jueves, 12 de marzo de 2015

Un libro: El futuro del alma, de Eva Illouz

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Para los conocedores de las obras anteriores de la profesora Eva Illouz, el librito El futuro del alma, seguido de La creación de estándares emocionales, supondrá una forma sintetizada de volver a su siempre reconfortante pensamiento. La primera parte del texto recoge una conferencia dada por la autora en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). La segunda parte es una síntesis de su trabajo anterior sobre el papel de los diferentes tipos de expertos sociales en la regulación e interpretación de los sentimientos. Los dos textos, en su conjunto, son una magnífica introducción al pensamiento de la autora, una ocasión de conocer de forma resumida las ideas que se mueven por su obra.
Eva Illouz tiene una variada trayectoria académica hasta su trabajo actual en la Universidad de Jerusalén, en su Departamento de Sociología y Antropología. Los trabajos fascinantes de la profesora Illouz son un recorrido riguroso para tratar de explicar la configuración de la "mente" moderna, especialmente desde el manejo de nuestra faceta emocional.


En el primer texto, Illouz nos da la entrada en lo que es la clave de su punto de partida: «El alma, tal y como la conocemos, tiene probablemente poco futuro. La razón es que actualmente ya no tenemos alma, sino psiques en su lugar.» (9)
Esta operación refleja un cambio en la gestión social y en el diagnóstico a que estamos sometidos. La relación de la persona con su alma no es la misma de la del individuo con su psique. Este cambio es el que permite el desarrollo de toda una serie de mecanismos sociales, institucionales y personales, en la gestión de la psique.
Por lo pronto la relación tradicional entre alma y cuerpo, tal como fue desarrollada a través del cristianismo en Occidente, cambia radicalmente. El cuerpo había sido visto como cárcel del alma y obstáculo imperfecto hacia la vida espiritual. La concepción de una psique, en cambio, establece una relación diferente con lo corporal. Donde antes se establecían consideraciones morales, ahora se consideran cuestiones psíquicas, médicas, etc. Señala Illouz que donde antes se buscaba la "verdad" ahora se busca la "salud". La relación explicativa, por ejemplo, con el sufrimiento cambia radicalmente. De igual forma muchos otros parámetros surgen o son modificados por esa consideración.


Los expertos que gestionaban el "alma" cambian con el paso al cuerpo. Lo que era antes territorio de  teólogos y sacerdotes, pasa a ser ahora campo de batalla para médicos, psicólogos, sociólogos, pedagogos, etc., los expertos en mantener en sintonía nuestros cuerpos con nuestra psiques. La felicidad solo es posible mediante una relación equilibrada con el cuerpo; lo que antes era moral y virtud, ahora es salud.

Las almas pueden salvarse mediante la revelación, la confesión, la mortificación o la penitencia, técnicas todas ellas de salvación del alma. Las psiques, sin embargo, solo pueden mejorarse, transformarse, mediante técnicas de discurso (lo que llamamos comunicación) y autoobservación. El cambio de uno mismo no está al servicio de ningún proyecto trascendental: solo se aspira a concretar un ideal de autorrealización y de autenticidad. (17)

En la faceta social, este cambio del alma a la psique crea y moviliza toda una serie de lenguaje, instituciones y expertos encargados de gestionarnos desde la perspectiva de las disciplinas que se forman con la nueva orientación hacia uno mismo y la relación con los otros.
Los ingenieros sociales, en todas sus vertientes (pedagogos, sociólogos, psicólogos, etc.), serán ahora los encargados de la gestión de las relaciones entre nuestro cuerpo y la psique. De lo virtuoso se pasa a lo saludable. El ideal es, como señala Illouz, la autorrealización: el desarrollo que dé salida a nuestra potencialidad. Más que una meta, se trata de abrir todos los caminos posibles.

En la segunda parte, Illouz da cuenta de uno de sus temas de trabajo: la estandarización de las emociones. Tras la constitución de la psique, se hace necesario que el individuo se perciba en su movimiento emocional, sienta y se categorice como sujeto sentimental, un centro de emociones.
La parte más interesante del trabajo de Eva Illouz es cómo esa psique y los elementos sentimentales que la mueven pasan a ser objeto de las atenciones del mercado, creándose lo que podríamos llamar la gran industria sentimental. Illouz vincula el desarrollo emocional  y su desplazamiento al centro de la vida social a la aparición de una forma de capitalismo que hace de ellas, de las emociones, su industria y mercado.
Si la psique había creado un mercado, su personalización abre todo un flujo de emociones que producen un gigantesco negocio. Illouz estudió con detalle, por ejemplo, cómo el "amor" (las emociones amorosas) se convierten en el centro de un inmenso negocio que va de las grabaciones de canciones sentimentales, los "viajes de novios", las "salidas románticas" o la cosmética ante el temor a perder a la pareja. Basta para pensar en el "día de san Valentín" para entenderlo. De la misma forma, surge el negocio de la explotación del sentimiento vinculado con la maternidad o la paternidad.


