jueves, 4 de febrero de 2016

Romper sin construir o Wael Ghonim cinco años después

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es como si, subidos por primera vez sobre una tabla de surf, intentáramos deducir los principios sobre los que se funda nuestro inestable deslizar. Algo así ocurre con nuestra experiencia sobre la tabla de la Historia, acelerada esta vez por el fenómeno de las Nuevas Tecnologías globales de la Comunicación. Pasan muchas cosas, pasan muy deprisa y la experiencia que extraemos cada vez sirve menos para enfrentarse a un futuro inmediato. Todo cambia con demasiada rapidez como para hacernos sabios. Nuestra eficacia especulativa decrece con la velocidad e intensidad de los cambios. De ahí la proliferación de futurólogos y gurús en el campo de la evolución social. ¿Dónde vamos y de qué nos sirve la experiencia acumulada?, pasan a ser las dos preguntas claves.
Thomas L. Friedman, el columnista de The New York Times, recupera la figura de Wael Ghonim, el ejecutivo egipcio de Google que desencadenó con su página de Faceebook la revolución en 2011 en Egipto. Los hace a través de un interesante artículo, "Social Media: Destroyer or Creator?", en el que se pregunta sobre los efectos de la ola sobre la que cabalgamos ya por la Historia:

Over the last few years we’ve been treated to a number of “Facebook revolutions,” from the Arab Spring to Occupy Wall Street to the squares of Istanbul, Kiev and Hong Kong, all fueled by social media. But once the smoke cleared, most of these revolutions failed to build any sustainable new political order, in part because as so many voices got amplified, consensus-building became impossible.
Question: Does it turn out that social media is better at breaking things than at making things?*


Creo que nos hemos hecho esa pregunta muchas veces estos años al hilo precisamente del caso egipcio, que ha tenido aquí atención preferente. Las conclusiones a las que llegan Friedman y Ghonim son muy parecidas a las que hemos señalado y también a las que muchos otros han llegado. Con la perspectiva que va dando el paso del tiempo, las ideas se van asentando. La cuestión es si es útil para el futuro o son estas ideas las que lo condicionan de forma inevitable.

Los medios sociales han sido capaces de provocar grandes reacciones ante situaciones, tienen un enorme poder de convocatoria, son explosivas, pero su capacidad de construcción —una segunda fase— es inmensamente menor. Quizá este efecto tenga su explicación en su misma naturaleza y que tengamos que redefinir no solo los canales sino sus capacidades para poder usarlos con inteligencia. Sin embargo, el fenómeno de los medios sociales es más "emocional" que "inteligente" por su propio diseño. Por mucho que hablemos de "inteligencia emocional" y de "inteligencia colectiva", lo cierto es que siempre hay un "inteligente cero" (por analogía a la idea de "paciente cero" en las epidemias), es decir, un punto en el que algo comienza. En nuestro caso es evidente que esa "inteligencia cero" fue la de Wael Ghonim.
Así describe lo ocurrido entonces, contado por Thomas L. Friedman:

In the early 2000s, Arabs were flocking to the web, Ghonim explained: “Thirsty for knowledge, for opportunities, for connecting with the rest of the people around the globe, we escaped our frustrating political realities and lived a virtual, alternative life.”
And then in June 2010, he noted, the “Internet changed my life forever. While browsing Facebook, I saw a photo … of a tortured, dead body of a young Egyptian guy. His name was Khaled Said. Khaled was a 29-year-old Alexandrian who was killed by police. I saw myself in his picture. … I anonymously created a Facebook page and called it ‘We Are All Khaled Said.’ In just three days, the page had over 100,000 people, fellow Egyptians who shared the same concern.”
Soon Ghonim and his friends used Facebook to crowd-source ideas, and “the page became the most followed page in the Arab world. … Social media was crucial for this campaign. It helped a decentralized movement arise. It made people realize that they were not alone. And it made it impossible for the regime to stop it.”*


