lunes, 10 de agosto de 2015

Periodistas, no espías

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Uno de los editoriales de The New York Times de hoy está dedicado al documento —un trabajo de más de mil páginas— que el Pentágono ha elaborado sobre la prensa en los conflictos armados. El editorial lleva por título "The Pentagon’s Dangerous Views on the Wartime Press", dejando claro desde el principio la opinión que el documento hecho público, algo más que una guía o manual, lleno de interpretaciones básicas, sobre el papel de la prensa en circunstancias bélicas. El periódico advierte inmediatamente de las peligrosas consecuencias que la interpretación del Ejército tiene para los periodistas que realizan su labor en países en guerra, donde ya las dificultades y riesgos son muchos. El documento, señala debe ser rectificado.
El editorial señala:

Journalists, the manual says, are generally regarded as civilians, but may in some instances be deemed “unprivileged belligerents,” a legal term that applies to fighters that are afforded fewer protections than the declared combatants in a war. In some instances, the document says, “the relaying of information (such as providing information of immediate use in combat operations) could constitute taking a direct part in hostilities.”*


Considerar a los informadores como "beligerantes sin privilegios" es un auténtico desatino por parte del Pentágono, es decir, por parte de la administración norteamericana. Es dejarles en un estado de indefensión intermedia entre los acuerdos internacionales que protegen a los militares intervinientes y a los civiles, también protegidos en sus derechos.
Es cierto que el tipo de guerra más extendido en estos momentos no discrimina entre los tres tipos —militares, civiles e informadores— ya que busca la implantación del terror. Lo que hacen Boko Haram, Al Qaeda o el Estado Islámico no es una guerra convencional, siendo los objetivos de su barbarie a cualquiera que tengan delante. Los primeros golpes de efecto del Estado Islámico fueron periodistas a sabiendas de que eso tendría una mayor cobertura mediática y por ello más impacto social.


Pero la preocupación de los periodistas y de The New York Times no son estos grupos, de los que saben que no pueden esperar ningún tipo de respeto a reglas de clase alguna, sino a la de gobiernos que pueden considerar que informar, según señala el documento, constituye una forma de intervención en el conflicto, convirtiéndolos en objetivo. La queja del editorial es  precisamente que crea un estatus para la prensa como si lo hubiera hecho su peor enemigo. Es ponerles en bandeja de plata los argumentos para la detención o expulsión de los periodistas.

The manual warns that “Reporting on military operations can be very similar to collecting intelligence or even spying,” so it calls on journalists to “act openly and with the permission of relevant authorities.” It says that governments “may need to censor journalists’ work or take other security measures so that journalists do not reveal sensitive information to the enemy.”*


No deja de ser una paradoja desvergonzada que una administración acusada de espiar a los amigos y aliados, que ha convertido el mundo en un gigantesco Watergate internacional, entienda que el periodismo puede ser considerado un espía. Pero, ¿de quién? Lo que se da a entender en el texto, dado el poco caso que otros podrán hacer —no tienen necesidad de leerlo para atacar a la prensa—, es que los que pueden ser considerados espías son los propios periodistas norteamericanos ante su Ejército, de ahí la recomendación de que se pongan en manos de las "autoridades" y solo informen de lo que las autoridades les permitan:

Allowing this document to stand as guidance for commanders, government lawyers and officials of other nations would do severe damage to press freedoms. Authoritarian leaders around the world could point to it to show that their despotic treatment of journalists — including Americans — is broadly in line with the standards set by the United States government.*


Si el caso es grave desde las limitaciones que supone para la información desde los propios Estados Unidos, el peligro es que el documento del Ejército americano dé ideas y argumentos a los países en los que informar es una molestia para los gobiernos. Hace bien en preocuparse el editorialista de The New York Times por el destino de los periodistas de otros países, que pueden verse sometidos a las mismas normas que el gobierno americano pretende imponer a los suyos.
La idea es que no salga más información que la que los militares autorizan. Esto en un país en el que la guerra de Vietnam se resolvió con una opinión pública en contra, no deja de ser un retroceso en las libertades.


El manual trata de convencer a los periodistas de que solo bajo el amparo militar pueden realizar su labor en los dos sentidos, el informativo y el físico. Lo ideal, desde la perspectiva del Pentágono, es que los corresponsales reciban la información en la rueda de prensa diaria dada por los portavoces, es decir, cuando la información ha sido filtrada. Los periodistas llevan mucho tiempo luchando para cambiar esa situación nacida del papel cada vez más predominante que ha tiene la información y las facilidades para la transmisión, que convierte a los periodistas en autónomos, es decir, incontrolables. Y esa independencia de criterio y autonomía de comunicación resulta molesta para el Pentágono.

