miércoles, 18 de noviembre de 2015

Corrupción y distancia divina

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Sorprendente la tesis sostenida por el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Gotemburgo, Víctor Lapuente. La expresa en el diario El País a través de un artículo titulado "Corrupción y terror", dos conceptos interesantes pero que pueden no tener el mismo significado en las mentes de quienes reflexionan sobre ellos.
Ya el historiador alemán de los "conceptos", Reinhardt Koselleck, nos advirtió del peligro de suponer que las palabras significan o representan los mismos conceptos a los largo de la Historia, algo que se ve confirmado por lo que debería ser un comparatismo intercultural de los conceptos. Si las ideas se modifican en el tiempo aunque puedan aparecer los mismos términos, pocas diferirán tanto como las de "terror" y "corrupción". En la primera de ellas se percibe con mucha claridad las distancias, pero es más interesante la segunda. Es evidente que los "yihadistas" no se ven a sí mismos como "terroristas", sino como "mártires", "guerreros", etc. Esto es fácil de entender, pero la otra cuestión, la de la "corrupción", quizá no lo sea tanto.
Son muchos los intentos de establecer las causas del terrorismo. Se intenta tanto la explicación individual (lo que lleva a una determinada persona a practicar el terrorismo) como causas más generales que sirvan de explicaciones colectivas. No todas las motivaciones para tomar las armas o hacerse estallar son las mismas en todas las personas. El arte del reclutador, como el de cualquier secta, es encontrar los puntos de entrada en la personalidad de cada uno para pasar de las motivaciones personales a las colectivas. Y las estrategias que se sigan en cada caso dependerán de las debilidades y resistencias de cada uno. Lo importante no es cómo se empieza, sino llegar a un final en el que se adhieren a una causa general que se ha convertido en la motivación particular para la acción. Para disparar contra las personas que cenan en una terraza o hacerse estallar entre cientos de personas se requiere algo más que una opinión radical; hace falta una programación específica, en términos de convencimiento, que va más allá de los discursos. Sacarlos de ese autoenclaustramiento no es sencillo, como revelan las historias de familiares que han intentado convencerles; por eso de lo primero que se llama al abandono es de la familia, en beneficio de una idea más elevada en el grupo. Es importante, pues, encontrar los mecanismos ideológicos para lograr esa determinación.
El final del artículo nos muestra el énfasis en el concepto de "corrupción" y su vínculo de causalidad con el "terror":

Es una constante a lo largo de la historia. La reforma protestante en el siglo XVI, sobre todo en sus versiones más puritanas, fue una reacción frente a la percepción de que había una corrupción endémica en el catolicismo, como con la venta de indulgencias. En el caso del yihadismo la reacción puritana es especialmente sangrienta y repulsiva. Pero, por desgracia, el derramamiento purificador de sangre ha estado también presente en demasiados episodios trágicos de nuestro pasado.
Los propios militantes radicalizados confiesan la importancia de la corrupción en su conversión. Chayes cita un estudio en el que se interrogó a prisioneros talibanes sobre las causas que los llevaron al extremismo. Curiosamente, las motivaciones étnicas o religiosas, incluyendo la falta de respeto al islam, o políticas, como la ocupación americana, desempeñaban un papel secundario. El principal motivo para muchos talibanes era la percepción de que el Gobierno afgano era corrupto.
Un sentimiento paralelo puede estar impulsando a muchos jóvenes a combatir por el Estado Islámico, de Siria a las calles de París. No, los jóvenes de las banlieues no se enfrentan a un Estado corrupto en Francia. Y, en términos absolutos, quizás tienen más oportunidades objetivas para progresar socialmente que los jóvenes de otros muchos países. Pero, en términos relativos (que son los que nos motivan a los primates), se sienten ciudadanos de segunda.
Es esa percepción de injusticia, de discriminación, la que alienta la búsqueda de una pureza espiritual. De una justicia divina. Y del infierno terrenal que tan frecuentemente se deriva de ella.*