"Las emociones —escribe Illouz— se convertían en una parte intrínseca de los mercados emergentes. Pero en el ámbito de la producción, el lenguaje de la psicología no resultó menos poderoso." (48) Se refiere la autora al papel que psicólogos, sociólogos, pedagogos, etc. han desempeñado en la gestión del mercado laboral. Las racionalizaciones para alcanzar la eficiencia han potenciado las investigaciones para la selección del personal más adecuado, se han establecido "virtudes" laborales para conseguir los objetivos de producción deseados. Desde la elaboración de los test de selección de personal hasta los cursos de formación, psicólogos y demás ingenieros sociales han contribuido a hacer del mundo una empresa eficiente.
Tenemos esta paradoja de la modernidad, la tensión emoción-racionalidad, en la que vivimos permanentemente. Por un lado se nos maneja a través de la explotación de las emociones que forman parte del consumo, mientras que por otro se nos convierte en piezas de la maquinaria social, una maquinaria desarrollada para lograr la máxima eficiencia productiva.

La modernidad produce una forma de inmadurez que surge precisamente de la tensión de esas dos fuerzas de naturaleza distinta. En ella, como concluye Illouz, el "producto estrella es la persona" (59), un objeto creado y descrito por médicos, psicólogos, etc., que ponen nombre a los movimientos de sus psiques, a las dolencias de sus cuerpos, evalúan metódicamente sus rendimientos y los declaran idóneos o no para desempeñar puestos de trabajos para los que son establecidos perfiles adecuados.
Las ideas de Illouz son de gran interés en muchos campos y son fuente de reflexión sobre fenómenos cotidianos que nos afecta en esta extraña sociedad en la que no sabemos muy bien si lo que sentimos es nuestro o ha sido colocado en nuestro interior mediante cuidadas técnicas de manipulación de la "psique".


La mezcla extraña de Ilustración y Romanticismo cimentó esta doble vertiente de la modernidad y de su combinación surge nuestra cultura moderna con sus contradicciones. Puede que el alma no tenga "futuro", como señala Illouz, puede que solo tenga una historia contada desde un mundo que ya no la entiende y que si lo hiciera sería para comercializarla.

Veía ayer la grabación de una intervención del conocido neurólogo Oliver Sacks en la que trataba sobre las alucinaciones visuales, en concreto sobre el denominado "síndrome de Charles Bonnet", un fenómeno en el que tras la pérdida de la visión o un deterioro profundo, hace que se perciban extrañas visiones. Sacks explicaba ante un auditorio repleto, cómo en su trabajo se encuentra cada vez con más gente que padece este síndrome (un 10% estimaba) por los avances de la edad, que favorece la existencia de más personas con problemas de visión. Contaba el caso de una anciana de la que creían que padecía trastornos psíquicos pues tenía esas alucinaciones. Sacks dice que le habían descrito el cuadro de alucinaciones y el historial de la paciente, pero habían omitido lo más importante en este caso, que estaba ciega.
Cuando Sacks le señaló a la señora que no estaba "loca" sino que tenía el "síndrome de Charles Bonnet" —nombre que proviene del primero que lo describió en el siglo XVIII, un filósofo suizo cuyo abuelo padecía las alucinaciones tras padecer una cataratas y ver reducida su visión—, lo primero que le dijo fue que "se lo contara inmediatamente a las enfermeras". El auditorio, como era previsible, rompió a reír.

Sacks es un "experto" y tiene su sitio privilegiado y bien ganado dentro del gran mercado de las emociones y la salud. Trabaja con maestría la comunicación de un mundo que nos fascina porque puede ser el nuestro en cualquier momento. No solo trabaja por la salud de sus pacientes sino por la curiosidad de sus públicos. Lo leemos y nos adentramos en los misterios de nuestro propio interior necesitados de etiquetas que, como ocurrió con su paciente ciega, necesitan ser canalizados hacia discursos tranquilizadores. Cuando existe el diagnóstico y lo confuso tiene nombre, los expertos pueden manejarlo y nosotros comprenderlo. También consumirlo a través de la múltiples industrias que surgen a su alrededor.
Hoy somos dirigidos hacia el exterior, a desplazarnos por el mundo, pero también a movernos por nuestro interior. Esa interioridad ha sido etiquetada y descrita por todo un ejército de expertos que dan lugar a industrias millonarias cuya suma sería sorprendente. Los artistas nos han dado metáforas de los sentimientos y los expertos los etiquetan en otro tipo de discurso, esta vez técnico. 
Como bien señala Illouz, somos una sociedad en la que el producto estrella es la persona. Eso no significa que necesariamente una mejora en muchos campos, sino la existencia de una materia prima que se ha de trabajar para sacarle el mayor provecho.



* Eva Illouz El futuro del alma / La creación de estándares emocionales, Katz- CCCB, Barcelona 2014. ISBN: 978-84-15917-11-3





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