miércoles, 3 de febrero de 2016

En busca de la solemnidad perdida o cuestión de condones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La historia del actual régimen egipcio —cuando pase— será recordada como una tapa oscura, pretenciosa, autoritaria, carente de sentido del humor, algo de lo que las dictaduras carecen siempre. El idolatrado presidente Sisi quedará reducido a la talla correspondiente y los egipcios —acostumbrados a dividir la Historia en dinastías— lo considerarán como una parte de una parte confusa, aún por decidir. Será llamado entonces el continuador de Mubarak, un mubarakista, algo que fastidia mucho al que tiene pretensiones de elegido.
Si por algo debe ser recordado este régimen —cuando pase— es por haber desencadenado una cruzada sin precedentes contra los humoristas, uno de los bienes capitales de la sociedad egipcia, que se puede dividir, entre los que se ríen y los que son objetos de risa, aunque maldita la gracia que les hace. Los trabajos académicos sobre el sentido del humor de los egipcios (de algunos, no de todos) abundan centrados en la etapa de Hosni Mubarak, que fue de treinta años, y fue incombustible ante los chistes políticos. No conozco ninguna entrevista en la que se le haya preguntado sobre el conocimiento que pudiera tener sobre los chistes que se hacían a su costa, si le hacían gracia o si por el contrario le irritaban profundamente.


El régimen actual está siendo objeto igualmente de crítica humorística a través de las caricaturas. Pasado el tiempo de la Sisimanía general, los defectos y problemas van saliendo a la luz y pasan a ser objetos de crítica. La personalización —auténtico culto a la personalidad— centrada en el presidente actúa también negativamente porque no son las instituciones —militares, policía— como ocurría anteriormente el objeto de la crítica, sino que estas se derivan hacia el que promete, hacia el que dice una cosa y practica otra. Es esa distancia la que es el objeto del humor mayoritariamente. Cuanto más alto se está en el pedestal, más dura es la caída porque son las expectativas las que se ven frustradas. La recepción de El-Sisi como el hombre que salvaría a Egipto de los islamistas, de sus crisis de todo tipo, que haría funcionar la democracia, la economía y rectificaría la historia de los pueblos para que girara de nuevo hacia la luz egipcia, el hombre que todos los pueblos querrían tener al frente de sus destinos, se va mostrando cada vez más humano en sus imperfecciones, que en este caso es la incapacidad de resolver las promesas o los autoengaños de los propios egipcios.

Pero el régimen actual —mientras dure— no tiene intención de repetir los errores de Hosni Mubarak. El-Sisi es un hombre de la sociedad de la información y su especialización precisamente han sido los servicios de inteligencia; sabe el valor de la información y cómo, además de cañones y cárceles, hay que crear barreras, prisiones y guillotinas con discursos para el buen funcionamiento del sistema. Pero en el terreno de los discursos al poder le está vedado el humor ya que es el reino de la seriedad, el espacio de los grandes discursos y las grandes palabras, el de los destinos sobrehumanos y las personalidades salvadoras. La oposición es, por el contrario, el espacio carnavalesco de la crítica, el humor que corroe, la ridiculización de la sociedad, como bien vio Mijaíl Bajtín.
Solo conozco un presidente que se haya permitido chistes desde el poder y ha sido François Hollande (un bromista nato) en sus épocas más bajas de popularidad. Solo ha recuperado el apoyo popular con la llegada de los momentos trágicos a Francia (los atentados, la guerra) en los que ha asumido el papel "serio" del estadista y ha vuelto a las grandes palabras: la patria, la libertad, la solidaridad...


El régimen de El-Sisi puso en fuga al humorista más corrosivo, surgido de la revolución, Bassem Youssef, que había sobrevivido al periodo de la SCAF y a los islamistas, quienes lo tenían en el punto de mira. Pero no consiguió enfrentarse a la sisimanía, aunque lo intentó. El régimen mostró que el poder no iba a consentir bromas que erosionaran su imagen pública, construida meticulosamente como el "hombre total" (militar, decidido, religioso, patriota, animado por Dios —quien le envió el "ángel Sadat"— a asumir la presidencia como un sacrificio por el país, cortés con las mujeres, sonriente...). El-Sisi tenía tantas virtudes que era el blanco perfecto para la sátira. Y Youssef, con buen sentido, tuvo que hacer las maletas. Los egipcios que le habían aplaudido en su crítica al poder anterior, que le habían convertido en héroe social, se volvieron furiosos contra él ante la sola idea de que iba a criticar a su hombre-milagro. Los egipcios se clasifican por su actitud ante Bassem Youssef: le aman o le odian.


