domingo, 16 de agosto de 2015

Teologías del horror

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El 13 de agosto, The New York Times publicaba un demoledor reportaje con el título "ISIS Enshrines a Theology of Rape". Comenzaba con los momentos anteriores a la violación de una niña de doce años: "[...] the Islamic State fighter took the time to explain that what he was about to do was not a sin. Because the preteen girl practiced a religion other than Islam, the Quran not only gave him the right to rape her — it condoned and encouraged it, he insisted."* Le sigue la descripción de los rezos anteriores y posteriores a la violación de la niña yazidí. “He told me that according to Islam he is allowed to rape an unbeliever. He said that by raping me, he is drawing closer to God”*
Son muchas las preguntas que se hacen desde muchos lugares —incluido el mundo islámico— sobre qué lleva a estos seres a abandonar sus lugares para asesinar, torturar y violar a personas que no les han hecho nada, que en ocasiones comparten las mismas creencias. Los enfoques antiterroristas, los que más nos preocupan, no tienen respuestas a esas preguntas. Solo hay tópicos que no sirven para nada, provenientes del fracaso de los expertos en prevenir o advertir al menos.


Esa imagen del violador de su esclava rezando antes y después, creyendo que ese es su camino hacia Dios, se nos escapa totalmente, desafía nuestra capacidad de razonar. No es la primera vez, desde luego, que los sistemas justifican los crímenes convirtiéndolos en "buenas acciones". No hay religión que se libre de la intransigencia, que no tenga sus fanáticos que hayan cometido crímenes en su nombre: los hay cristianos, judíos y musulmanes. Pero lo que estamos viendo ahora excede la comprensión de todos.
Vivimos en un plantea parcelado, dividido no en zonas horarias, sino en épocas separadas por siglos. Nuestro sentido de la Historia no es más que una ficción fabricada por lo que nos parece nuestra normalidad, mientras que apenas a unos cientos o miles de kilómetros, la "normalidad" es otra y se puede esclavizar y violar, decapitar y quemar o lapidar a los que se señala con el dedo como diferentes. No vivimos culturalmente en un planeta sino en varios, con sus propias historias y sus sentidos de la normalidad. Somos hijos de nuestros sistemas, aquellos en los que crecemos y ordenan nuestra percepción del mundo.


¿Cómo se ha podido llegar a un grado de barbarie tal? Esa es la pregunta. El problema que plantea el Estado Islámico es el de su reivindicación de una normalidad agresiva, que avanza imponiéndose a otros, por lo que nos descoloca en nuestros conceptos de tolerancia y convivencia, acuñados tras siglos de disputas religiosas. ¿Cómo quiere coexistir con los demás, cómo habitar el mismo espacio? ¿Plantea una especie de "guerra fría" como destino final? Indudablemente no.
En la obra reciente del escritor marroquí Tahar Ben Jelloun, El islam que da miedo (Alianza 2015) se intenta honestamente buscar y proponer soluciones. Pronto vemos que el librito está escrito también desde esa perspectiva en la que se teme por el regreso a casa de los yihadistas —el miedo de Occidente— y no tanto de los que no regresarán, es decir, de aquellos que se quedarán y seguirán decapitando, violando y rezando, viviendo su normalidad e imponiéndosela a otros. 
Comprendo la postura de Ben Jelloun. Es menos dolorosa que enfrentarse a la realidad más dura, la del retroceso cultural a los orígenes mitificados, de la misma forma que los románticos querían volver a la Edad Media. Da igual de dónde hayan sacado esas ideas, cómo las hayan deformado; lo importante es que las creen "puras", que están ahí, causando muerte y destrucción.  
Hay una modernidad renovadora que se escapa y no llega ante el avance del oscurantismo sangriento. El gran drama de los modernistas árabes es comprobar su fracaso al no haber conseguido que sus países hayan podido superar lo que ellos individualmente han superado. Pero esa individualidad se paga cara, les separa del grupo y les deja en tierra de nadie.


Me preocupa también que de tanto preocuparnos por nosotros, llegue a prender la idea salvadora de que son los "extranjeros", los formados en Francia, en España, en Reino Unido, en Estados Unidos, en Alemania, en Bélgica, en Holanda, etc. los que traen la barbarie desde fuera frente a unos piadosos creyentes nacionales que nunca han sido así y no lo aprueban. La idea no es peregrina y de hecho ya hay muchos convencidos de que el Estado Islámico es una fabricación de Occidente para tener a los árabes musulmanes a raya. Hasta el papa copto lo dijo en una entrevista muy sonada en el diario El Mundo y en una entrevista de televisión: detrás de los yihadistas está Occidente. Cualquier psicólogo podría explicar este mecanismo de racionalización que niega el origen y lo atribuye a otros para evitarse el dolor del reconocimiento. Lo malo es que así nunca irán a la raíz de sus propios problemas. Es una forma de negacionismo.
El libro de Tahar Ben Jelloun no debería dirigirse a los occidentales, sino a los propios musulmanes que son los que tienen la capacidad y necesidad de frenar algo que les está destruyendo desde su interior y que solo han sabido enfrentar, en el mejor de los casos, desde la represión, nunca desde la modernización. El retroceso comenzó desde los años 80 y ha seguido hasta hoy. Cualquier libro de historia lo explica claramente.


