lunes, 21 de septiembre de 2015

Cinco minutos en el infierno o pongamos que hablo de mi generación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Que cada concesión de un premio nacional —que se concede en nombre de todos— se convierta en espectáculo bochornoso debería hacernos reflexionar, algo que dudo que a estas alturas seamos capaces de hacer más allá de algún exabrupto.
La respuesta que pide el cuerpo es ignorarlo o lanzarse contra quienes aprovechan estas ocasiones para mostrar que no le deben nada a nadie, desprecian  a los demás —a los que consideran poco menos que imbéciles—, pero se quedan con el dinero que les dan diciendo que los tiempos están muy achuchados.
Es una pena que nuestra intelectualidad, la que surgió de la época de la transición, no haya sabido superar sus propios traumas y sean los que realizan este ataque resentido disparando a bocajarro cuando les toca un premio que —sota, caballo, rey— les llega porque están en la fila y ya no queda a quién dárselo. Hace bien en dar las gracias a Azcona.


Parece como si fuera un delito agradecer o simplemente recibir. Quizá haya cierto acuerdo entre los líderes generacionales para aprovechar estos momentos y soltar la bilis que les amarga la vida desde hace años; quizá exista algo de obediencia y temor a no comportarse así y que luego los compañeros no te hablen por considerarte vendido al régimen. Quizá es que simplemente son así. Y siempre lo han sido.

Mi generación hizo un mal tránsito histórico, muchos no pasaron de héroes de Malasaña, del barrio o similares en sus ciudades respectivas. Se retrataron bien, cinematográficamente hablando, en aquellas comedias neocostumbristas como "Tigres de Papel" o aquella impresionante opera prima llamada "Opera prima", sobre alguien que se encontraba s su prima en la estación de Ópera. ¡Todo un monumento al ingenio!
Se burlaban de la gente burguesa, que eran todos los que no eran sus amigos, aunque fueran sus padres. Crearon aquel himno burlesco que les definía como "hombres del seiscientos" ("¡adelante, hombre del seiscientos / la carretera nacional es tuya!"), pobres pluriempleados que sacaban a sus familias adelante. Ellos preferían el Dos Caballos en el que se iban por Europa a ver cine y contarlo después a los que se quedaban a este lado de la frontera. Tenían graves problemas con casi todo. Eran básicamente anti y se echaban unas risas flojas en cuanto tenían ocasión. Se rieron del modelo que sacó a España del subdesarrollo, el turístico e industrial, y asumieron que España era la España cañí que se diseñaba para los viajeros que venían a tomar el sol y bailar los pajaritos por las noches. Ellos eran de la Mahavishnu y Pink Floyd, de Brel y Dylan, algo que no estaba mal a no ser por lo que implicaba de desprecio y superioridad.
A diferencia de otros países en los que existen intelectuales incómodos, ellos son la incomodidad con pretensiones de intelectualidad. Lejos de ser la conciencia del país, son su falta de conciencia. Ellos no proponen nada, simplemente niegan.


El Periódico, con motivo de un documental presentado en Valladolid en 2010 sobre esta generación de gente dedicada al cine, a la que llama "generación del Yucatán", en referencia a la cafetería en que se reunían, concluía:

La generación del Yucatán hizo política, pero a su manera. Sin estridencias. «Los únicos dos principios que han guiado mi vida y que lo siguen haciendo son la desobediencia y el placer. Ambos son incompatibles con la militancia en un partido político», afirma con serenidad y contundencia Trueba. El cineasta, que en 1994 recogió un Oscar por Belle époque sin dar las gracias a Dios porque él solo cree en Billy Wilder, deja claro que no existe la industria del cine español. «Ni la hay ni la ha habido nunca. Yo solo creo en los artesanos del cine, en la gente que ama contar historias y que se pelea por ellas». Como todos los que se reunían en la cafetería Yucatán (que, por cierto, ya no existe).*


Desobediencia y placer es una buena definición del "infantilismo". Las palabras de entonces y las dichas ahora son el retrato de una generación, mi generación, mis compañeros de facultad, aunque como dicen la pisaban poco. Eso era para idiotas e integrados. Ellos eran desobedientes y geniales. Buscaban el placer en cualquiera de sus etapas. España era la represión. España ha cambiado; ellos no.
Es la gente que no supo diferenciar a España de su régimen y sigue sin hacerlo. Muchos de aquella generación están hoy en la política y siguen con los mismos complejos de entonces: la identificación de España con algo circunstancial. Se puede atacar a la política de un gobierno, a un ministro, etc. Pero en las palabras dichas en la entrega solo hay resentimiento contra algo que no ha sabido entender.


No creo que nadie se atreviera a decir nada así en Francia (que no habrán entendido sus genialidades sobre su deseo de que nos invadieran y perder la Guerra de la Independencia) o en Alemania, Estados Unidos, Rusia, Egipto... No encuentro un solo país en el que alguien le encontrara sentido a lo dicho. Ha querido ser tan ingenioso que solo se entiende —si es que lo hace— él. Pero es el sino y no les importa. Alguien le dará palmadas en los hombros para decirle que ha estado genial. Y se lo creerá.
Pero no quiero centrarme en él, que ya tiene bastante. Mi generación transmitió junto a otras cosas esa burla del sentido de España de múltiples maneras. No me refiero a ningún sentido esencialista de lo español, a virtudes patrias o algo similar, sino a la simple posibilidad de existencia dentro de un concepto. Fue esa generación a la que le dolía decir "España" y lo sustituyó por aberraciones conceptuales que hoy la costumbre maneja: el "Estado español", los "pueblos de España", etc.


Se puede ser muy crítico con tu propio país, con su historia, con lo que ha hecho u ocurre. Pero también se puede mantener el compromiso con su mejora, con el bienestar de los que viven en él; pero esto es una forma de compromiso que nunca entendieron. Aquí la mejora eran ellos, una especie de lujo que el país no merecía. No sé si nos merecemos esto, pero la carencia de una intelectualidad constructiva, capaz de preocuparse por su propio país y por las personas que viven en él, más allá de reírse de ellas, es preocupante y triste. No asumieron la frase de su dios Billy Wilder: "Nadie es perfecto". Pero la imperfección eran los otros. Ellos sí lo eran.
La generación —una parte de mi generación— no ha sabido superar los viejos traumas del cambio —después de cuarenta años— y ha paseado el resentimiento como seña de identidad de lugar en lugar, de premio en premio. Ha seguido con la costumbre de negar a su país como forma de espectáculo dentro y fuera. No dan más de sí.
No me extraña lo dicho. Lo que me hubiera extrañado es que hubiera dicho lo contrario.




"LA SEMINCI EXHIBE UN DOCUMENTAL SOBRE LOS AÑOS MOZOS DE COLOMO, LADOIRE, RESINES, URIBE... Los locos del café Yucatán" El Periódico 27/10/2010 http://www.elperiodico.com/es/noticias/gente/20101027/los-locos-del-cafe-yucatan/559518.shtml


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