En estos momentos la división social tiene que ver con un "incidente" ocurrido en la Plaza de Tahrir tomada policialmente para evitar las conmemoraciones del aniversario de la Revolución denostada, la del 25 de enero. Ese día, dos jóvenes se acercar para entregar unos globos a la Policía. El aniversario —¡qué casualidad!— coincide con la celebración del Día Nacional de la Policía. La prensa cuenta que a las únicas personas a las que se ha dejado pasar al recinto a grupos de simpatizantes del régimen y familiares de policías que han acudido a rendir su homenaje a los agentes en la Plaza.
El escándalo surge cuando los globos entregados a los agentes entre risas de todos son en realidad condones inflados y la entrega resulta ser una broma gastada desde un programa de televisión que reproduce las imágenes. Los condones llevan escrito en árabe "De la juventud de Egipto a la Policía en el 25 de enero". El presunto "homenaje" que les iban a rendir queda convertido en una broma que se convierte en viral a través Facebook y de la subida de grabación en YouTube. La sociedad egipcia se divide una vez más. Mientras unos se carcajean otros exigen castigos contra los que han ofendido a los héroes y mártires que defienden las fronteras y al pueblo egipcio de los ataques, y que de vez en cuando detienen, encarcelan, torturan y hacen desaparecer a los egipcios a los que defienden de otros peligros.
Muchos han visto en los jóvenes autores de la broma —el reportero de televisión Shady Abu Zaid y el actor Ahmed Malek— , una liberación de los sentimientos de protesta contra el estado actual del sistema. En Egyptian Street, Shahira Amin hace un recorrido por las medidas de represión anteriores al 25, especialmente contra los jóvenes y un aspecto importante, la fisura generacional:

The controversial video drew mixed reactions from Egyptians, highlighting a widening generational split over the government’s increased repression in recent months. Embittered by an intensifying security crackdown that has targeted dissenters of all stripes (including secular activists who led the revolution five years ago), many young activists said they enjoyed seeing the security forces lampooned in the video. Describing the prank as “hilarious,” they hailed the video’s creators as “bold” and “courageous.”
“Shady was able to do what many in Egypt today are incapable of doing: He has broken free from the fear that has kept most of us silent since June 30,” said Ibrahim Gamal Eldin, a young graduate of the American University in Cairo.
Meanwhile, many in Egypt’s older generation — in particular regime loyalists who approve of the government’s heavy-handed policies to crush dissent – were shocked and enraged by the prank. Among them are those who believe the January 25 revolution was ”a Western conspiracy“ and who accuse the young pro-democracy activists of being “traitors” for demanding greater freedoms and for speaking out against rights violations.
The majority of those cheering on the clampdown on government critics and opponents are Egyptians who grew up in the days of former President Gamal Abdul Nasser, a strongman who hailed from the military. They believe that “authoritarian rule works best for Egypt” and that “democracy and freedoms can only lead to chaos and instability.” Not surprisingly, many of them have decried the condom prank as a ”horror,” saying it was unacceptable as it showed “disrespect for the country’s noble police force.”*


Desde hace muchos años, y en Egipto se cumple a la perfección, las divisiones de clases se han visto sustituidas por los enfrentamientos generacionales. Cuando comenzó la revolución en 2011, la califiqué como la "revolución de los hijos" porque esa era la dimensión que me parecía más adecuada para explicarla, en cuanto que el argumento para la obediencia era la "paternidad", tal como Hosni Mubarak se presentó a los manifestantes que reclamaban su salida del poder. Le dijo que iba a hablarles como un "padre". Gran error, por supuesto, pero que ejemplifica a la perfección el control que las generaciones integradas ejercen sobre las que les siguen y les reclaman un mundo ajustado a sus valores y deseos de libertad frente al acomodaticio estar de los que aguantaron 30 años de régimen paternalista y autoritario. Mubarak no entendió que los que protestaban no querían un padre, ni perverso ni benévolo, querían regir sus propios destinos. Reclamaban el fin de la infancia, la mayoría de edad política y social.
La visión patriarcal de la sociedad aúna simbólicamente a las personas y las instituciones. El Ejército, suministrador de presidentes, es el padre autoritario —el padre, padrone— de los egipcios. El presidente representa al Ejército y a la vez la adhesión del pueblo a la institución gloriosa que dice defenderlo. "El Ejército y el pueblo, una sola mano", dicen los cánticos que siguieron a la caída de Mubarak, héroe militar y sucesor de militares. Todavía resuenan para jalar el profundo rechazo a la democracia, considerada como una forma de caos, que alienta en una parte importante de la sociedad egipcia. 


