miércoles, 20 de enero de 2016

Las nuevas oceanías o no levantemos más barreras

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El nuevo asalto —otro más— a una universidad en Pakistán, con sus decenas de muertos entre profesores, alumnos, etc., no hace preguntarnos —de nuevo— contra qué lucha esta gente, cuál es la monstruosidad de su fijación con la ignorancia tratando de acabar con lo que en todo el mundo es el lugar del conocimiento y de la educación.
Escuelas, institutos, universidades... todos los niveles del conocimiento son objeto de esa fijación morbosa y destructiva que tienen para intentar acabar con la inteligencia. Con su acción constante son la negación de lo humano que es la necesidad de conocer el mundo en el que estamos, llegar a conocernos a nosotros mismos. En el centro de su doctrina perversa esta la negación de la inteligencia humana como una carga para unos y un desafío para otros. Su mundo ideal sería aquel en el que el ser humano no se preguntara nunca nada porque todas las respuestas las tiene ya dada, memorizadas —que es la base de su pedagogía—; solo una pequeña parte de la comunidad debe dedicar su tiempo y energía al estudio del único texto posible, de la única voz que se debe escuchar y seguir. No hacerlo acarrea la condena y la muerte.


Es sorprendente que cuando la ciencia moderna ha conseguido tantos logros se pueda manifestar con tanta intensidad un sentimiento tan fuerte de negación de las evidencias. Quizá la explicación en parte sea esa: la contemplación de los logros de la inteligencia humana se vea como la fuente de la duda, la negación por demostración de lo que se ha sostenido hasta el momento. Las legiones de los ignorantes matan porque es la única forma de evitar que su mundo se desmorone; matan para no tener que pensar. 
Hasta no hace muchos años era posible mantener aislados los mundos, mantener la incomunicación. Con este aislamiento se conseguía que muchos vivieran en la creencia de que su universo cerrado era el mejor, el que tenía todas las respuestas. Al otro lado estaban otros mundos que saldrían del error algún día o serían destruidos dada la superioridad moral —la militar ya se había perdido— del mundo en el que se vivía: Nosotros tenemos a Dios, en Él confiamos. Big Father is watching You.
En la clarividente y confirmada por cada ola de oscurantismo novela de Orwell, 1984, podemos leer:

Lo único eficaz en Oceanía es la Policía del Pensamiento. Dado que los tres superestados son inconquistables, cada uno de ellos, cada uno de ellos es en realidad un universo separado, en el que puede llevarse a la práctica con seguridad casi cualquier perversión del pensamiento.


El texto pertenece al capítulo III —La guerra es la paz— que Winston, el protagonista de la novela de Orwell, lee. ¿Vamos hacia un mundo de este tipo, constituido por espacios cerrados en los que rigen esas Policías del Pensamiento al modo orwelliano?
La relación entre el oscurantismo y las luces, por usar la metáfora habitual que dio lugar a la Ilustración, es de mayor intensidad proporcional. Las luces del conocimiento hacen surgir sombras más densas, más oscuras. Vamos hacia un mayor contrate, no a una escala de grises. Hay una parte del mundo que se resiste a ser iluminada. Luz y oscuridad, conocimiento e ignorancia discurren en paralelo.
Creo que es precisamente el debilitamiento de las fronteras que el espacio garantizaba lo que ha provocado esta situación actual, con el intento de establecimiento de un "superestado" en el sentido orwelliano, pues no otra cosa es el intento de creación del "Estado Islámico", una zona hermética en la que sea esa Policía del Pensamiento impone la doctrina oficial de la que dudar supone la muerte. Los talibanes o los Boko Haram, todos los grupos islamistas, tienen el mismo odio hacia el conocimiento dinámico y crítico y esa necesidad de imponer por la fuerza la Palabra inamovible.


La intensidad de la respuesta comienza precisamente con la expansión de las comunicaciones al internacionalizarse, al llegar los satélites, las redes de comunicación, etc. que van sembrando las nuevas ideas —científicas, morales, política...— creando un mundo globalizado. Ante esta expansión, se refuerzan los mecanismos violentos contra los disidentes, contra aquellos que ahora tienen a su disposición nuevas tribunas para llegar más lejos.

