martes, 2 de junio de 2015

La programación del gusto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Creo que hace tiempo que no leía una entrevista tan sincera y atinada como la que incluía ayer el diario El País con Guillermo Solana. En estos tiempos en los que todo el mundo tiene el deseo de salir y contar para luego no decir nada, Solana se despacha a gusto. Se nota que la gente está muy quemada con esto de la Cultura, más allá del IVA, que parece que es lo único que importa.
Guillermo Solana es el director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza. Y le preguntan y contesta. De lo primero que se queja es de que la gente no sepa qué es el museo, que es público y no privado, y que no entiende cómo la gente sigue pensando que es un negocio de la Baronesa Thyssen cuando no lo es. En Madrid hemos juntado los negocios en la calles, como antes los gremios. Se queja Solana que las diferentes instituciones que se están concentrado en el tramo que comprende el Museo del Prado, el Thyssen, la fundación Mapfre, etc., están empezando una lucha cuerpo a cuerpo, que antes se ponían de acuerdo y ahora se contraprograman, una práctica de los medios televisivos para hacerse daño que están copiando algunos.

P. ¿Está siendo difícil sobrevivir como museo?
R. El drama de la cultura en este momento no es solo la escasez presupuestaria. Es también el gran desorden. El llamado Paseo del Arte de Madrid se ha convertido en el salvaje Oeste. Antes era un triángulo formado por El Prado, el Reina Sofía y nosotros. Luego fueron llegando las fundaciones privadas [Mapfre, CaixaForum] que, a la sombra de los museos, han hecho una competencia desleal no cobrando por las exposiciones y han practicado una política cultural neocolonialista. Para rematar el panorama, ha entrado en liza el Ayuntamiento de Madrid ofreciendo el Centro Cibeles a coleccionistas públicos o privados solo a cambio de lo que se recaude con las entradas. Acabo de cancelar una de las exposiciones más importantes de los últimos años, sobre Kandinsky y El jinete azul, porque me he enterado de que el Ayuntamiento tiene programado a Kandinsky. ¿Qué disparate es este*


Creo que en este país —al menos en esta ciudad— se está perdiendo no la capacidad de diálogo, que ya está perdida hace tiempo, sino la capacidad de imaginar al otro más allá de la perversión programadora antes citada. Creo que hacemos unas selecciones negativas en los puestos de decisión, que buscamos deliberadamente gente que se ignora, es más, que ignora el mundo que le rodea. Eso vale para el arte y para muchas otras cosas más.
Dice una gran verdad Guillermo Solana: «Creo que el gran público solo quiere ver lo que conoce y solo conoce cuatro cosas. Como los niños, quiere ver siempre la misma película. Todos los días lo mismo: Monet, Van Gogh, Picasso, Dalí o Sorolla.»* Pero ¿y qué quiere, si eso es lo que se les enseña desde todas las instancias, si ese es el secreto de la programación del gusto? Aquí no se cambia el tomate, se cambia el bote y todos tan felices.


Desde que el arte y la cultura se extendieron más allá de los nobles palacios en que los mecenas escuchaban a sus músicos tocar, a sus poetas declamar y colgaban los cuadros de sus pintores, la cuestión ha sido qué hacer con este público que le tira lo facilón, que disfruta con memeces y que se extasía para contarlo después a los colegas. ¿Qué hacer con gente que se hace selfies delante de Monet o Van Gogh igual que ante un suicida en el Golden Gate? El siglo XIX trajo discusiones ingentes sobre este tema, que no es una tontería.

Si han visto ustedes la interesante película de Tim Burton, Big Eyes (2014), una delirante e hilarante disquisición sobre el arte, el gusto (y el mal gusto) y los artistas, habrán visto que hay poco que hacer con el público al que no se le educa, sino que se le quiere en estado consumidor haciendo colas enormes para llevarse un autógrafo (y un selfie) con el artista más tonto posible, autor de la obra más facilona o chabacana. Lo mismo nos decían sorprendidos los periodistas que visitaron la Feria del Libro de Madrid donde los llamados autores mediáticos (tiene mucho de eufemismo) administran sonrisas mientras que las viejas glorias languidecen viendo cómo la tarde madrileña llega a su final como un bostezo.
No, no hace falta calidad. ¡No asustemos al público, por favor! Dejémosle creer que su gusto es el refinado instinto con el que nació, mantenido intacto en hogares sin libros mientras se consulta con interés el catálogo de temporada de los "tattoos" en colorines.
En efecto, tiene razón Solana: solo lo que conoce y conoce cuatro cosas. Lo justo, ni una más, que me paso de erudito. Es mejor ir a lo fácil, a lo seguro. Se trata de lograr colas con efecto llamada.
Termina su lúcida entrevista con lo que se suele llamar un "apunte", un detalle que vale más que mil imágenes:

P. ¿Cree que los medios públicos hacen lo suficiente por la difusión del arte?
R. No hacen nada. O casi. Lo que sale en televisión de los museos es mínimo. Antes teníamos Informe Semanal, donde solía salir alguna exposición muy bien contada. Ahora queda Carlos del Amor en la Primera y Antonio Gárate en 24 Horas. El otro día, vi un reportaje en Telemadrid de una pintora llamada María Jesús de Frutos en Casa de Vacas, espacio municipal. En la entrevista, ella explicaba que es la esposa de Enrique Cerezo [presidente del Atlético de Madrid]. Su exposición se titulaba Colores de milonga. Desolador.*

¡Pues sí! Para qué vamos a decir otra cosa.


* Guillermo Solana (entrevista) “El gran público solo quiere ver lo que conoce y conoce cuatro cosas”. El País 1/06/2015 http://cultura.elpais.com/cultura/2015/06/01/actualidad/1433183666_172483.html




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