Los antiguos teóricos de los movimientos sociales solían trata de distinguir entre "revoluciones", "revueltas", "rebeliones", etc. por un lado y por otro entre "masas", "multitudes", etc. La cuestión no era baladí porque de alguna forma trataban de establecer una relación entre el tipo de "movimiento" en función de la "masa" (los términos proceden de una concepción determinista de "física social", como se pensaba al principio del pensamiento sociológico). Como ya hicieron los teóricos de "masas", "multitudes" o "muchedumbres", de Le Bon a Freud, partían del principio de que estas concentraciones poseían fuerza, pero no inteligencia.
En su trabajo seminal sobre las multitudes, el psicólogo social y físico aficionado Gustavo Le Bon ya consideraba que el fenómeno tiene un aspecto claro, lo efímero, lo inconstante de las poderosas manifestaciones explosivas de esas multitudes que cambian la Historia a golpe de ira. Señala en su prefacio:

Su conjunto constituye un alma colectiva, poderosa, pero momentánea.
Las masas han desempeñado siempre un papel importante en la historia, sin embargo nunca de forma tan considerable como ahora. La acción inconsciente de las masas, al sustituir a la actividad consciente de los individuos, representa una de las características de la época actual.

Cuando a los sociólogos ha dejado de gustarles la palabra "masa", adquiere sin embargo una curiosa manifestación a través de los fenómenos de los medios y redes sociales. Tienen un gran poder de convocatoria, un poder explosivo en sus reacciones, pero como señalaba Le Bon, este es momentáneo.
Siempre se ha considerado importante el papel de las redes sociales, tal como cuenta el propio Ghoneim, en el caso egipcio. Cuando se produjo la revolución egipcia, llamamos la atención sobre algo: el efecto que había tenido el corte de varios días de las comunicaciones, internet en su conjunto, la telefonía, impuesto por el gobierno de Mubarak. Se "cortaron" las comunicaciones. Los activistas tunecinos tenían medios alternativos para superar el corte de sus redes, pero no así los egipcios. El país quedó prácticamente aislado por el corte de internet. Señalamos entonces, cuando se produjo, que el efecto había sido hacer que la gente no se moviera de las calles, permaneciera unida físicamente. Trataban de compensar la pérdida de las comunicaciones. El efecto conseguido por el régimen con el corte fue el contrario.
Pero lo importante, tal como apunta Ghonim es que en un primer momento fueron los medios sociales los que aglutinaron las reacciones emocionales de la gente y guiaron sus actos a golpe de convocatoria. Pero todo eso no es poder de construcción. La convocatoria lleva a un punto y momento en el espacio. Puede producirse un choque, puede asaltarse un palacio o una comisaría, pero no es fácil ir más allá. Los medios sociales son un arma poderosa, permiten dirigir el foco hacia un punto, pero ¿es eso suficiente?
Señala Friedman:

Alas, the euphoria soon faded, said Ghonim, because “we failed to build consensus, and the political struggle led to intense polarization.” Social media, he noted, “only amplified” the polarization “by facilitating the spread of misinformation, rumors, echo chambers and hate speech. The environment was purely toxic. My online world became a battleground filled with trolls, lies, hate speech.”
Supporters of the army and the Islamists used social media to smear each other, while the democratic center, which Ghonim and so many others occupied, was marginalized. Their revolution was stolen by the Muslim Brotherhood and, when it failed, by the army, which then arrested many of the secular youths who first powered the revolution. The army has its own Facebook page to defend itself.
“It was a moment of defeat,” said Ghonim. “I stayed silent for more than two years, and I used the time to reflect on everything that happened.”