En las últimas páginas, a la pregunta qué se puede hacer, Ben Jelloun responde: "A corto plazo, no lo sé" (p.113). Pero no hay largo plazo si no se soluciona el corto.  Y el corto es el dolor, las muertes, las violaciones... Pone Ben Jelloun el énfasis en la educación, en enseñar la tolerancia. Dice: "revisar los manuales escolares y enseñar de modo objetivo la historia de las tres religiones monoteístas" (113-114), como primer punto.
Los yazidíes no pertenecen a ninguna de las tres religiones que se han de enseñar "objetivamente". Por eso pueden ser asesinados los hombres y esclavizadas y violadas sus mujeres. ¿Qué significa enseñar objetivamente una religión? ¿Quién dice no hacerlo así?
Escriben en The New York Times:

It was there in the parking lot that she heard the word “sabaya” for the first time.
“They laughed and jeered at us, saying ‘You are our sabaya.’ I didn’t know what that word meant,” she said. Later on, the local Islamic State leader explained it meant slave.
“He told us that Taus Malik” — one of seven angels to whom the Yazidis pray — “is not God. He said that Taus Malik is the devil and that because you worship the devil, you belong to us. We can sell you and use you as we see fit.”
The Islamic State’s sex trade appears to be based solely on enslaving women and girls from the Yazidi minority. As yet, there has been no widespread campaign aimed at enslaving women from other religious minorities, said Samer Muscati, the author of the recent Human Rights Watch report. That assertion was echoed by community leaders, government officials and other human rights workers.
Mr. Barber, of the University of Chicago, said that the focus on Yazidis was likely because they are seen as polytheists, with an oral tradition rather than a written scripture. In the Islamic State’s eyes that puts them on the fringe of despised unbelievers, even more than Christians and Jews, who are considered to have some limited protections under the Quran as “People of the Book.*

La culpa de los yazidíes no es más que no estar insertos en el ese "club del Libro" que son las religiones que comparten la misma raíz monoteísta. Pero no es el monoteísmo el que trae la tolerancia, sino el humanismo. La tolerancia no viene de la verdad, sino de la duda. En realidad el absolutismo religioso es una forma de endiosamiento, palabra que describe perfectamente ese estado en el que la duda desaparece y es posible actuar desde la Ley y no desde la conciencia.
La noticia de haber convertido en esclava sexual del líder del Estado Islámico a una rehén norteamericana, Kayla Jean Mueller, que sí pertenece al "club del Libro", nos da una muestra de lo que esconde verdaderamente la palabrería justificativa: el poder. Como un regalo, la han puesto en manos del iluminado del elegido,  para traer el reino de Dios a la Tierra. La noticia de la muerte de Kayla Mueller se conoció en febrero. Ahora sale a la luz el tormento que sufrió a manos del iluminado líder del Estado Islámico.


Cuando en febrero el Estado Islámico hizo llegar las fotos de su cadáver, la CNN recogió las palabras de la familia: "Kayla was a compassionate and devoted humanitarian. She dedicated the whole of her young life to helping those in need of freedom, justice and peace."*** Ella no tenía problema en ayudar a las personas diferentes o quizá consideraba que esa diferencia era precisamente la que daba más sentido a su acción. Kayla Jean Mueller era un puente, alguien cuya vocación es unir. Pero ellos quieren abismos para que todo quede en sus manos.
Sí, hay una "teología de la violación" como la hay de la muerte y el crimen. Son las formas en las que el instinto de poder —político, sexual— se justifica ante los otros rodeando de mística lo que no es más que el deseo de dominación y violencia. Son las teologías del horror, las que justifican la sangre y el dolor.

* "ISIS Enshrines a Theology of Rape" The New York Times 13/08/2015 http://www.nytimes.com/2015/08/14/world/middleeast/isis-enshrines-a-theology-of-rape.html

** "American ISIS hostage Kayla Mueller dead, family says" CNN 11/02/2015 http://edition.cnn.com/2015/02/10/world/isis-hostage-mueller/

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