Mis serios reparos a esta idea no es que no exista la "corrupción" en muchos países. Mis reticencias vienen de que "corrupción" signifique lo mismo para el profesor Lapuente, usted y yo, y los que han causado muertos en París, Beirut, Ankara o El Sinaí últimamente.
La idea de corrupción tiene un componente extremo en el caso del yihadismo terrorista que establece la diferencia entre en dónde lucha y contra quién se dirige de forma muy clara. Es absurdo pensar que los atentados de Francia son una acción contra la "corrupción de Francia", sobre todo cuando ellos han expresado que es una represalia. En la mente del terrorista religioso —por más que se empeñen en decir que no hay una interpretación religiosa— todo aquello que no se ajusta a su idea de pureza es corrupción. Y su idea de "pureza" no se refiere a lo que nosotros pensamos como ausencia de "corrupción".

Desde su mentalidad hay dos tipos de "corrupciones": a) la del dirigente musulmán que no cumple ni hace cumplir la ley islámica; y b) lo exterior al islam, cuyo estado será siempre de corrupción desde el principio de la universalidad de la revelación hasta que no se convierta. Por poner dos ejemplos, para un fundamentalista, el mejor gobernante de un país islámico es un corrupto si ignora o consiente aquello que aleje de las enseñanzas del Corán tal como él las interprete. Por eso se llama a combatir al dirigente corrupto —en el sentido expresado, el que se aleja de las enseñanzas— como una obligación. Los más corruptos dirigentes de los países musulmanes se cuidan mucho de los gestos religiosos porque saben que son esos los que les puede costar el cuello a manos de los radicales religiosos, que en cambio pueden ignorar prácticas que a otros sorprenderían. Desde el radicalismo, igualmente, se da por descontado que todo país no musulmán es corrupto en la medida en que por el hecho de no serlo no cumple los únicos preceptos válidos. En este sentido, el país más justo, transparente y solidario del mundo sería a sus ojos un estado de corrupción.
En su excelente obra El lenguaje político del Islam, Bernard Lewis señala respecto al concepto de "yihad":

De acuerdo con las enseñanzas musulmanas, el ğihād es uno de los mandamientos básicos de la fe, una obligación que Dios ha impuesto, a través de la revelación, sobre todos los musulmanes. En una guerra ofensiva es obligación de la comunidad musulmana en conjunto (fard kifāya); en una guerra defensiva se convierte en una obligación personal de cada varón musulmán adulto (fard'ayn). En una situación así el gobernante debe hacer una llamada general a las armas (nafĭr 'āmm). La base de la obligación del ğihād es la universalidad de la revelación musulmana. La palabra de Dios y el mensaje de Dios son para toda la humanidad; es deber de aquellos que la han aceptado esforzarse (ğāhada) sin descanso por convertir o al menos someter a los que no la aceptan. esta obligación no tiene límite de tiempo ni de espacio. Debe continuar hasta que el mundo entero haya aceptado la fe islámica o se haya sometido al poder del estado islámico.
Hasta que esto ocurra, el mundo estará dividido en dos: el Territorio del Islam (dār al-Islām), en el que los musulmanes gobiernan y prevalece la ley del Islam, y el Territorio de la Guerra (dār al-harb), que comprende el resto del mundo. Entre ambos hay un estado de guerra moralmente necesario, legal y religiosamente obligatorio, hasta el final e inevitable triunfo del Islam sobre los no creyentes. Según los libros de leyes, este estado de guerra se puede interrumpir cuando sea oportuno mediante un armisticio o tregua de duración limitada. No puede acabar con paz, sino solo con la victoria final. (2004: 126).**

