miércoles, 25 de noviembre de 2015

Dolor y valor de Túnez

Joaquín Mª Aguirre (UCM) 
Tras el atentado terrorista de Túnez, nos dan el dato de que es el país que más participantes ha dado a la yihad en Siria. También se nos dice que es el único país de la "Primavera árabe" del que se puede decir que tiene una democracia. Creo que ambos datos está relacionados y señalan una idea que hemos ido trayendo en diversas ocasiones: el yihadismo como reverso la democracia.
Lo que se había mantenido a presión bajo las dictaduras era tanto a los demócratas como a los islamistas. Estos últimos se dividen en los medios, pero no en los fines. Como todo fenómeno ideológico radical, no entiende que la democracia sea un sistema de alternancias con elementos en común que permiten evitar los cambios traumáticos, las transiciones bruscas. Para ellos es un camino y allí donde ganan inician una transformación cuya intensidad depende de la resistencia con la que se encuentren. Pero allí donde pierden o de donde son desplazados, comienzan el asalto a las instituciones y a la convivencia.
El plan de los islamistas es incompatible con la alternancia y la convivencia con otros que piensen de forma distinta; es "invasivo", por decirlo así, en la vida de los demás, ya que les obliga a vivirla en las condiciones que va imponiendo a todos. Los islamistas no son partidos son "formas de vida" y "formas de pensamiento". Puede que algunos tengan la posibilidad de ocultar sus pensamientos disidentes, pero se verán forzados a vivir la vida como una representación escénica, interpretando los papeles posibles y abandonando aquellos que solo podrán mantener en una intimidad muy recóndita.

La fachada es esencial porque se ofrece a los otros como ejemplo. Lo que se ve es esencial, volviendo a las sociedades profundamente hipócritas, acostumbradas a una doblez entre lo que se es y de muestra, entre lo que se dice y lo que se piensa.
De nuevo el terrorismo ataca a Túnez, esta vez las víctimas no son turistas de visita, sino un ataque frontal a la guardia presidencial, a la que se ha hecho saltar por los aires en el momento de subir a un autocar. El golpe tiene un sentido profundo de desmoralización pues está dirigido contra la élite de la vigilancia, mandando un segundo mensaje a la sociedad sobre la seguridad de quienes deben asegurarles la suya.
La condena de los atentados debe ser contundente para demostrar al Estado Islámico que la unidad de todos los que se les enfrentan es absoluta. La sociedad tunecina es la que ha demostrado tener mayor capacidad de resistencia al islamismo y a las formas autoritarias que la guiaban hasta la Primavera árabe. Por ello es castigada doblemente tratando de doblegar su resistencia y determinación.
El Estado Islámico no admite juegos —como los de Turquía— porque es una amenaza real a la vida y la convivencia de millones de personas no solamente en el mundo árabe, sino a todos aquellos que se opongan a sus terribles planteamientos y prácticas.


Túnez debe tener todo el apoyo porque es el único que ha empleado las libertades para oponer al fanatismo islamista. No hay solo condena, sino una práctica de los derechos como semilla del futuro, como la mejor arma contra la violencia implícita y explícita de esta forma de terror con pretensiones paradisiacas.
Si hay algún lugar en el que debería triunfar el camino de la educación en las libertades es en Túnez. Contra el yihadismo no vale solo la fuerza, que es necesaria para evitar que creen más caos, dolor y muerte. Vale sobre todo el deseo de democracia, de tolerancia y convivencia. Y ese es el camino que Túnez eligió a través de su constitución, defendiendo los derechos de todos, en especial de las mujeres, un núcleo importante en el paquete de las libertades porque implica un concepto de igualdad que ellos —y muchos otros— no aceptan.
Hace poco dedicábamos este espacio a los jóvenes tunecinos, señalando cómo en ellos estaba el deseo de libertades y cómo corrían el riesgo de ser de nuevo privados de un futuro por las acciones del yihadismo. Primero atacan y arruinan; después recogen la siembra del odio en forma de activistas, pagados con sueldo y paraíso. Túnez se merece ese futuro que demuestra a los países de la zona que el camino de las libertades —todavía largo, pero asentado en las mentes de muchos— es también productivo para el país a medio y largo plazo, eliminando a los que quieren hacerles vivir bajo el terror y el control del fanatismo. Es ese camino el que se quiere evitar que Túnez recorra.
Nuestras condolencias a Túnez por este atentado. De nuevo, es un atentado contra todos.


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