hermano, hijos, madre y esposa, no me curaría de ello.
CLEANTO:
-¡Humanos sentimientos, cuñado!
ORGON:
-Si hubieses visto cómo conocí a Tartufo habríais tenido por él la amistad que yo. A diario iba a la iglesia, con benigno talante, prosternábase frente a mí, doblando entrambas rodillas, y atraía los ojos de toda la congregación por el fervor con que elevaba a Dios sus plegarias. Exhalaba suspiros, ponía los brazos en cruz y a cada momento besaba humildemente la tierra. Cuando yo salía, adelantábase presto para ofrecerme agua bendita. Instruido por su mozo (que le imitaba en todo) de lo que era aquel hombre y de su inteligencia, hícele dones, mas él, modesto, siempre quería devolverme una parte. «Es demasiado (decía), es excesivo en la mitad. Y no merezco vuestra compasión.» Y si yo me negaba a tomarle el dinero, acudía a los pobres y lo distribuía entre ellos ante mis ojos. Al fin el Cielo llevóle a acogerse en mi casa y desde entonces todo parece prosperar en ella. Repréndelo todo, y respecto a mi mujer tómase extremo interés por mi honor, advirtiéndome de cuales gentes la miran con ojos dulces y mostrándose seis veces más celoso que yo. No podéis creer a dónde llega su celo; acúsase de pecado a la menor nonada; escandalízale cualquier menudencia, y ha pocos días vino a culparse de haber apresado una pulga estando en oración y matádola con excesiva cólera.
(acto I, escena V)

No hay retrato más perfecto de la mentalidad y la forma de actuación del islamista. Más de uno sonreirá satisfecho entre el público pensando "¡cómo son los cristianos norteamericanos!", ante un escenario repleto de crucifijos. Así es la ceguera del perfecto Tartufo. Sería incapaz de ver que la universalidad de Molière es precisamente la que le permite adaptarse a todo tiempo y espacio. Todas las religiones tienen sus tartufos, los escenógrafos de la piedad convertida en espectáculo público, dejando los vicios para cuando los ojos ajenos se apartan. Ninguna religión se libra de tener seguidores así, pero también es cierto que los tartufos son más abundantes cuando el poder se alía con la religión o la religión con el poder. Es entonces cuando el tartufismo alcanza su máximo esplendor y rentabilidad. No es exclusivo tampoco de los islamistas sino de todos aquellos que usan la religión de esa manera, cuidando barbas y poniendo ojos en blanco. Molière hubiera disfrutado con aquella historia del diputado salafista, Anwar Al-Balkimy, de la época de Morsi, que fingió su propio atraco para justificar una operación estética de nariz. Si Dios nos da una nariz, es ir contra sus designios cambiarla. Un tartufo puro.


El tartufismo es un vicio humano, sin principio ni final. Podrá haber más o menos tartufos, que es donde radica el problema de los vicios humanos, que siguen siendo los mismos. Los vicios que tienen exhibición pública son contagiosos y desencadenan el afán de emulación, de superar al prójimo en la frenética carrera hacia la vida eterna entre aplausos y admiración de los que se quedan aquí. Nunca se es bastante tartufo porque está poseído por un inagotable espíritu de superación.
La sociedad que acepta un programa de televisión en el que no se hable de nada que pueda provocarles desasosiego o el deseo de mejorar, es una sociedad con poca esperanza de cambio. Le ha dado la vuelta a los vicios para mostrarlos como virtudes; le resulta más cómodo que regenerarse.
En vez de exigir obediencia y retratos favorables, el poder debería dejar de dar instrucciones sobre cómo le gusta ser retratado. 
Pese a ocurrir en un desconocido y alejado condado norteamericano, nos dice el cronista que algunos actores mantienen un inequívoco deje egipcio que los acerca a los espectadores.



* "Marsillach vuelve a los escenarios con "Tartufo" de Molière-Llovet" El País 14/06/1979 http://elpais.com/diario/1979/06/14/cultura/298159226_850215.html

* "Moliere’s Tartuffe discovers relevance in Cairo staging" Ahram Online 23/03/2016 http://english.ahram.org.eg/NewsContent/5/35/193626/Arts--Culture/Stage--Street/Moliere%E2%80%99s-Tartuffe-discovers-relevance-in-Cairo-st.aspx




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