Lo que se encierra en estas líneas anteriores es de gran trascendencia porque resumen un fenómeno que se daba por primera vez: una batalla virtual, una guerra cuyas armas son el ruido y la furia. Es la historia de un ascenso y caída, del robo histórico de una revolución y de la inversión masiva de la emoción redirigiéndola contra aquellos que la iniciaron. Es un fenómeno histórico y trascendente del que han aprendido mucho las dictaduras y poco las democracias.
En esas líneas se encierra la frustración del que ve cómo le son sustraídas las armas y la iniciativa. Islamistas y militares consiguieron hacerse con el control sucesivo de la revolución iniciada porque poseían el valor más importante para las carreras a medio y largo plazo: la organización. Puede que las guerrillas ganen escaramuzas y batallas, pero solo los ejércitos gana guerras.
Ese carácter explosivo y momentáneo de la revolución se fue diluyendo hasta ser robado por el propio enemigo. El absurdo egipcio es que se canta la revolución mientras se acusa de agentes extranjeros a los revolucionarios, que la revolución se loa en la constitución mientras se encarcela o exilia a sus miembros, como al propio Ghonim al que se pretendía no hace mucho privar de su nacionalidad egipcia. Todo ello procede de esa incapacidad de consenso, de organización de esas fuerzas desatadas. La oportunidad perdida es la de la organización. Las fuerzas que se acaban llevando el gato al agua son las organizadas, el Ejército y los Hermanos Musulmanes, una organización con noventa años de vida y una férrea disciplina y control de sus miembros.


Los medios sociales pueden derribar dictadores al canalizar la ira y la frustración. Pero por su propia idiosincrasia esa difícil que sea posible construir algo con ellos. Requieren una organización que es difícil por su propia naturaleza. Es más fácil intoxicar con ellos que crear corrientes estables, que siempre tenderán a ser minoritarias allí donde no exista detrás de ellas otras organizaciones que den soporte y eviten del deterioro o la tendencia a la dispersión pasado un tiempo.
En un antiguo artículo sobre el papel de las redes en la vertebración social distinguía entre acción en las redes y acción a través de las redes. Las redes son más eficaces si esa tendencia a lo efímero se contrarresta con la solidez de las organizaciones exteriores a las redes. En la Primavera árabe, esas organizaciones eran los islamistas y el ejército. De ahí el interés político en evitar que la sociedad se vertebre más allá de esas dos grandes fuerzas conformadoras, perfectamente jerarquizadas para establecer los fines y llevarlos a cabo. Por el contrario, los revolucionarios solo contaban con la ira. Su acción fue intensa pero corta en el tiempo y con un solo objetivo a su alcance: a caída de Mubarak. Eso era un objetivo claro. La construcción de una democracia después requería de unas condiciones, organización y medios muy distintos. No se construye una democracia en las redes sociales, por más que algunos hablen de repúblicas virtuales o demás lindezas utópico-virtuales.
Friedman recoge las enseñanzas que tras dos años de silencio en las redes Wael Ghonim ha madurado. Son las siguientes:

Here is what he concluded about social media today: “First, we don’t know how to deal with rumors. Rumors that confirm people’s biases are now believed and spread among millions of people.” Second, “We tend to only communicate with people that we agree with, and thanks to social media, we can mute, un-follow and block everybody else. Third, online discussions quickly descend into angry mobs. … It’s as if we forget that the people behind screens are actually real people and not just avatars.
“And fourth, it became really hard to change our opinions. Because of the speed and brevity of social media, we are forced to jump to conclusions and write sharp opinions in 140 characters about complex world affairs. And once we do that, it lives forever on the Internet.”
Fifth, and most crucial, he said, “today, our social media experiences are designed in a way that favors broadcasting over engagements, posts over discussions, shallow comments over deep conversations. … It’s as if we agreed that we are here to talk at each other instead of talking with each other.”*


Algunas de estas ideas se han detectado ya en el análisis de los medios y redes sociales. Pero creo que son acordes con lo que hemos señalado antes, con distinto grado de concreción o detalles en ciertos aspectos. Por ejemplo, lo observado sobre la tendencia a los "rumores" ha sido padecido por el propio Ghonim cuando se le considera un agente extranjero. Las redes amplifican cualquier rumor y no tiene nadie forma de pararlo. The Washington Post de hoy incluye un vídeo informativo sobre la preocupación despertada por el papel de una app, "KIK", cuya función es asegurar el anonimato en la red. Cuando se inventó la imprenta, los primero que se hizo fue establecer lo que Foucault llamó la "función autor", es decir, el responsable del texto. Por el contrario, hoy buscamos herramientas que aseguren nuestro anonimato. Eso se hace para evitar ser rastreados, pero en el fondo es conceder una antifaz que puede ser usado para la alegría del carnaval o para asaltar bancos. 