The manual’s argument that some reporting activities could be construed as taking part in hostilities is ludicrous. That vaguely-worded standard could be abused by military officers to censor or even target journalists.
Equally bizarre is the document’s suggestion that reporters covering wars should operate only with the permission of “relevant authorities” or risk being regarded as spies. To cover recent wars, including the civil war in Libya in 2011 and the war in Syria, reporters have had to sneak across borders, at great personal risk, to gather information. For the Pentagon to conflate espionage with journalism feeds into the propaganda of authoritarian governments. Egypt, for instance, has tried to discredit the work of Western journalists by falsely insinuating that many of them are spies.*


El ejemplo egipcio lo conocemos, pues el control de lo que ocurre en el país pasa precisamente por aumentar el riesgo de informar, tanto a los periodistas nacionales que se suman a las corrientes oficiales o corren el riesgo de ser acusados de "faltar a la verdad" y "distribuir noticias falsas", como los extranjeros. The New York Times se refiere concretamente al equipo de Al-Jazeera, pero no es el único. Aquí ya hemos comentado el caso más próximo de las "advertencias" al corresponsal del diario El País, que tuvo que abandonar El Cairo.

Si lo que hace el gobierno egipcio con la información y los periodistas es el modelo de lo que el Pentágono propone como situación ideal el despropósito es total. Desafortunadamente, las condiciones de la información en Egipto no son las condiciones que respaldan a los periodistas norteamericanos.
Tenemos el caso reciente alemán, en el que el gobierno de Merkel ha cesado a su fiscal general después de que intentara procesar por espionaje y revelación de secretos a unos blogueros que filtraron información sobre el espionaje en su país. Merkel ha sido fulminante, dejando claro que la libertad de prensa es sagrada en Alemania. El Pentágono no parece pensar lo mismo a la vista de lo que sugiere su guía para la prensa.
Evidentemente, lo que haga el Pentágono incumbe a la Casa Blanca. Señala el editorial del periódico:

A spokesman for the National Security Council declined to say whether White House officials contributed to or signed off on the manual. Astonishingly, the official pointed to a line in the preface, which says it does not necessarily reflect the views of the “U.S. government as a whole.”
That inane disclaimer won’t stop commanders from pointing to the manual when they might find it convenient to silence the press. The White House should call on Secretary of Defense Ashton Carter to revise this section, which so clearly runs contrary to American law and principles.*


Si el gobierno en su conjunto o solo en parte está de acuerdo con el documento no deja de ser una broma con poco sentido del humor.
La conclusión es clara: el documento atenta contra la libertad de prensa. Pero también lo hace contra la libertad de los periodistas al dejarles en un estatus intermedio considerándolos potencialmente peligrosos por el hecho de obtener información más allá de las que las autoridades les quieran facilitar. Les deja especialmente indefensos  allí donde más necesitan de respaldo y es una invitación al oficialismo informativo.
En tiempos de conflictos, la prensa debe ser especialmente cuidadosa con la información. Pero de ahí convertirse en mera transmisora de las informaciones gubernamentales hay una gran distancia. El ejemplo del gobierno alemán es muy claro. También, pero en sentido negativo, el norteamericano que sigue pensando que el control de la información y de los informadores es algo que está en su mano.


La idea de "guerra al terror" está creando un cambio en las mentalidades y situaciones. Justifica por un lado medidas de investigación de millones de personas con la excusa de la "seguridad". Los rendimientos de estas medidas son más que dudosos por los resultados vistos hasta el momento.

Este nuevo estatus de vigilancia permanente hace que la información adquiera un sentido nuevo y en especial allí donde se producen los conflictos con más virulencia. Por eso se busca el máximo control. Pero limitar el estatus de la prensa conlleva el silenciamiento de la denuncia o simplemente del conocimiento real de lo que ocurre más allá de los informes oficiales si fuera necesario. Habrá momentos en los que concuerden, que sería lo deseable. Pero si no lo hacen se estaría conculcando el derecho de los pueblos a saber qué hacen los ejércitos en su nombre. La experiencia de la "armas de destrucción masiva", como información oficial, está demasiado próxima en el tiempo como para exigir a la prensa que supedite sus acciones a la información oficial. Ese privilegio lo arruinó el propio gobierno norteamericano.
Especialmente grave es, como se ha señalado, que ese estatus será invocado como ejemplo de lo que hacen los "países occidentales" con sus periodistas para ejercer la censura y la represión. El argumento lo hemos escuchado ya muchas veces como para pensar que es solo una posibilidad.


Aunque sea un asunto americano, lo cierto es que afecta a los periodistas de todo el mundo que, además de jugarse la vida para informar sobre algo tan complejo como las formas de guerra, terrorismo y espionajes actuales, deben someterse al control militar. Puede que hay muchos gobiernos autoritarios que no respeten la libertad de información porque luchan contra ella y las demás libertades, pero no es bueno que gobiernos de países democráticos, que mantienen la libertad de prensa como uno de sus pilares, empiecen a ver a los periodistas de manera restrictiva. Es muy peligroso. Su actuación para tenernos informados durante los conflictos ya es bastante arriesgada como para se complique más.



* "The Pentagon’s Dangerous Views on the Wartime Press" The New York Times 10/08/2015 http://www.nytimes.com/2015/08/10/opinion/the-pentagons-dangerous-views-on-the-wartime-press.html 



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.