Desde la perspectiva del radicalismo religioso, esto es insoslayable, un mandato moral, legal y religioso, algo que se funde en una sola motivación. Desde la perspectiva de la gran mayoría de los musulmanes, que desean una vida y un mundo en paz, la "yihad" se entiende como un esfuerzo interior más que un esfuerzo bélico por conquistar el mundo. Lo que hace el Estado Islámico hoy, sin embargo, es dividir el mundo en dos y juzgar a quienes lo rigen según el cumplimiento de la ley. El propio Lewis señala que, tras los primeros siglos del Islam, al hacer evidente que no era tan sencillo la conquista y conversión del mundo tras los éxitos iniciales, la idea de "yihad" se fue moderando y transformando en otras interpretaciones hasta que el renacimiento de radicalismo la trajo a primer término de nuevo.
Desde esa perspectiva de búsqueda de ese mensaje en su pureza original, para el Estado Islámico el mundo se divide en los países que traicionan el mandato en los "territorios del Islam" y los que no reconocen el mensaje, los "territorios de Guerra". Estos terroristas no necesitan ver a ver a Francia como un país corrupto para atacarlo (no les he oído jamás decir eso).
A Francia no la han atacado por corrupta, sino porque les está combatiendo en el territorio de la pureza, un tercer espacio, en lo que han "marcado" como un "Estado Islámico", es decir, un territorio en el que se sigue la ley de Dios y nada más que la ley de Dios al ciento por ciento. El mundo queda dividido en tres partes: a) el estado puro (los territorios que controla); 2) los territorios islámicos corruptos (países musulmanes que les combaten); y 3) el resto del mundo, que son quienes, hagan lo que hagan, viven en la corrupción.


Los ciudadanos rumanos, por ejemplo, se han manifestado contra la "corrupción" y han hecho caer a su gobierno. No lo han hecho porque no siga la ley de dios sino porque incumple las de los hombres, las normas que nos damos para la convivencia. Es el sentido que usted y yo damos a "corrupción", pero no pensaríamos —otro ejemplo— que el gobierno de España es corrupto por declarar laboral el día del Corpus.
Cuando se interroga a los yihadistas o a los radicales religiosos, no ven la corrupción del mundo en lo material sino en la traición a las leyes reveladas, de obligado cumplimiento para el creyente y que cubren todos los ámbitos de la vida con su inspiración y analogías.
Las luchas religiosas —cristianas o musulmanas— efectivamente siempre se han basado en la pureza interpretativa propia y a acusación de corrupción del mensaje divino a los demás. Pero la corrupción máxima es la separación de lo divino y lo humano. Por eso los radicales dicen que no necesitan constituciones (leyes humanas), sino que les basta y sobra con el Corán, como a los integristas cristianos les sobra todo lo que no sea la Biblia.

Los radicales acusan de corrupción, por ejemplo, a la Universidad de Al-Azhar o al Gran Muftí de Egipto cuando apoya las acciones del Estado egipcio, que les parece culpable de atacar a los "verdaderos" defensores de la fe cuando los bombardea en el Sinaí. Eso los convierte en "corruptos" a los ojos de los yihadistas, como mataron a Sadat por traicionar su religión al pactar con Israel, es decir, renunciar a la yihad en los "territorios de guerra". El esfuerzo por parecer piadoso del gobierno egipcio se traduce en detenciones de homosexuales, contra artistas por ir contra la moral, etc. Si no lo hacen saben que serán acusados de "faraones" por los islamistas, es decir, detentadores de un poder que no cumple con los preceptos religiosos.