Lo que se produce entonces es una contraofensiva que usa esos mismos medios para expandirse hacia el exterior de sus esferas anteriores y, junto a ello, el cierre de los espacios que controla. Nos sorprenden las manifestaciones mediáticas del Estado islámico, sus estrategias de comunicación usando todos los recursos; pero a la vez prohíben la circulación de información en sus propios espacios, que quedan reducidos al silencio o a la propaganda.
El oscurantismo rechaza la Ciencia y sus consecuencias. Estos ignorantes tienen como enemigos a Charles Darwin o a Albert Einstein, en quienes ven a aquellos capaces de destruir sus fundamentos. Usan un término estratégicamente, como refleja el propio nombre de Boko Haram: la ciencia "occidental". Necesitan negar la universalidad del pensamiento para convertirlo a los ojos de sus seguidores en maniobras para destruir el orden sagrado del mundo, la palabra revelada y definitiva. Han conseguido convencer a una parte del mundo que la ignorancia forma parte de la identidad. Esto se consigue mediante el fatalismo, con el que se convence de que todo lo que ocurre es inevitable, que está escrito y contra lo que es imposible  e irreverente luchar. Así los mantienen en la pobreza absoluta, aceptándola como un designio contra el que no haber rebelión. Así se mantiene la injusticia porque quien manda es porque Dios lo quiere y quien obedece debe hacerlo porque así esta ordenado. Así se vuelven contra todo el que señala lo absurdo e injusto de ese orden, quien debe esconder sus dudas en lo más profundo para evitar que todas las instituciones, de la familia al estado se vuelvan contra él considerándolo un apestado, esconderlo para evitar que su padre, hermano o hijo le denuncie. El bárbaro que denunció a su madre y la ejecutó públicamente hace unos días (dimos cuenta aquí) demuestra que no es retórica el mandato de abandonarlo todo, de aceptar solo la promesa de la perfección en el paraíso prometido a los fieles, a los que se arrancan razón y sentimientos para no dudar, para no temblar.


Lo terrible, más allá de los acontecimientos bárbaros de cada día, es que esto va a más, que no se abre el mundo, sino que se avanza hacia estos superestados estancos, herméticos, regidos por dogmas incompatibles, con leyes que aseguran la destrucción de cualquiera que quiera sembrar la duda.
El ataque a la universidad en Pakistán es otro aviso, otra muestra de que solo hay una palabra, solo hay una forma de vida. Y el aviso llega como muerte y destrucción, la única forma mediante la que pueden mantener en orden ese mundo que se desmorona en cuanto se deja de encerrar las mentes en las cárceles de la costumbre, la tradición, formas eufemísticas de llamar al inmovilismo de la oscuridad.


Con la violencia niegan la posibilidad del cambio, la apertura de sus espacios a la Historia, concepto perverso en la medida en que anima a la superación de lo anterior e incorpora la palabra incomprensible, "progreso".
Las barreras que hoy comienzan a levantar los estados suponen la inmovilidad física; pero las que los bárbaros levantan son más altas y peligrosas: las del oscurantismo, la parálisis de la inteligencia, la deshumanización de lo humano. Muchos empiezan a caer en la tentación de la separación, de la cuarentena para evitar la contaminación. ¡Terrible error!


El Winston de Orwell siguió leyendo el capítulo III de su libro:

Aislado de cualquier contacto con el mundo exterior, y con el pasado, el ciudadano de Oceanía es como un hombre en el espacio interestelar, que ignora cómo ir arriba o abajo. Los gobernantes de un Estado semejante ejercen un poder absoluto como no conocieron los faraones ni los césares.


No levantemos más barreras, ni físicas ni intelectuales. Solo benefician a los que quieren aislar a sus pueblos para poder dominarles. Levantando nuevas barreras dejaremos crecer libremente el totalitarismo como en un invernadero. El viento no tardará en arrastrar las semillas.







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