viernes, 8 de mayo de 2015

El "insti"

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Aquello de la "fiesta de la democracia" quedó atrás hace mucho tiempo. Los neoagresivos, los formados en un entorno competitivo, adiestrados por maestros de la empatía y la retórica, del neuromárketing y demás zarandajas, poco saben de fiestas. Si hay fiesta, lo toman en el sentido trivial, con confeti y encargando la celebración a algún amigo que se lleva tajada. La democracia ha dejado de ser "fiesta" común y se ha convertido en pelea de gallos, lucha en el barro y técnicas de imagen. La fiesta de la democracia es la celebración de la idea de que se puede vivir encontrando soluciones conjunta a nuestros problemas para mejorar como sociedad. Debe haber un trasfondo alegre en lo que es la democracia misma, una alegría del sistema y no solo de las partes. El hecho de que esto no se perciba ya, ni siquiera se mencione, implica que percibimos la democracia sin hacernos con la idea de comunidad, que no nos vemos como parte de algo conjunto sino como grupos aislados que luchan por hacerse con el pastel.


Me deja preocupado lo que nos cuenta El Diario Montañés del mal ambiente vivido en la sesiones de debate en el Parlamento andaluz y que queda resaltado en el titular explícito: "«Cállate, bonita» y «no tienes ni puta idea»: así insultaron los diputados a la portavoz de Podemos". Nada de fiesta, por lo que se ve. Hemos perdido el sentido festivo de la democracia y nos adentramos más bien en el botellón electoral, en una especie de caricatura grotesca de lo que debería ser la política y a la que algunos no dejamos de aspirar. Contundencia y debates, sí; hasta el fondo de la críticas, sí. Exhibición de mala educación, grosería y violencia —física o verbal—, no.
La impresión que la periodista Lalia González nos transmite sobre las sesiones no puede ser más deprimente. Tras darnos la información sobre los recién llegados y los veteranos, señala:

Se escenificaba la nueva política y el relevo generacional y lo que ustedes quieran, pero todo parecía cansino, repetido y hasta antiguo, superado, cuando no peor que lo conocido. Ni entusiasmo en los aplausos, ni apenas pasión. Eso sí, mucho cuchicheo.*


Creo que no es sencillo transmitir esa sensación de hartazgo ante el espectáculo dado. Pese al relevo, a pesar de la novedad, todo sigue igual. La escenificación de la "nueva política" resulta un fiasco y las viejas maneras vuelven. Nada cambia.
Las formas de la política son importantes. Creo que nos merecemos una política distinta o, quién sabe, quizá sea esto lo que merecemos. Sería muy triste que hayamos llegado a un punto en el que no hay posibilidad de un cambio real y estuviéramos bajo la maldición de la repetición de las malas artes y las malas formas.
La llegada de nuevos partidos no parece haber supuesto esa renovación de actitudes. Por mucho que se insista en las capacidades políticas, no dejo de considerar que las maneras y las formas de actuar son esenciales y forman parte de esa ideología del comportamiento que echo en falta. ¿Por qué no depositar esperanzas de cambio en las maneras?


Hay cierta confusión española (me da igual la de otros lugares) en ver en la mala educación un signo de "autenticidad". Parece que lo verdadero es lo mal hablado, que la forma genuina de actuar empezara por la rudeza. Vemos en las maneras una especie de hipocresía que se desplaza a base de mala educación.
La política es debate, sí, pero el debate no tiene porqué ser un mal ejemplo, sino más bien al contrario. Lo que parece que está ocurriendo es que la agresividad ha empezado a formar parte del guión como un rasgo de esa autenticidad de la que hablábamos.
Nos cuenta El Diario Montañés:

Tras salir de su discurso, Juan Marín se encontró con que en Barcelona su jefe de filas, Albert Rivera, daba marcha atrás y volvía a enumerar condiciones superadas, la entrega del acta de Chaves, al menos en titulares, porque los socialistas creían que era un gesto de cara a la galería. Chalaneo, pues, mando a distancia desde Barcelona. Al pobre de Juan Marín le ponen las cosas difíciles los suyos y crecen las presiones para torcer un tono que asombró porque, por primera vez, parecía superar 'las peleítas' sin perder el tono crítico hacia la gestión y el programa socialistas.
Pero en Podemos las cosas no son mejores. Pascual dice una cosa, Teresa Rodríguez otra, y así. El partido morado optó para su estreno por una puesta en escena 'dramatizada' con la presencia de dos mujeres afectadas por los desahucios que se levantaban cuando se hablaba de ellas en la tribuna. No fueron los únicos invitados de este grupo: también facilitaron el acceso a trabajadores de Delphi, que persiguieron e increparon a la presidenta en funciones cuando se dirigía a su despacho tras salir del salón de plenos. Una situación desagradable que se compadece poco con las formas de una regeneración. Como tampoco lo hizo la actitud de las bancadas socialista y popular con el discurso de Rodríguez, que en algunas ocasiones se vio obligada a parar y a comentar que "esto es peor que el instituto". "No tienes ni puta idea" le dijeron desde el PP, "cállate bonita", desde el PSOE. Una diputada popular le instó a no quejarse, porque le parecía que "esto no es nada, prepárate". Y así.
No había feeling en el aire. Ninguno de los ideales de buen rollo, de política colaborativa, de prevalencia del interés general se hicieron carne. Las ofertas de diálogo parecían regalos envenenados, trampas, cansinas palabras vacías.*


Que a la periodista le haya parecido insólita la actitud de alguien que se quiere mantener al margen de las "peleítas" en sus críticas, que no confunde la contundencia del análisis con el insulto o las subidas de tono, no deja de ser elocuente. Parece como si fuera la gresca el estado natural.  
El numerito escenificado en las gradas, las persecuciones de los invitados a la presidenta Susana Díaz, tampoco son formas políticas, aunque estén de moda. Se ha debatido mucho sobre este tipo de escenificaciones y escraches, como parte de la normalidad política. Lo niego. Pueden formar parte de la "política", pero desde luego no de la "normalidad" deseable. Estas actividades son una mera llamada permanente a cámaras y fotógrafos. No se "traslada la calle" al Parlamento, sino que se convierte el Parlamento en plató de lucha callejera, con coreografías de artes marciales y sus señorías por los aires dando gritos.


Los insultos y comentarios de sus señorías, los veteranos, a Teresa Rodríguez no son admisibles porque implican un desprecio a la persona, primero, pero después a lo que representa. Insultándola, los diputados insultan a la institución y a lo que hay tras ellas, el mismo pueblo que les votó a ellos y por el que están allí.
Algunos argumentarán que está bien que los miembros electos de Podemos reciban el trato que habitualmente dan a los demás, a través de descalificaciones y escenificaciones de desprecio. No me parece de recibo. Se descalifica el que insulta, no el que lo recibe. Por más razón que se tenga, el insulto o la afrenta, la violencia, no añade un solo gramo más de verdad o justicia.

El que insulta se define dentro y fuera de las instituciones. Pero cuando pertenece a ellas, está obligado a respetarse respetando y a criticar respetuosamente. Hace décadas que entendimos mal la relación que existe entre respeto y sinceridad o entre mala educación y autenticidad. Una cosa es decir lo que se piensa y otra el insulto gratuito con el que se envuelve. 
A veces, el insulto tapa la carencia de ideas reales, de crítica consistente. Es más fácil y, por supuesto, hace fácil estar en la política a cierto tipo de personas, las que son jaleadas desde las bancadas cuando sueltan sus puyas y puyazos a diestro y siniestro. No es eso. Y los partidos se nos han llenado de insultadores ingeniosos y poco más.
No deja de ser interesante la expresión usada por Teresa Rodríguez: "peor que en el instituto". Que se remita a una instancia educativa como ejemplo de la mala educación, no deja de ser triste, aunque probablemente verdadero. Y quizá haya que empezar a enseñar respeto y maneras allí donde se supone que se enseña lo demás. Así pues, ni "cállate, bonita" ni "ni puta idea" son expresiones propias de un parlamento ni deberían serlo tampoco en un "instituto".
Algunos puristas le piden a los políticos que hablen bien. Yo no les pido tanto: que respeten donde están y a los que tienen enfrente. Por favor.

* "«Cállate, bonita» y «no tienes ni puta idea»: así insultaron los diputados a la portavoz de Podemos" El Diario Montañés 6/05/2015 http://www.eldiariomontanes.es/nacional/201505/06/callate-bonita-tienes-puta-20150506131042-rc.html








No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.