domingo, 5 de abril de 2015

Creencia y conocimiento o más allá del cambio climático

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La relación entre las creencias y el conocimiento que la Ciencia nos proporciona ha sido y es conflictiva. Por algún extraño motivo, los seres humanos establecemos una tensión entre lo que creemos, lo que queremos creer y lo que conocemos. La diferencia entre lo que creemos y lo queremos creer es la que realmente marca las diferencias y plantea las mayores dificultades. Todos podemos tener creencias de algún tipo. La cuestión es la resistencia de esas creencias a su desaparición cuando existen pruebas suficientes en contra.
Lo que queremos creer, por el contrario, va más allá de la "creencia" e implica una resistencia activa contra cualquier evidencia que nos forzara al cambio. Digo "evidencia", es decir, una prueba comprobable de que la creencia es falsa. La resistencia de los integristas es a aceptar las evidencias e imposibilitar cualquier tipo de crítica que saque a la gente de unas creencias que son defendidas porque sostienen un sistema de poder o de intereses. El amor por la verdad es uno de los grandes mitos. En realidad es un sentimiento bastante minoritario y que requiere de bastante humildad, algo infrecuente entre los líderes que gestionan las creencias y los poderosos que se benefician de ellas.

El diario El País nos trae una muestra de cómo la confluencia de intereses y creencias se reflejan en el poder político. Con el título  "‘Bolas de nieve’ contra la ciencia en el Congreso de EE UU" nos da cuenta de cómo el ala más conservadora y retrógrada de los republicanos norteamericanos está aprovechando su ventaja política para dar salida a sus intereses, por un lado, pero también a sus creencias, que no tienen porqué ir separados.
El artículo muestra los primeros efectos con el arma de que disponen: el control de los presupuestos. Según las asignaciones de fondos, las instituciones pueden trabajar más o menos en sus propias agendas, que se ven modificadas al alterar las cantidades. El centro del artículo está en la dedicación de la NASA a la investigación del cambio climático, algo que para los conservadores republicanos es un "mito" elaborado por fanáticos furibundos.

"Casi cualquier estadounidense estaría de acuerdo en que la función principal de la NASA es la de explorar el espacio. Es lo que inspira a los niños y las niñas de todo el país. Me preocupa que la NASA deje de centrar la atención en su misión principal", señaló el senador republicano Ted Cruz durante la reciente vista para revisar el presupuesto solicitado por la NASA. A Cruz le parece que la agencia espacial gasta demasiado en estudiar la situación de la Tierra, ya que esa no es su función. Frente a él, el administrador de la NASA, Charles Bolden, le respondió: "Es absolutamente fundamental que comprendamos la situación de la Tierra, porque este es el único lugar que tenemos para vivir". Y añadió: "No podremos ir a ninguna parte si el Centro Espacial Kennedy [desde donde se lanzan las misiones espaciales] queda sumergido bajo las aguas".
Este rifirrafe ejemplifica muy bien la situación en la que ha quedado la supervisión de la ciencia tras las elecciones legislativas del año pasado en las que el partido republicano consiguió el control de las dos cámaras del Congreso. La presidencia de todos los comités y subcomités han quedado no solo en manos de los conservadores, sino de los más duros en su rechazo a la ciencia que muestra las causas del cambio climático, la evolución o la creación de la Tierra.*


Son las últimas palabras las que nos adentran en los verdaderos enemigos del conocimiento científico. Ayer hablábamos de la "guerra por las mentes" al hilo del asalto a la universidad keniata de Garissa con ciento cincuenta muertos cuyo único delito era tratar de aprender cómo funciona el mundo. El fundamentalismo no es exclusivo del mundo islámico, si bien adquiere allí la máxima virulencia. Cualquier negación del conocimiento en favor de las creencias forma parte de la misma estructura mental. Las buenas migas hechas por los "islamistas políticos" en los Estados Unidos muestran que comparten las mismas negaciones de las evidencias científicas en beneficio de una creencias que quieren ser impuestas en unos lugares con el fuego y la espada y en otros a base de recortes presupuestarios o mediante legislaciones que impiden la enseñanza del evolucionismo diciendo que es solo una "teoría" o exigen que el creacionismo tenga la misma "consideración" en la enseñanza.