Es lo que señala con acierto Shahira Amin en su artículo, ese deseo de que el poder se encarne en figuras fuertes, patriarcales, caudillos, en sentido estricto. Es el síntoma de la pereza intelectual lo que lleva a preferir a esos líderes que, pasado el tiempo, se demuestran opresores e imperfectamente humanos; es la incapacidad de pensar en términos de acción y responsabilidad consiguiente, lo que lleva a aplaudir a los dictadores. Es, en suma, el considerar que los pueblos son niños que necesitan la figura de un padre autoritario al que seguir ciegamente porque no lo eligen los hombres —falibles y volubles— sino la divinidad que le llama a regir los destinos hacia la gloria histórica, al renacer. Vivir es esperar la llegada de un líder, un enviado, un hombre fuerte capaz de reducir a cero la necesidad de decidir por uno mismo. Los nuevos egipcios rechazaban esa visión y querían decidir, tener el destino en sus manos. Pero eso no ha interesado ni a los militares ni a los islamistas, cuya visión del mundo, es en lo profundo, exactamente la misma.
Shahira Amin da una muestra de esa profunda división generacional cuando nos informa de la controversia producida entre padres e hijos:

Malek’s own father, Malek Bayoumi, was among those who failed to see the humour in the video. In a phone interview on the private channel ONTV on Tuesday, he apologized for his son’s “immature behavior,” saying he was both ashamed and disgusted by the way his son had acted.
“No matter how deep the differences are with the executive authorities, no one has the right to attack or insult the military and police, for they protect our borders and sacrifice their lives to defend the nation,” he wrote on his Facebook page, adding that he categorically rejects his son’s behaviour.*

El drama de la escisión familiar se muestra en su crudeza y en los síntomas de alienación que el pueblo egipcio vive respecto a su sentido de las instituciones. La revolución no veía en los policías y el Ejército ninguna gloriosa institución, ningunos héroes. Veían el rostro destrozado de Khaled Saeed, irreconocible, por los golpes recibidos en los sótanos de una comisaría, veían cómo se intentaba destruir su recuerdo difamándolo. Su delito fue dejar al descubierto los negocios de unos agentes de policía con narcotraficantes. Por ello fue torturado y arrojado a la calle.


La Policía gloriosa de la que habla el padre de Ahmed Malek no ha existido nunca; desde la época de Nasser ya fue utilizada en la represión. Fue la creación de un régimen cuyas instituciones corruptas no han sido saneadas y ha vuelto a ejercer lo que mejor saben y siempre han practicado: la represión brutal. Los cambios en el ministerio nunca han significado una transformación de la Policía al servicio de los ciudadanos.
Pero la dependencia de instituciones autoritarias genera —es un fenómeno universal— esa necesidad de justificarlas, haciendo que se vuelque la frustración y el miedo en aquellos que osan intentar romper esa imagen. Es una especie de síndrome de Estocolmo colectivo. Aunque con una importante diferencia: no es solo fruto del miedo, que podría ser perdonable, sino del interés de una parte importante de la sociedad por mantener esas estructuras de poder de las que se benefician muchos. Hemos olvidado los estudios que siguieron a la caída de los fascismos, a la caída de muro, que intentaban indagar porque la gente ama a sus torturadores, a sus represores, a las personas que les roban sus  derechos y libertades. Hace mucho que no vemos Portero de noche o que no leemos a Milosz.


¿Es posible que sean sinceras afirmaciones aquellas que sostienen que en Egipto se caminaba hacia una democracia o que el avión ruso se cayó solo, por plantear dos cuestiones de naturaleza diferente? ¿Es posible que el padre que llama (o es llamado) a la cadena de televisión para condenar a su propio hijo lo sienta realmente, vea en él la persona inmadura y no a quien otros ven como la persona capaz de romper la parálisis del miedo? Czeslaw Milosz escribió en El poder cambia de manos:

Es posible que, a fuerza de doblez, desaparezca por completo en ellos su propio desdoblamiento, y que se conviertan para siempre en los personajes, en los papeles que han aprendido y que representan en esta comedia. (83)

¿Es posible que ese padre, convertido en personaje, que llama a la televisión para denigrar a su hijo no sea más que una mala copia del padre que rige los destinos de los egipcios? Es posible. Lo es en la misma medida en que El-Sisi es una reedición de los padres militares anteriores, repetición del modelo patriarcal que rige en los hogares.
El padre que llama cumple su función de control de los hijos de la misma forma que los médicos militares revisaban la virginidad de las manifestantes en Tahrir. Lo hacen para que se mantenga el orden. La mirada social sobre la familia exige que el padre reprenda públicamente a su hijo. Literalmente, exige que lo desautorice. La revolución se corta en casa.


