viernes, 25 de septiembre de 2015

Todos somos otros

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A veces hay que recordar verdades elementales. Eso es lo que ha hecho el Papa Francisco en los Estados Unidos al decir que todos hemos sido extranjeros en la tierra que pisamos. Y, camusianamente hablando, lo somos siempre, arrojados al mundo.
Recordar que somos nosotros los que hemos construido las barreras artificiales que nos separan, los que hemos inventado conceptos y  reglas para sentirnos diferentes y los que abusamos del dedo señalador de diferencias en vez del abrazo de las similitudes, es algo que parece que hay que hacer en estos ilustrados tiempos ignorantes.
No somos dueños de la tierra que habitamos, simples viajeros con ilusión de propietarios de algo cuyo destino final es dejárselo a los otros y así sucesivamente. Nuestro deseo de ser distintos, de crear razas y clases, sistemas de diferencias que nos hagan más altos, más listos o más civilizados frente a los que son más bajos, más tontos o más bárbaros, es una pura vanidad que no nos reconcilia con nuestros destino final.
En mundo pequeño, que se ha visto reducido en espacio y en tiempo, un mundo inmediato y en contacto permanente, un sistema de conflictos eternizados es un suicidio colectivo o, si se prefiere, una condena a conflictos en cadena, como ocurre hoy con la guerra de Siria.
El papa Francisco ha recordado ante una sesión de las dos cámaras norteamericanas cosas que hoy podemos aplaudir pero que no debemos olvidar mañana: que es nuestra obligación hacer que el mundo vaya mejor. Y para todos. Los egoísmos son la simiente de la discordia que desemboca en catástrofes.
The New York Times dedica varios artículos a la intervención del papa americano, un hijo de inmigrantes como todos los que estaban sentados ante él. Le dedica además un editorial en el que contrapone su actitud abierta a la vergonzosa campaña republicana en la que solo se pone el acento en la exclusión del otro. Señala el editorialista:

Pope Francis could not have had a more divided and needy audience than Congress to hear his creative, blunt demand to confront the problems of the nation and the world that Congress has made a political art of evading.
In an address of memorable passion and nuance, Francis focused widely on the divisive immigration issues at home and abroad, the economic divide driving poverty, the threat to the environment, the “brutal atrocities” and “simplistic reductionism” of the world’s continuing conflicts, and the need, above all, for “courageous actions and strategies” rather than “facile proposals” from leaders responsible for solutions.
Any listener expecting a safe exercise in euphemism amid the American presidential debate had to be delighted as the pope took a highly prescriptive path in reminding American leaders they must never forget the nation’s own roots of tolerance and equal justice. Cutting through the latest political talk about building ever bigger walls to keep immigrants out, Francis spoke to this nation of immigrants as a son of Latin American immigrants.*


Si no olvidáramos ese estar de paso que nos caracteriza, esa responsabilidad común sobre el sufrimiento ajeno, que nunca está tan alejado como para que no sea parte de mis responsabilidades, podríamos resolver muchos de nuestros problemas. Las autoridades de Hungría han dicho a sus medios de comunicación que eviten mostrar imágenes de niños, como si por el hecho de no verlos dejaran de existir. Pretenden así que no se despierte la solidaridad que les reclame soluciones.
La política de la negación tiene siempre su castigo, un castigo en términos de conflictos pero también en pérdida de humanidad, de respeto al otro. Cuando le pierdo el respeto al otro, también me pierdo yo pues el respeto también me dignifica.

Es preocupante —lo hemos dicho ya en otras ocasiones— el crecimiento de la intransigencia y el dogmatismo, el retroceso real en muchas zonas de la convivencia o la tolerancia. El desprecio o la persecución del otro aumentan haciendo que se produzcan crisis que son siempre propias en algún sentido al revelar nuestra impotencia o nuestra desidia, incluso nuestra mala fe, como podemos observar.
Por encima de las diferencias está una naturaleza común que en algún momento de la historia quebramos viendo a los demás como "otros", los distintos, aquellos de los que hay que prevenirse. Esto no nos debe llevar a un absurdo relativismo que acabe igualándolo todo y sí en cambio a una responsabilidad ante la desgracia ajena. Nadie no debe ser tan ajeno como para que no nos importe su dolor o su felicidad.


El drama que vivimos hoy los europeos o los norteamericanos no es el "problema" de la llegada del otro, sino el de nuestra incapacidad para frenar las condiciones que les hacen abandonarlo todo y salir a la aventura trágica que vemos cada día. La guerra, la persecución, etc. no estaban tan lejos como las imágenes mostraban. Están cerca, al otro lado de las barreras que levantamos.
Como reacción al encogimiento del mundo forzamos las diferencias para elevan barreras. Eso lleva al radicalismo y al encastillamiento en el dogma. Pero dentro de esas barreras en las que nos encerramos establecemos también distinciones que nos permitan sentirnos diferentes. Pero hay unos límites de las diferencias.

“Nosotros, las personas de este continente, no tenemos que tener miedo de los extranjeros porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Construir una nación requiere que reconozcamos que tenemos que relacionarnos constantemente con los otros y evitar una actitud hostil para adoptar una de subsidiariedad recíproca”, decía el papa.**


El Papa Francisco se ha presentado como un hijo de inmigrantes ante los representantes del pueblo norteamericano y les ha recordado que ellos lo son. La idea de que construir una nación no significa la negación del otro es importante porque nos recuerda que no tenemos más esencia que la humana y que todo lo demás es circunstancia. Hablar con el otro es dialogar con una parte de nuestra propia humanidad, por eso es tan enriquecedor el contacto con otros cuando lo hacemos francamente y con una apertura de corazón.
Lo que el Papa ha dicho de América se podría decir igual de Europa. Vemos América como una tierra de emigrantes, pero nosotros somos los que fuimos allí, al igual que antes habíamos llegado desde otros lugares. La idea de "nuevo mundo" en contraste con el "viejo mundo" es relativa. Hoy Europa es también un "nuevo mundo", quizá más nuevo ya que la misma América. Y somos nuevos porque se han movido nuestras fronteras y nos hemos movido nosotros, porque hemos reducido la otredad creando una nueva identidad cultural, la "europea", construida en equilibrio entre identidad y otredad. Hemos buscado lo que nos une para unirnos, aunque sea una obviedad. Si no lo hubiéramos hecho, Europa sería el mismo continente enfrentado que hemos sido durante siglos.
Todos somos otros, hemos sido otros. Y esa memoria desde la otredad nos hace más ricos por ser diversos. Si una vez creada nuestra identidad europea, esta resultara estar definida por el egoísmo, la insolidaridad o la indiferencia ante los otros, no habría valido la pena.


* "Pope Francis’ Challenge to America" The New York Times  24/09/2015 http://www.nytimes.com/2015/09/25/opinion/pope-francis-challenge-to-america.html
** "El papa aboga por la abolición de la pena de muerte en su discurso ante el Congreso de EEUU" Euronews 24/09/2015 http://es.euronews.com/2015/09/24/el-papa-aboga-por-la-abolicion-de-la-pena-de-muerte-en-su-discurso-ante-el/

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