lunes, 29 de junio de 2015

Un hombre en llamas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La noticia se publicó hace casi un año, el 16 de julio de 2014, pero ayer estaba en la cima de las más leídas en The Washington Post. Las circunstancias hacen que los acontecimientos tengan nuevos contextos para las lecturas y esta, desde luego, lo tenía. El titular de la noticia era escueto y muy descriptivo, "A Texas minister set himself on fire and died to ‘inspire’ justice"*. Este era el comienzo de la historia:

One Monday in June, 79-year-old Charles Moore, a retired United Methodist minister, drove to Grand Saline, Tex., his childhood home town some 70 miles east of Dallas. He pulled into a strip mall parking lot, knelt down on a small piece of foam and doused himself with gasoline.
Then, witnesses said, he set himself on fire.
Bystanders rushed to help, splashing him with bottled water and beating the blaze with shirts. Finally, someone found a fire extinguisher. Unconscious, he was flown to Parkland Hospital in Dallas, where JFK died. Moore died that night, June 23.
Moore’s death seemed a mystery. He put a note on his car and left behind letters explaining his act, said a former colleague and relative by marriage, the Rev. Bill Renfro, but his writings were not released for nearly a week. His thoughts are now becoming public.*

El sentido de lo inexplicable para todos aquellos que habían asistido a aquel acto meticuloso de suicidio público se manifestaba entonces gracias a la salida a la luz de las cartas y notas dejadas por el reverendo Charles Moore. Se permitía así, mediante la publicidad del hecho, dar sentido a una muerte reivindicativa que el silencio anulaba convirtiéndolo en un acto absurdo.
Charles Moore había decidido poner fin a su vida como una denuncia, una más en su lucha de toda una vida:

The Tyler Morning Telegraph obtained a copy of the suicide note from Grand Saline police. In it, Moore lamented past racism in Grand Saline and beyond. He called on the community to repent and said he was “giving my body to be burned, with love in my heart” for those who were lynched in his home town as well as for those who did the lynching, hoping to address lingering racism.
In his letters, obtained by The Washington Post, he called his death an act of protest. He said he felt that after a lifetime of fighting for social justice, he needed to do more.
“I would much prefer to go on living and enjoy my beloved wife and grandchildren and others,” he wrote, “but I have come to believe that only my self-immolation will get the attention of anybody and perhaps inspire some to higher service.”
Those who knew him call it a tragedy.*

Puede que el reverendo Moore hubiera sentido que su sacrificio "con amor en el corazón" había sido inútil tras la matanza racista de la iglesia de Charleston de hace unos días. Puede que se hubiera vuelto a avergonzar de ese crimen horrendo sobre inocentes cuyo único delito era ser negros y estudiar la Biblia en aquella iglesia. No, el asesino no se sintió inspirado por el acto del reverendo Moore.
Había elegido su hogar de la infancia, Grand Saline, para quemarse porque conocía bien lo que llamaba un territorio del Ku-Klux-Klan. Aquel pueblo tenía un largo historial de intransigencia y horror practicado contra los negros: quemas, ahorcamientos y decapitaciones. Moore quería que su muerte llevara la conciencia de la culpa a todos, provocar un arrepentimiento con su acción de sacrificio suicida.
El Texas Monthly dedicaba a Charles Moore un reportaje recogiendo sus momentos de luchas desde que se dio cuenta de cómo era el mundo en el que estaba creciendo, su llamada a la vocación religiosa y el sentido que le dio a esta:

It was the fifties, however—a time when African Americans received very little love from small East Texas congregations, let alone status as neighbors. Growing up, Charles had seen the sign out on U.S. 80 that read, “N—er, don’t let the sun go down on you in Grand Saline,” and he had heard stories of blacks who were assaulted and terrorized; an old white man in town known as Uncle Billy had once buttonholed him and some friends and told them how Grand Saline’s Pole-town neighborhood got its name: black men and women had been hanged from a lynching pole there. Nevertheless, the civil rights era was dawning, and protests and boycotts of segregated classrooms, buses, and restaurants had begun around the country. In May 1954 the Supreme Court ordered the integration of schools with its decision in Brown v. Board of Education. Appalled by the prejudice he saw around him, that summer Charles stated from the pulpit in Starrville that he agreed with the Supreme Court.
His words did not go unnoticed. One of the church’s trustees invited Charles to his house. “Would you ever have a n—er in your home to eat with you?” he asked Charles. When Charles said yes, the trustee angrily ordered him off his property. Around that same time, preaching at First Methodist in Grand Saline, Charles also managed to infuriate his home church. “In a sermon, he attacked the prejudice in the community,” recalled his childhood friend Vickery. “He encouraged the congregation to accept everyone as God’s children. He hurt some feelings with that message, stunned a lot of people. He was told not to come back.”**