Creo que el artículo de El País habla de un proceso de "corrupción" en un sentido próximo al que nosotros le damos en estos momentos, no en el que ellos le dan. Una cosa es la falta de oportunidades, la discriminación, etc. que pueda existir en barrios o poblaciones de Francia, Bélgica, Gran Bretaña, Alemania, Estados Unidos, etc., incluso la existencias de dirigentes corruptos, y otra lo que ellos entienden por "corrupción". Esto no quiere decir que todos esos factores sumados no posibiliten un inicio de frustración que acabe en un estado psíquico en el que lo que se percibe es la "corrupción" en el sentido de alejamiento de unos preceptos religiosos.
La palabra "corrupción" es muy rica en sentido, como todo lo que implica un "valor" y una toma de posición. Se pudren los estados o grupos, como se pudren los cuerpos, porque están "muertos" porque solo hay luz y vida en el seguimiento de los mandatos divinos.
Conocemos, en cambio, a "corruptos" de misa diaria, como se suele decir. Entendemos una diferencia entre "corrupción" y "pecado". Para otros en cambio se pueden llegar a superponer cuando solo existe una ley, la divina, cuyos mandamientos rigen a toda la sociedad directamente o por interpretación derivada.
Cuando recorría las calles de El Cairo con una amiga al volante, realizó una maniobra de giro brusca. Un conductor airado se puso a nuestra altura y le grito algo a mi amiga, que no movió una pestaña y siguió mirando al frente. Tras unos tensos segundos, me dijo: «Bueno, al menos no me ha insultado. Me ha dicho "¡pecado!"». Aunque sea una anécdota, nos muestra que el conductor percibía como una especie de perversión la maniobra de mi amiga. Si hubiera sido en Arabia Saudí habría sido por simple hecho de que una mujer condujera. Y si hubiera sido en Afganistán, a lo mejor le había costado la vida estar al volante. Una misma acción puede merecer una "multa" o un castigo físico o la muerte, como les cuesta la vida a las niñas que van a la escuela en Afganistán o Pakistán.


La lucha del radicalismo religioso es para negar el paso de la Historia o la Historia misma. Todo se debe detener en un momento en el que se considera que se alcanzó la perfección, que es el momento de la revelación y el orden consiguiente que se va corrompiendo por el paso del tiempo. Es esa la "corrupción" de la que hablan, la de la "modernidad.
Podemos pensar que ellos interpretan mal la religión, que lo hacen desde la distorsión, el anacronismo o contra el sentido común. Pero esa es la labor del adoctrinamiento, llegar a convencerles de que lo suyo es la verdad y que el resto del mundo está equivocado, inmerso en la corrupción y la confusión. Por eso no tienen reparo en poner sus bombas en Francia, El Cairo, Beirut o Ankara. Todos encarnan formas de corrupción y ellos acaban, con sangre, con el error.
Su mentalidad no es la nuestra; el sentido de corrupción es otro, aunque la palabra suene igual. Afortunadamente hay mucha gente sensata en todo el mundo para entenderlo. El mundo musulmán ha reaccionado demandando mayoritariamente la moderación y la actualización interpretativa de los conceptos que los radicales quieren recuperar en su viaje al purismo de los orígenes, al menos tal como ellos los han interpretado. Como señalan muchos estudios, el origen está muchas veces en tendencias mucho más modernas de lo que pensamos y con extrañas fusiones ideológicas en las mentes de sus fundadores.


La corrupción en el sentido que le damos —política, económica, judicial, etc.—, obviamente, juega un papel fundamental en el desarrollo de los radicales. Crean un fondo de injusticia e indignación social. Pero el arte de los reclutadores e ideólogos radicales no es tanto mostrarlo como un mal sino como una consecuencia derivada de su falta de respeto a las leyes divinas. A ellos les interesa que esa corrupción que se podría corregir desde el estado de derecho, implique su negación en favor de un "estado islámico" en el que se estará acorde con los mandatos. La corrupción es natural en quien se aleja de Dios, es su mensaje; estar alejado ya es corrupción.
El problema que se planteó tras la Primavera árabe fue precisamente que la mayoría consideraban a sus gobiernos "corruptos" , pero por causas diferentes. Los conflictos, como es lógico, llegaron a la hora de ponerse de acuerdo en las soluciones a las causas. Y en eso estamos.



* "Corrupción y terror" El País 1/11/2015 http://elpais.com/elpais/2015/11/16/opinion/1447704535_772120.html
**LEWIS, Bernard (2004). El lenguaje político del Islam. Madrid, Taurus.





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