Tras repasar las declaraciones de Ted Cruz, el artículo se centra en otro conservador que ha hecho del cambio climático su caballo de batalla, el senador por Oklahoma Jim Inhofe, quien en febrero se dirigió en estos términos al Senado:

"Seguimos escuchando que 2014 ha sido el año más cálido registrado, ¿y saben lo que es esto? Es una bola de nieve. Y es de aquí fuera. Porque fuera hace mucho, mucho frío". Inhofe, conocido negacionista del cambio climático, publicó en 2012 un libro en el que lo denominaba El mayor bulo (The Greatest Hoax). En él, aseguraba que la Biblia explica en el Génesis que siempre habrá estaciones, calor y frío, y que pensar que los humanos podían cambiar eso es muy arrogante por parte de los científicos.
Hace dos semanas, el rotativo británico the Guardian revelaba en portada que Inhofe había financiado su campaña con dinero del entorno de la petrolera BP. Paradójicamente, Inhofe ha sido elegido para presidir el comité de Medio Ambiente del Senado, responsable de estudiar y proponer medidas contra el cambio climático. Desde ahí lleva tres meses torpedeando todos los planes del presidente Barack Obama en materia medioambiental, como por ejemplo los referidos a la reducción de emisiones, o en otros capítulos, al oponerse al envío de ayuda a los países afectados por el ébola. También obstaculiza el trabajo de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), una de las instituciones menos apreciadas por los republicanos: solo un 36% de sus votantes aprueba su labor, frente al 80% de los demócratas.*


La mezcla de creencias e intereses es clara. Una extraña (o no tanto) fusión entre la Biblia y la petroleras, que es lo que mejor define la forma de actuar al integrismo norteamericano de los distintos grupos que han ido haciéndose con el control del partido republicano. Es con esos grupos con los que hacen buenas migas abrahámicas los islamistas políticos, a los que les gusta además de la prédica hacer buenos negocios con la internacional islámica que tienen montada entre ellos internacionalmente.
El título completo de la obra del senador Inhofe es "The Greatest Hoax: How the Global Warming Conspiracy Threatens Your Future" (2012), con lo que queda bastante definida su actitud respecto al calentamiento global y a las personas que advierten de sus consecuencias.

Esto es posible en gran medida por una forma bastarda de considerar la política, una forma antililustrada. De "la verdad os hará libres" se ha excluido la Ciencia por parte de los políticos que abandonan la idea de "ilustración" —la extensión del conocimiento— y se encierran en unas creencias de las que convierten en centinelas. Las actitudes son claras: la ciencia se redirige hacia el desarrollo económico y se ignoran todas aquellas circunstancias que puedan dejar en evidencia los destrozos causados por este desarrollo sin freno. Para ello se recurre a la agitación mediática, como puede considerarse el libro de Jim Inhofe. Es material recogido para convencer a la opinión pública de que no existen los peligros. El argumento de que en la Biblia "se especifican las estaciones" y que sería "arrogante" por parte de los científicos decir lo contrario, aunque se califica por sí sola, no hay que dejar de calificarla. El concepto de arrogancia aquí es el mismo exhibido por Boko Haram, que, como señalábamos ayer, significa precisamente la "pretenciosidad" o la "arrogancia" del que quiere decir algo más de lo que está establecido en Biblia o Corán. Cuando el senador Inhofe acusa a los científicos de arrogantes o pretenciosos, está siguiendo el mismo proceso intelectual del integrismo. Varían en la forma de actuar, pero hacen lo mismo: niegan las evidencias científicas en favor de sus creencias a las que, en cambio, conceden un valor absoluto. No deja de ser irónico que apliquen la ley del embudo a las pruebas: se escudan en los márgenes de probabilidad con que la Ciencia hace sus predicciones mientras que conceden total credibilidad a las "revelaciones". A esto lo suelen llamar "tener firmes creencias".


El artículo de El País termina con algunas reacciones ante esta maniobra de boicot a través de los controles presupuestarios:

La semana pasada, la revista Science dedicaba un duro editorial a las injerencias de la política en la ciencia de EE UU y ponía varios ejemplos, como las presiones para no relacionar la sismicidad de Oklahoma con el fracking, o la instrucción que obligaba a no usar la expresión "cambio climático" en los documentos elaborados por los empleados del Departamento de Medio Ambiente de Florida. En respuesta a este episodio, el astrónomo y divulgador Neil DeGrasse Tyson ha sentenciado: "La ciencia no es política. Esto es como derogar la ley de la gravedad por haber ganado unos kilos la semana pasada". Aunque el propio DeGrasse Tyson insistía en que lo importante no son las apariencias, sino las políticas reales, y recordaba que la Administración Bush aumentó el presupuesto en ciencia, mientras la de Clinton disminuyó el de la NASA: "Lo que importa en el Congreso es el dinero. (...) No me interesa lo que digas o lo que pienses. Me interesan las leyes y las políticas".*


Puede que la Ciencia no sea política, pero debe ser políticamente defendida frente a la "creencia" que, en cambio, sí confiesa ser abiertamente política, como han hecho estos senadores en cuyas manos ha quedado el destino presupuestario de los proyectos de investigación. Es más fácil reunir el fanatismo respecto a las creencias que respecto al proyecto de duda sistemática y conocimiento crítico que supone hoy el proyecto científico. Por eso se ha hecho abiertamente política a través de los grupos integristas en los Estados Unidos y aquellos amigos que diversa condición que le van saliendo en el mundo.