Pero a veces los creyentes no quieren tener al mismo Dios por padre y lo retuercen hasta que se ajusta a sus deseos y fobias. Moore se pasó la vida demostrando que cualquier persona era digna de ser invitada a su mesa, daba igual cuál fuera el color de su piel. Pero la vida hace a algunas personas muy exigentes consigo mismas. Allí donde otros apenas se sienten responsables, unos consideran —como el reverendo Charles Moore— que nunca se hace suficiente, que no se han implicado lo bastante como para corregir las lacras que el mundo mantiene.
Recogían sus palabras de pesar en The Washington Post:

“I will soon be eighty years old, and my heart is broken over this,” he wrote. “America (and Grand Saline prominently) have never really repented for the atrocities of slavery and its aftermath. What my hometown needs to do is open its heart and its doors to black people, as a sign of the rejection of past sins. … So, at this late date, I have decided to join them by giving my body to be burned, with love in my heart not only for them but also for the perpetrators of such horror.”
Angi McPherson, who witnessed the self-immolation, told the Telegraph she has lived in the town all of her life and she knew there was still a racial divide.
“It’s not as big as it used to be, but it is here. It is everywhere,” she told the newspaper.
The town’s police chief, Larry Compton, told the Telegraph that the preacher’s death disturbed him in many ways.
Grand Saline “might have been that way in the 1930s, ’40s and ’50s like a lot of places, but today we are a community of different ethnicities and racial makeups.”
Moore, of Allen, Tex., had a degree from Southern Methodist University and from the Perkins School of Theology at SMU. He served as a minister for half a century. When he retired, he received awards from Parents and Friends of Lesbians and Gays, and the Texas Coalition to Abolish the Death Penalty, according to a biography provided by his family.*

Quiero pensar que la recuperación de esta noticia hasta llevarla a ser la más leída en The Washington Post es un acto de reconocimiento del revendo Moore, un homenaje tardío en un día que se ha celebrado como una victoria de los derechos civiles, tras el reconocimiento del matrimonio homosexual en los Estados Unidos.
Moore vivió el drama del racismo de forma directa, pero abrazó todas las causas que consideró que liberaban de la intransigencia. Fue un activista pacifista y, como se señala en el final de la información, tuvo el reconocimiento de las asociaciones de familiares de homosexuales, a los que tampoco estigmatizó y, por el contrario, ofreció su apoyo en su lucha. En los setenta, Moore lucho contra las injusticias de la guerra de Vietnam; en los noventa apoyó los movimientos de derechos de gays y lesbianas. Se manifestó contra la pena de muerte e hizo periodos de huelga de hambre. No dejó causa sin cubrir, pero siempre pensó que no se hacía suficiente.
La decisión de su suicidio, coinciden diversas fuentes, fue por esa responsabilidad que sentía por no hacer bastante, pensaba. Tras una vida dedicada a las causas que le llevaban a enfrentarse a su propia comunidad, Moore acogió la jubilación como un acto final, una inmolación que llamara la atención del mundo. Dejó cartas y notas, artículos sobre los monjes budistas que se habían quemado vivos como un sacrificio para reclamar la atención del mundo.

No es fácil encontrar hoy personas con ese nivel de autoexigencia. Probablemente otros se hubieran dado por satisfechos con una vida dedicada a la lucha y hubieran dedicado su retiro al descanso. Pero Moore era una de esas personas que piensan que mientras no se retiren los problemas de la faz de la tierra, ellos tampoco.
Moore eligió quemarse en el pueblo de la infancia para hacer que este pidiera públicamente perdón por el daño causado durante décadas de persecuciones e intolerancia. Puede que Grand Saline haya cambiado algo, como señaló el afectado jefe de policía, o puede que no haya sentido nada al respecto. Pero el hecho de que la historia de Moore, pasado el año, haya resultado interesante para tanta gente, sí permite ver que hay personas que entendieron su gesto extremo aunque no compartan muchas el método. Algunos no han querido que se le considere un mártir; otros se niegan a a verle como un loco. Quizá todo esté mezclado y debamos centrarnos en las causas de que alguien bueno acaba entre las llamas.
Moore señaló que había elegido su muerte como había elegido su vida. Uno de sus conocidos escribió al final de l artículo del Texas Monthly que su muerte fue un choque, pero no una sorpresa; se fue como había vivido.

* "A Texas minister set himself on fire and died to ‘inspire’ justice" 16/07/2014
* "Man on Fire" Texas Monthly 12/2014

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