miércoles, 21 de octubre de 2015

Europa no es una isla

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las crisis que vivimos, como el dolor, nos hacen conscientes de nuestros cuerpos, de aquello que nos afecta. Primero ha sido la crisis económica, que nos ha puesto a prueba como solidaridad interna. La crisis de los refugiados nos está poniendo también a prueba, esta vez como solidaridad exterior y consciencia de los límites de nuestras fronteras y su sentido.
Lo que desde una perspectiva cultural nos parecía distante de nosotros, merced a esta crisis, se nos ha revelado de una proximidad máxima, como una continuidad. Los otros ya no están lejos, sino a tiro de barca, a una distancia que puede cubrirse por vías diversas.
Europa se nos revela entonces "mediterránea" y se reabren los caminos que durante siglos, para bien (el comercio, la cultura...) y para mal (las guerras, las invasiones...). Con los caminos se reabren también los miedos y las prevenciones.


La crisis de los refugiados es una crisis también europea. No es solo una cuestión de los lugares donde ocurren las tragedias primeras, que son las guerras que los desplazan. Y nuestra respuesta ante ella nos define y marcará. Los errores que se cometan harán de nuestro espacio un lugar  de convivencia o una isla insolidaria. Y Europa no es ni puede ser una isla.
El diario El País trae hoy un editorial de un título directo: "Parar la xenofobia". Su comienzo ya plantea con rotundidad el peligro en que nos encontramos:

La prolongada y difícil crisis de los refugiados está sirviendo de combustible para el crecimiento de los movimientos xenófobos y los populismos de extrema derecha en Europa. Así se ha constatado en elecciones celebradas en países como Suiza y Austria, y la misma tendencia señalan las encuestas de países como Polonia y Suecia.
Hay que hacer frente a estos movimientos antes de que sea demasiado tarde. Mientras el río humano de los refugiados se dispersa penosamente por rutas alternativas a medida que se le cierran las fronteras, la sensación de desbordamiento va calando en la opinión pública europea.*


Tras esta constatación, se hace un repaso ese despertar contradictorio del sentimiento europeo. Por un lado los de la Europa aislada, al defensiva, insolidaria; por otro, los que entiende que Europa no puede estigmatizarse ante sus propios ojos como un ente indiferente ante la desgracia y el sufrimiento ajenos. Cuando el editorial dice "hay que frenar" está expresando un deseo más que plantear una estrategia eficaz, que es la que se debe hallar entre todos los países implicados.
La crisis de los refugiados tiene muchas dimensiones y muchas aristas que se deben tener en cuenta. Si Europa no toma la iniciativa para poder hacerla factible y tratar de resolverla de una manera eficaz e inteligente, la crisis se volverá contra ella en dos niveles muy claro: primero, resquebrajará —ya lo está haciendo— las relaciones entre los países que forman la Unión, en la que algunos se están mostrando de una intransigencia y autonomía sorprendentes; y segundo, establecerá una relaciones perversas con la periferia, haciendo un gran favor a los enemigos de Europa que desean verla fracasar para poder salir triunfadores en origen. Es esta última posibilidad la que tiene un mayor peligro de cara al futuro pues hipotecará, ocurra lo que ocurra, las relaciones.


Si algo resulta evidente de todo esto es que la proximidad real a los conflictos impide la indiferencia. No podemos inhibirnos de algo que, nos guste o no, nos afectará de muchas maneras si no se soluciona. En esto, el papel de Europa tiene que cambiar ante lo que es un desafío entre las dos potencias que han asumido su propio pulso en la zona, Estados Unidos y Rusia. Queda claro que sus intereses, difieren bastante de los europeos, que no tienen ni las distancias ni las maneras de las potencias que se desafían en terrenos ajenos.

Resulta también interesante que algunos países europeos que manifiestan muy poca solidaridad en esta crisis sean los mismos que han tenido muy poca solidaridad en el caso de Ucrania y las sanciones a Rusia por la invasión, como ocurre con Hungría. Resulta también sorprendente que el caso de los refugiados se intente resolver apoyando a la crítica Turquía de Erdogan, confiándole un problema que ella ha contribuido en gran manera a crear y en la que tiene una participación tan oscura como los bombardeos a los kurdos y la política seguida hasta el momento respecto al Estado Islámico. Erdogan siempre cae de pie. Es chocante que en su momento de máximo autoritarismo y cuando ha perdido las mayorías que le permitían la impunidad política y las limpiezas de la oposición y la prensa, reciba una inyección económica, una responsabilidad delegada de Europa para la gestión de los refugiados y una promesa de acelerar la integración en la Unión. Y todo esto después de un atentado del Estado Islámico con cien muertos en las calles de Ankara. No sé si es el lugar ideal para que los refugiados se sientan seguros. 
Con todo, lo más peligroso para la propia Europa es el renacimiento de aquello que la Unión trató de enterrar: la xenofobia. Debemos recordar aquí que no ha comenzado con la crisis de los refugiados, sino que es muy anterior y antieuropea. Lo que se ha hechos es canalizarla hacia los refugiados, pero en realidad va contra la propia Unión Europea y la idea de una Europa de amparo.


Los movimientos xenófobos van contra Europa. Por eso están alcanzando mayor poder allí donde ya estaban implantados. Recordemos las actitudes de Suiza frente a la inmigración hace un par de años; igual sucedió en Austria, etc. No son los refugiados los que han hecho surgir la xenofobia, no. Está ahí latente y se manifiesta haciendo sus propias lecturas interesadas de las crisis. Cambian su discurso para conseguir más apoyos, pero son los mismos y con los mismos objetivos. Lo peligroso es que en estos cambios de discursos van consiguiendo más apoyos entrelazando unos con otros.
El editorial de El País se cierra con estas conclusiones:

Estos movimientos cuestionan la esencia misma de Europa, basada en valores de tolerancia y en la superación de los conflictos por la vía del diálogo y la concertación. Ahora quieren sacar provecho de una coyuntura inflamable y extremadamente complicada, con un odio al extranjero que sus elementos más extremistas convierten en violencia, como el atentado contra la candidata de Colonia o los ataques que sufren los centros de refugiados. En las últimas semanas, alcaldes de ciudades que se han mostrado dispuestas a acoger refugiados han sido también amenazados.
Ni Europa puede inhibirse, ni este es un problema interno de Alemania. Lo es de toda Europa, y la mejor forma de parar a los intransigentes pasa ahora por ayudar a Angela Merkel en su política de acogida y colaborar con ella para encontrar una salida conjunta y solidaria a la crisis de refugiados.*

Coincidimos plenamente con esta idea. Hay que evitar descargar sobre Alemania la responsabilidad de esta crisis (o de cualquier otra) que tiene las dos caras, una práctica y otra moral. La importancia de resolverla desde las dos dimensiones es una necesidad para la consolidación de la propia Unión. Habrá que analizar si algunas conductas, como se están produciendo, son compatibles con lo que de Europa esperamos los europeos en la medida en que nos afecta a todos y es responsabilidad de todos.
Esta crisis, de una extrema complejidad desde su mismo origen, se está manipulando dentro de Europa y desde fuera de ella. Por eso es esencial resolverla de forma conjunta y digna. Pero ahora lo esencial, efectivamente, es parar la xenofobia, demostrar que la cara de Europa es otra.
No, Europa no es un isla, no puede cerrarse ante lo que ocurre en su entorno. No puede hacerlo física ni mentalmente.




* "Parar la xenofobia" El País 21/10/2015 http://elpais.com/elpais/2015/10/20/opinion/1445364567_264156.html




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