La ciencia y la tecnología no deberían ser parte automática de nuestra formación, sino parte de nuestra forma de pensar. Estados Unidos es una muestra clara de una enfermedad moderna en la que conviven la más depurada y puntera investigación con las creencias más insólitas. El sistema de libertad de creencia lo posibilita, pero también la debilidad de los que tratan de hacer llegar otro tipo de mensajes que se les contraponga. La política se ha hecho mucho más empática de lo que era y se abusa de los mecanismos primarios, que son los que refuerzan los miedos e inseguridades de los individuos y grupos sociales.
Mientras sea posible amenazar eficazmente con la llegada de un nuevo diluvio o cualquier tipo de plaga, resultara rentable fomentar el miedo. Desde Platón y La República se debate el papel de los científicos, filósofos o cualquier otro tipo que encarne el conocimiento. Creo que deberíamos superar esa etapa y afrontar que es el conocimiento lo que debe ser extendido, asentado y compartido. Hemos pasado del sueño de la sociedad ignorante al sueño de la sociedad fabril en la que el conocimiento solo se recibe de forma instrumental y no como parte de la formación de la persona. Nuestras universidades producen una nueva forma de ignorancia, algo denunciado entre otros muchos por el sociólogo Edgar Morin.


El avance del fanatismo en épocas de esplendor tecnológico, como es esta, solo es explicable desde el fraccionamiento instrumental del conocimiento. Solo accedemos a aquello que necesitamos (o que otros necesitan) para la realización de tareas. Eso nos deja flotando en un mar de ignorancia turbulento que nuestros títulos y diplomas no logran ocultar y que cada día se hace más evidente. Esa incapacidad de responder más allá de nuestra programación es la que nos hace presa fácil del fanatismo y de la intransigencia.


En su obra Contribución a una sociología del conocimiento, el sociólogo Kurt Wolff, discípulo de Karl Mannheim, escribió:

El primer síntoma de la pérdida de un mundo humano común fue el hecho de que la construcción y la fabricación alcanzaron una posición de predominio. El hombre, que hacía instrumentos y realizaba experimentos, no se preguntaba más "qué" o "quién", sino solo "cómo". Los objetos de su saber ya no eran cosas o movimientos eternos, sino procesos; ya no eran la naturaleza o el universo, sino su historia. A partir de Vico, la desesperanza con respecto a la razón humana se manifiesta en el convencimiento de que el hombre solo puede comprender las cosas que él mismo ha hecho. (176)**

Puede que la Ciencia no sea "política", como señalaba Neil DeGrasse Tyson, y tiene razón. Pero eso no implica que la política no pueda ser anticientífica, como estamos viendo con claridad cada día en partes aparentemente distintas del mundo. En todas ellas el gran enemigo es la Ciencia, que no es algo que nos ha llegado de otro planeta, sino algo que es profundamente humano a menos, como señala Wolff, se deshumanice dejándola de comprender. También la creencia es humana, pero también se deshumaniza cuando va contra la propia razón negando las evidencias y convirtiéndose en una rémora que ciega y arrasa al que no la comparte. Como es más vulnerable a la crítica, la creencia se vuelve agresiva y prepotente, trata de erradicar la duda. La Ciencia, en cambio, vive de la crítica y la revisión, en la modestia del error y la mejora. Y la no es algo separado de la vida humana, sino profundamente humano. La Ciencia no es más que la sistematización del pensamiento para avanzar en nuestros conocimientos verificándolos una y otra vez para evitar que se solidifiquen como creencias. Frente a la creencia que cree saberlo todo, el pensamiento científico, por el contrario, parte del principio de que apenas sabemos y que ante nosotros tenemos océanos de cuestiones que ir intentando resolver con paciencia.


Hoy, el pensamiento anticientífico y dogmático florece en países pobres y en países ricos, en unas culturas y otras. De él se abastece el fanatismo, que es político en la medida en que lucha por el poder de imponerse, pues no puede hacerlo de otra manera que mediante la fuerza. De ahí el odio a las escuelas y a lo que implica un aprendizaje que cuestione el orden existente. En nuestra sociedad se manifiesta en el desprecio a lo que implican las teorías y la demanda de una formación instrumental, hacer sin comprender.
Lo verdaderamente humano es la duda ligada al conocimiento, que es lo que nos hace esforzarnos en crecer, madurar y progresar, tres aspectos con matices diferentes que deben ser comprendidos tanto en lo personal como socialmente.

* "‘Bolas de nieve’ contra la ciencia en el Congreso de EE UU" El País 4/04/2015 http://elpais.com/elpais/2015/03/30/ciencia/1427709924_221278.html
** Kurt Wolff (1974) Contribución a una sociología del conocimiento, [1961, 1968]; Amorrortu Editores, Buenos Aires.





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