Con su broma de los condones, los hijos han usado algo peor que las piedras: han usado el humor, cuya naturaleza es antiautoritaria, irrespetuosa. Por eso lo que más se recrimina es haberse reído de la Policía precisamente en su Día de homenaje nacional. Con la entrega de esos condones inflados, regalo de los jóvenes a la Policía según estaba escrito en ellos, se ha mostrado la falta de respeto, se ha negado la respetabilidad de la autoridad, de los agentes en la Plaza que lo recibieron contentos a la presidencia misma que es quien les ha enviado hasta allí. Lo mismo ocurre con los jóvenes, se multiplican con millones en cada repetición de YouTube, en cada "me gusta" en Facebook.
Dicen que el sentido del humor de los egipcios es uno de los elementos de definición de su personalidad. Pero el sentido del humor debe estar reforzado por la tolerancia social, algo que no es precisamente un rasgo de la misma intensidad en el conjunto. Es más bien una ley del embudo. Eso carga de transgresión las intervenciones humorísticas y de represión las airadas respuestas de los que se ven retratados. Por eso amaron a Bassem Youssef mientras satirizaba a los que no les gustaban, pero lo odiaron en cuanto que tocó al intocable El-Sisi, el deseado. Youssef dio una lección a muchos (que no aceptaron, por supuesto), cuando dijo que su función era criticar al poder estuviera quien estuviera en él. Pero con el cambio de poder, cambiaron los papeles. Entonces no quisieron crítica y humor sino solemnidad y propaganda.


La historia de los condones inflados regalados a la Policía traerá cierta cola en el sentido de que esa misma semana se ha detenido (y luego liberado) a un humoristas, como dimos cuenta aquí. Las armas de los jóvenes han sido creativas: grafitis, canciones y chistes gráficos, películas y obras de teatro. Las del régimen, bastante más duras. Pero cada acción represiva, cada frase grandilocuente que en la realidad dé lugar a lo contrario se hará merecedora de nuevos chistes y mofas.
Da cierta pena ver en el vídeo que los policías que están recibiendo los condones rotulados sean de la misma edad que los gastan la broma. Se lamenta la oportunidad perdida por el régimen egipcio de haber unido al país y no haberlo dividido para mantener el poder. Los jóvenes tuvieron una oportunidad de cambiarlo. No les dejaron. Los múltiples padres, patriarcas, que controlan la sociedad egipcia, de las familias a los ministerios, no les dejaron. Da pena verles reír juntos (algunos aceptan la broma al darse cuenta de que son condones) y saber que entre ellos se ha impuesto una barrera que la de quienes dan las órdenes, los patriarcas que indican quién es enemigo de quién. Ellos no se ríen.
El artículo de Shahira Amin en Egyptian Streets se cierra con este párrafo de advertencia:

If indeed Abu Zaid and Malek are arrested for their prank, the outcry will be an online campaign on Twitter or Facebook calling for their release. In the meantime, members of the older generation will insist that they deserve a harsh sentence. It is a story that has been repeated too often in the last three years with no sign of the generational divide being bridged anytime soon.*

Tiene razón. Cuanta más importancia se le dé a los condones, será peor para el propio régimen, que se ridiculizará a sí mismo en busca de la solemnidad perdida. El humor no crea las situaciones, solo las representa desde un prisma determinado. Los que tomaron la Plaza para evitar que se manifestaran en recuerdo de los mártires, muertos por la Policía, y los han transformado de forma infame en agentes conspiradores para destruir Egipto, crearon las condiciones para la broma y el sarcasmo. La respetabilidad no se ha perdido por los condones, sino por las acciones represivas del régimen. Cada uno tiene los chistes que se merece y busca.




* "Egypt’s Generational Split Over Freedom of Expression" Egyptian Streets 1/02/2016 http://egyptianstreets.com/2016/02/01/polarity-of-egyptian-public-opinion-increases-in-light-of-generational-differences/
** Czleaw Milosz. El poder cambia de manos (1953). Destino, Barcelona 1980.



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