Extender rumores, difamar a las personas, acosar, etc. son aspectos que las redes sociales han intensificado al permitir la amplificación primero y el anonimato después. La sensación de impunidad es siempre peligros. Habrá que dar la razón a los que consideran que nos somos demasiado buenos por naturaleza sino, en muchos caso, por temor a ser castigados por nuestras acciones negativas. La impunidad del anonimato es un elemento muy peligroso, de lo que tenemos ejemplos todos los días. Los ejemplos beneficiosos existen, por supuesto, pero no es cuestión de equilibrio, sino de lo que le toca a cada uno padecer.


El último punto señalado por Ghonim es determinante porque afecta realmente a lo que se pueda conseguir con los medios sociales que las redes posibilitan. ¿No da más de sí su naturaleza? Es una pregunta que requiere de contestación y, sobre todo, intentar saber qué se puede hacer para evitar esos efectos negativos, esa tendencia a la amplificación primero y a la dispersión después. ¿Cómo construir, dónde construir?
La reflexión política de Ghonim es la de la tristeza de la ocasión perdida, la del mirar hacia atrás y ver los resultados del esfuerzo, de las muertes de tantas personas:

Alas, the euphoria soon faded, said Ghonim, because “we failed to build consensus, and the political struggle led to intense polarization.” Social media, he noted, “only amplified” the polarization “by facilitating the spread of misinformation, rumors, echo chambers and hate speech. The environment was purely toxic. My online world became a battleground filled with trolls, lies, hate speech.”
Supporters of the army and the Islamists used social media to smear each other, while the democratic center, which Ghonim and so many others occupied, was marginalized. Their revolution was stolen by the Muslim Brotherhood and, when it failed, by the army, which then arrested many of the secular youths who first powered the revolution. The army has its own Facebook page to defend itself.*

Cuando veo los comentarios en algunos medios digitales egipcios (en muchos otros pasa igual), compruebo efectivamente los mecanismos mediante los que se desactivan las ideas, se silencia a las personas, mediante las agresiones, los insultos, las descalificaciones de profesionales del rumor y la difamación. Trolls, mentiras y palabras de odio, dice Ghonim. El Ejercito, nos señala, tiene su propia página de Facebook para defenderse y muchas otras camufladas para atacar, además de los francotiradores virtuales repartidos por foros y chats. No son los únicos. Ellos y los islamistas seguirán tratando de que no haya organización social —de ahí lo ataques a la financiación extranjera a las ONG, que es lo más cercano a un grupo organizado—, para poder conseguir sus fines y evitar que otros alcancen los suyos.


El párrafo final del texto de Friedman recoge las conclusiones, la enseñanza obtenida después de cinco años intensos de emociones, alegrías y frustraciones:

“Five years ago,” concluded Ghonim, “I said, ‘If you want to liberate society, all you need is the Internet.’ Today I believe if we want to liberate society, we first need to liberate the Internet.”*

Y eso abre otra serie de preguntas igualmente complicadas.
La pregunta sobre la validez de estos medios virtuales para conseguir ciertos fines sociales sigue abierta. Son poderosas herramientas para aglutinar gente, pero ¿permiten construir? ¿Tienen la estabilidad suficiente para mantener esos grupos en el tiempo cumpliendo sus objetivos? Eso es algo que no está tan claro a la vista de la experiencia que la Historia va acumulando. 
La enseñanza que tenemos es que unos mueven el árbol y otros recogen las nueces. Sin organización capaz de articular el flujo, es difícil avanzar. La segunda parte es que los que fueron tomados por sorpresa, ya no se dejan sorprender y dominan y controlan los nuevos mecanismos. Ya no es solo una lucha desde Facebook o Twitter. Es una lucha en Facebook, Twitter y en cualquier otra parte del universo virtual.



* Thomas L Friedman "Social Media: Destroyer or Creator?" The New York Times 3/02/2016 http://www.nytimes.com/2016/02/03/opinion/social-media-destroyer-or-creator.html

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