lunes, 16 de noviembre de 2015

Mente dispersa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nuestras vidas se basan en el principio de que estamos en lugares seguros, en los que podemos desarrollar nuestras acciones e intentamos realizar nuestros deseos. Los europeos vivimos en una sociedad relativamente tranquila. Trabajamos más o menos, tenemos espacios de ocio y nuestro mundo, en general, funciona razonablemente bien. No pensamos en otros mundos más que cuando se nos cuelan por pantallas y periódicos en nuestra vida. Los percibimos en una extraña dimensión, una fusión inversa de espacio y tiempo en la que algunos espacios que están cerca nos parecen lejanos, mientras que otros distantes nos parecen próximos. Son las distancias culturales, que poco tienen que ver con las geográficas.
Durante décadas, Europa estuvo dividida por un muro que era político y que hizo distanciarse en el tiempo dos mundos que crecían cada uno a su velocidad en una dirección contraria. Cayó el muro político y nos encontramos, extraños, con aquellos que antes formaban parte de un mismo espacio y que ahora parecían salidos de otro mundo.

Suena un aviso en mi teléfono. Una amiga y compañera me manda el vídeo y algunas fotos de españoles y franceses cantando La marsellesa frente a la embajada francesa. Han dejado flores y velas ante la verja. Hoy Francia se encuentra como esa embajada, rodeada de una verja y alerta mientras se escuchan cantos entrecortados por la emoción. Muchos son franceses; otros, no. No importa porque La Marsellesa es un canto identitario, permite identificarse con los demás alrededor de unos valores claros y sencillos, como bien mostró Jean Renoir en su maravillosa película. Mi amiga, que nació del otro lado de aquel muro europeo, se reafirma en su mensaje en la idea que quise representar con los doce libros como doce razones: será la cultura la que nos permita salvarnos de la barbarie. Será la cultura las que les permita salvarse a ellos.
La importancia de la cultura francesa es grande, quizá la más influyente de todas, porque ha representado el pensamiento de la modernidad y el progreso. Francia ha sabido ser clásica y revolucionaria, se puede elegir. Francia ha sabido ser seria y ridiculizar su seriedad en el sano ejercicio de la autocrítica. Han convivido un Descartes y un Pascal; ha tenido a Fenelon y a Baudelaire. Y lo que no tiene, lo acoge. París fue el lugar donde se refugiaban los perseguidos por toda Europa. A París mandó Mohamed Alí, un albanés nacido en Macedonia y llegado a Jedive, a los estudiantes egipcios a principios del siglo XIX para que se formaran en los saberes de Occidente, creando los inicios del "renacimiento" árabe (Nahda). Regresaron y se pusieron a traducir. Eso se ha vuelto hoy peligroso; quieren aislarlos del mundo, del tiempo, de la historia.


El hecho de que muchos de los que atentan contra Francia hayan salido de las aulas francesas o que los que han atentado anteriormente en Reino Unido de las suyas, es indicador de un gigantesco fracaso educativo cuyo hueco ha sido rellenado por los valores identitarios de una idea perversa. La caída en la rutina y el utilitarismo de los sistemas educativos han provocado una pérdida de los valores reales, los que ayudan a las personas a mirar el mundo desde una perspectiva humanista. Es ahí donde el adoctrinamiento les engancha, les da sentido.
Un mensaje de una alumna china me entra de nuevo a través del ordenador. Tiene miedo, me dice; ha leído que Francia, que Alemania, están en guerra. La tranquilizo, pero no es fácil explicar las diferencias entre las metáforas y las realidades. ¿Estamos en guerra? Quizá sí, en una guerra irisada que va del sangriento rojo continuo de Siria e Iraq al esporádico de París o de cualquier otra ciudad que pueda ser víctima de ataques. Es falso eso de que dos no se pelean si uno no quiere. Trágicamente falso.


Leo con interés el artículo de Juan Goytisolo titulado "Cómo poner fin a la barbarie". Mi interés se transforma en sorpresa tras leerlo y comprobar que sobran el "cómo" y el "fin". Son cinco puntos en los que repite lo que sabemos ya hace mucho tiempo y que se cierra diciendo "Todos debemos estrechar los lazos con Francia en los momentos difíciles que nos ha tocado vivir."* ¿Y...? Lo releo por si mi mente dispersa se ha saltado algo, pero, no, quien se lo ha saltado es Goytisolo. Me imagino que los que se han pensado por el título que habría alguna solución estarán tras frustrados como yo.


Dice Goytisolo que no le sorprenden los atentados, pero sí la planificación y ejecución. ¡Hablar por hablar! El Estado Islámico no llegaría hasta donde ha llegado por medio de improvisaciones o con locos imprevisibles. Si le hacen caso y buscan "lobos solitarios" no llegaremos a ningún sitio. Con miles de yihadistas llegados de todas partes del mundo, bien entrenados, mandan a los mejores para que pasen los filtros, para que no cometan errores. Ya no son aficionados; solo lo parecen porque es parte de su camuflaje.

Ya no hay "lobos solitarios"; están conectados a la matriz. No se trata de cómo actúan, sino de cómo piensan, de cómo se relacionan en grupo. Nadie está solo; todos están conectados. Se deprenden del grupo para ir hacia sus objetivos y allí se reúnen. Los "lobos solitarios" son ya un anacronismo. Son las manadas de "lobos silenciosos"; el silencio es blindaje y camuflaje en un mundo de comunicaciones intervenidas.
Ahora nos toca aprender a vivir con esto. Es un precio que debemos empezar a asumir porque se trata de mantenernos bajo estrés, con la presión del miedo. Es la base del terrorismo. Golpear de vez en cuando, hacerlo con eficacia y decisión cada cierto tiempo, con una cadencia que no controlemos. Lo inesperado.
Odian lo que somos o lo que creen que somos. Por eso les es más fácil captar a aquellos que han nacido entre nosotros y se han educado aquí. Ellos tienen más próximo su odio. Han ido hasta Siria para darle forma, pero ya fueron con ese sentimiento de odio y frustración que hay que indagar. Allí está parte de la explicación.
Ha sido un fin de semana intenso, de emociones duras, de imágenes que se quedan en la retina. No es fácil darle forma y construir discursos reposados. Hace tiempo que tratamos de estas cosas, pero nunca se acostumbra uno a la muerte y a la barbarie. la mente salta de una idea a otra, de un sentimiento de dolor a otro de rabia.
En The New York Times se preguntan si es posible un "París" allí. ¿Tan pronto se han olvidado del 11-S, del maratón de Boston? No preguntes tonterías, no sea que tientes a la suerte.



* "Cómo poner fin a la barbarie" El País 16/11/2015 http://elpais.com/elpais/2015/11/15/opinion/1447599470_985136.html






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